Inicio » Relato del presente » Pasión por la vigilancia
Existe una manía que se adquiere con el starter pack del hiperpresidencialismo: el intento de forzar cualquier contacto entre la teoría política y una obra de alcance popular. Soy fan de encontrar metamensajes en guiones de películas. Por ejemplo, detrás de cada despilfarro de presupuesto en filmes pochocleros escritos por Roland Emmerich (El día después de mañana, 2012, Día de la Independencia) hay una obsesión implícita en explorar distintos vínculos entre padres e hijos, algo que queda muy en evidencia en El patriota, quizá porque no podía apelar al congelamiento planetario, su destrucción o una invasión alienígena.
Habrá notado el lector que no cito ejemplos de películas de nicho o que podrían ganar un Oscar por su análisis de la sociedad contemporánea, sino cosas bien pochocleras. Lo amo, me encanta encontrar esas relaciones que, en un principio, pueden resultar forzadas hasta que el patrón se repite. Mientras mantengo en el eterno letargo de la procrastinación un ensayo sobre el metamensaje del final de Mad Men (tranqui, solo llevo más de una década de delay), cada tanto me pregunto qué puede llevar a una persona a ver un mensaje donde no lo hay. Ninguna de las películas de Emmerich pretende ser más de lo que son: un pasatiempo que entretenga al espectador. El metamensaje se cuela en la construcción de los distintos personajes por otras cuestiones que pueden ser adrede o sin querer, como la obsesión de Emmerich por las relaciones parentales. No conozco su biografía; supongo que un terapeuta hará un festín con el asunto, pero al presentar las pelis, no se pretende otra cosa que lo que se muestra: “un grito de libertad”, “el fin del mundo” o lo que sea que se haya utilizado para promocionarlas.
Cristina tuvo, a lo largo de su historia pública, una costumbre arraigada en las referencias cinematográficas. Lo más antiguo que me viene a la mente fue cuando dijo que Eduardo Duhalde era “El Padrino”. Una alusión no muy rebuscada sobre la tradición oral que pesa sobre el expresidente, pero que en aquel entonces resultó demasiado desagradecida: efectivamente, Duhalde apadrinó la candidatura presidencial de Néstor Kirchner en 2003. Años más tarde, Cristina aseguró que “Good Bye, Lenin!” es una película que hace “alusión al consumo, a los bienes cotidianos, al que quería comprarse mermelada y no tenía, a lo que nos gusta comer, a los que nos gusta ponernos un par de zapatillas”. Lo gracioso es que esa misma película tiene un metamensaje poderoso que revela la incapacidad humana para aceptar cambios sociales radicales y cómo podemos disfrazar dogmas impracticables con ilusiones y una nostalgia basada en recuerdos sacados de contexto. Son puntos de vista, sí, pero también impactan en con qué nos identificamos.
Recuerdo cuando en Game of Thrones Daenerys hizo aquello que dejó con la mandíbula por el piso a medio mundo. A mí me shockeó visualmente, más no me sorprendió porque estaba cantado que era un barril de pólvora con un tipo que fuma sentado arriba. Cristina se había identificado públicamente con la madre de dragones mucho antes.
Sin embargo, cualquier apreciación que alguien quiera hacer sobre una película o una serie queda atada a un pequeñito detalle: el tiempo transcurrido. ¿Nunca les pasa que, al ver de grande un capítulo de Los Simpsons, se encuentran con comentarios que de niño pasaron por alto o que, al ver un filme después de mucho tiempo, descubren un costado que no habían notado antes, para bien o para mal?
Milei tiene la particularidad de recurrir a cuestiones culturales en un vaivén de extremos sorprendente. Por un lado, ya está instalado que los fines de semana convierte a la Quinta de Olivos en un centro de disfrute de grandes óperas enteras. Lo sabemos porque allí van personas a las que Milei aprecia, entre funcionarios, economistas y periodistas que no integran el 95% que odia. Si el presidente utilizara ejemplos operísticos, nos dejaría a todos con cara de asombro por desconocimiento. En cambio, apela a cuestiones ultra populares, algo que trae aparejado un serio riesgo: cuanto más popular es la referencia, más gente la conoce y puede criticarla.
