Ideas para pasar el rato

Ideas para pasar el rato

Una noche cualquiera de agosto de 2022 me encontró parado en la puerta del Hotel Bristol de Varsovia. Para mis parámetros argentinos, la noche estaba en pañales al ser, apenas, las 20:00 horas. Ya había cenado y el grupo al que pertenecía se había dispersado entre distintas habitaciones del hotel. Salí a caminar solo con dirección a algún bar, cualquier bar, en una de mis formas preferidas de conocer un lugar al que no tenía planeado ir pero en el que, por algún motivo mágico, la vida me depositó: perderme entre las calles.

Perderse en el centro de Varsovia es fácil. Muy fácil. De entrada, había un grupo de jóvenes al que, instintivamente, seguí. Luego descubrí que eran un montón de grupos y que todos terminaban en un lugar que podría haber encontrado gracias a Google Maps, pero no hizo falta: la plaza seca del mercado histórico. De las callejuelas que salían del mismo busqué alguna señal de humo de tabaco concentrado, señal inequívoca de la presencia de algún bar. Y los polacos de aquel entonces fumaban como chimeneas. Pero al acercarme a la primera columna de humo encontré gente que salía y unas luces que se apagaban. Maldita costumbre de cerrar temprano.

Pero esta travesía no tiene como objetivo hallar alcohol, sino chusmear a la gente. La arquitectura del lugar la puedo buscar por otros medios; en cambio, el contacto con los lugareños es algo que no se obtiene fácil. Y qué importa el idioma: son las costumbres, el contacto físico, cómo se saludan, los gestos de sus caras, si ceden el paso, si abren puertas para otros, si agradecen a quien atiende, los modales del que atiende; todo, absolutamente todo, es una postal.

Al darme cuenta de que la puerta cerrada no volvería a abrir, me giré y noté un bruto escudo masónico frente al local. Lo busqué en Google Maps y no decía mucho, o si lo decía, poco me importó frente al cartel enorme que atrajo mi atención: estaba en medio del antiguo Ghetto. Al menos de la parte que había sobrevivido a la orden de Adolf Hitler de convertir la ciudad en un lago luego del Alzamiento de Varsovia.

Al no ser parte de la Cole, entiendo que el Alzamiento tiene, para mí, un peso distinto que para el resto. Yo llegué a Varsovia sin información de parientes, sin historias familiares y sin tenerlo planeado menos de quince días antes. Mi vínculo más reciente con Polonia, para aquel entonces, era mi obsesiva compulsión por consumir cualquier cosa que tuviera que ver con las decisiones políticas antes, durante y después de las Guerras Mundiales. Sí, sabía de memoria del Ghetto, de los padecimientos por parte de los nazis y de la larga historia comunista.

Lo que más fresco tenía al momento del viaje era un libro escrito un par de años antes por Anne Applebaum, una periodista norteamericana que dedicó sus estudios a los países detrás del Telón de Acero. Aquel libro se llama El ocaso de la democracia y comienza con una anécdota que, si la autora no aclarase que ocurrió en Varsovia, podría haber pasado en Floresta: una fiesta de fin de año de 1999 con un nutrido grupo de invitados que, ideológicamente, estaban dentro de las distintas esferas de lo que antiguamente llamaban “centro derecha”, aunque se considerasen liberales anticomunistas: a favor del libre mercado y del Estado de Derecho.

Dos páginas y media del primer capítulo y la historia cuenta que, un par de décadas después, la autora se cruzaría de vereda para evitar encontrarse con algunos de aquellos asistentes que en 2020 aplaudían y celebraban una gestión de gobierno que llegó tras la marcada debilidad del gobierno saliente, colonizó al Poder Judicial y detonó toda institución pública al poner como funcionarios a un sinfín de personas con nula experiencia pero fieles al partido oficialista. El panorama que pintó Applebaum para Polonia pareció desolador, pero allí estaba este sudamericano que venía de un país paralizado por la inacción de un presidente debilucho e ineficiente para cualquier cosa.

Sería ridículo pensar que una noche alcanza para conocer a una sociedad, pero nunca deja de sorprenderme la naturalidad con que el común de las personas se desenvuelven en determinados ámbitos sin importar quién gobierne. Al ver la luz de algo que nosotros llamaríamos kiosco, me acerqué a comprar una Coca, para la cual tuve que desembolsar en zlotys el equivalente a un euro. Trato frío para nuestros parámetros, pero absolutamente cordial. Enfilé a mi derecha y vi una pared de ladrillos a unos doscientos metros. Sabía lo que significaba y allí me dirigí.

