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No hace falta ser economista para entender una de las leyes más básicas de la historia, como lo es la oferta y la demanda. Increíblemente, basta con preguntarle a un economista para saber que existen diferentes formas de abordar una ley que, para los que no somos economistas, nos resulta de simple explicación: un precio justo se encuentra en la intersección a partir de la cual su sobrepaso puede exceder la oferta o la demanda. Si se excede la demanda y escasea la oferta, el precio sube; si se excede la oferta y la demanda no se copa, el precio cae.
Después vienen los especialistas y comienzan a matarse entre interpretaciones, pero el concepto básico es el que ha permeado en la mayoría de las personas y hasta lo trasladamos a todos los ámbitos de nuestras vidas. Es como la versión técnica del refrán “uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde”. Lo que abunda no le damos mayor importancia. Hay de sobra, ¿para qué preocuparse? Lo que escasea es lo que cuidamos. Ahí entran otros pensadores y te dicen “lo que escasea y tiene algún valor”, lo cual tiene sentido. ¿Quién podría preocuparse por la escasez de basura?
El valor de una cosa es subjetivo a las características de cada persona. Hay gente que desea completar un álbum de figuritas y otras a las que les parece un desperdicio. Desde el dogmatismo, algunos dan por sentado que la abundancia de un bien implica un bajo valor y que ese valor escaso implica que no se deben tomar medidas para su conservación. Milei se encuentra entre ellos y lo sostiene abiertamente con ejemplos tan claros para todos como cuando sostuvo que no existe ningún problema en que una industria contamine un río, dado que sobra agua y que, en todo caso, se verá qué se hace cuando el agua potable escasee.
En base a todo lo visto en la dinámica de expresiones entre distintos sectores de la sociedad civil, pareciera que existe un objeto que no tiene valor alguno, ya que abunda su disponibilidad: el tiempo.
No soy tan viejo como para creer que sostener una actividad en redes sociales implica estar al pedo. Y no soy tan viejo como para no conocer las redes sociales y saber que estar todo el día allí implica, necesariamente, que no existen otras cosas que requieran de nuestra atención. O sea, que se está muy, pero muy al pedo. Podríamos seguir los ejemplos de moda de los últimos años e ilustrar este concepto con una serie de filminas soporíferas o con gráficos a mano en un pizarrón, pero hagamos el ejercicio mental de imaginar lo siguiente: el tiempo gastado en actividades e interacciones virtuales es inversamente proporcional a los requerimientos de nuestras responsabilidades.
Ya aclaré, pero va el ejemplo: si uno está con mucho laburo y una radio o un noticiero de fondo, no hay ninguna sospecha de pérdida de tiempo por mandar un comentario a Xwitter de vez en cuando. Ya cuando se comienza a responder, podemos asegurar que hay una ventana de tiempo, un recreo, o una pausa para un cigarrillo, un horario de almuerzo. Cuanto más tiempo permanezcamos en la interacción, es lógico que nuestra atención esté puesta ahí y no en otra cosa.
No creo ofender a nadie con esto, porque yo me he encontrado en esa posición de poder dedicarle horas a las redes sociales con algún que otro tuit en horario laboral y la dedicación a la interacción por fuera de este. Luego, la realidad me llevó al pluriempleo y las posibilidades de estar todo el día pendiente de la interacción se desvanecieron junto con la esperanza de llegar a los cuarenta años con la apariencia de un hombre de cuarenta años.
Lamento tener que aclarar otro punto pero, en tiempos en los que se dice a cada rato que hay una generación de cristal que se ofende por cualquier cosa, hay que reconocer que también existe una generación aburrida, probablemente sin nada para hacer, a la que le gusta provocar solo para ratificar que ellos son superiores porque no se ofenden por nada. Dicho esto, el jueves de la semana previa, el Presidente de la Nación estuvo dos horas y media en el streaming de Neura seguido de otra hora en el streaming de Carajo. Antes y después de eso, pasó un mínimo de dos horas retuiteando mensajes en Xwitter sin contar los propios y vaya uno a saber cuánto dedicó a Instagram.
