Inicio » Relato del presente » La insoportable intrascendencia de un pony
El primer recuerdo de tu vida es un hecho que, cuando ocurrió, lo viviste como algo traumático. Podés decir que recordás un montón de cosas de cuando tenías dos, tres o cuatro años y probablemente sean reconstrucciones que se armaron en base a anecdotas repetidas por quienes te vieron crecer. Ahora, tu primer recuerdo, absolutamente tuyo, es uno traumático. Puede ser un choque, o que tus padres te perdieron en el supermercado por unos cinco minutos que sentiste como si fueran tres semanas, o presenciar una pelea, o estar cerca de alguna tragedia. El mío es el micro escolar que clavó los frenos lo que hizo que mi boca aterrizara contra la agarradera del asiento. Tenía cuatro años. Creo.
Algo pasa en nuestra cabeza que solemos tener muy presentes cuestiones jodidas. Ya saben, la vieja dicotomía entre no recordar qué cosa cenamos hace una semana y sí saber qué teníamos puesto y dónde estábamos el 11 de septiembre de 2001 por la mañana.
Según estimaciones de demógrafos especializados, sin la cantidad de personas que hoy somos a nivel global, ya vivieron y murieron un aproximado de ciento nueve mil millones de personas. Si cualquiera de nosotros pudiera nombrar a mil personas como seres notables de toda esa historia, no llegamos al 0,000001%. Y no sé si podemos alcanzar ese número.
Es bueno recordar este nivel de intrascendencia inevitable en una realidad que siempre está marcada por liderazgos pretendidamente épicos. Siempre existió la misma dualidad: gente que quiso ser recordada para siempre y que, indefectiblemente, quedaron perdidos en la historia sin, siquiera, una persona que pronuncie su nombre.
Desde hace un puñado de siglos, a la lista de notables casi exclusiva de líderes nacionales se sumaron los profesionales de las artes y del entretenimiento. Pero también hay un problema cuando pasamos de contemporáneo a pasado. Les tiro unos nombres a modo de experimento: Albrechtsberger, Mysliveček, Michael Haydn (hermano de Joseph), Dittersdorf, Vanhal, Pichl, Stamitz, Cimarosa, Rosetti, Clementi, Hoffmeister, Viotti, Wranitzky… Salvo que usted sea historiador musical, es muy difícil que los ubiquemos. Son todos contemporáneos a Mozart y gozaron de prestigio y fama en vida. Y son los más renombrados; imaginemos al resto de los que hicieron cosas notables. Ser famoso no es lo mismo que ser notable; ser notable no es lo mismo que trascendente, y esto último no es igual que fundamental. Incluso al hablar de Mozart, si preguntamos quién gobernaba cuando le encargaron algunas obras –o sea, quién le pagaba– debemos googlear para saber que se trató de Leopoldo II de Habsburgo o José II, depende de la fecha. ¿Alguien lo recuerda?
Gente que gobernó, reyes absolutos, príncipes todopoderosos. La mismísima Roma tuvo 82 emperadores antes de la división entre Oriente y Occidente. Antes de eso, existieron cientos de cónsules durante la República. Egipto: 31 dinastías, casi 300 faraones. Algo más humilde: ¿podemos mencionar los 56 presidentes que tuvo la Argentina desde 1853? Todos ellos fueron las personas más importantes en sus tiempos. ¿Cuántos quedaron realmente en la historia? ¿Y sus ministros? ¿Cuántos diputados tuvimos a lo largo de todos estos años? ¿Cuántos senadores? ¿Cuántos quedaron en la historia?
Alguna vez conté la historia de Frank Brown –en Te odio: anatomía de la sociedad argentina– y se me viene a la mente porque fue el artista más famoso de su tiempo. Y su tiempo fue largo: el afamado clown inglés llegó a la Argentina en 1884 y murió en 1943. ¿Qué tan famoso? Entre sus admiradores estaban Sarmiento y Pellegrini. La ciudad se paralizaba cuando hacía su circo abierto en donde hoy se ubica el Obelisco.
Financió y construyó el Teatro Coliseo, formó familia y se quedó en una Argentina de la que salía solo para hacer giras. Hasta Rubén Darío le dedicó un poema. ¿Se dimensiona su fama en una era sin medios audiovisuales? Nadie fue tan famoso en su tiempo. Tiene un pasaje de cien metros en el bajo de Flores. Había una placa de bronce que lo recordaba. Se la robaron hace unos años.