Recorrer un muro de lo que fue el antiguo ghetto tiene una carga que para muchos puede resultar dolorosa. Para mí, un goy sin otro vínculo con Polonia que haber visto a Juan Pablo II con mis propios ojos al pasar por la puerta de mi edificio del barrio Cardenal Copello en su papamóvil por la autopista Dellepiane, el Alzamiento equivalía a una gesta heroica que un guionista te descartaría por exagerada, esa en la que personas que, en cualquier otra ocasión, serían sujetos absolutamente normales con vidas aburridas de contar, se convierten en paladines dispuestos a una muerte segura, pero heroica.

Juan Pablo II había sido el Cardenal Karol Wojtyla y una placa lo recuerda en la puerta de la Catedral. Para cuando yo estaba en Varsovia, el obispo católico (hay que aclarar porque la presencia de los primos ortodoxos también es importante) dio un discurso tan, pero tan homofóbico que lo banearon de YouTube. El gobierno polaco, sin embargo, lo festejó. Pero ellos dijeron no ser homofóbicos, sino tan solo estar en contra de la narrativa LGTB que vino a reemplazar al comunismo, como bien dijo el obispo. Del mismo modo, no faltó la corriente militante en contra de la inmigración musulmana, que en Polonia es prácticamente insignificante.

A través de ese muro de ladrillos, terminé de nuevo en el antiguo mercado, donde una estatua de Piotr Biegański me educa sobre una realidad que ya había notado en varias placas de antiguos palacios: nada había quedado en pie y todo fue reconstruido con los materiales originales. Porque hay que tener memoria para no repetir los horrores del pasado, pero en algunos casos, la mejor condena es el olvido. Los nazis quisieron borrar Varsovia del mapa; los polacos la reconstruyeron como era antes de la guerra. Ese es mi problema y el de todos los que nos interesamos en la historia: saber que toda propuesta novedosa puede resultar una exageración y que, de pronto, cualquier acusación extremista suena vacía, mientras que cualquier medida inocua puede ser un tema de preocupación.

Pensar en los efectos de la nueva política en esa Polonia me resultaba en una lucha de percepciones. Por un lado, una narrativa política ultraeuropeísta se vio sacudida por la invasión de Rusia a Ucrania. No hace falta contarle a un polaco qué significa una invasión, mucho menos una rusa. El gobierno polaco abrió sus fronteras y se convirtió en el principal receptor de refugiados ucranianos. Todo fue tan abrumador que se tuvieron que habilitar todos los pabellones de Expo Cracovia para acoger a todos los que no tenían dónde ir. Hacia allí nos íbamos a dirigir al día siguiente, pero yo estaba en la etapa de entrenamiento. No es lo mismo leer libros de historia, leer historias en primera persona, ver todos los documentales existentes que caminar por calles en las que se produjeron barbaries.

La plaza seca del centro histórico (idéntico al existente durante siglos pero reconstruido desde sus cenizas hace ochenta años) ya había quedado vacía de jóvenes. Vacía de toda forma de vida humana. Me asomé a la ribera del Vístula, pegué la vuelta y me dirigí nuevamente hacia el Bristol. En el medio me encontré con una muestra de dibujos infantiles repartidos en diez columnas giratorias dispuestas en la vereda. Cada una de ellas tenía una docena de dibujos mezclados, en todos ellos había bombas dibujadas, fuego, casas rotas. La mitad eran de la Segunda Guerra Mundial. La otra mitad correspondía a los niños refugiados ucranianos. Era una iniciativa compartida por el Archivo Estatal de Polonia, controlado por su propio gobierno, y me chocaba ese accionar con las cosas que había leído. Entendí que los refugiados ucranianos no suponían un riesgo por no ser musulmanes o de otro color de piel. Estaba en lo cierto y equivocado a la vez: por un lado, el gobierno polaco de aquel entonces se opuso a las cuotas de asilo de la Unión Europea en línea con el discurso endurecido de los nuevos líderes europeos y, a la vez, se vetó todo intento de ayuda a los ciudadanos ucranianos por encima de la ayuda ya brindada con la posibilidad de asilarse.

El sistema gubernamental de Polonia es un parlamentarismo republicano. En 2023, el líder opositor Donald Tusk ganó las elecciones y formó gobierno, a pesar de tener como presidente al líder del partido perdedor. Pero el daño de ocho años de destrucción institucional para eliminar cualquier contrapeso ya había dado sus frutos: no hubo una sola política gubernamental propia de Tusk que no haya sido vetada por el Presidente o inhabilitada por la Justicia previamente colonizada.