Luego de un fin de semana que estuvo soleado en toda la provincia de Buenos Aires, menos en la Quinta de Olivos, el presidente aprovechó el mal clima y se volcó a las redes para duplicar su actividad en las mismas. Al lunes siguiente, brindó una clase de una hora y media en la Universidad de San Andrés y, por si fuera poco, pasó otras cuatro horas solo en Xwitter, y solo si tenemos en cuenta sus retuits y no sus mensajes propios o, lo imposible de saber, el tiempo que pudo estar abocado a la lectura de tuits. Su Instagram se convirtió, en el mismo momento, en una colección de reposteros de otras cuentas, con una galería de imágenes de gusto discutible que no le hace ningún favor a la democratización de la Inteligencia Artificial. Luego, su cuenta subió un video con una exposición en vivo en la Bolsa de Valores, donde habló otra hora, esta vez en slow motion y con referencias a extraterrestres y críticas a la prensa. Si bien los asistentes se tuvieron que codear entre ellos para no cabecear, al menos no tuvieron que escuchar al Presidente decir “soy una de las tres personas más conocidas del planeta”, como sostuvo delante de los alumnos de San Andrés.
En el torneo desatado entre funcionarios para ver quién aguanta más en quedar con la lengua seca, uno de los subordinados del ministerio de Economía pidió que nunca olvidemos que tenemos un presidente que es profesor y que eso «no volverá a ocurrir en nuestras vidas». Yo también tendría esa vocación de servicio por el mandatario si hubiera pegado el préstamo hipotecario blando más alto que haya entregado el Banco Nación a un funcionario. Igual, no logro decidirme si el “nunca volverá a suceder en nuestras vidas” es una expresión negativa o una aspiración deseable al tener en cuenta los resultados de los últimos presidentes que además daban clases en la universidad.
Es obvio esperar que, con tanta voracidad por la oratoria, el presidente deje un tendal de declaraciones a tener en cuenta. Más allá de que –nuevamente– la abundancia le quita valor y de que nadie es convencido por escuchar todo el tiempo lo mismo, podríamos agrupar sus consideraciones en distintas esferas. Una de ellas abarca todos los comentarios que el presidente hace sobre una realidad en la que él es la máxima autoridad, pero no se reconoce como tal. Por ejemplo, nuevamente aseguró que el aborto es un asesinato. Acá no importa una diferencia de opiniones o una coincidencia; solo importa que el presidente cree que se está cometiendo el delito más grave tipificado por nuestro Código Penal y no hace absolutamente nada más que comentarlo otra vez.
A lo largo de su gloriosa vida, Jorge Luis Borges ha planteado varios escenarios en los que se repite la persecución de lo inalcanzable, entre un hombre y su objeto de deseo o su propia sombra. Una base de esto podemos encontrarla en sus numerosos ensayos tempranos o en los prólogos que redactó para las ediciones locales de los libros de Franz Kafka. Puntualmente, Borges estaba fascinado por las cosas que eran kafkianas antes de la existencia de Kafka, lo que denomina precursores. En ensayos pretéritos, abordará a los que fueron aristotélicos antes de Aristóteles y así terminará en Zenón de Elea y sus paradojas. A este caso kafkiano viene a cuento la paradoja de la dicotomía que motivó una inquisición borgeana: “un móvil que está en A no podrá llegar al punto B, porque primero debe recorrer la mitad del camino entre ellos, y antes de eso la mitad de la mitad, y antes de eso, la mitad de la mitad, y así hasta que sea infinito”, recuerda Jorge Luis que dijo Aristóteles. Una forma de comprenderlo es el dolor de cabeza de la infinitud del tiempo. Otra es la imposibilidad de encontrar un punto medio porque ese mismo punto medio se convierte en un nuevo punto de llegada y partida a la vez.
Desconozco si Javier Milei tenía en mente estos planteos que acompañaron a Zenón de Elea, Aristóteles, Platón, Kafka y Borges a lo largo de todas sus vidas cuando decidió dar una nueva entrevista (esta vez telefónica) a Neura con el objeto de explicar los datos del Indec y tuvo que defender a Martín Menem y a Santiago Caputo a la vez. Lo cierto es que no puede existir un punto medio más imposible cuando A expone que B dijo de todo del presidente, de su hermana, de sus perros y hasta filtró conversaciones privadas. ¿Cuál sería el punto de equilibrio? ¿Que casi es su cuenta, que lo expusieron a medias, que sí fue pero no tanto? Nada de esto: Martín Menem es víctima de una “operación prefabricada”. ¿La culpa? Nadie tiene idea y tampoco se le preguntaron, pero el presidente agregó que “el periodismo llama internas a discrepancias”.