Cada tanto nace alguna de esas personas de las que se hablará en décadas; más difícil es que nazca alguna que sobreviva al siglo. No hace falta remontarse a la época de Gardel para saber que no fue la única persona famosa que vivió en su época, sino que basta con chusmear alguna revista de los años noventa, incluso de hace veinte años: ¿cuánta gente acaparaba tanta atención y cuántos de esos aún forman parte de nuestro día a día? Incluso una persona megafamosa en su tiempo puede que no sobreviva a la memoria determinada por una barrera generacional: el nieto del último que supo de él. Ese nieto presta atención a las cosas que le cuenta su abuelo. Difícilmente las transmita a su descendencia. Si le parece exagerado o abstracto, párese en la puerta de Los Inmortales, vea la foto gigante de Gardel y sus amigos y dígame si reconoce a alguno. Tienen los apellidos puestos. Léalos y dígame si los ubica.
Tengo tres aristas que me dan vuelta siempre en torno a este tema. Por un lado, lo efímera que es la memoria hacia una persona cuando se retira o muere. Otro punto es la vagancia de determinadas personas para la transmisión de conocimientos. Hace dos semanas vi unos cuantos comentarios que destacaban que un actor británico joven supiera quiénes son los Beatles. Británico, man. Te regalo ese sesgo de proximidad: que en tu entorno no lo sepan, habla de tu entorno. Si una persona carece de cultura general básica y elemental, eso habla de sus padres, no del chico.
La tercera arista es el lugar que las distintas gestiones le dan al patrimonio cultural. Es curioso cómo una generación levanta murales para homenajear sus productos culturales mientras abandona los de generaciones pasadas con una liviandad que asusta. No es de extrañar que así suceda. La política, que siempre y en todo lugar es una expresión de la situación social y del país, puede mostrar ejemplos similares: los logros no son tantos si antes no se remarcan las fallas de gestiones anteriores. El resto lo hace la retroalimentación con una sociedad compuesta por individuos que pueden recordar la formación de su equipo en 1968, pero que en grupo sufre la ablación del lóbulo prefrontal. Así, un gobernante puede hacer mal la gestión anterior de la que formó parte y quedar como un salvador cuando solo tiene dos explicaciones: o estuvo de acuerdo o es un cobarde que sobreactúa. No hay una tercera.
Cuando era chico, me sorprendía viajar a La Plata y notar que las calles tienen números en lugar de nombres. Mi infancia porteña tenía como alternativa distintas zonas del conurbano habitadas por parientes y Mar del Plata, todos lugares donde las calles tienen nombres. Pasados los años, noté que no es una cuestión habitual en el planeta. En las ciudades históricas europeas, las calles llevan nombres basados en cuatro criterios: artes y oficios (que se desarrollaron allí en algún momento), geografía (homenaje a otros lugares o vías de destino de esa misma calle), personas olvidadas (los dueños de la zona desarrollada) y grandes batallas.
Otras grandes ciudades, sin la historia antigua ni medieval de por medio, se han elevado sobre numeraciones. Buenos Aires y casi todas las grandes ciudades argentinas nombramos a las calles con criterios europeos. Geográficamente, dos de las grandes avenidas cumplen con el rol de destino: la avenida Santa Fe es el origen de la Ruta número 9, y la avenida Córdoba lo es de la actual Ruta número 8. Sin embargo, es destacable que, a diferencia del modelo europeo, nosotros, en todas las ciudades sin números, le damos un espacio inmenso a los nombres propios, a los apellidos que quisimos inmortalizar.
También tenemos situaciones brutalmente desconcertantes. La calle San Martín, que bordea la Catedral Porteña, se llama así desde el Virreinato y no porque alguien soñó que alguna vez tendríamos una figura del tamaño de Don José de San Martín. Es en honor a otro, uno que murió en Francia cuando no era Francia en el siglo IV y que fue nombrado Santo Patrono en la fundación de Juan de Garay: San Martín de Tours.
La buena costumbre de inmortalizar a personas notables tiene un hito en 1808, cuando el cabildo virreinal renombró todas las calles con los apellidos de los notables que combatieron en la reconquista y en la defensa de la gran aldea ante las invasiones inglesas. Allí no se distinguió entre vivos y muertos; eran notables y punto. Para despojarse de todo rastro hispánico virreinal, declarada la independencia, se volvieron a renombrar esas calles y así comenzó una mala costumbre que arrastramos hasta estos días: rendir homenaje para preservar la historia en el mismo acto en el que se borra la historia. Es, cuanto menos, triste saber que el olvido es inevitable, pero que otros seres humanos harán lo suyo para que se nos olvide más pronto. Una calle de la ciudad de Buenos Aires, renombrada en 1808, pasó a llevar el apellido de un alférez francés de nombre Juan Bautista Fantin (aunque, probablemente, se llamase Jean Baptiste). Hoy es Marcelo T. de Alvear. ¿Fantin? Ni en Google. Borrado de la calle, borrado de la memoria.
