Miedo al miedo

Miedo al miedo – "La poción amarga (Der bittere Trank)", obra del pintor Adriaen Brouwer.-

Las mejores épicas de la historia tuvieron como base el miedo. Cimiento de las decisiones heroicas, el miedo ha estado detrás de conquistadores que no podían fallar, de las resistencias de quienes tienen mucho que perder, de la defensa de ciudades sitiadas y de los más grandes hallazgos. Detrás de todo está el miedo de los que saltan al vacío al animarse a hacer algo que les gusta, pero no saben cómo resultará.

Pero no todo miedo es positivo por razones obvias: el cagazo a fracasar y morir en alta mar permitió que los aventureros europeos pudieran llegar y explorar el continente americano, pero no significó lo mismo para quienes los recibieron. El miedo puede paralizar, no permitirnos ver lo evidente, provocar reacciones desproporcionadas, pocas veces bien dirigidas, y condenarnos a un resultado que consideramos negativo. En ese sentido, el miedo es una profecía que se cumple. A nivel personal, el miedo puede jugar a favor nuestro o meternos la traba; todo depende de las circunstancias y la veracidad de esos miedos.

O sea: el miedo es real siempre, porque es una emoción real. Lo que provoca ese miedo puede ser algo real o una imaginación. Es lo que ingresa dentro del universo de las neurosis, con “fantasmas” que nos asustan pero que no están en la vida real. Y nada más universal que la neurosis. Obvio que hay miedos que paralizan a unos y a otros no les hacen ni cosquillas. ¿Puede el desempleo generar el mismo temor a un asalariado que a alguien que posee una fortuna? ¿Puede una amenaza de expropiación generar el mismo temor al dueño de una fortuna que a un asalariado? Unos se paralizan, otros siguen de largo y todo depende de la circunstancia. Porque el miedo siempre es a perder lo que tenemos. Incluso cuando no poseemos nada, poseemos vida y libertad.

Jugar con los miedos de una población es, quizá, la técnica odiada más antigua de la historia del poder. Pero un buen signo de las últimas décadas, un fenómeno absolutamente global, ha pasado por un cambio en las narrativas. Antiguamente, la humanidad se amalgamaba frente a un enemigo para poder ir a la guerra. Nada más complicado que ir a la guerra sin saber por qué. Las cosas claras: él es el malo, nosotros los buenos. Cuando los períodos de las grandes y eternas guerras quedaron en los recuerdos de nuestros abuelos, pasamos a nuevos enemigos que sirven para cohesionar; puede que no a toda la sociedad, pero sí a una buena parte. Si el enemigo es real o no, es lo de menos.

Lo novedoso del siglo XXI es que pasamos de la implantación de un temor presuntamente racional a la validación de los miedos ya existentes. Cualquiera que tenga edad suficiente para la colonoscopía preventiva ha vivido otras épocas en las que los oficialismos sostuvieron de forma extremadamente vehemente que los medios corporativos mentían sin descaro para perjudicar al gobierno de turno. Ya entonces se sostenía que, por más que la humanidad se empeñe en demostrar lo contrario, la gente no es idiota. Al menos, no toda.

Por más que resulte un lugar común, hay cosas que nadie podrá conseguir jamás: insertar una forma de ver las cosas en una mente ajena, adulta y sana. A la corporación Clarín-La Nación se les colocó enfrente un aparato de medios inflados con guita del Estado, programas de televisión, radios enteras, canales, diarios gratuitos, y nadie consiguió mover la aguja.

Ningún kirchnerista dijo “no, che, no voy a votar a Cristina porque no me gusta esta investigación de Lanata” y ningún opositor votó al kirchnerismo porque le dio cosita que 678 le llame cómplice de la dictadura. Y es que el principio básico del asunto, en 1850, 1990, 2012 o ahora es que los medios pueden marcarnos un punto, instalar un tema, obligarnos a pensar en algo; pero nunca podrán inducirnos a procesar ése algo de una forma distinta a como lo haríamos.

Es más, la guerra de verdades o mentiras solo conlleva un resultado: creeremos lo que nos cierra mejor y el resto lo descartaremos por faltar a la verdad. Y aunque sepamos que es verdad algo que nos tiran por la cabeza, no nos importará porque peor nos resulta lo que nos es ofrecido. O sea: nos da más miedo una cosa que otra.

