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En mi primera infancia existió una persona mítica, una leyenda de la que todos podíamos dar fe de su existencia porque la veíamos casi a diario. Sin embargo, acceder a verla consistía para muchos de nosotros, mocosos sueltos en la calle sin supervisión adulta, en cierto ritual y una buena cuota de suerte. En los horarios en los que valía la pena intentarlo, ese insulso pozo determinado por la siesta de los adultos, debíamos acercarnos a una ventana, golpear con una moneda los postigos de chapa pintados al aceite y rezar para tener suerte. A veces, ocurría el milagro y escuchábamos los ruidos que, sin lugar a equivocaciones, delataban la presencia de Tita.
Si nos preguntaban su edad, podría tener entre 30 y 90 años, que a esa altura de la infancia todos los grandes se nos hacen iguales. Alta como todo lo que supere el metro y medio, con el pelo corto y un rostro enmarcado por unos anteojos sin los cuales podría decir que era otra persona, Tita podía cambiar el curso de una tarde. En una época en la que los kioscos no pretendían ser minimercados y las autoridades no jodían demasiado, cualquier vivienda de barrio con una ventana a la calle podía convertirse en un proveedor de golosinas, cigarrillos y alguna que otra cosa más, como figuritas o espirales espanta mosquitos. Tita cumplía con esa misión.
Todos sabíamos quién era Tita. Para la gente de ese barrio, Tita era más famosa que el más famoso de los futbolistas. No a todos les gusta el fútbol, no todos escuchan el mismo género musical, no todos disfrutan de la misma clase de películas. Pero todos tenían algo para comprarle a Tita. Podría decirse que, en ese universo paralelo donde la calle Crisóstomo Álvarez chocaba con una plazoleta para delimitar el final de la tierra conocida, donde del otro lado galopaba Atreyu, nadie, absolutamente nadie era más famoso que Tita.
Todos somos fans de alguien y quienes son famosos de verdad sostienen que es mucho más divertido ser fan, como si tu vida tuviera un propósito depositado en una persona idealizada que hace de tu vida un lugar más feliz solo con su presencia. Es como un enamoramiento marcado por la distancia y bastante posible porque se cumple la meta del dar y recibir: el fan da todo por su ídolo, el ídolo corresponde con su mera existencia.
La palabra fan la copiamos tan de a poco del inglés que hoy no podemos encontrar un vocablo castellano que le haga justicia. Un fanático es un tipo incapaz de entrar en razones ante un mínimo de incoherencia del ídolo. Según el caso, puede llegar a ser un tipo peligroso. Un fan, en cambio, solo quiere que su ídolo sea tan feliz como lo es él y contarle al mundo qué bien nos viene que ese ídolo exista.
Y acá entra la distinción primaria: qué es ser famoso. En estos tiempos de hiperconexión que podrían hacer sentir estúpido a Andy Warhol por pronosticar un futuro de 15 minutos de fama para todos, hace mucho que hemos perdido la noción de fama como un sustantivo que requiere de un adjetivo previo para darle sentido: no es lo mismo una fama buena que una mala. Si lo contrario a ser famoso es resultar desconocido, debería caer de maduro que se puede ser el peor de los hijos de puta y poseer un renombre global.
Se supone que el peor de los fanatismos es el religioso. Para que exista algo así, tenemos que tener ídolos. Contrariamente a lo que se pueda creer, no es la fe en un ser divino lo que mueve al fanatismo religioso, sino la creencia ciega en un líder. Ni Dios ni Jesús ordenaron que se torture y asesine a todo tipo molesto en la España del siglo XV. Estoy seguro de que los españoles de aquel entonces le tenían más miedo a Torquemada.
Con motivo de los sucesos ocurridos el fin de semana pasado, varios columnistas intentaron interpretar el termómetro de la calle como fenómeno político. Uno de los puntos más interesantes estuvo en el enfoque de cómo la masividad del duelo demuestra la impermeabilidad de determinados sectores sociales a la batalla cultural del gobierno. No creo que la flecha haya ido al blanco correcto.
Primero: un millón de personas –probablemente más– dolidas por la partida de un ídolo popular no representan ni a 47 millones de habitantes, ni al grueso de las clases bajas, ni a ninguna otra persona que a esos que fueron y a otros tantos que habrían querido ir o que prefirieron hacer su duelo en privado. Más allá de esto, me cuesta imaginar que el término “batalla cultural” pueda exceder de un eslogan y que haya quien crea que realmente existe algo así. Ni hablar de si alguien piensa que esta puede ser ganada por algún bando.