¿Y cómo es que pasó todo eso? De a poquito hasta el batacazo y por cansancio después. Años de agotamiento mental llevaron a bajar las defensas de un electorado que, como en todos lados, no tiene por qué estar al tanto de cada cosa que hace el gobierno ya votado. Volví de Varsovia, pero esa idea me ataca más de lo que esperaba, porque no es un mecanismo exclusivo de Polonia ni de ningún país en particular, porque es lo que pasa cuando a la gente se le acaba la energía para prestar atención y delega todo en cualquier cosa que lo proteja de un enemigo, real o inventado. Y si hay un lugar donde ese cansancio se entrena todos los días, es acá. Hoy nosotros estamos en otra por alegrías que exceden a cualquier otro país, pero cuando termine esta fiesta, vayan a chusmear cada cosa que salió en los boletines oficiales de la Nación o de cualquier provincia, incluso la Ciudad de Buenos Aires, en el día de cada partido y al día siguiente, sin que ningún mecanismo de contrapeso haya hecho absolutamente nada, ni por el mero ejercicio de preguntar.

Yo mismo tengo motivos de sobra para arruinarme el ánimo. Los negocios se complican, pero los negociados están de parabienes y en todos lados se confunde achicar el Estado con desprenderse del mismo. Por lo que va del año, es mi peor período profesional; día por medio me encuentro con alguna novedad que tira para abajo y, por si fuera poco, aún conservo la pésima costumbre de moverme por la calle, tomar transporte público, recorrer estaciones de trenes del conurbano sin ningún plan a la vista más que observar. Es curioso ver cómo se puede generalizar tanto la bonanza como la malaria. O a todos nos va bien o, si decimos que estamos mal, nos contestan “como todos”.

Y sabemos que no es así, que no todo el mundo está mal, que siempre hay gente que puede estar peor que nosotros y que también hay un mundo mucho mejor, pero al que no podemos entrar. Basta con notar cuántas personas vivieron el jueves como un feriado y las que no podían creer que otras personas pudieran darse ese lujo.

Soy el primero en desconectarme de la realidad cuando me pasa por arriba. Bah, no sé si el primero, pero se entiende el punto. Cuando se dio a conocer el índice de inflación semestral, noté que mis ingresos cayeron, mis gastos aumentaron, pero para el Estado tengo que pagar más de monotributo. Y me desconecté de las urgencias sobre las que nada puedo hacer.

A cada lugar al que tuve que ir, fui a pie, en bondi, subte o tren, y me desvié siempre que el tiempo me lo permitió. Del quinto al séptimo párrafo de este texto, por ejemplo, fueron escritos en el celular mientras esperaba una reunión. Otros fueron palabras sueltas en distintos lugares y la forma final en casa, como corresponde, mientras tengo en loop jugadas de fútbol en la tele y música en mis auriculares.

No estoy dispuesto a llegar al agotamiento por empatía ni me resigno a ser un amargado. Hay días en los que miro al mundo desarrollado y veo que las respuestas que se cocinan en los gobiernos actuales son oposiciones exactamente igual de pretenciosas, pero para el otro lado. Es como si a una persona que propone eliminar el Estado le pusieran como opositor viable al más inconsistente de la oposición solo para joder, para evitar una política a largo plazo real, para no tener que resolver nada y que todo se dirima entre enemigos.

Hacia allá pareciera que vamos. Si creíamos que el mundo estaba polarizado, no tenemos idea de la boludez que nos parecía tremenda hace tan solo una década, y esto lo saben tanto los que creyeron en la primavera macrista como los peronistas.

Pero les contaba de Varsovia y eso fue en 2022. Yo estaba preocupado por la realidad del día siguiente, la de los refugiados, mientras contemplaba la arquitectura del hotel Bristol, una de las pocas cosas que no hizo falta reconstruir porque nunca fue bombardeada por la Luftwaffe. Y es que allí funcionó el generalato nazi para el control de Varsovia.

Mi realidad de aquel entonces me resultaba insoportable. Sentía algo de refugio colectivo en charlas y encuentros con un montón de personas. Muy poco después comenzaría a sentir el efecto Applebaum: muchas de esas personas hoy las esquivaría, o quizás ellas lo harían conmigo. Es la misma fatiga, pero a otra escala: la que vacía instituciones también vacía amistades. Y a mí, entre ser feliz y tener razón, me gusta mucho la primera opción.

Bueno, a veces.

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