Los ideólogos del caos

ideólogos del caos

Siempre funciona: si uno quiere una trama de ciencia ficción exitosa, tiene que mostrar una realidad que nos resulte insoportable. La mayoría de estas obras que llegaron al cine lo confirman: nada garpa más que un buen futuro distópico, uno en el que el mundo tal como lo conocemos se fue al tacho. Es curioso que funcione de ese modo dada nuestra propensión a pensar que el mundo es una mierda tal y como está ahora.

Toda ciencia ficción tiene un punto de partida en lo posible. Incluso si vamos al extremo de Fringe o X-Files, nada de lo que ocurre es una imaginación sobre el aire sino la narración de una historia en torno a una teoría factible, por más que no haya sido probada.

Hasta las historias más amables, como podría ser El hombre bicentenario de Asimov, nos presentan una armonía que igual incomoda. La humanización de una inteligencia artificial más un sistema legislativo global despierta dos de las grandes pesadillas del ser humano: qué nos define como humanos y qué otras formas encontraremos para gobernarnos.

Niños del hombre muestra un mundo en el que la tasa de natalidad ha caído a cero y todo entra en un caos destructivo porque no hay mañana. El autor de la novela original, P.D. James, la escribió en 1992 para un Reino Unido que arrastraba más de dos décadas de caída en la tasa de natalidad. El mundo imaginado es uno que ha perdido toda esperanza y los gobiernos colapsan. Hoy, con la caída de las tasas de natalidad y la inversión en las pirámides demográficas, notamos que un caos es posible cada vez que prestamos atención a cuántos trabajadores activos son necesarios para financiar a un jubilado.

En la mayoría de los casos –por no decir todos– los gobiernos futuristas son odiosos, totalitarios o ausentes. No es una curiosidad, sino una necesidad. Para pensar que todo se fue al carajo, debemos sentir indefensión. Pocos frenan a pensar que una solución a la indefensión del ser humano es lo que fundamentó la teoría del contrato social y dio una arquitectura a las constituciones modernas. Podríamos decir que una buena ficción distópica requiere un gobierno espantoso o inexistente porque nos da miedo.

En la realidad cotidiana también existen un inmenso número de personas que dedican su vida a pensar en el futuro, en los problemas del futuro y en los gobiernos del futuro. En medio, pareciera que el espíritu que guía es una respuesta a la pregunta de cómo salir del caos en el que se metió la política en todo el mundo. Nadie se detiene a pensar que para más de uno el caos es lo deseable. Literalmente.

Lo bueno de las ideologías es que no hace falta creer en ellas: con solo autopercibirse alcanza para ser parte de un colectivo que nos hace sentir dentro de algo. En el medio todo está permitido: si no se tienen claras las ideologías, de allí para abajo se puede mezclar cualquier cosa. Es la segunda vez que lo escribo. La anterior fue cuando lo usé como el inicio de un texto sobre el flan ideológico de la campaña electoral legislativa de 2021. En mi cabeza de aquel entonces, abarcaba a todos: de un autopercibido peronismo que nunca decidió si es de izquierda, centro o derecha, conservador o progresista, anticlerical o papista, pasábamos a escuchar a mucha gente muy –comprensiblemente– enojada que dijo ser liberal pero que, con cinco minutos de charla, surgía una visión conservadora harta de impuestos.

Veníamos de varios años de tener a liberales best sellers y, de pronto, comenzaron las incongruencias en saga. Un día estaba bien vender un órgano o un hijo, otro día un aborto temprano pasó a ser un homicidio doblemente agravado por el vínculo y por la indefensión de la víctima. Un día los datos son la única verdad, al otro los textos bíblicos son una justificación política y económica. En su única faceta conocida hasta entonces, Milei se había presentado como un liberal, un anarco-capitalista, un libertario, se alió a la cara visible de la familia nacionalista católica castrense y llenó su espacio de figuras que desconocen qué dice la Constitución de su país pero afirman poseer una ideología que no pueden explicar más allá de “las ideas de la libertad”, con su hermana a la cabeza de esta inexplicable vocación por no intentar, siquiera, leer un resumen de lo que se va a militar.

