Inicio » Relato del presente » Multiverso social argentino
Entran tres periodistas de una redacción a un bar, ocupan una mesa y ordenan el menú del día. A la hora de pagar, les llega una cuenta de 70 mil pesos a repartir entre tres. ¿Cómo se resuelve el cálculo? Es una pregunta clásica para medir la lógica de una persona. No sé por qué pensaba en este planteo mientras paseaba a Lucho. También me pregunto cómo hacen para despejar la mente los que no tienen un perro en casa, con lo lindo que se siente airear la cabeza mientras juntamos la cacona de un animal que te mira con una cara que parece decirte “¿quién manda, humano?”
En la puerta de mi edificio, un hombre le vende figuritas repetidas del álbum del Mundial a una mujer en el hall, mientras un vecino saluda con un «buen día» y pide permiso para salir a la vereda, empilchado con un traje de la última colección de invierno. Yo también saludo, mientras espero que mi amigo canino decida si deja de olfatear el árbol y lo mea, o decide buscar otro lugar donde dar fe de su paseo. El cielo ya está celeste, pero al Sol ni se lo verá hasta el mediodía en esta parte de una Buenos Aires agradablemente gélida.
Al llegar a la esquina, me es imposible no hacer lo que hago desde chico: mirar las patentes de los autos para sumar los números entre sí hasta que me dé un dígito. Con las patentes de cuando era chico, era más divertido adivinar las provincias de patentamiento, pero luego llegaron las combinaciones de tres letras y tres números antes de ser reemplazadas por las más modernas. Un bulto de tela alargado da a entender que adentro duerme una persona en la puerta de un local que está en alquiler hace más de un año. La vidriera de al lado colapsa de chucherías, peluches, parafernalia mundialista y un cartel que anuncia la venta de figuritas a 2.200 pesos si se paga al contado. Vuelvo a las patentes y, como todos los días, veo un patrón de convivencia sin punto intermedio entre letras que anuncian un automóvil salido de la concesionaria en el último año y otros que tienen casi una década o más: letras AI junto a doble A o patentes viejas, autos flamantes, coches que no cambian de mano hace rato.
Levanto la vista, miro las fachadas de los edificios y me pregunto cuántas realidades coexisten a la vez. Trato de repasar el edificio en el que habito, al menos respecto a los vecinos que he visto alguna vez en los últimos meses. Me sorprende notar la proporcionalidad por mitades que tenemos, mientras que a la vez nos agrupamos con diagramas de Venn que se superponen por algún punto de coincidencia. La mitad es propietaria, la otra mitad alquila. La mitad está habitada por adultos mayores y no precisamente coincide con la mitad que es propietaria; la otra mitad tiene hijos en la amplia gama de los menores de edad, o muy chicos o con un pie en Bariloche.
Incluso en este grupo podríamos trazar subdivisiones en base a los uniformes que delatan el colegio, pero estaría desprovisto de rigor científico: el colegio más caro podría haber otorgado algún porcentaje de beca y el más accesible podría haber sido elegido por cariño o calidad y no por posibilidad de pago. De lo que no zafan es de las internas barriales intercolegiales y eso configura más realidades.
Por fuera de la ficción, el debate de los multiversos no logra superar la etapa de hipótesis que solo genera discusiones entre los científicos que exigen no discutir boludeces incomprobables y los que sostienen que es posible. No logro comprender ni el título de un tratado de mecánica cuántica, pero si me guiara por la observación, ni hace falta la pistola teletransportadora de Rick Sánchez para notar que existen millones de universos paralelos que coexisten y, a veces, incluso interactúan, se tocan, intercambian ideas. No tiene la magia de contar con otras versiones de nosotros mismos, pero bueno, por algo la ficción es más atractiva que el género documental.