A Menem le imputaron estar detrás de una cuenta que lima a Las Fuerzas del Cielo con tuits que darían vergüenza al troll más cuadrado. Nuevamente, el presidente tuvo que poner la cara por la hermana porque, en definitiva, Menem es Karina, tal como Adorni es Karina. ¿Todos los boludos son de Karina? ¿No encontramos un patrón de conducta? Pareciera que el presidente no lo halla o que, si lo hace, no le importa. Como tampoco le importa a ninguno de sus funcionarios ponerse en la línea de fuego y obligan a que el presidente sea el que tiene que salir a defender a sus soldados. Para darle un cierre a un martes en el que no pasó nada, Milei dedicó casi cuatro horas a Xwitter y una tanda similar a Instagram.
Se hace cada vez más repetida la imagen del Sargento Cabral escondido detrás del caballo de San Martín mientras todo es parte de una enorme conspiración. ¿Otra vez es culpa de la prensa? Ni recordábamos el nombre Espert y ahí viene el presidente a decirnos que es inocente y que debemos pedir disculpas. No es así, pero andá a llevarle la contra.
No tenemos la culpa de que en 55 años no haya podido trabajar en terapia su necesidad de reconocimiento o que no le haya pedido a su hermana algún consejo para lidiar con una Luna en Leo en su carta natal. Por lo general, cuando una persona se convierte en un compulsivo de las redes y no genera contenido de valor, uno puede jugar al psicólogo y analizar qué lo lleva a estar todo el día, qué tan pocas actividades realiza o si tendrá algún problema. Muchos deciden no hacerlo y, directamente, dejar de seguirlo. Si alguien tira opiniones con las que no se coincide, también se puede hacer, aunque no es recomendable porque corremos el riesgo de generar un sesgo de proximidad que nos haga creer que todo el mundo piensa como nosotros. El problema es que, cuando se trata de una persona que decide sobre nuestros destinos, no podemos darnos ese lujo. Así es que, al escribir “persona que decide sobre nuestros destinos” en un artículo en el que se entrevé la cantidad de tiempo al pedo que tiene tanta gente, puede que nos dé un poco de chuchos de frío, ¿no?
El dato del tiempo transcurrido en redes sociales no es menor porque suele confundirse con el tiempo de uso del celular. Y no: no se tiene en cuenta el resto de los usos y se da por sentado que una persona que pasa dos o más horas dentro de las redes sociales, además habla, mensajea, lee artículos y mira videos. Imaginemos la situación en el sector privado, ya que está de moda: ¿Qué actitud tomaría un jefe si supiera que uno de sus empleados, a lo largo de una semana, estuvo 25 horas en Xwitter? Nótese nuevamente que solo ponderamos Xwitter porque es difícil calcular el tiempo destinado a Instagram, donde un buen día presidencial puede acumular entre treinta y sesenta publicaciones en historias.
El tiempo es uno de los conceptos que más ha atrapado a las grandes mentes de la humanidad, desde la filosofía hasta la física. Hay miles de opiniones, contradicciones y teorías; algunos dan por sentado que pasado, presente y futuro se dan al mismo tiempo, otros que el tiempo es una construcción de la percepción humana, Newton lo consideraba un valor absoluto, Einstein sostuvo que es relativo y todos ellos seguramente coincidieron en qué significa estar al pedo de la vida. No tengo pruebas, pero intuyo que alguna vez habrán puteado al notar que otro está con las uñas gastadas de tanto rascarse mientras otro se patea las ojeras.
El aburrimiento es la materia con la que la mente crea cosas nuevas. En tiempos en los que no tenemos permitido aburrirnos, perder el tiempo ha pasado a ser una ilusión. Borges podrá decir que no se puede perder lo que nunca se tuvo, dado que no somos dueños ni de nuestro pasado ni del porvenir, pero seguramente en alguna conversación con Bioy, Jorge Luis se habrá quejado de otra persona que le rompe las guindas gracias a que tiene demasiado tiempo al pedo.
Y sé que no faltará el que minimice todo esto que planteo; si así es el caso, tranquilos: ni yo lo tomo en serio. El asunto es que quiero creer en todos los pronósticos que hacen el ministro de Economía y el presidente, aunque se contradigan con sus archivos, aunque sus propios funcionarios digan cosas contrarias. No me importa, estoy tan al límite con todo que necesito creer que tienen razón, que esta vez es verdad y que todo comienza a mejorar desde ayer mismo. El problema, entonces, seguirá igual. Si todo sale bien en materia económica, el problema estará todavía ahí, más que latente.