Votar por provocación es un clásico global. ¿El gobierno dijo que todos éramos agrogarcas, desclasados, miembros del Club de Fans de Videla, cipayos y vendepatrias? Ganó la presidencial un empresario millonario. ¿Los macristas se cagaban de risa de quienes no volvían más? Volvieron hasta los que no recordábamos que alguna vez estuvieron y nos dieron una de las peores experiencias que la democracia argentina pueda recordar.

Este ida y vuelta no podía frenar ahí porque esto no es un péndulo que tiende a hacer distancias cada vez más cortas hasta hallar el punto de equilibrio. En el siglo XXI, los péndulos tienen cohetes.

Y si bien es muy, pero muy difícil implantar una idea en la cabeza de una persona promedio, mucho más fácil es aprovecharse de sus temores al validarlos. ¿Tenés miedo al reemplazo poblacional? Check. ¿Tenés miedo de que tu hijo salga homosexual? Check. ¿Te da cagazo que tu país se convierta en Venezuela? Doble check. ¿La idea de una vida vacía de sentido te desespera? Super check. ¿Nadie te comprende y pasaste tu vida como friki? The world is yours.

No creo que dé para seguir en el arte de hacernos los boludos: si la normalidad es poder dar rienda suelta a expresiones que nos habrían llevado a la Justicia en cualquier otra época, es porque la mayoría de esas expresiones hoy son validadas. Eso es un poco lo que me drena las ganas de vivir cada vez que escucho que el presidente tiene un problema de formas. Incluso él mismo toma eso por cierto al reivindicar su derecho a decir lo que opina, aunque le cuestionen las formas.

Y yo no creo que sea una cuestión de formas, sino, directamente, de contenido.

La forma y el fondo es un término muy vinculado al mundo del derecho para describir la teatralización de los procesos judiciales. Tenemos códigos de fondo y códigos de forma. Los de fondo son los que nos dicen qué cosas van a terminar en la Justicia (el Código Penal, por ejemplo) y los de forma nos dirán cómo se llevará a cabo ese proceso (el Código Procesal Penal). Con terminología que se toma prestada de la lingüística, se les llama código sustantivo (al de fondo) y código adjetivo (al de forma) porque son complementarios.

Pero veamos una cuestión de análisis sintáctico básico, propio de los 12 o 13 años de edad. Si enuncio “Juan es una mierda de persona”, tengo un sujeto con un sustantivo, un predicado simple con un núcleo verbal y un complemento directo en un adjetivo que modifica la cualidad de persona. En cambio, si yo reemplazo a Juan por “mierda”, la cosa cambia. Es ahí cuando ya las cosas dejan de ser de forma. Porque reemplazar a una persona por “mierda humana mal cagada” genera un conflicto sintáctico complejo: “humana” es el adjetivo, y “mierda” es el sustantivo.

Puede resultar una vuelta estrambótica, pero pasar de decir “periodistas corruptos” o “periodistas ensobrados” a pronunciar catorce veces la palabra “mierdas” y otras cuatro el vocablo “soretes” como sinónimo de periodistas cambia la forma por el fondo. El adjetivo pasó a ser sustantivo. Y en la narrativa eso lo es todo. No porque seamos más capos que los demás, que quienes me leen hace al menos un tiempito ya saben lo que opino de mi oficio, pero siempre ha pasado que el periodismo es la primera línea de corte: lo que nos dicen a nosotros es lo que le dirán al resto.

Pensar el discurso como un cambio de la forma hacia el fondo también se traslada a lo práctico: no hay manera de entablar una conversación con alguien que entra en estado de furia por algo que no le gustó.

Recuerdo una vez que en una escucha telefónica oímos a Cristina Fernández decir “que se suturen el orto” en referencia a los dirigentes de su partido. Recuerdo, también, que hablamos del tema por años. ¿Cuántas veces puede un presidente en funciones decir “mierda” como recategorización subhumana sin que los paladines de las buenas costumbres pretéritas se ruboricen?

Ahora, el derrame de esa oratoria hacia el lenguaje común es algo que me afecta por una sencilla razón: lo escucho de personas a las que quiero. Y si me puse a contar cuántas veces dijo “mierdas” el presidente en un par de días, se imaginarán que se me ocurrió hacer algo parecido. Una amiga puteó al periodismo en unas 81 ocasiones en las últimas semanas. Un tipo al que le tengo un profundo aprecio dijo que no odia lo suficiente a los periodistas. Unas once veces en un puñado de días. Gente con la que nos frecuentábamos en carne y hueso. Me entristeció banda.

