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Corría el año 2016 cuando un periodista se sentó en el sillón de visita en un despacho ministerial de la casa de gobierno bonaerense. Dentro estaban presentes unos tres funcionarios y un oficial de la Policía Bonaerense, puntualmente el jefe de la fuerza. El hombre estaba preparado para afrontar la entrevista porque daba por sentado que todo se trataba de un tema que no había gravitado en la opinión pública.
El punto fue que el periodista en realidad le preguntó por algo que no tenía en los cálculos: sus dos exparejas tenían lesiones permanentes y acusaban violencia de género. Luego de tomar aire y pensar en el medio (kilo) de clona que había tomado antes de ingresar a la entrevista, el periodista preguntó si el señor tenía vínculos con el narcotráfico, le mostró las declaraciones, indagó sobre determinados lugares y cargos que ocupó. En la nota que redactó en conjunto con otro colega, no hizo ni una sola afirmación, solo expuso todo lo que se sabía, todo lo que se preguntó a todas las partes a lo largo de varias semanas de entrevistas y todo lo que el hombre contestó. En cualquier contexto es un notón, aunque esté redactada con los codos. Es de esas informaciones que replican en radios y otros portales, una nota que se instala aunque se pague con paranoia y salud.
Pero no era cualquier contexto. La gobernación estaba en manos de María Eugenia Vidal y vaya uno a saber quién sostuvo al funcionario policial al menos por unos meses más hasta que le pidieron que se fuera a su casa, cuando la nota ya se había diluido. ¿Qué repercusión tuvo? Un solo programa de una sola radio se hizo eco de la información. Uno solo y por única vez. Colegas de otros medios afirmaron que para sus jefes no daba darle visibilidad a otra publicación y no fueron pocos los que sostuvieron que replicar la info era “hacerle el juego al kirchnerismo”. No habían pasado ni seis meses de la triple fuga de un penal que le marcó la cancha al PRO de que la ingobernable provincia de Buenos Aires era ingobernable. Uno puede entender que una fuerza policial es permanente y que no se puede pretender iniciar de cero con cada cambio de gobierno, pero las autoridades y sus votantes podrían haberse amparado en eso. Nadie dijo que fuera responsabilidad de la gobernadora ni del ministro de Seguridad.
Recordé esto luego de repasar muchas historias en una semana que me movilizó bastante. Pasó mucho tiempo desde la última vez que alguien cuestionó mi trabajo, y fue un colega en otra redacción. El vínculo no terminó bien por una diferencia de criterios sustancial sobre qué se podía publicar y qué no en un año inolvidablemente olvidable. No es que pensáramos distinto respecto a un tema, sino que la diferencia estaba entre incomodar o no con una información. A mí me pareció que era noticia dar a conocer una porción del largo listado de abusos policiales y gubernamentales en casi todas las provincias durante los tiempos de la cuarentena. No coincidimos. No faltó mucho para que me quedara sin empleo.
Aún más tiempo ha pasado desde la última vez que alguien que no trabaja en lo mío me expuso por no coincidir con mi óptica, y eso habla muy mal de mi éxito profesional. Porque yo nunca dejé de trabajar. Es más: nunca dejé de escribir, aunque de vez en cuando me encuentre con alguien que me dice: “me acuerdo cuando hacías Relato”.
Cada tanto releo algún texto antiguo. No me gusta hacerlo con cosas relativamente recientes porque siempre encuentro una forma distinta de contar algo. Pero cuando pasa mucho tiempo, puedo sentir que leo a otra persona. Creo que el anonimato del que gocé durante años me envalentonó a decir cosas que, en cualquier otro contexto, habría descartado. Hace muy poquito fui a releer una nota que en mi memoria tiene un peso enorme, pero a la que no volví durante más de una década. Fue escrita con un Blackberry en medio de una marcha y me gusta el peso que tuvo y el impulso que me dio en mi futuro oficio.
Ahora sé que tiene mil cosas para corregir. Sin embargo, lo que me dejó con la cabeza volada fueron otras cuestiones: la velocidad del tiempo cuando uno pega esos saltos al pasado, lo fácil que era juntar gente en una marcha cuando se mezclaba la consigna de la corrupción con la del debilitamiento de las instituciones, más el rechazo a un grupo de personas con poder, y la cantidad de gente con la que hoy no podría coincidir ni en el punto adecuado de cocción de un bife. Reivindico cada cosa dicha en aquel texto, pero el tiempo nos cambió las perspectivas de qué peso le damos a cada elemento.
Menos de cinco meses después de aquella publicación, comenzó mi vínculo con el medio que me formó. El proceso fue gradual, pero a la velocidad de la luz. Primero, mi blog se mudó a la plataforma editorial; luego, comencé a realizar entrevistas en la calle con toda la pre y postproducción: pensar al entrevistado, buscarlo, conseguir la nota, hacerla, desgrabarla, editarla y recibir las correcciones con la ansiedad de un nene al que le llega la historieta el sábado por la mañana. Poco después, un grupo de delirantes creyó que era una buena idea que pasara a trabajar físicamente dentro de la redacción. Había pasado un año exacto de aquella nota que nunca pensé que me marcaría tanto.