Uno intenta aplicar la máxima griega de Juan Domingo Aristóteles que reza que la única verdad es la realidad, pero la realidad de cada uno se construye acorde a lo que ve, a lo que quiere ver y a lo que elige ver, que no siempre van de la mano. Veo pasar fotos de una escalera mecánica en un shopping un sábado helado y resulta que la Argentina es una potencia económica. Dos tuits después, no se pueden solucionar todos los problemas en dos años. En un rato puede que seamos un faro que alumbre el nuevo horizonte para la prosperidad y, si nos apuran, un 2% mensual de incremento en el Índice de Precios al Consumidor significa desinflación.
Cuando pensamos en una diferencia de percepción, nos encanta ir a lo grueso, a la brocha gorda, a la comparación entre una expresidenta condenada con prisión domiciliaria o una perseguida presa política, a la diferencia entre un corrupto y una operación opositora, de ahí a la cuantificación del dinero inexplicable en manos de un funcionario. Y, sin embargo, los universos paralelos son aún más abundantes de lo que nos atrevemos a imaginar. Piensen por un momento en la cantidad de personas que llenaron las redes sociales con puteadas al Jefe de Gabinete, piensen por un instante en todos los que contribuyeron a las encuestas que muestran que ocho de cada diez argentinos quiere que Adorni dé un paso al costado, y luego intenten explicar qué deberían sentir los votantes del PRO al ver cómo blindaron un pedido de interpelación.
No esperaba nada y así y todo me sorprendieron lo suficiente como para ni calentarme en buscar explicaciones previsibles: no hay que darle de comer al kirchnerismo, vamos a seguir marcando lo que nos parece que está mal pero le garantizamos la gobernabilidad al Poder Ejecutivo, me colgué con Portugal-Uzbekistán en Casablanca y me olvidé de cruzar Rivadavia para dar quórum. Cualquiera de las opciones es válida aunque desearía que fuera la tercera porque sería mucho más comprensible que las anteriores.
Entre los universos paralelos, a nadie le sorprende la desconexión entre la política y la sociedad. Y a nadie debería sorprender que un gobierno prometa una cosa y haga otra. Lo que sí llamó mi atención fue el desglose que demuestra la encuesta sobre el enriquecimiento dudoso de gastos retrasadísimos del Jefe de Gabinete. A mayor poder adquisitivo del encuestado, menos grave parece el asunto. Creo que la explicación más simple es la cuantificación. A una persona que tiene que estirar sus ingresos para cubrir meses de cuarenta días, que no califica para un crédito hipotecario ni lo hará en su vida, que no tiene idea de cómo se ven diez, veinte o treinta mil dólares, es obvio que un gasto de cientos de miles de dólares cash le va a resultar una chantada. Para alguien con un buen pasar económico y que no consume muchas noticias, puede –nótese el énfasis en el verbo conjugado “puede”– que no vea tanto escándalo, si por lo que sabe del denunciado, es un profesional que trabajó toda su vida en el sector privado y 200 mil dólares por un departamento es algo normal, lo mismo que una casa de fin de semana o unas reformas. Puede que todo junto no lo sea, pero no hablamos de millones. Y ahí volvemos a los universos paralelos: el que percibe excesivo cualquier gusto, el que compra productos de tercera marca, el que no llega a cubrir gastos básicos, el que abandonó la prepaga, el que vive normal pero perdió poder de ahorro, el que pudo cambiar el auto y el que no ve nada extraño en una compraventa de un inmueble en efectivo sin endeudarse.
Ya que hablamos de habitar mundos paralelos, en su larga jornada de redes sociales en el mismo día del blindaje parlamentario a Adorni, el presidente de la Nación compartió una noticia en su Instagram en la que un medio afín titulaba que los salarios del mes de abril le ganaron a la inflación. O no sabe en qué día vive o ya practica la lectura de logos: marca conocida, foto mía, comparto. Estamos en junio y el último dato es del mes de mayo, donde la inflación duplicó al crecimiento salarial que, por si fuera poco, es de los más desiguales de los últimos lustros. Pero al ver que, para no perder la sana costumbre, el Presidente también compartió alguna que otra puteada a los periodistas, me detuve a ver su charla en la fundación Faro. En un momento de glorificación por el crecimiento del PBI en el primer trimestre, acusó a la desinformación de los periodistas que “se dedican a robar de la política a través de la pauta o con la extorsión”. Medalla y beso para el director de cámaras que, al acatar la clara orden de mostrar a Karina y Manuel cada vez que fuera posible, también lo hizo en el aplauso a esta hermosa y bonita frase. El presidente también pegó por elevación por hablar de caída del consumo cuando lo que es evidente es que “la modalidad de consumo cambió”.