Así es normal y absolutamente natural que, como economista invitado a programas periodísticos y, luego, en foros internacionales como presidente, haya defendido la existencia de monopolios como benefactores sociales; y que, con un cambio de humedad ambiente, su gobierno anuncie la desinversión obligatoria de seis millones de usuarios de Telecom “para evitar monopolios y favorecer la competencia”.

Existe una antiquísima creencia que reza que llegar al poder no es fácil; mantenerse en el poder es peor. Como si fuera una apuesta, el mundo que nos rodea desde hace años está signado por particularidades que naturalizamos: tecnócratas con poder de decisión en la política de los países, fragmentación social en una lluvia de grietas dentro de grietas dentro de grietas, ruleta política para elegir mandatarios en un vaivén de triunfos electorales que hacen pensar que nos da lo mismo cualquier cosa, permisividad y hasta elogio a la agresión hacia lo distinto como muestra de que el supremacismo de lo plenamente funcional y tradicional es una realidad a defender, la obligación de producir cada vez más y nunca progresar, esa sensación de avanzar a las chapas sin movernos ni llegar a ninguna parte. Todos felices o todos enojados, algoritmos que son cada vez menos algorítmicos, exaltación de las ideas propias basadas en hechos discutibles cuando no incomprobables, reivindicación de la emocionalidad como forma válida de comunicación sin filtro alguno y exaltación del derecho a ofender porque pintó hacerlo.

Todo ese cuerpo de cosas sueltas que vemos a diario las sentimos en mayor o menor medida en nuestras vidas desde hace tiempo. Uno puede utilizarlas emocionalmente para ganar una elección, pero si se quiere sostener en el tiempo, haría falta un hilo narrativo para darle forma. Bueno, ese hilo existe desde hace años con textos que lograron encausar, en un principio, a conservadores con liberales clásicos espantados, libertarios, alt-rights y neorreaccionarios que defienden la búsqueda de un camino hacia la salida. ¿La salida de qué? Del sistema que nos fue impuesto hace siglos.

Muchos toman una peli de ciencia ficción como un momento de entretenimiento y, si deja algo para pensar, por lo general son cuestiones morales, de agradecimiento por el mundo que nos ha tocado o de alerta por lo que podría pasar. Blade Runner, Yo, Robot, Soy leyenda, Mad Max, El vengador del futuro, Ready Player One, Los Juegos del Hambre, Divergente, Repo Men, Wall-E, Terminator, Brazil, 12 monos, Gattaca, Ex Machina, Looper, Interstellar, Minority Report, la película que quieran buscar, la novela que deseen leer, no importa qué tan distópica resulte: siempre incomodará por ser distinta a nuestra actualidad.

Pero ahí aparecen personas que fueron vistas como marginales por los grandes círculos intelectuales, mientras que nadie percibió que influían en otros círculos o que, al menos, reflejaron el termómetro de jóvenes que estaban por pasar a ser adultos todopoderosos. Hace poco hablábamos de nuestro flamante residente argentino Peter Thiel. Sus colegas también consideran que los gobiernos atentan contra la evolución natural del desarrollo tecnológico con regulaciones y burocracia incapaces de ir a la velocidad que requiere cada salto.

Los magnates tecnológicos dejaron de ocultar su idea. Es falso que la descubrieron tarde, sino que tardaron en atreverse a avanzar por sus propios medios. Es cada vez más repetido en un grupo pequeño pero superpoderoso decir que el sistema no es eficiente o que es una máquina de frenar el progreso de la tecnología. No, no los gobiernos que van para un lado o que van para el otro: directamente el sistema que nos gobierna, el Estado administrado mediante repúblicas democráticas con alternancia y constituciones que dicen qué no me pueden hacer como persona.

No es solo Thiel; a él se suman Karp, Sacks, Stephens, Andressen, Luckey, Srinivasan y, como era de prever con leer sus declaraciones, Musk. Todos ídolos tecnológicos en sectores estratégicos.