Si uno creyera que cada elección es un cambio abrupto de mentalidad, las cifras de las últimas cuatro presidenciales dan cuenta de un país totalmente delirante que, con idéntica proporción de votos, puede pedir la continuidad de Cristina, consagrar a Macri, pedir que nos gobierne un tipo que vive de prestado en Puerto Madero o que asuma el poder un adulto sin frenos inhibitorios.
Depende del día, de la hora, del clima y de a quién se le pregunte, podemos tener una respuesta distinta de qué es la batalla cultural y cómo es que se da. Si tomamos el discurso dogmático, pareciera que la batalla cultural consistió en modificar varias regulaciones. Una batalla a cargo de un solo ministro. Si la batalla cultural era revalidar a las Fuerzas Armadas sin sueldos ni obra social –pero con buenos outfits ministeriales– tampoco funcionó mucho. A los que no les caen bien los militares de hoy por cosas que hicieron militares de hace cincuenta años, aún piensan igual. Y los que querían una revalidación y forman parte de la familia militar están más calientes que el núcleo de la Tierra.
Puede que la batalla cultural haya sido necesaria para que se entendiera entre líneas que privatizar YPF consistía en tener al primer presidente libertario enfundado en un mono de playero que ni Balenciaga se animaría a proponer. Ya está: se dijo que se privatizaría y con eso alcanza. Por eso se sostiene que la eliminación de pauta para medios gráficos es un hecho: se prometió privatizar YPF, el Banco Nación y Aerolíneas Argentinas. No pagan pautas, se dan a conocer. Si no se entiende, el fanático piensa –y nos lo hace saber– que queremos que fracase la última oportunidad que tiene la Argentina para alejarse de las garras del comunismo internacional.
¿Qué se entiende por batalla cultural? En un momento fue ir en contra del discurso woke y a favor de toda la cultura occidental que, en esta visión del asunto, se transcribe como una sucesión de hechos históricos que moldearon una lista de valores judeocristianos y no el triunfo de la ciencia, la razón y la democracia. El presidente aún califica de homicidio agravado el aborto en las etapas contempladas por la ley vigente. No hay ni un solo proyecto de ley que demuestre que actuará consecuentemente a lo que cree. ¿La batalla solo es oral a pesar de tener herramientas para actuar?
Si la batalla cultural tiene entre sus paladines vivos a Jesús Huerta de Soto, el presidente debería hacer algo para despenalizar la producción y comercialización de toda droga, cualquiera que sea, porque así lo sostiene la filosofía explicada por el ideólogo español. Salvo que a la batalla se vaya con una selección de valores a dedo: un poco de nacionalismo, otro poco de alineamiento incondicional con un presidente extranjero, una onza de desacreditación de cualquier queja, desprestigio de cualquier institución a gusto y mucho triunfalismo de medio tiempo.
Y qué mejor ejemplo sobre qué vendría a ser la batalla cultural que la disputa existente entre los grupos que rodean a las personas más cercanas al presidente. Desde el minuto cero, las personas nucleadas en las Fuerzas del Cielo salieron a hacer lo que consideran una batalla cultural a través de todos sus medios. Hoy, Karina cree que ese movimiento puede reemplazarlo con un par de exinfluencers y otro de peronistas. En cualquiera de los casos, tampoco podríamos considerar una batalla cultural exitosa –ni batalla en sí– a la amplificación por sesgo de identificación. O sea: la mayoría de la gente que consume los medios o las cuentas en redes sociales de cada persona que dice dar la batalla cultural se identificó con ellos antes de saber que existían. Los consumen porque validan sus puntos de vista. Y es precisamente por ese círculo de retroalimentación que puede decirse que no existe batalla cultural.
Cuando yo tenía diez años, comenzó a correrse el rumor de que había abierto un kiosco “al que se puede entrar” a un par de cuadras. Si alguien fue a chusmear, no lo contó por temor a la represalia. Puede que ese kiosco haya resultado un éxito, pero nosotros no sabíamos el nombre ni el rostro de quien lo atendía. Tita, en cambio, podía firmar autógrafos entre la calle Pergamino y el pasaje Don Segundo Sombra.