Pero desearía que se tratase de un problema de interpretación de metamensajes, porque podríamos discutir sobre interpretaciones libres. El tema es que el mandatario pareciera no comprender las tramas principales, siempre y cuando haya visto de verdad la película que cita. Se identificó con El Zorro en más de una ocasión y, de pronto, el enmascarado fue un anarcocapitalista que combatió al Estado y no un justiciero que combatía a líderes corruptos y repartía guita entre los pobres. También hizo una libre interpretación de Matrix, del Chavo del 8 y hasta de la Familia Ingalls. Ninguna de estas referencias hace suponer que comprendió lo que vio.
Ahora el presidente citó a Monster Inc. para demostrar que no vio la película o no la comprendió o, quizá, quien le pasó la referencia no se supo hacer entender. No se trata de una nena que no le tiene miedo a los monstruos, ni los monstruos son el mal. Es más, justo el monstruo que tiene que asustar a la niña da la puta casualidad de que es más bueno que ser abrazado por tus padres. Por si fuera poco, los monstruos creen que hacen el bien al dar por sentado que los gritos de los niños asustados son la única forma de generar energía, cuando también se puede hacer con las risas, solo que no lo saben. Un par de corruptos se niegan al cambio y, por si fuera poco, la empresa para la que trabajan termina en una suerte de cooperativa igualitaria. Una película de Disney-Pixar. Puede que el metamensaje sea las bondades de las energías limpias, los lobbistas petroleros que se niegan a perder el monopolio o la colectivización de una empresa. O puede que, tan solo, sea una película para niños.
Todavía recuerdo que al mencionar a Terminator, se referenció al personaje que viene del futuro “para alertar sobre los riesgos del socialismo”. Y uno que pensaba que el T-800 llegó para matar a John Connor. Quizá nos cagó el encargado de los subtítulos, pero si hay un metamensaje en Terminator, es el mismo que ocurre frente a cada película apocalíptica centrada en la tecnología: el temor y la advertencia por lo que podría salirse de control.
Esto me llevó a pensar en otro tema que me tiene bastante intrigado, pero sobre el que se habla poco: Peter Thiel vive en la Argentina. No es que no se trate, pero no genera más impacto que el de un millonario que se radica en Buenos Aires. Se ha mencionado que su negocio es la tecnología y hasta se ha dicho que su sector es un tanto polémico, pero no genera impacto en la conversación.O sea: un magnate tecnológico que sostiene que la democracia debe ser superada por ser incompatible con la evolución tecnológica y que el monopolio creativo es el motor de la innovación ha decidido echar raíces en el país y solo ha generado especulaciones sobre por qué alguien elegiría este lugar al poder vivir en cualquier parte del mundo.
Thiel es un personaje profundamente interesante en sí mismo. Que resulte interesante no implica que deba agradar. Sus ideas están plasmadas por escrito y en cada entrevista que ha dado. Autodefinido libertario, ha ido más allá que cualquier otro rostro visible de Silicon Valley en cuanto a tecnología y derechos se refiere. Mark Zuckerberg ha recopilado datos a cuatro manos de cada usuario, pero cada dos por tres responde ante las autoridades de su país y dice moverse dentro de las regulaciones. Musk carece de cualquier concepto filosófico propio y basta un repaso por su timeline para ver lo variopinta que puede resultar su opinión sobre cualquier tema. Altman ha pedido gobernanza digital, regulaciones y reglas para la inteligencia artificial.
Thiel ha dicho ya en 2009, en “La educación de un libertario”, que ya no cree que democracia y libertad sean compatibles. Desprecia cualquier tipo de injerencia estatal, salvo cuando hay que facturar: varios departamentos de Defensa alrededor del globo se encuentran entre los clientes de su empresa; entre ellos, el de los Estados Unidos. En cuanto a regulaciones, ha encontrado en el debate temeroso de la actualidad un punto de contracorriente: sostiene que no debe existir nada que ate al desarrollo de la IA. Hace rato que ese debate también se instaló en altos círculos de nuestro país. Incluso, Thiel se reunión con nuestro presidente con agenda abierta. Esta semana, Milei le puso la firma a una nota en el Financial Times. Adivinen si no defendió la idea de no atar el desarrollo de la IA. No, tampoco generó conversación. En Xwitter dijo que es producto de la retroalimentación de ideas que sostiene con Sturzenegger.
