Y Péguele Fuerte
Es hora de reconocerle a Cristina el aprendizaje en eso que algunos llaman pragmatismo. Cuando reestatizó el sistema jubilatorio demoró un par de meses para demostrarnos que, detrás de la bandera estatista, se encontraba la necesidad de caja. A nosotros, en cambio, nos llevó un par de meses para despabilarnos y recordar que, sólo un lustro antes, Néstor defendía el derecho a elegir cuál sistema jubilatorio preferíamos que nos cagara nuestros aportes. E increíblemente, llevó tres años para que uno de los ideólogos reconociera públicamente que se trató de un golpe de efecto para levantar la imagen del gobierno. Para variar, el imprudente fue Boudou y lo hizo en la revista Rolling Stone a mediados de 2011.
Con Aerolíneas Argentinas los plazos se acortaron lo suficiente como para darnos cuenta de la festichola en pocos días. Allí se aplicó lo que yo he bautizado «principio de oligofrenia política». Contrariamente a lo que podría suponerse por su nombre, se trata de una ley física tan comprobable como la gravedad o mi sobrepeso: La cara de boludo alegre de un funcionario, más la pelotudez manifiesta en su accionar, multiplicado por la falta de pruritos al hablar, es diréctamente proporcional al cargo que puede aspirar, lo cual genera una velocidad descomunal para dejar en evidencia su inutilidad en el cargo. 
Si bien el muestreo se redujo en su momento sólo a la figura de Marianito Recalde y su rol al frente de nuestra aerolínea de bandera, la veracidad de este principio ha quedado empíricamente demostrada con el estudio de campo correspondiente, pudiéndose observar su aplicación en diferentes casos: Abal Medina Jr. como Jefe de Gabinete de Ministros pasó tres meses levantando sospechas sobre su inutilidad. Tiempo después abrió la boca y despejó todas las dudas al manifestar que podrían expropiar YPF, para luego confirmar la teoría en menos de 24 horas, cuando se desdijo. Amado Boudou, por su parte, era candidato cantado a ser conejillo de indias para esta teoría y no defraudó, superando en marca al benjamín de los Abal Medina: sesenta y dos días bastaron para que saltara el primer quilombo. Los casos son numerosos y resultaría tedioso enumerarlos todos, pero el lector podrá sacar sus propias conclusiones. (Recomiendo analizar las trayectorias -y sus respectivas fotos- de Hernán Lorenzino, Mercedes Marcó del Pont y Axel Kicillof)
En el caso de la ex-exYPF, la Presi apuntó bien alto: en el mismo discurso en el que anunció la expropiación del 51% del paquete accionario, despejó todas las dudas de que se trata de una cortina de humo más densa que una conferencia de prensa de Caruso Lombardi. Luego de afirmar que el ninguneo en la cumbre americana de presidentes no le dolió y que no se fue despechada, sino que la esperaban sus funcionarios -que estaban más al pedo que ella- habló de la «soberanía hidrocarburífera de la República Argentina». Lindo nombre, decorativamente rebuscado, como todas las pretendidas reformas que intentó encarar el kirchnerismo: a una ley de medios se la llamó «Ley de servicios de comunicación audiovisual», a una pedorra reforma electoral se la denominó «Ley de la democratización de la representación política, la transparencia y la equidad electoral», y a un sistema económico basado en la impresión de billetes lo bautizaron «modelo de redistribución de la riqueza con base en matriz diversificada». Con estos parámetros, hablar de soberanía hidrocaburífera para denominar a una expropiación -encima, parcial- es un logro de la sintáxis.
El chamullo barato empezó de entrada, cuando presentó un powerpoint como prueba irrefutable de que recién el año pasado empezamos a importar petróleo y gas. Verso tan grande como las pulseritas Power Balance: en 1999 alcanzamos el autoabastecimiento y un par de años después teníamos reservas para dos décadas. Luego, claro, asumió el estadista de la mirada distinta y en menos de dos años se reabrió el gasoducto que nos comunica con Bolivia. Pero el verso puede alcanzar el tamaño de «La Guerra y la Paz» si tenemos en cuenta el detalle de que en en 2005 se fueron 160 millones para comprar combustibles, en 2006 se patinaron 3.700 millones de pesos, en 2007 la módica suma fue de 9.200 millones, al año siguiente 16.200 millones, en 2009 el nada despreciable monto de 19.900 palitos y, finalmente, Repsol tuvo que importar cincuenta millones de barriles de petróleo en 2010, sólo para abastecimiento. De Vido, entonces, en vez de culpar a Esquenazi, se la agarró con las petroleras extranjeras, a quienes acusó de complotarse -luego de siete años de caída libre- para boicotear al gobierno. 
Por si a alguien le quedaban dudas del chiste, Cris aclaró de vuelta que no estaba mintiendo, que era todo cierto, con lo cual a uno le entra la gran duda de qué fue lo que la llevó a tolerar tamaña política de vaciamiento -en sus propias palabras- durante tantos años: incapacidad, negligencia o interés. Atrás quedaron los años de inauguraciones con Esquenazi y la Vírgen de Luján a upa. En el túnel del tiempo se perdió el anuncio del hallazgo de una cuenca petrolífera inservible -y ya descubierta- en Neuquén. Eso pasó tanto de moda como las hombreras y el flequillo sauvage de Cris en los noventa, cuando era capaz de inyectarse adrenalina con tal de que la privatización de los yacimientos hidrocarburíferos -en su lógica de soberanía, «la entrega apátrida de nuestros recursos»- se aprobara a carpeta cerrada y lo antes posible. Eso ya fue, como la onda de las salideras bancarias. Hoy la posta, lo in, el último grito de la moda está en el contrabando de yerbamate, en la contradicción histórica y en calificar a cualquier manotazo de ahogado como «acto de soberanía». 
