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De todas las modas que surgieron en los últimos tiempos, pocas me atrapan más que la necesidad de imponer conversaciones como si fueran brishosas novedades, mientras se mide el pulso social en función de lo que arrojan los trending topics y no el termómetro de la calle. Es curioso porque los gobiernos –incluso el nacional– encargan, leen y comentan encuestas y, así y todo, salen a la carga con ideas que no tienen mayor impacto que uno o dos días de comentarios en redes sociales y que pueden desarmarse con la primera búsqueda en Google.
No falta el que cree que garpa comportarse de forma inflexible frente a los potenciales consumidores de noticias. Podríamos decir que tiene cierta lógica porque a Milei le funcionó, pero pecamos del pecado de la segunda marca: algo puede ser disruptivo una sola vez, todo lo demás es una imitación. Pero se intenta igual. Es una conducta que podemos ver en el cambio rotundo en la narrativa de Giorgio Macri, que en su discurso utiliza conceptos tan potentes que pareciera que ganó la ciudad de Buenos Aires como outsider y no como el ministro de Gobierno de Rodríguez Larreta. Durante mucho tiempo compré la historia de que intentaba correr por derecha al mileísmo. Al notar que no hay espacio entre el Presidente y la pared, asumí pronto que Giorgio comete un error al buscar la captación de un votante que no tiene por qué dejar de elegir la opción original. Me equivoqué: su objetivo es una ofrenda, una mano tendida, un “negociemos por la ciudad”.
Mientras tanto, en la Rosada se vivieron momentos tensos cuando se reunió la mesa política, ese punto presentado como lugar de gestión en el que abunda más la rosca que en un Domingo de Pascua. La reunión que tuvieron esta semana tuvo más filtraciones que un techo de tela y no se sacaron ninguna foto para aparecer todos con la sonrisa tatuada. Si nos preguntamos cómo se dieron las cosas, basta con recordar que hasta se sacaron una foto para desearle feliz cumpleaños a Bullrich junto con Adorni, mientras Pato le disparaba con una metralleta de fuego amigo.
Cuándo hablamos de liderazgo, hablamos del acto de ejercerlo. Y el liderazgo se ejerce de diversas formas: una es con el ejemplo, otra es por la fuerza, con la ley bajo el brazo o con el revoleo de prebendas. No importa cuál sea la forma, hay una sola cosa cierta: el liderazgo no admite vacíos. Alguien siempre ocupará ese lugar. No existe un gobierno sin liderazgo porque siempre alguien está gobernando. Y si no es el presidente, es otra persona en nombre del presidente.
¿Quién filtra las ternas de jueces que le llegan al presidente: el ministro de Justicia o hay que hablar con Diego? Gobernadores de Neuquén o de Río Negro que tienen juzgados federales vacantes, ¿con quién charlan por el favor de tener al juez que desean y no a otro? ¿Quién quedará con el ticket para cobrarles el favor cuando haga falta?
Cuando alguien habla sobre el liderazgo de Milei, siento que algo me perdí. Durante los primeros dos años, fue difícil abordar el tema, pero desde la salida de Manuel Adorni de la Jefatura de Gabinete, todo tiende a quedar cada vez más explícito porque ya no se pueden inundar las redes sociales con fotos que simulen gestión, ya saben, esas en las que un ministro aparece al lado de Milei en su pijama de YPF con los pulgares arriba. Esta semana que finaliza, siquiera pudo concretarse una foto de la mesa política, lo cual es una señal por su ausencia.
Si hay algo que tiene para aportar una persona que pasó por todos los partidos políticos que se le cruzaron en el camino es qué hacer ante una situación de crisis en la opinión pública. Patricia Bullrich lo primero que hizo fue pedir una medida respecto a Adorni. Luego apuró la situación. Y todavía fue más allá. Ciento diez días después de estallado el escándalo, Adorni se fue; la agenda nunca pudo volver a los rieles que el gobierno pretende y ni siquiera Javier Milei hace esfuerzos para recuperar la centralidad de la opinión pública, algo que en materia política hoy no tiene, si es que alguna vez existió: si parecía que desde el día uno todo pasa por la hermana, hoy es una situación normalizada y hasta tercerizada en Santilli.