Si alguien compró la historia de amor de Thiel por nuestro gobierno, lamento escupirles el asado: Grabois también se reunió con Thiel. En su mansión. La de Thiel. Incluso, podría decirse que fue mas preparado, ya que se pusieron a charlar sobre El Señor de los Anillos, algo que enferma de fanatismo al apocalíptico.
La arquitectura tecnocrática montada sobre la recopilación de datos personales sin consentimiento es una gran contradicción para alguien autopercibido libertario. Y eso es lo que hacen permanentemente con fines bélicos para operativos de precisión quirúrgica y muy loables, como lo fue la captura y extracción de Nicolás Maduro a la velocidad de un rayo. La pregunta del millón siempre vuelve: ¿qué tanto estamos dispuestos a ceder a cambio de seguridad?
Hace unos días, el New York Times dio a conocer que China realiza un experimento de seguridad en las Islas Salomón. Ya les adelanto que la nota parece joda, no por lo que cuenta, sino por lo increíblemente sorpresivos que pretenden ser. China llegó a las Islas en respuesta a un problema de seguridad en una aldea y lo resolvió con la recopilación de los datos, fotografías y huellas digitales de cada individuo. El Times dijo que era una práctica poco ética.
Dice un viejo refrán que “el que nada tiene que ocultar, de nada tiene que preocuparse”, con un simplismo tan pelotudo que da a entender que nadie debería ocultar ningún dato. Cualquiera que así lo crea, lo invito a que publique el nombre de usuario y clave de su homebanking, total, no debería conllevar ningún riesgo.
Mucho antes de tener que dedicar un párrafo para decir que no está de acuerdo con el retiro del pliego para una jueza y los seis párrafos siguientes para decir todo lo que ama al presidente, la entonces ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, propuso en 2018 crear un registro nacional de ADN. No, no solo para delincuentes sexuales, sino para todos los habitantes de la Argentina. En el mundo existe un solo país con un registro nacional de ADN y no abarca a todos sus habitantes ni fue hecho con su consentimiento. Se trata de Suecia, que, a espaldas de la población, hizo un muestreo de todos los nacidos desde 1975 con la loable intención de rastrear la incapacidad para metabolizar fenilalanina. Pero ese es el principal problema: el camino al infierno está pavimentado con buenas intenciones. En 1998, sin que ningún sueco se enterara, una disposición interna permitió que la policía pudiera utilizar las muestras de sangre para configurar un banco genético que saltó a la luz por primera vez en 2003, tras el asesinato de la canciller Anna Lindh y la velocidad con la que se supo que uno de los sospechosos era el autor.
Es un enorme punto a favor del sistema, pero cae de lleno en la bolsa de la fe ciega en el porvenir: dar por sentado que en el futuro no será utilizado en nuestra contra, dar por seguro que nunca nos tocará un tirano nuevamente, cuando la historia de la humanidad se empeña en demostrar lo contrario a diario.
Bullrich sostuvo en aquel entonces que el ADN “es la huella digital del siglo XXI”, lo cual es todo un tema. Primero, porque la huella digital del siglo XXI sigue siendo la huella digital; segundo, porque los gemelos monocoriales monoamnióticos comparten el mismo ADN y tienen distintas huellas digitales. Punto para la huella digital.
En aquel momento, el tema de las conversaciones grabadas sonó como un paroxismo de mi parte y buena cantidad de puteadas me comí. Literalmente. ¿Por qué impedir el monitoreo real de conversaciones si el que nada oculta nada teme? No prosperó la base nacional de ADN, pero unos meses después se anunció un nuevo sistema de seguridad y nuevamente me llovieron las puteadas por algo que hoy es una norma: el reconocimiento biométrico.