¿Podrías vivir con 650.000 pesos? Suena a otra intriga para evaluar la lógica de alguien pero es lo que gana un redactor promedio, el clásico periodista al que no se lo odia lo suficiente y que escribe notas, según la escala salarial de la paritaria rubricada por el sindicato de prensa ante la Secretaría de Trabajo del Ministerio de Capital Humano del mismo gobierno que publica un índice que afirma que una pareja de laburantes de medios, aunque ambos tengan dos trabajos, no alcanza el umbral necesario para conformar una familia de clase media.
Es la mitad de lo que cobra el empleado ingresante en un comercio. O un tercio de lo que cobra un playero de estación de servicio. Y ninguno de los tres podría sostener con sus ingresos una familia sin caer por debajo de la línea de la pobreza. ¿Cuáles serían los modos de consumo que habrían cambiado estos lindos ejemplares del ecosistema cívico? Según los relevamientos, los cambios de consumo existieron y fueron empujados por el aumento de las prepagas, los servicios y el transporte.
El promedio salarial en la Argentina ronda 1.3 millones de pesos mensuales para trabajadores en relación de dependencia y, por si hiciera falta aclararlo, es un promedio. Por cada uno que cobre tres o cuatro palos mensuales, imaginemos cuántos hay del otro lado para tirar el promedio tan abajo.
Quizá sea eso lo que más me molesta de la fijación que tiene el gobierno contra el periodismo en general, mezclado con medios, empresarios de medios y cualquier otra cosa que se les cruce. Me jode el corporativismo y lo último que podría desear es tener que defender a impresentables. Cuando el presidente dice “el 95%” frente a periodistas que dicen no sentirse tocados o que ni siquiera mencionan el tema, en buena medida aceptan una realidad en la que están muy, pero muy por encima de lo que realmente ocurre en el sector periodístico. ¿Cuál es la situación? Básicamente todo lo que se pueda imaginar si partimos de esos salarios.
El ideal aspiracional del periodista promedio actual quedó reducido al pluriempleo dentro del sector: formar parte de una redacción, de un programa radial, de un programa televisivo o de un stream. Pocos lo consiguen. Muchos menos son los que consiguen una bolsa de empleos solo en tevé y radio sin tocar una redacción. El número correspondiente a los que solo viven bien con la estelaridad televisiva se reduce a mucho menos del 5%. Y todos forman parte de universos paralelos con distintas realidades.
Decía que el pluriempleo dentro del sector es aspiracional, pero tampoco hay lugar para todos en todos lados. Es un pluriempleo distinto al de otros sectores, en el que se espera tener distintos empleadores por cuestiones básicas de la dinámica laboral, como puede ocurrir con trabajadores part-time que suman turnos para alcanzar la carga horaria normal. El periodista de una redacción ya tiene un horario full-time y todo lo que sume es sobre esa base. Cuando no hay lugar para un segundo empleo –o un tercero– en otro formato y medio, ¿qué hace el periodista que desea mantenerse? Lo que hace cualquier persona que no quiere caerse del sistema: agarrar lo que venga. Ahí vienen los ghostwriters, los conductores de Uber, los que le manejan las redes a una pyme, los que reparten pedidos y entregan compras online. Ahora se estila decirles “emprendedores”. En mis tiempos nos llamábamos changarines. Esta es la realidad de la inmensa mayoría. Y no son más porque muchos se bajaron de la pelea por la supervivencia y de la aspiración de intentar vivir de lo que les gusta hacer.