Hay un pastiche ideológico que más de una vez he mencionado por aquí y en el que intento no profundizar demasiado para no quedar como un desquiciado paranoico. No lo estoy. Pero cabe mencionar cosas que escapan hasta de los que más tendencia tenemos a leer todo lo que se acerque a nuestras manos.

Cuando el año pasado escuché “parásitos mentales”, podría haber dicho algo. Estaba en boca de un divulgador de la autodenominada nueva derecha en su filial chilena. A los pocos días, lo escuché en las palabras del mismísimo presidente de nuestro país y, más tarde, lo repitió ante líderes globales. Digo que podría haber dicho algo con la misma intrascendencia con la que lo digo ahora. La primera vez que leí algo similar a parásitos mentales vinculado a una forma de pensar fue en un texto llamado “La Ilustración Oscura” de Nick Land. Él lo había tomado prestado del blog de Curtis Yarvin, quien habló de “parásitos meméticos óptimos”.

Si usted no sabe de quiénes hablo, no le pasa nada malo. Land es un filósofo británico notorio dentro de un círculo de personas que se movió por debajo de la conversación pública visible, que creció gracias al surgimiento de Internet en la segunda mitad de los años noventa y cuyas voces se multiplicaron y retroalimentaron gracias a foros y blogs ya en este milenio. Con citas incomprobables de grandes políticos que verifican su sesgo, Land ha llegado a sostener que el mayor crecimiento exponencial de la humanidad de los últimos 250 años no se debe a la democracia, sino a la revolución industrial, y que fue esta la que llevó a la democracia, la cual solo frenó la revolución y el resto fue inercia. Discutible. ¿La ralentización del proceso industrial británico es por culpa de la política o tampoco encontraron un vínculo con eso de perder todas las posesiones coloniales de las que extraían la materia prima, más dos largas guerras que los liquidaron económicamente?

Los conceptos de Yarvin, el otro mencionado arriba, han sido amplificados, sistematizados y radicalizados aún más por Land. Ambos descreen de la democracia; Yarvin ha dado forma al concepto “neo-reaccionario”, y Land lo amplificó. Yarvin propuso que el sistema de gobernanza de los países se ajuste a un CEO y accionistas, donde los habitantes son clientes; Land lo masificó en La Ilustración Oscura. La idea subyacente de esto último es tomada de Hans-Hermann Hoppe, un profesor alemán naturalizado norteamericano que considera a la monarquía como un mal menor y que asegura que cualquier organización, sin importar su tamaño, es mejor administrada por una sola persona.

Land, por su parte, ha contribuido con su cuota de fracaso democrático y republicano. Ha dicho que los políticos investidos con autoridad transitoria en un sistema de alternancia “tienen un incentivo sobrecogedor e irresistible para robar de la sociedad con la rapidez más efectiva posible”, ya que “cualquier cosa que no robe” puede ser utilizada por otros políticos en su contra. Sí, tiene un punto. Pero donde nosotros podemos ver un reclamo de transparencia, estos teóricos ven la necesidad de una “salida” del sistema.

Es una reinterpretación radicalizada de un libro de Albert Hirschman llamado “Salida, voz y lealtad: respuestas al declive en empresas, organizaciones y Estados”, en el que describió que cualquier persona tiene dos posibles respuestas cuando percibe que una organización disminuye la calidad o el beneficio para el miembro: puede retirarse de la relación o puede expresar su opinión para intentar reparar a través de un reclamo o la propuesta de un cambio. A nivel Estado es bastante simple: protestar o emigrar. Hirschman padeció a los nazis y formó parte de la fuga más audaz de intelectuales desde Francia a Estados Unidos luego de atravesar España y Portugal. Luego se alistó en Estados Unidos para ir a la guerra. Antes de todo esto, combatió en la Guerra Civil Española y, después de todo, se embebió de América Latina in situ. Quizá el hecho de haber sido un fugitivo migrante, un combatiente en una guerra entre dos bandos que pelearon por su propia visión de patria y recorrer un continente en plena época de golpes de estado y refugiados políticos lo llevó a tener una mirada asertiva para escribir ese ensayo en 1970. Sin embargo, Land llega a la conclusión de que es todo el sistema lo que está mal y que la salida tiene que ser del sistema en sí, con una ruptura total.