Para cuando fue fundada Buenos Aires, no se estilaba poner el lugar de origen de los santos. San Martín de Tours era San Martín a secas. Algo pasó en tantos años que, desde 1945, existe una calle San Martín de Tours en Barrio Parque, porque no podíamos no tener una calle en homenaje a nuestro santo patrono, y todos supusieron que la calle de la Catedral se llamaba así por el General. Nadie se fijó en fechas.
Supuestamente, levantamos monumentos para homenajear a esas personas que no queremos olvidar. Lo hacemos igual porque no nos interesa lo que no vivimos y también por desidia. Godoy Cruz, Thames, Gurruchaga, Malabia son todos apellidos homenajeados por haber formado parte del Congreso de Tucumán. Pero ni eso te salva: Serrano, redactor del Acta de Independencia, perdió buena parte de su traza para darle paso al homenaje a Borges. Como si no existiera otra forma de homenajear a Borges. Como si no se pudieran poner mil estatuas o alguna calle nueva. Como si tuviéramos que hacer competir al máximo escritor argentino con nuestro equivalente a Thomas Jefferson en una disputa que, en realidad, somos nosotros contra los que nos precedieron.
Por más ilustre que sea una persona, ¿quiénes somos para borrar la memoria de lo que otros quisieron conservar? Otros tienen la suerte de que los vimos, aunque sea en Billiken: Paso, Moreno, Castelli al menos nos suenan de algún lado. Al no tener sus nombres de pila, ni siquiera nos invitan a Googlear. ¿Cuánto falta para que desaparezcan de la memoria colectiva?
Por un lado, es una zoncera que podría resolverse con un exquisitamente barato código QR en cada indicador de calle que redireccione a una página de Wikipedia. De hecho, lo propuse a, al menos, tres legisladores porteños con un resultado previsible: totalmente al pedo. Por el otro, el paso del tiempo que todo lo borra. Cualquier rastro de posteridad se olvida y sólo queda algún que otro hombre o nombre que flota en la memoria de alguien especializado en un tema en particular.
Esta situación podrá parecer triste, pero no es mi intención en este palabrerío. Apunto a otra cosa: ¿qué tan mal hay que estar para no dimensionar lo difícil que resulta trascender a la posteridad? Es una dualidad espantosa y demasiado de moda a nivel planetario: se gobierna con la mira puesta en los próximos cinco segundos, pero se desea y hasta exige el levantamiento de estatuas de bronce, premios Nobel, billetes con el rostro, que se escriban mil poemas y se canten mil canciones.
En el siglo IV antes de Cristo, en el punto máximo de la expansión del imperio macedónico, se estima que vivían hasta 50 millones de habitantes. A la fecha, hablamos de Alejandro Magno, Aristóteles y, si nombramos a alguien más, es en relación a estos y a fechas anteriores o posteriores. De cincuenta millones de seres humanos, dos personas son nombradas 2.400 años después. Hubo artistas, comerciantes, grandes héroes, militares destacados, pensadores, gente que gozó de gran popularidad en vida y de los que hoy no sabemos ni sus nombres.
Puedo dar ejemplos hasta que nos cansemos de leer, y la mayoría son para llorar si nos tocara en vida. Y eso que no entro en el detalle de que ni los países perduran. Hemos tenido que estudiar civilizaciones desaparecidas. Civilizaciones enteras, miles de años de historia que pasaron a otra cosa. Solo en los últimos cinco siglos desaparecieron 1,279 países. Me refiero a territorios soberanos con ciudadanos, gobiernos e instituciones. Uno de ellos duró un milenio y fue tan, pero tan importante que es uno de los estados analizados por Adam Smith en La riqueza de las naciones: la Serenísima República de Venecia. Un milenio y hoy es una ciudad de un país que existe desde hace 150 años.
Los filósofos a lo largo de la historia se han centrado en tratar de responder las grandes inquietudes del pensamiento humano. Si existe un hilo en común a lo largo de todo lo que desespera al hombre, ese es el sentido de lo que hacemos. La gran pregunta: ¿por qué existo? ¿Por qué, para qué, a quién se le ocurrió que esto está bueno? Aceptar que somos una fracción de un parpadeo en la historia del universo no es para cualquiera. En Cosmos graficaron la historia del universo en un año calendario. La aparición del hombre, toda nuestra historia, los cientos de siglos que llevamos acá, entran en el último día del calendario. De toda esa historia que sí nos pertenece, de esos doscientos mil años, tenemos registros escritos desde hace cuatro mil y por períodos espasmódicos. La gran mayoría de nuestra historia, incluso la posterior a la escritura, se ha perdido.