De manera bien actual, el presidente ha dicho hace un par de semanas, delante de un grupo de alumnos, que es una de las tres personas más conocidas del planeta. No sé quién le pasó esa información, pero espero que haya sido una apuesta del tipo “a que se lo decimos y lo repite”. No hay un solo índice que indique algo ni parecido. Una vez, en 2025, figuró entre los más influyentes de la revista Time en la sección de líderes. La revista basa su listado en la reunión de editores de la redacción. Si se le consulta a motores de búsqueda ultra avanzados con especificaciones exactas, el único argentino vivo que se mueve en esas esferas ya comenzó su sexto mundial consecutivo.
Tras ese desfase entre lo que se cree y lo que se es, hay que sumar un detalle que no es menor: la percepción de mandato divino, del destino manifiesto, de la misión a cumplir. Encontrarle sentido a la vida es un dolor de cabeza que ha aquejado a las personas cuando se encuentran en dos extremos de la calidad de vida: o no tienen nada mejor que hacer o sufren lo que hacen. En cualquiera de las dos opciones es lógico que surja la pregunta “por qué” y “para qué”, un lujo del castellano que en inglés se simplifica en un simple Why. Es la pregunta que busca justificar cualquier sufrimiento, es el título del capítulo más emocionante de Band of Brothers y que refleja la pregunta más repetida entre los soldados norteamericanos que combatían en Europa: para qué peleamos, por qué lo hacemos. Por lo general, el hombre ha intentado respuestas en la religión o la filosofía, siempre y cuando existiera una pregunta.
El martes el presidente mostró que su búsqueda parece estar activa, cuando dio una charla en un evento en homenaje a “el Rebe” Menajem Mendel Schneerson. En los agradecimientos, contó como infidencia que mantiene charlas de madrugada sobre filosofía con Alejandro Fantino. Filosofía y religión se unieron para un texto que leyó en su discurso y que consiste, según sus palabras, en el epílogo de su nuevo libro “La moral como política de Estado”, un capítulo al que aludió como su forma de “dar testimonio de fe” y que se titula “Capitalismo: la divina maquinaria del paraíso”, basado en un análisis de la primera parte del Génesis y un toque del Levítico. No sé cómo lo habrán tomado los asistentes pero, con todo respeto, me cuesta entender la lógica de querer escuchar una charla sobre economía basada en los textos más místicos de la bibliografía judeo-cristiana inspirada en una conversación con Fantino.
Entre las mayores curiosidades que han arrojado los estudios demográficos de los Estados Unidos en las últimas décadas, el 40% de los norteamericanos cree estrictamente en la teoría del creacionismo: Dios creó al hombre a su imagen hace aproximadamente diez mil años. Otro 33% considera que no es tan así, pero que todo responde a un diseño divino y solo el 22% cree en la evolución. Es una de las grandes paradojas de la libertad: el primer país en garantizar la libertad de culto y en colocar al hombre en la Luna ha derivado en esto por garantizar esa libertad. Evidentemente, el motor de la humanidad aún son un grupo de personas que piensan e imaginan por el resto.
Y ojo con correr una carrera entre ciencia y religión que, como católicos, hemos asumido los errores del pasado y hasta tenemos un Vaticano que financia y sostiene su propio observatorio astronómico.
Nuestro presidente citó la primera mitad del Génesis sin dejar lugar a alegorías y sin tener en cuenta el contexto histórico en el que fue escrito por autores que habitaron un mundo que, a lo largo de varios siglos, fue disputado por sumerios, fenicios y babilonios, cuyas religiones se tomaron como inspiración para buena parte de los relatos alegóricos de la primera mitad del Génesis. Hasta menciona pasajes con números y todo, por lo cual creo que leyó eso de “crecer y procrearse” como una parte tan integral del plan divino como todas las otras que mencionó.
Pero como no estudio filosofía de madrugada con Fantino, no puedo opinar sobre qué habrá motivado al presidente a tomar estos hechos como sucesos históricos. O cómo fue que encaró los Diez Mandamientos. Porque si hay algo que no esperaba es que, al hablar de moral como política de Estado y estar delante de decenas de eruditos del judaísmo, a nuestro mandatario se le diera por explicarles los Diez Mandamientos. Como corolario, solo me resta afirmar que no pude razonar demasiado luego de escuchar “no robarás”, lo cual el presidente solo dirigió hacia la propiedad privada como patrimonio individual. Si solo se trata de eso, ningún funcionario debería preocuparse por cuestiones morales y solo resta resolver el frente judicial.