Tras leer o tomar conocimiento de todo esto, es más que probable que uno trace una línea y suponga que es contradictorio que un intelectual de la nueva derecha o un triunfalista sostenga un concepto de un neorreaccionario que descree de la democracia, de los conservadores, del liberalismo y hasta del libertarianismo, pero no pasa nada. Total, nadie sabe nada de nadie.

Por lo general, cuando uno aborda un libro escrito para un país extraño en un siglo lejano, es recomendable tomar ciertos recaudos. El primero sería comprender, hacer una aproximación a la realidad social, política y económica en la que fue escrito, los tiempos anteriores a ese período, los resultados posteriores, qué pasaba en el mundo en el mientras tanto y tener un breve paneo biográfico de la vida del autor. En caso de querer tomar el texto como un manual de instrucciones aplicable a cualquier país en cualquier época, puede que encontremos que sí, que está desactualizado y hasta equivocado cuando nunca lo estuvo porque no fue escrito para nosotros. No somos tan importantes.

Pero si hay gente que en las películas de ciencia ficción no encuentra advertencias o preocupaciones de sus autores, sino documentales con mensajes sobre cosas que pasan en tiempo real, podemos imaginar qué queda para el resto de las cosas. En ese resto de las cosas entran propuestas que exceden lo teórico y buscan pasar a la acción. Y no crean que hablo de cosas muy marginales. Yarvin estuvo en la toma de posesión de Trump, invitado por el mismísimo Donaldo. Y yo, que no tengo forma humana de estar al tanto de todo, había entendido por escritos de Land que Yarvin ya había abandonado el libertarianismo por el mismo motivo que critica a los alt-right: por considerar que quieren arreglar el problema dentro del sistema para poder volver a tener un problema que arreglar.

Lo que más me intriga es la indulgencia con la que ni pensamos en el futuro próximo. No digo dentro de veinte años, hablo del año que viene o dentro de un lustro. Después de Milei, ¿qué? ¿Quién tiene preparada una construcción partidaria, algo que ya logró sonar anacrónico en uno de los mayores triunfos del caos? ¿Quién tiene la moral suficiente para decir que esta vez sí se va a administrar el Estado para beneficio de todos y no como una ventana de robo limitada en el tiempo? ¿Quién tiene la cintura política para construir la gobernabilidad necesaria para la toma de decisiones que la velocidad impone frente a tanta gente con tanto éxito que cada vez más seguido repite que las democracias son lentas y atentan contra el progreso?

Ya que andamos con teorías falopa, sumo mi sentir: el motor que empuja a los cambios políticos siempre fue, es y será el resentimiento en un sentido plenamente lingüístico. Suena feo, pero tratemos de pensarlo desde la etimología y con el diccionario en la mano: una persona a la que se le niegan sus derechos elementales o que lleva años de ver sus esfuerzos truncados por factores externos, es lógico que se encuentre resentida. Nos ha pasado a todos, nos pasa a todos. El resentimiento, en la política, es la base de los ingredientes del próximo plato de comida que nos será ofrecido y así ha sido siempre, incluso mucho antes de que alguien intentara un sistema democrático.

Lo que ha llamado mi atención desde hace un cuarto de siglo es cómo los resentimientos personales son canalizados hacia fenómenos colectivos de retroalimentación que, en su afán de librarse de todo factor externo, terminan sin darse cuenta de que también culpan de todos sus males a un afuera que se identifica con nombre y apellido, o con una sola palabra. Y eso también es difuso, porque cuando todos son algo, nadie es nada. A los que redactan y difunden la necesidad de romper el sistema o volver a las raíces, me encantaría preguntarles en qué les afecta el mundo tal como está. Ya es una mierda, pero podemos quejarnos porque vivimos acá. ¿Tanta fe le tienen a la buena voluntad de otro ser humano para perpetuarlo en el poder? Puede que lo que los afecta no sea el mundo, sino que no les den pelota. Y los entiendo porque yo también estoy en ese lugar más seguido de lo que quisiera, ese en el que sentimos que el mundo nos debe algo. Pero lo charlo en terapia, no quiero verlo arder. No tanto.