¿Qué nos hace creer que alguien recordará lo que hicimos ayer si nadie sabe el plato favorito de esa persona que dio a luz a nuestro bisabuelo? Salvo familias patricias o que hayan gozado de buena posición en siglos anteriores, nadie tiene un árbol genealógico que pueda remontarse poco más de un siglo o siglo y medio. Y así y todo, tenemos los nombres y profesiones. No sabemos qué les quitaba el sueño, si amaban lo que hacían, cuáles eran sus aspiraciones ni cómo se comportaban como hijos, padres, hermanos, compañeros de trabajo o ciudadanos. Quizá fueron las personas más solidarias del condado; tal vez fueron grandísimos hijos de puta. No lo sabemos, se perdió con el último que tuvo motivos para recordarlos. Le pasa a los famosos, a los notables, a los gobernantes.
Hay personas que siempre lo han tenido claro. Es mucho más que aceptar la finitud de la vida, lo cual ya es un quilombo en sí: es ser conscientes de que, probablemente, la mayoría de nosotros no deja otra huella que supere a la de los que nos conocieron. Aunque quizá se transmita y, en lugar de recordar nuestros nombres, se utilicen las cosas que hicimos, las ideas que pensamos.
Como si fuera un manual del gobernante del siglo XXI, cada vez es más normal ver a tipos que se auto homenajean por cosas que la historia todavía no puede analizar porque aún suceden, si es que realmente suceden. Presidentes que le ponen sus nombres a cosas con el detalle de que aún están vivos, otro que dice sin sonrojarse que es una de las tres personas más famosas del planeta, todos son “el mejor de la historia”, todo es un récord, todo es el mayor momento que viviremos.
La inmortalidad es quizá el anhelo más antiguo del ser humano, presente en las religiones y en las búsquedas paganas, en la piedra filosofal, en los elixires de vida, en la fuente de la juventud, en millones de leyendas y en todas las religiones, sea por trascendencia del alma o por reencarnación. Por tanto, está claro que si ese es el mayor anhelo y el más antiguo, el mayor miedo del ser humano siempre ha sido la muerte. Y el olvido, claro. Saber que nadie nos recordará es remarcar ese punto jamás resuelto: ¿para qué mierda vivimos?
Como todos estamos en la misma, me atrevo a suponer que muchos compran cualquier cosa que los saque de la sensación de que el tiempo se nos va y no hemos sido, aún, felices. Algo tan subjetivo que para cada persona representa un camino distinto; en un porcentaje notorio, el disparador de la felicidad es el camino de la destrucción de un enemigo que amenaza nuestra felicidad. Solo el camino, porque la destrucción completa nos quitaría la razón de ser: construimos en contra de algo que ya no está.
En eso estamos de forma continua y por eso pueden cambiar las políticas, pueden rotar los funcionarios, puede girar la veleta con nuevos vientos, pero la narrativa jamás cambia: este sí es un momento histórico, no como todos los otros momentos históricos.
Así es que ya nada sorprende y cualquier recién arribado se siente con la autoridad suficiente para atacar o destrozar a unos o a otros, absolutamente cebados por los números que le devuelven en tiempo real, por una popularidad repentina que no es permanente ni siquiera para la mayoría de los artistas; imagínate para alguien que debe revalidarse cada dos años. Mejor aún: ¿qué tanto se puede creer alguien cuya existencia pública depende de caerle bien o mal a la hermana del funcionario más limitado en el tiempo?
Todo eso es lo que pasa mientras leemos internas dentro de internas dentro de internas, mensajes encriptados, qué quiso decir Fulanito al abrazarse con Mengano, cuántos segundos duró el abrazo en comparación con otros, cuál butaca te tocó.
Y así es que terminamos de sumar las partes sin entrar en detalles que marcan la diferencia entre ser famoso o tristemente célebre. De esos también está llena la historia y, curiosamente, tienden a ser más recordables. Supongo que una buena explicación es que a nadie le parece necesario mantener en la memoria a quien hizo lo que le correspondía y sí conviene mantenerse alerta frente a los jodidos para evitarlos. Sobra decir que nunca ha funcionado.
Nadie puede caerle bien a todo el mundo y así es que todavía debatimos la nobleza y los actos de algunas personas. Un número chiquitito de personas. Uno ínfimo en comparación con todos los que fuimos y ni que hablar si queremos contar a los que vendrán. Puede que si somos conscientes de que ningún nombre queda grabado en piedra para siempre ni para todos, podamos acomodar las ideas y bajarnos del pony. Porque de tanto ser los mejores del mundo, puede que en un par de años nadie se acuerde ni de lustrar un bronce en nuestro honor.
P.D.: A casi cuatro siglos de haberse pintado, no se sabe quién es ni qué hizo de vida “La joven de la perla” que posa en el cuadro de Johannes Vermeer. Es la de la imagen.
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