Desde un punto de vista personal, siempre fui defensor de la intervención del Estado en cuanto a infraestructura se refiere. Aquellos lugares que no son redituables para la construcción del ferrocarril, que se encargue el Estado, al igual que los destinos aéreos y la custodia, exploración y explotación de los recursos naturales del país. El tema, cabe aclarar, es que quiero una aerolínea de bandera para cubrir las rutas que a nadie le conviene, no para llevar a los amigos de Recalde a ver a la Selección de fútbol. Quiero ferrocarriles del Estado para llegar a donde no sea negocio, no que los que ocupan transitoriamente el Estado utilicen los ferrocarriles para hacer negocios. Siguiendo esta lógica, está más que claro que defiendo el control del Estado sobre los recursos no renovables. Y es precisamente por ello que no puedo evitar cagarme de risa cuando veo que el mismo gobierno que habla de recuperar la soberanía sobre nuestros recursos, es el mismo gobierno que reprime a troche y moche a quienes luchan contra la explotación minera a cielo abierto, el mismo gobierno que utiliza el monopolio represivo del Estado para cuidar los intereses, los suculentos dividendos, las increíbles ganancias de las empresas extranjeras que se babean por nuestros yacimientos. Pero si tenemos una Presidente que sostiene -y cree- que el Estado administrado por su gobierno ha demostrado eficacia en el manejo empresarial, la patria de los desdentados y las costillas al aire puede sentarse a esperar tranquila por sus derechos que, mientras tanto, Julio De Vido se encargará de llevar a la gloria a YPF, tal como lo hizo con los ferrocarriles.
Definitivamente tengo una radio a transistores y me cuesta agarrar la sintonía fina. Debe ser por eso que entiendo las cosas al revés y, cuando Cristina habla del aumento de combustibles a
l consumidor, pienso en las autorizaciones de Guillermo Moreno y en la política de retenciones de Néstor. Seguramente sea por no tener un buen sintonizador que, cuando la Presi habla de enviar al Congreso una ley petrolera, siento que leo los diarios de los noventa, pero de atrás hacia delante. Tal vez por no actualizarme tecnológicamente es que me meé de risa cuando la escuché afirmar que ella no es prepotente y, acto seguido, anunciar que el proyecto de Ley todavía no había salido de la Rosada, pero que De Vido ya estaba sentado en el directorio de YPF. 
Me quedé en otra sintonía, definitivamente. Ahora, cuando veo que 678 se ríe de los españoles por defender las ganancias de una empresa privada, en vez de putearlos me pregunto si sabrán quién se beneficia de los impuestos recaudados sobre las regalías obtenidas por una empresa con casa matriz en España. Porque una cosa es tratar a los gallegos de boludos defensores de capitalistas y vaciadores de nuestro patrimonio, y otra muy distinta es no darse cuenta que lo único que hacen es defender sus intereses en épocas de crisis económica. Obviamente, este razonamiento es muy complicado de entender para quienes siguen succionando el esfínter del presidente venezolano que expropió la siderúrgica Matesi, del grupo Techint, una empresa que sí tiene participación Estatal argentina.
Entre las perlitas de la fecha, quedará para la historia -o el olvido selectivo- la pregunta que nos hizo Cris: ¿A ustedes qué les puede cambiar más la vida? ¿Una reforma constitucional, o que no tengamos más petroleo, gas, combustibles, ni crezcamos? No venía ni por lejos al caso, pero vaya a saber uno por qué lo dijo. Entre eso, y la confesión de que fue corriendo cual reina del baile de graduación, al grito de «mister president, mister president» para mostrarle a Obama la tapa de Clarín, creo que completé mi cupo: escucharla hablar de soberanía para luego contar alegremente que el Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica la autorizó a comentar el tema de los diarios argentinos, está en mi podio de momentos inolvidablemente impresentables que me ha regalado la Presi. No me entra una bala más. 
Para redondear, la Cris tiró unos destellos de barrilete cósmico en materia económica para conformar a la audiencia, como el Diego haciendo jueguito con una mandarina luego de atender a los periodistas. Demostró, una vez más, su pensamiento de cabecita de novia al ordenarle a Guillermo Moreno que le arregle el precio de la yerba mate en lo que dure esta semana, para a continuación afirmar que no se puede aplicar la magia en materia de precios. Si esto, estimado lector, le parece raro, piense que en un mismo discurso la Presi dijo que ella no es patotera, pero ordena una solución mágica a un tipo que, cuando tuvo la posibilidad de arreglar la cuestión yerbatera, calificó de polacos pelotudos a los productores y de gordo puto al gobernador de Misiones.
El paso de comedia finalizó con una frase para enmarcar, un comentario que hizo aplaudir a la militancia y sacudir los Vacheron Constantín a los funcionarios, una acotación que haría lagrimear a Sandra Russo y eyacular a Orlando Barone: «Él siempre soñó con recuperar YPF para el país.» Pura emoción y reparación histórica para aquél gobernador santacruceño que se mostró más contento que Oyarbide con anillo nuevo ante la privatización sin inventario de YPF, pero que ahora sabemos que era porque sabía que algún día volvería, vacía, desabastecida, improductiva, a manos del pueblo. Y quizás fue por eso que se guardó 500 millones de dólares de regalías petroleras: para colaborar con la compra. Un altruista.
Martes. Todos pagaremos YPF. Vos también, Salustriana.