Yo conocía a una parte de mi comunidad de redes sociales y creo que eso hace una gran diferencia que antes nos parecía poco importante: al venir todos del mundo analógico, tenía todo el sentido querer conocer al que estaba detrás de un nickname. Para un tipo como yo, a quien socializar siempre se le había hecho cuesta arriba, las redes me abrieron un mundo difícil de dimensionar. Pero ahí estaba, con un montón de personas felices por mí que manifestaban su alegría en público y en privado porque uno del montón había sido contratado.
En ese laburo me formaron en cosas que no habría conocido de otra forma, al menos no de un modo ameno. Me envalentonaron a que hablara de cosas que me pesaban, me enseñaron a enmarcar ideas para que tuvieran valor periodístico y me señalaron cuáles eran las rayas que acarreaban riesgos con solo cruzarlas. Y otro poco –bastante– me lo enseñó la realidad con cada consecuencia no deseada. Uno tiene en mente una idea que considera buenísima, la lleva a cabo y no funciona. O peor: uno tiene en mente una idea que considera digna de un Pulitzer y solo consigue una oleada de personas profundamente ofendidas.
Al menos dos veces ocurrió que la contradicción llegó de un colega de otra redacción de la misma empresa. En una, tuve que pedir disculpas por las consecuencias de mi impulsividad, pero aprendí qué pasaba si cruzaba esa raya. En otras ocasiones, las críticas se hicieron públicas y no aprendí nada; solo recordé que hay personas a las que no les vas a caer bien never in the puta life sin importar lo que hagas. Esas ocasiones estuvieron dentro de oleadas de reacciones adversas a cosas que dije, y a la horda de insultos se sumaron algunos colegas de mi misma empresa.
A lo que voy es que no todo laburo es un taller familiar. Y yo formo parte de una generación que, como casi la mayoría de las personas, trabaja de lo que puede y con quien puede. Si alguna vez se da la casualidad de que toca el laburo soñado, bueno, se festeja, pero “trabaja de lo que te gusta y no deberás trabajar un solo día” es una frase digna de ser enviada al arcón de los lemas insoportables.
Yo me formé dentro de Perfil, puntualmente en la redacción del portal de Perfil, que durante años estuvo separada del diario por un foso de escritorios y nos mirábamos con recelo. Caminar el pasillo desde nuestra redacción hacia la otra era similar a ver a Jon Snow adentrarse del otro lado del muro con rumbo a las Tierras del Eterno Invierno. A mí me formaron un grupo de chicos de mi misma edad que se hizo cargo de una redacción cuando apenas habíamos pasado los treinta años. Yo le debo buena parte de mi forma de trabajo a tipos como Germán, Juan Marcos, Úrsula, Damián, Facu, Ramón y María José, por nombrar solo algunos de los que me padecieron. Análisis de métricas, gestión de sistemas de publicación, agencias de noticias, decenas de jornadas electorales, cinco televisores y mil radios prendidas al mismo tiempo en distintas sintonías.
Luego pasé a la revista Noticias y, años más tarde, la vida trajo otros caminos que no hubieran ocurrido sin esa formación y exposición. Una formación que también tuvo sus frenos, muros y contratiempos, como puede ocurrir en la dinámica que se da en cualquier grupo de personas, cada una con su historia, sus traumas, su mochila y su forma de ver el mundo. No se me ocurre mejor forma de resumir el asunto que decir que tuve de jefe de redacción a Edi Zunino. No nos llevábamos precisamente bien, pero nadie me sancionó por escribir un texto crítico hacia la oposición precoz de un sector periodístico en el primer mes del gobierno de Macri.
Este año comenzó con la pérdida de un empleo tras otro a la vista de todos, con todo el peso que eso puede tener en la autoestima. Y durante meses toqué todos los timbres que tenía a mano, probé absolutamente todo para profundizar mis textos, para visibilizar mi trabajo desde otra óptica, para llegar a esa persona que pueda decir “che, probemos con este tipo”, como ya me había pasado. Ocho meses después llegó el primer contacto. Y de vuelta ocurrió en Perfil, la única puerta cuyo timbre no había tocado.
Se me ocurren muchas posibles respuestas a qué nos pasó en los últimos tiempos para que tantos conocidos nos resultemos tan extraños. Seguramente hay mil razones y conozco muchas formas de explicar cómo nos afecta la retroalimentación del consumo de mensajes e información en base a lo que queremos leer, o la permanente interacción solo con personas que piensan como nosotros, o la voracidad con la que los algoritmos premian –y pagan– cualquier cosa que tenga vistas, sin importar el contenido. Pero siempre fue así, solo que disimulábamos un poco. No conozco gente que deje de hablar con un ser querido porque no le gusta a quién votó. Yo, al menos, no lo hago. Sería imposible pensar en seleccionar un empleo solo en base a si coincidimos en un 100% con lo que piensa otra persona. Además, si ocurriese el caso, es fácil deducir que alguna de las dos partes miente lo suficiente.