Cuando hablo de buenas intenciones que pueden jugar en contra, recuerdo cómo todo se pierde de a poquito. En 2013, Florencio Randazzo impuso un documento nacional de identidad sin la necesidad de llevar nuestra propia foto: una cámara digital tomaba nuestra imagen y la plasmaba en una credencial en cumplimiento de estándares internacionales. Nuestro rostro fue a parar a un sistema digital del Registro Nacional de las Personas para una mayor seguridad ficticia: no hay un lugar que haya cuidado menos nuestros datos que el Renaper. Cuando se anunció el reconocimiento facial, la base de datos comenzó a utilizarse para eso. ¿Cómo se hace para identificar el rostro de un buscado sin que un sistema analice todos los rostros que capta la cámara de seguridad y busque los marcadores biométricos que permitan identificar a un delincuente entre civiles no buscados? Fácil, evalúa a todos y descarta.
En mi queja de aquel entonces elaboré un montón de argumentos que a nadie le importó más que para putearme. Entre los argumentos estaban dos afirmaciones seguidas de dos preguntas: la Argentina es el país occidental con mayor cantidad de efectivos policiales en proporción a su población, ¿se siente más seguro?; también tenemos la ciudad con mayor cantidad de cámaras de seguridad en proporción a su población, ¿ahora sí se siente seguro?
Algunos militantes de la justificación me insultaron por no comprender que la vía pública no es privada. Sé que es un concepto que puede costar asimilar, pero en la vía pública también tenemos privacidad. Por eso es que nos asustamos si sentimos que alguien nos sigue, porque no se puede seguir a nadie. Si conversamos con un amigo en una esquina, ¿puede un policía venir a escuchar alegremente? Si la respuesta es no, es que nos amparamos en nuestra privacidad. Sí, aún en la vía pública contamos con privacidad. Al menos en los papeles, que en lo cotidiano es un concepto que se ha perdido por completo. Incluso se ha perdido la libertad de abrir las cortinas de tu departamento si vivís en un primer piso, dada la altura de las cámaras de tipo domo que adornan las esquinas porteñas.
Jamás podría oponerme a la prevención y represión de delitos, pero tampoco me resigno a que nuestra única forma de sentirnos seguros sea tener vigilados todo el tiempo a los que no delinquen para encontrar delincuentes y que el Estado tenga un registro de todos nuestros defectos y virtudes en una base de datos con la impermeabilidad de un colador roto. Y si todo es para encontrar a prófugos de la justicia, ahorremos guita, clausuremos las fuerzas de seguridad y dejemos una guardia para detenciones. ¿Saben qué ayudaría a resolver homicidios agravados por el vínculo? Cámaras dentro de cada habitación de cada casa conectadas a un centro de monitoreo.
Sé que en la era de los fanáticos de magnates multimillonarios, cualquiera está a un desliz de un dedo de putearme hasta en arameo por meterme con Thiel. Y yo no tengo ningún problema con Thiel, ni con su postura de tecnócrata mesiánico y apocalíptico. Él es el que dijo que había que elegir mayor seguridad con menor privacidad o mayor privacidad con menor seguridad, en una obvia retórica que apunta a la primera opción, mientras que a la vez se autodefine como libertario. Él es el que ha escrito ensayos en los que se para sobre las enseñanzas de su profesor universitario favorito, René Girard, para anunciar que el fin de los tiempos está aquí, solo que más lento. Él es quien considera que la Ilustración que ha forjado a Occidente es una ilusión y que debemos retomar los valores cristianos, mientras critica la caída de la tasa de nacimientos como un resultado del devenir del último medio siglo.
Y yo no sé si a esta altura es que Milei le copió algunos predicamentos para atraerlo hacia la Argentina o si nuestro presidente realmente cree en esos postulados. Puede que la persona que le haya escrito los discursos internacionales sobre el final de Occidente por no abrazar las ideas judeocristianas lo haya hecho para llamar la atención de Thiel, más allá de la simpatía por el experimento libertario. Al ver el nivel de comprensión hacia una película infantil, me inclino más por la segunda opción. Y a la vez, todo contribuye a creer que Thiel puede que sea un buen hipócrita, uno de los que caen simpáticos, uno que no cree tanto en lo que dice creer, y puede que de toda su prédica la única parte que lo motiva sea la del fin de la democracia como la conocemos para dar paso a una tecnocracia mucho más eficiente, un lugar en el que él ya corre con mucha ventaja.