Ya que hablamos de Adorni, recurrí a las sagradas escrituras para ver si decían algo de criptomonedas, ahorros sin declarar que primero fue lo que habría hecho cualquier persona de bien, pero que después deviene en un error por no haberlos declarado, ni sobre deudas a pagar a veinte años que dejan padres fallecidos que resulta que en realidad le dejaron dinero, ni sobre la culpa que tienen todos los periodistas mala leche por contarle las costillas de los gastos. Nada, che. Puede que mi óptica cristiana me quite respuestas, puede que no obtenga una correcta interpretación al haber leído siempre el Pentateuco en su versión Vulgata en castellano, de una traducción del latín que ya había sido traducida del griego, que a su vez se tradujo del hebreo antiguo y del arameo. O puede que no haga falta recurrir a mandamientos de hace tres mil años ni predicar la moral como política de Estado cuando a tu principal funcionario lo asustaron con la legislación vigente.
El ritmo pausadísimo y lento de la entrevista del Jefe de Gabinete fue una invitación a dormir y todo tuvo una explicación absolutamente lógica: los ahorros de una larga vida laboral, el préstamo de una vivienda a comprar cuando se venda la otra vivienda con una simulación de hipoteca, los gastos de la tarjeta de crédito y hasta la imposibilidad de saber que su amigo productor era contratista de la misma Jefatura de Gabinete. Todo tan normal que, ya relajado, hasta contestó que “fue un invento del periodismo” que se cayera la candidatura porteña porque nunca le interesó, como tampoco le interesó la anterior y que la agarró porque “él está donde el presidente le pide que esté”. O sea: fue testimonial a pedido del presidente. También dijo que quiso hablar con el contratista de la reforma en su quinta para “pedirle disculpas” y que el presidente no le solicitó ningún papel. Milei fue quien aseguró que “las cosas que me presentó están en orden” ante la pregunta de Majul. Fue en aquella salida telefónica en la que se la agarró con el 95% de los despreciables periodistas y en la que dijo que el contratista de la obra de Adorni era un mentiroso militante kirchnerista. Espero no resultar muy mala leche con lo siguiente, pero es curioso que no podamos saber si Adorni le hace más daño al gobierno cuando guarda silencio o cuando habla.
Por lo general, cuando se quiere buscar en la biblioteca algo sobre mesianismo en política, encontramos un montón de ejemplos que llevan a líderes que asumen un rol patriarcal por mandato de un pueblo que delega toda voluntad en manos de un redentor que lo guiará hacia el lugar que les corresponde y del que fueron expulsados. Casi todos estos análisis que pueden rastrearse hasta tiempos tan alejados como los de Tocqueville, terminan como ejemplos de gobernantes todopoderosos que se aprovechan de la situación desproporcionada, que apelan a la dicotomía del bien contra el mal, del nosotros o ellos, de un demonio convertido en un poder real a las sombras que debe ser combatido y que siempre surgen tras una crisis que deja a las sociedades sin respuestas ante la incertidumbre, lo más parecido al temor a la muerte en las religiones. Casi todo esto parece de manual si no fuera por el detalle de que todas y cada una de estas afirmaciones fueron rescatadas y reanalizadas una y otra vez para explicar regímenes poco o nada democráticos, las sociedades que se sintieron cómodas allí, o el surgimiento de los populismos patriarcales.
Pero lo más novedoso para esta altura del partido es que, en cada caso en que se quiso aplicar la teoría del mesianismo político, se trató de líderes políticos que apelaban a lazos que antes eran propios de la religión. Dudo mucho de que podamos encontrar otro caso en la historia de las democracias liberales sobre un líder que dice basarse en el estudio literal de textos religiosos milenarios para encuadrar su accionar dentro de un plan divino.
Y eso que yo crecí con Tita, la mujer más famosa del mundo de esas esquinas, que cada vez que le decía “hasta mañana” me contestaba “si Dios quiere”. Ni ella sabía si Dios iba a querer.
P.D.: Y Adorni sale a hablar justo en medio de noticias económicas positivas. Con ese nivel de viveza ni Dios te ayuda.
P.D.II: Les juro que mis cafecitos no son para evadir impuestos.
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