Porque la prosperidad de las naciones está garantizada por la estabilidad de sus instituciones y yo vivo en un país en el que el presidente odia a su vice, en el que el titular de la Cámara de Diputados no tiene la habilidad moral ni la experiencia para conducir el recinto de las leyes, pero sí tiene el tiempo suficiente para pelotudear en redes y después esconder la mano. Ese es mi país, habito la tierra en la que el presidente tiene que defender a boludos y, así y todo, le sobra el tiempo para pasear en redes y arengar. Habito un lugar en el que uno de los tres poderes del Estado funciona con la menor cantidad de miembros de su historia y a nadie pareciera interesarle ni para hacer una noticia. Duermo y despierto en un país en el que la foto de un ministro de Economía junto al presidente del Banco Central puede ser el origen de una crisis económica y de confianza en 2018, pero un matrimonio virtual entre ambos funcionarios es señal de fortaleza de equipo en 2026.
Mi vida transcurre en un lugar en el que, sin importar el contexto ni la pertenencia ideológica y/o partidaria, el que gana siempre dirá que es la voz del pueblo, aunque las matemáticas y la subjetividad coincidan por única vez para decir “puede que no”. De más está decir que solo es cuestión de tiempo para que cada gobierno, sin importar el contexto ni la pertenencia ideológica y/o partidaria, diga, sostenga o sugiera que los que los acompañan son los argentinos, toda una definición de qué queda para los demás.
Estoy en un lugar en el que la verdad se mide en cantidad de personas a las que les caés bien, en el que las instituciones son seres mitológicos y la constitución un listado de sugerencias; ese país, el que necesita de dioses a quienes adorar y no de funcionarios que administren temporalmente el Estado, un lugar donde la entrega masiva de datos de toda una población a una empresa es anunciada como el Cruce de los Andes porque creen que un salto al futuro aplicar modelos de inteligencia artificial. Ese lugar, en el que por criticar una mentira similar, te responden «ya le entregaste tus datos a todos», como si todo eso no fuera igual de ilegal o como si todos tuviéramos la obligación de decir la verdad al registrarnos en una red social.
Les doy toda la razón: la Argentina sale adelante, las mejoras económicas no las vemos porque se pasaron de la estación y ya vienen, y nos gobierna una de las tres personas más conocidas del mundo. Les doy la razón con los medios, que deberían poner en portada la reducción de dos puntos en las retenciones a la exportación de trigo. Es lo que corresponde, porque también lo harían si alguna vez a alguien se le ocurre pensar por qué los fideos secos pagan 21% si son la principal fuente de alimento de los que menos guita tienen. Supongamos que banco a muerte que “los que habitan en territorios templados dejen de pagarle la calefacción a los que eligieron vivir en zonas frías”. Tienen razón, posta, si sabemos que todos elegimos dónde nacer y dónde vivir. Por eso elegimos nacer en la Argentina, el mejor país del mundo, y no en Dinamarca.
Me pongo la camiseta y banco a muerte que, para conseguir los votos de los norteños al quite de los subsidios a la luz de los sureños, se haya negociado subsidiar la energía a los norteños y les milito que Alberdi nunca dijo “gobernar es poblar”, que no hace falta incentivar el crecimiento demográfico de este país con el 40% de su población alrededor del puerto de Buenos Aires. Además, a esta altura del giro conservador del presidente, es más que probable que encuentren en Alberdi un libertino para tomar con pinzas.
El país avanza, aunque el FMI nos pida que midamos la inflación del siglo XXI y no la del siglo pasado. Y la Argentina será próspera; sí, señor, lo dicen las profecías. El tema, temita, es y será siempre otro: mientras las instituciones sean este mamarracho, mientras todo se mida en quién grita más fuerte y quién es más ingenioso para insultar, no existe chance alguna de previsión a largo plazo sin miedo a que todo se vaya a la mierda con un cambio de viento. O una brisita. O porque dos personas no se llevan bien.
Hago lo que quieran. Pero que no grite más, por favor.
P.D. Las internas, por definición, son internas. Esto es Gran Hermano Celebrity Deathmatch Edition.
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