Se da por sentado que el ser humano se comunica desde siempre. Las referencias a antiguas tradiciones orales demuestran que siempre hemos querido comunicar cosas hacia el futuro. Por hallazgos pictóricos en cuevas se sabe que el hombre se ha expresado artísticamente desde que enderezó la espalda para caminar en dos piernas. Estas reproducciones rupestres muestran grupos de caza, aventuras de travesías y hasta fogatas con algo que se parece mucho a una persona que cuenta historias ante otras que escuchan. La teatralidad, la oralidad y la representación son eternas y aún persisten en el teatro, la tele y el cine.
Cuentan los que saben que la separación entre historia y prehistoria está determinada por la adopción de un sistema de lenguaje escrito, algo que ocurrió por primera vez en Oriente Próximo hace unos 5,300 años. La escritura fue nuestro salto adelante. La invención de la tinta fue otro, la creación de soportes flexibles, otro, incluso en la actualidad. Las noticias más compartidas en cualquier red social siempre tienen a las de la prensa gráfica en la cima de preferencias. Y, sin embargo, nos dicen que estamos en la era audiovisual y muchos lo certifican con un verso perverso: “la gente ya no lee”. Otra vez, las percepciones de cada individuo en función de lo que tiene y lo que lo rodea.
Y eso que la humanidad adoptó la escritura para reemplazar a la oralidad ante la necesidad de contar con registros para todos. Esto llevó a mejores organizaciones de gobierno, mejores formas de expresar ideas y mejores métodos de hablarle al futuro. Todavía se utiliza como latiguillo que las cosas se dicen por escrito porque “a las palabras se las lleva el viento”. La aparición de esta nueva metodología, lejos de destruir las otras modalidades de contar historias, las potenció: una misma historia puede ser contada mil veces sin que nadie la altere gracias al estudio de cosas escritas.
¿A dónde voy con todo esto? A que una cosa es ser corporativista y otra es pretender ese imposible de que no se falte a la verdad en cuestiones tan burdas. Porque una cosa es hablar desde el desconocimiento de un sector –algo que debería ser causal suficiente para guardar silencio, pero, bueno, vivimos en esta época– y otra muy distinta es decir barbaridades a sabiendas del pobrismo de laburantes cada vez más pauperizados. El salario en mano de un jefe de sección o editor está en 700 mil pesos. Imaginen el resto. A esa gente le dicen ensobrados. Técnicamente son precarizados al borde de la indigencia según datos oficiales del Indec.
En el eterno resplandor de una mente prejuiciosa, buena parte de los que se suman al coro de desprecio del presidente por los medios sabe que un trabajador de prensa cobra un salario inmensamente inferior a la línea de la pobreza, incluso en cargos jerárquicos. Todos nuestros colegas estelares lo saben porque no viven en un termo.
El tema no es el periodismo. Este escrito es solo un pantallazo a tener en cuenta cuando se le pega al periodismo por decir que no cayó el consumo, como si cada redactor pobre no supiera de lo que habla, como si tuviéramos que hacer una profunda investigación de campo para determinar que, si una familia necesita 2.5 palos por mes para no ser pobre, puede que los números no le cierren a nadie que cobre menos que eso. Es un poco turbio que se hable de corporativismo cuando nadie con acceso a una entrevista presidencial ha dicho “no, pará, no podés decir eso sin especificar nombres”. Hay colegas que cobran de tantos municipios que tuvieron que entrar al tapón fiscal o el eufemismo que le quieran poner, mientras que el fin de la pauta que supuestamente lloramos nos pasa tan de largo que no es desmentida por los que cobran de YPF, del Banco Nación ni de Aerolíneas Argentinas. Dudo mucho que esta cofradía de voceros tenga los problemas del redactor.