El tiempo pasó y resultó que, al repasar los nombres de las veintitrés personas con las que compartí espacio en aquella marcha de aquel texto, solo mantengo contacto, esporádico, con nueve. Con el resto nos bifurcamos. Algunos de los que conocí en otros momentos hoy no forman parte de mi ecosistema por cosas de la vida y de diversas interpretaciones de qué consideramos un sistema republicano, cuándo nos jode un presidente mal hablado y calentón, y cuánto nos pesa la diferencia de criterios en una balanza que lo contrapone con el cariño personal. Y, al menos hasta ahora, no fui yo quien cortó mano, cortó fierro. Fuimos muchas más personas las que nos fuimos conociendo durante estos años y, como todas las relaciones, algunos entran, otros se van. En una de esas marchas, en el primer aniversario de la Tragedia de Once, un señor llamado Matías me dijo que debería comenzar a imaginarme en una carrera periodística. Creo que no sabe lo que fue mi cabeza las semanas siguientes hasta que me animé.
Han pasado tres libros, miles de entrevistas, algunos trabajos en radio, otros en tele, algunas veces con linda exposición, otras con malos momentos, toneladas de pastillas, un par de custodias policiales, mil veintinueve publicaciones en este sitio, un par de miles más entre las notas firmadas, las que no llevan firma y las que tuve que editar de los redactores y de los columnistas que enviaban sus opiniones con las que, muchas veces, no coincidía. A veces con un sueldo aceptable, la inmensa mayoría del tiempo con un polirrubro ambulante en la mochila para llegar a fin de mes. Y todo, absolutamente todo, se lo debo a eventos que jamás imaginé que me depositarían acá.
Porque un 8 de agosto de 2008 se me ocurrió publicar un texto en una plantilla gratuita de Blogger. Es esta misma página que mejoró sus prestaciones con los años. A modo de secreto compartido: casi todo lo que hice por aquí tuvo como objeto estar presente en la vida de personas con las que, por distintas razones, no podíamos encontrarnos. De allí en adelante vino todo lo demás y son incontables los nombres a los que les debo mucho. Esto fue el producto del empuje de un montón de personas que vieron cosas distintas aquí. Y por más que algunas de ellas hoy me puteen: gracias por todo.
No me copa mucho la nostalgia, pero un suceso extraño me ocurrió al entrar a Perfil nuevamente después de tantos años, además de caer en la cuenta de la fecha. Nunca, pero nunca en la vida me había pasado que en un ámbito laboral alguien me sonriera y me abrazara por un reencuentro. Podría decir que se debe a que nunca he vuelto a ningún lado, pero mi terapeuta me pide que valore un poco más el asunto. Obviamente, no pregunté a quién votaron antes de devolver el abrazo.
Fue un instante que le puso miel a un momento jodido, en un año laboralmente de mierda y que me tiene más sensible que de costumbre. Por acá vivimos momentos épicos. Hubo momentos en que las idas y vueltas se daban de a miles en los comentarios a cada entrada, armábamos asados, juntadas en espacios públicos. Nos plantamos ante situaciones heavys, vivimos juntos momentos traumáticos como la cobertura de la noche en que Nisman apareció muerto en su baño y la fiscalía armó una rave en el living-comedor, vivimos desde la muerte de Néstor Kirchner y la reelección de Cristina hasta los días finales del kirchnerismo y la llegada de Macri, pasamos cuarentenas, firmamos solicitadas, rompimos mucho las bolas.
Y si bien esto aún se sostiene gracias a todos los silenciosos lectores que adoptaron las suscripciones, supongo que para rajar de las redes, hay una espina que siempre quedará clavada: aprendí de golpe que no había perdido visibilidad entre los de siempre, sino que tan solo me ignoraron hasta que algo les molestó. Nombres, caras, personas e historias que conozco y me conocen, que en su momento fueron parte de por qué existe esto hace dieciocho años y que son parte de mi historia. Es una sensación distinta a la puteada del que ni te conoce ni sabe nada de tu vida. Pero son épocas. Me gusta pensar que solo son épocas. Prefiero eso a creer que la nueva normalidad es meterse con el trabajo ajeno porque no nos gusta lo que hace o con quién lo hace.
Dieciocho años han pasado desde aquel agosto. Es un tocazo. Tenía 26, tengo 44 y ya no soy un pendex, aunque tenga que repetirlo. Y eso que para mis 26 ya había vivido cosas que no son deseables. Muchas de las ideas que pensaba a esa edad ya no están, se fueron, mutaron. Otras siguen pétreas y muchas se sumaron. Creo que le dicen “vivir” en general. Pero no deja de sorprenderme el origen y la deriva de cosas que nacieron como un juego.
Uno divertido.
Gracias por haber leído.
P.D.: Keep Walking.
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(Sí, se leen y se contestan since 2008)