Si hago un ejercicio de introspección personal, soy una persona con un historial de vida que da para el resentimiento. Y me resiento varias veces al año. Algo que deseo y no se me da despierta un sentimiento de frustración arrastrado desde la primera juventud; un cambio laboral imprevisto me devuelve a todo lo que odio haber llegado a la vida adulta cuando el mundo y mi país se iban a la mierda; una discusión me activa todos los miedos al aislamiento social. Todo me puede pasar y no me siento un marciano. Al menos no por esto. Pero lo charlo en terapia o direcciono mi pensamiento a otro lugar. Después de autoflagelarme un rato, claro. No conozco a nadie que esté tan superado.

Lo que no se me cruza por la cabeza es culpar a gente que no conozco y que nunca vi en mi vida por mis problemas personales que nada tienen que ver con la política de un país. Y eso es algo cada vez más presente que parte de un “ya no se puede hacer chistes, che” hasta llegar a “este sistema no opresor no reconoce lo genial que soy”. No sé si chusmear las biografías de toda la gente mencionada, pero cada uno de ellos es un festín de traumas infantiles, adolescencias interrumpidas o traumas varios irresueltos que hasta el más acérrimo enemigo de la psicología reconocería como un temita a abordar.

Yo siento siempre que algo tiene que cambiar pero no se me ocurriría ni en pedo cargar contra el sistema. Es más, propongo a cualquiera que sea descendiente de inmigrantes que haga el siguiente ejercicio: averiguar por qué se fue de su lugar de origen el ancestro que lo haya hecho nacer acá y chusmear por qué eligió un país americano y no una dictadura asiática, alguna colonia africana u otro país europeo. ¿No encuentran un patrón de qué deseaban y dónde lo creían posible?

Yo hice ese ejercicio: seis generaciones arriba hubo un Lucca nacido en un reino. No votaba porque no formaba parte del padrón electoral compuesto por el 2,2% de la población. Su hijo nació en otro reino. Nunca votó porque la reforma electoral llevó el padrón a un jugoso 6% de la población adulta. El hijo de este nació en otro reino. Le cambiaron la ley electoral justo cuando tenía edad para votar con el sistema anterior, pero le clavaron una modificación y unos matones que pasaban, saludaban y se llevaban las votaciones sin que nadie saliera de su casa. Ninguno de los tres ancestros se mudó de pueblo. Del reino de Nápoles al reino de las Dos Sicilias y de ahí al Reino de Italia. Este último Lucca combatió con 17 años. Antes de marchar hacia la frontera en 1917, contrató un seguro de vida para su madre. Ganaron y volvió con vida. Menos mal que lo hizo porque el seguro ya alcanzaba para un kilo de pan. Cuando se casó y formó su propia familia, su aldea dentro de ese reino no había cambiado nada, con la excepción de que ahora eran llamados “africanos del norte”, mientras el gobierno central comenzaba su carrera armamentística y las elecciones se arreglaban a cuchillazos, cuerpos en zanjas y algún que otro linchamiento. Su voz no valía, tomó la salida: eligió la Argentina. Sus hijos, entre ellos mi abuelo, fueron los primeros Lucca en votar sin que nadie les preguntara. Ok, votaron una vez y les clavaron un golpe de estado, pero se tomaron revancha mil veces. Porque el sistema que les enseñaron al bajar del barco les dijo que las cosas funcionan de una manera para todos los millones de argentinos y gracias a ese sistema es que cualquier dictadura tiene fecha de caducidad. Y eso está buenísimo recordarlo. ¿El resto? Se charla.

Total, siempre queda tiempo para seguir el ejemplo de Land cuando dijo que “para los neorreaccionarios más hardcore, la democracia no está solamente condenada: es la condena en sí y salirse de ella llega a ser el imperativo más importante”. Coherente con su afirmación, él sí largó todo y se mudó. Vive en Shanghai, capital económica de China. Una dictadura. Todavía dicen que son comunistas. Detalles.

Nicolás Lucca

P.D.: Del caos nace la oportunidad, dicen que dijo el que armó el quilombo.

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