La pregunta, en todo caso, es quién le filtrará las cosas a Milei más adelante, cómo imaginan el futuro a mediano plazo. Diego Santilli le da una garantía de tranquilidad a los hermanos Milei, pero al mismo tiempo quiere ser gobernador bonaerense. Supongamos que les sale todo bien. ¿Quién será la voz en el oído de un Milei que al día de hoy parece no recuperarse de la salida de Adorni?
Algo de esta falta de ganas puede notarse en sus exposiciones en los últimos meses, una en Brasil, otra en Perú. En Brasil la pasó bomba con su personaje del León, el de las campañas, el que más le gusta. En Lima se refugió en un recurso que le genera confort, el del autor de teorías económicas en compañía de gente que conoce de antes de la política, cosas que evidentemente extraña porque nadie que esté abocado a la jefatura del Poder Ejecutivo de un país tiene tiempo para pensar y redactar un libro o, siquiera, un paper. Incluso allí desilizó una vez más el principal problema que tiene con el Poder al proponer –de nuevo– “una moral como política de Estado”. El Poder es, por definición, amoral. Un buen gobierno o uno malo es una percepción absolutamente subjetiva y podemos demostrarlo con cuánta gente todavía valora positivamente alguna gestión sin importar los números crudos de la economía. Y mejor ni hablar de los resultados en calidad institucional.
El Poder no es bueno ni es malo; hay formas de ejercer el Poder con crueldad sobre las personas, con violencia ilegítima e ilegal, con terrorismo, con un pacifismo manifiesto, con amor por la humanidad en su conjunto, con intenciones de exterminio, con ganas de dominar el mundo, con voluntad de robarse hasta los ceniceros, con intenciones de revolucionar la forma de vivir; en fin, con cualquier idea que se nos venga a la cabeza.
Algunos pueden decir que no todas esas formas son moralmente aceptables, pero creo que nos hemos olvidado de que no hay nada más subjetivo que el concepto de qué es moral y qué no. No pretendo ingresar en la discusión filosófica más extensa de la historia por detrás de por qué existimos, pero incluso cuando alguien dice que hay valores universales como “matar está mal”, nos olvidamos de cuáles son las razones por las que cada uno podría llegar a considerar que no está tan mal. Entonces, si un valor absoluto queda supeditado a una visión personal, salta a la vista algo que cualquier veterano político huele a la distancia: la creación de una narrativa.
Mientras Milei acepta no ejercer su liderazgo ganado con los votos, su hermana pareciera cumplir con todas las reglas existentes desde que se escribió el primer tratado sobre conductas humanas hace miles de años: hay que caerle bien, pero no opacarla. Mientras un funcionario haga lo suficiente para que ella se destaque, está todo bien. En cuanto un funcionario hace una de más para capitalizar su oportunidad, es enviado a Siberia mientras es reemplazado por otra persona que parezca menos amenazante.
Los hermanos Milei comparten, además del ADN, un rasgo de la supervivencia política: la enemistad manifiesta con cualquier persona que pudiera aportar alguna crítica fundada, algo que cualquier buen líder tomaría como una invitación a conversar. Primero, porque nadie es dueño de la verdad revelada, algo que ya debería haber aprendido Arnold Sturzenegger en su tercer torneo político nacional. Y segundo, porque buena parte de los detractores puede convertirse en aliados al sentirse escuchados. Está en el abc político.
El gobierno está en otras manos. La toma de decisiones se reparte entre Karina y Diego Santilli. Nadie entra al despacho presidencial con un tema que no haya tenido un pulgar arriba de Karina o de Santilli. Y eso es todo un tema. De entrada, es una enorme forma de reducir los quilombos provocados por lo fácil que resulta convencer al Presidente cuando le venden algo que nunca se hizo antes. Esa distancia entre lo que se puede hacer y el timing para hacerlo es demasiado amplia para convivir con la Argentina. Ni hablar de la distancia siempre notoria entre una idea y la real necesidad de avanzar con esa idea.
El asunto es que, si antes había que caerle bien a Karina para sobrevivir, ahora hay que consultarle absolutamente todo a ella o al Jefe de Gabinete. Y son cosas que pasan como si nada.
Ejemplo semanal: Mauricio Macri se juntaba a comer milangas con Milei hasta que se cansó tras la designación de Adorni como Jefe de Gabinete. ¿Con quién arregló Macri para iniciar negociaciones por lo que queda del PRO junto a La Libertad Avanza, con Javier o con la hermana? Y hubo mutis por el foro.