El termómetro social del redactor promedio es él mismo. Somos conscientes de lo que cuesta vivir, de lo que sale cada cosa que se necesita para atravesar un mes y, por si fuera poco, consumimos las mismas publicidades que cualquiera, con los mismos deseos, solo que no podemos satisfacerlos. No hace falta ser la reencarnación de Freud, Jung, Wundt o Piaget para saber que una sucesión de deseos insatisfechos por razones ajenas a nuestra voluntad deriva, inexorablemente, en frustración. La frustración que no se resuelve lleva a la caída en picada de nuestra confianza y autoestima, irritabilidad y reacciones exageradas, ansiedad, estrés, autopercepción de soledad e incomprensión, dificultad para conciliar el sueño; en fin, nada que no sirva para describir el estado de la sociedad en general.
Con motivo del gaffe de Florencia Peña en un canal de streaming, uno de los nuestros hizo un análisis de lo exagerada que es la burbuja del stream frente a los números de la tele, aún en su peor etapa. Si doy por sentado ese panorama, no veo motivo de preocupación. Es más, la mayor amenaza a la tradición no está en el stream, que en definitiva es un formato. Más daño generan los que cobran en negro por actuar, que están enamorados de cada acto que haga un funcionario, los que reciben guita y deben acatar el mensaje a difundir, o los que cobran por callarse. Otros universos que me intrigan. ¿Cómo será la vida de alguien que vive de eso?
Después pueden venir en oleadas de hordas que gritan en mayúsculas que ya nadie nos cree, o que pegan títulos de portales para preguntarnos por qué el periodismo no habla de eso que sacaron de una nota periodística. A esta altura ya cansó. Primero, porque nadie es tan superior como para ser el único que no se deja influenciar por los medios perversos: si no te cambió la forma de ver las cosas a vos, no lo hizo con nadie. Podemos, con toda la furia y viento a favor, poner un tema sobre la mesa. Cómo se toma cada persona ese tema es parte de su propio universo.
Para todo lo demás, siempre rige el mismo principio que reza que uno le presta atención a algo cuando ese algo comienza a afectarle. ¿Querés que se deje de hablar de Adorni? Resolvelo y se acabó. Bueno, resolvelo, pedile a Adorni que no vuelva a tuitear pelotudeces y se acabó. Porque nada es más odioso que un nabo que se cree mil después de que todos nos dimos cuenta de que es un nabo que se cree mil. El drama ocurre cuando la defensa pasa a ser un grito de victimización porque te quieren hacer una operación para «sacrificar a un funcionario en el altar del ego de los periodistas» y todo para que, al final, haya que ver cómo se calma el asunto o se organiza un cambio sin daños colaterales. Ya deben haber limpiado lo más que se pudo, de otra forma no te lo entregan. Algunos que nunca nos leyeron seguiran con la cantinela de que nadie nos lee ni nos cree. Pero alguien tuvo razón y no fue el único ser humano que se está por quedar calvo por segunda vez.
Porque algo que es importante tener en cuenta es que un tema se agota solo, sin necesidad de que nadie lo silencie. Es difícil pretender que cada ciudadano celebre una mejora en las condiciones macroeconómicas con un salario de miseria mientras ve que se regalaron créditos hipotecarios o que un cuatro de copas juega al Monopoly con plata de verdad. Es difícil hablar de otra cosa cuando la actividad central del gobierno y aliados pasa por qué hacemos con el nene que se portó mal. ¿De qué querés que hablen, de lo que no ven o de lo que cualquiera entiende?
P.D.: Ah, el planteo del inicio. ¿Cómo se resuelve? Fácil: no existen tres periodistas de una redacción que puedan pagar el menú del día.
Este texto fue escrito sin la utilización de herramientas de IA. Compartilo, que los algoritmos me esquivan. Este sitio se sostiene sin anunciantes ni pautas. El texto fue por mi parte. Pero, si tenés ganas, podés colaborar:
Y si estás fuera de la Argentina y querés invitar de todos modos:
¿Qué son los cafecitos? Aquí lo explico.
Y si no te sentís cómodo con los cafés y, así y todo, querés, va la cuenta del Francés:
Caja de Ahorro: 44-317854/6
CBU: 0170044240000031785466
Alias: NICO.MAXI.LUCCA
Si querés que te avise cuando hay un texto nuevo, dejá tu correo.
(Sí, se leen y se contestan since 2008)