En el mientras tanto, no hay incoherencia entre profetizar el apocalipsis humano en cuotas mientras se realizan negocios. Eso podría haber sido una incoherencia entre los cristianos primitivos, que ante la inminencia de un apocalipsis abandonaron toda intención de progreso patrimonial y abrazaron el ascetismo. Hoy, profetizar el apocalipsis es una realidad: para que nazca lo nuevo tiene que haber quilombo, porque en la filosofía abrazada por Thiel (bueno, por Girard) hay que cambiarlo todo para que nada cambie, para que podamos seguir acá.
Creer que Thiel está en la Argentina porque le molesta la política de Estados Unidos es de oligofrénico. Thiel hace lo que quiere en Estados Unidos. Creer que en la Argentina está para hacer negocios gracias al abanico de posibilidades energéticas que le proveemos puede funcionar, pero no deberíamos olvidar qué defiende y qué pretende la visión de Thiel. Suponer que está solo para hacer plata es no dimensionar cuánto dinero implica una fortuna personal superior a los 30 mil millones de dólares. ¿Cuánto le puede pagar la Argentina y para qué? ¿Para darnos un sistema de seguimiento y vigilancia social cuya arquitectura ya le compramos al Partido Comunista Chino en cómodas cuotas a lo largo de cada innovación en materia de seguridad en los últimos treinta años?
En 2019, un grupo de científicos denunció en el New York Times que China utilizó el programa «Examen Médico para Todos» para extraer compulsivamente muestras de ADN de millones de habitantes con el fin de identificar a los uigures –una minoría étnica– con mayor facilidad. Al mismo tiempo, organizaciones de derechos humanos afirman que en China varios cientos de miles de uigures fueron remitidos a «campamentos de capacitación laboral». Las convocatorias llegaban a los teléfonos celulares. Todavía se habla de desapariciones. Los científicos que colaboraron creyeron que participaban en un «proyecto colaborativo internacional». En solo un año se recolectaron muestras de ADN de 36 millones de personas. Es lógico que Thiel sienta desprecio por la lentitud burocrática de las democracias y el control tecnológico cuando ve todo lo que se logra en un régimen como el chino. Ok, no tienen la parte de derechos individuales, pero convengamos que tampoco es el fuerte de las empresas del multimillonario libertario.
Acá alguien propuso un registro nacional de ADN y ni siquiera se debatió porque los problemas del país llevaron el barco para otro lado. Estoy casi seguro de que, como con cualquier propuesta que haga cualquier gobierno, una inmensa mayoría estaría a favor sin saber bien por qué y los que se opongan serán apátridas. Siempre que una propuesta cuya intromisión en la privacidad debe confiar en un “les juro que no nos meteremos”, se juega con una confianza estúpidamente optimista sobre un futuro en el que jamás de los jamases habrá un cambio de paradigmas legales y siempre nos gobernarán personas sensatas y absolutamente respetuosas de los derechos individuales del hombre.
No quiero paranoiquear a nadie, pero la privacidad de nuestros datos ya ha sido exterminada y no por culpa de “la gente que comparte todo en todos lados”. Juancito puede ser un tecnoescéptico huraño que siquiera se abrió una cuenta de Facebook en 2007 para buscar a un interés amoroso de cuando era chico, y sus datos están disponibles en el consulado de ese país al que fue a tramitar la doble ciudadanía. Vivimos en un país en el que le hackearon el correo electrónico de denuncias anónimas al ministerio de Seguridad, en el que se filtraron todos los datos de policías encubiertos y sus parientes, en el que el Poder Judicial no ha iniciado su año si no colapsó primero el sistema informático.
Es curioso cómo todos recurrimos a la Constitución Nacional cuando nos conviene y la tratamos de vejestorio anacrónico cuando no. Las garantías del derecho a la privacidad nos ponen de la cabeza cuando un gobernante que no cae bien decide implementar un sistema único para el transporte público con nuestros datos y nos negamos a que el gobierno sepa a dónde vamos y a dónde no. Pero cambia el signo político y está todo bien con que el gobierno vea a través de una pantalla si me bajé en la estación Perú o en Piedras. Si me molesta es que tengo algo que ocultar.
P.D.: Ya convirtieron Idiocracy en un documental. Rezo para que no ocurra lo mismo con Minority Report.
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