Podemos coincidir en que hablar de castas y moral como forma de gobierno y outsiders suena a chiste. No hace falta hacer un listado de conversos del kirchnerismo que de pronto no tuvieron ningún problema de grieta con quienes tomaron la garrocha desde el PRO. No los frenó alejarse de sus espacios; mirá si les va a importar la incoherencia de compartir gobierno con quienes los querían exterminados hace tan solo treinta meses.
Así y todo, nos encontramos nuevamente con un clásico de la política argentina, pero absolutamente exagerado, como corresponde a un gobierno exagerado. Entramos a las redes sociales y las discusiones políticas hace rato que no figuran en las tendencias. Así y todo, cuando las buscamos, hallamos debates por leyes y quejas por proyectos que se pueden modificar a tiro de decreto. Por debates me refiero a una guerra verbal por cosas que no le mueven el amperímetro a nadie. ¿El gobierno nacional cobrará a extranjeros en los hospitales nacionales? Joya. No llegan al 5% de los hospitales que existen en la Argentina y, si tanto jodía, podían haberlo hecho el mismísimo 10 de diciembre de 2023, que la firma es la misma.
Ponemos una medianera y de un lado tenemos proyectos, debates y discusiones sobre cuestiones que al grueso de la ciudadanía le generan un interés que va desde poquito hasta la nada misma. Del otro lado del mostrador, el ranking de preocupaciones prioritarias es encabezado por el temor a la desocupación, compartido por el 61%; los bajos salarios van en segundo lugar, con un 59%, lo cual marca el crecimiento de una sensación espantosa: agradecer que se tiene trabajo aunque no alcance, porque peor es no tenerlo. Quizá por eso la preocupación por la pobreza alcanza el 39%, un número similar a la preocupación por la actividad económica.
Ahí es cuando entra la maravillosa pregunta de cuáles son las prioridades del gobierno. Y sí, es una pregunta retórica, porque está claro que tampoco hay una diferencia con ningún gobierno anterior: primero ganar las elecciones y después vemos. En ese sentido, la oposición hace todo lo posible para dejar tranquilo al presidente, mientras que los moderados comienzan a aparecer en raids mediáticos. Mi diagnóstico es simple: cagazo a que vuelva cualquier resabio del pasado. Y cuanto más se aísla el presidente, más fácil será que le peguen, más sencillo será correrlo de eje y más contrincantes se le animarán. Porque eso es lo que hace el aislamiento en el poder. Y no me refiero a un aislamiento físico: se puede estar en una multitud y estar aislado si todos te dicen que sos el más mejor de toda la galaxia.
Es muy difícil dimensionar el nivel de caos económico que transita una enorme porción de la sociedad económica que todavía no se ha caído de la clase media por obra y gracia de la inercia estadística. Basta con levantar el tubo, llamar a cualquiera que pague sueldos y preguntar cuántos son los que piden adelantos, cuántos ya tienen el salario embargado. Es un escenario caótico y bastante más difícil que cualquier explicación que pueda dar una persona que no tiene la relación ingresos-gastos de otros. Y como no soy economista, no tengo idea de cómo se soluciona ni cómo se hace para paliar el asunto, pero calculo que el índice actual –a niveles de 2005– no creo que se solucione con el reciente nuevo aumento de las tasas de interés. Creo. El asunto es que, como tampoco soy legislador ni funcionario, me cuesta entender la dinámica de las discusiones parlamentarias o las prioridades, ¿vio?
El asunto es que estamos en una situación de impredecibilidad, como siempre, pero esta vez basada en que no sabemos con qué van a salir mañana. Lo único que sabemos es que la construcción política la administran los Menem en nombre de Karina a nivel nacional, y que el gobierno lo gestiona Santilli. Las maravillas del peronismo.
Santilli es el cortesano perfecto, un Guillermo Francos con hambre y con la dosis justa para demostrar que es imprescindible, pero no peligroso. Una diferencia que la hermana más famosa del país probablemente agradezca en virtud de cómo les fue en los últimos meses por culpa de gente que dijo ser imprescindible y terminó por convertirse en un peligro para la imagen del gobierno.
Y, convengamos, con el contexto económico descrito y la invalorable capacidad opositora para recordarnos por qué terminamos acá, no puede haber nada tan imperdonable como perder capacidad de movimiento solo porque algunos colosos todavía insisten en que son imprescindibles.
P.D.: Qué cosa inoxidable el peronismo, eh.
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