Al menos en la bonita tradición, se putea a los periodistas cuando entran en conflicto con nuestros ídolos. Por ejemplo, que la gloriosa Scaloneta se desahogue tras la final de la Copa América de 2021 y entone las estrofas del villancico “Hay que alentar a la selección” es lógico que va a despertar simpatías porque en el ranking de idolatrías del ser humano vienen primero los deportistas y después los músicos. Y a la Selección la han velado en vivo y en directo en un programa de periodismo deportivo. Si tenemos este detalle en cuenta, es lógico que el verso “y no me importa lo que digan esos putos periodistas, la puta que lo parió” esté a la altura de “y nuestros granaderos aliados de la gloria inscriben en la historia su página mejor”.

Ahora, saquemos a los deportistas y a los músicos: ¿qué tan mal pudo tratar la vida a alguien para que tenga por ídolo a un político? Lo entiendo con San Martín y Belgrano, que fueron muchas cosas a la vez y se convirtieron en próceres, pero repasemos: un artista, un escritor de ficciones, un deportista, un prócer, ¿un funcionario? ¿Cómo vamos a tener a un político vivo de ídolo?

Yo no sé cuál es el concepto popular sobre el trabajo de un ingeniero agrónomo, de un estibador o de un operario de maquinaria mayor en una mina. No los vemos trabajar y difícilmente nuestra vida pase por sus manos. Es una enorme diferencia con los periodistas, que si hacen su trabajo para no publicarlo es que no entendieron de dónde viene prestada la palabra “prensa”. Es lógico que nos puteen porque nuestro trabajo no está bien hecho si nadie se entera.

Impresiona el número de personas que agreden a quienes buscaban o consumían en medio de la guerra por el campo, la de la ley de medios, o cualquiera de las mil batallas. Pasó un siglo, lo sé. Y mi educación habrá tenido sus límites, pero alcanzó para saber que no hay que olvidar a los que tuvieron un lindo gesto conmigo.

Es curiosa la superioridad del que señala que todos son maleables por el periodismo menos ellos, tan iluminados, superiores e inmunes a los actos hipnóticos o de telepatía que, aparentemente, tienen todos los colegas, incluso los que me resultan nefastos. Porque también ahí tengo un problema y es que muchos de los periodistas que me resultan interesantes también son recontra puteados. Incluso me pregunto qué tendrían para decir en una situación en la que un periodista denuncia al presidente por calumnias. ¿Se imaginan? Bueno, hubo uno que cuando el presidente le dijo “mentiroso y ensobrado” le clavó una demanda. Era Jorge Lanata.

En aquel momento –abril de 2024–, Lanata dijo: “lo de ‘Milei es así y que así hay que aceptarlo’ es una lógica que es válida sólo para un niño de cuatro o cinco años”. También agregó: “estamos en el cuarto mes del gobierno de Milei, es muy rápido para que pase esto; imaginemos lo que puede pasar en dos años”. Nada, Jorge. No pasó nada: ahora nos putean a todos.

Y si parece que fue ayer aunque hablemos de hace más de dos años, es porque el tema es repetitivo sin hartazgo a la vista. Es más, no ha parado de escalar y siempre vinculado a un solo factor: cuando las cosas no salen como las imaginó el presidente, se enciende su ventilador. Evidentemente, Milei no recurrió al ostracismo por sentirse en un período emocional a la baja, sino para tomar impulso. Y detrás de él, obviamente, un largo listado de personas que no logro entender cómo es que tienen de ídolo a un presidente. Creo que nunca lo podré entender. Pero ahí están, detrás de un tipo que culpa a cualquiera por algo que no está pasando. No sé si lo hacen por real desprecio a todos los periodistas “del primero al último”, pero deduzco por qué ya no invitan a comer.

Del puñado de colegas con los que mantengo diálogos, casi todos estamos atemorizados. Yo, a título absolutamente personal, tengo un cagazo que no se arregla con pastillas de carbón ni crema de bismuto. Pago alquiler, pago servicios, vivo dentro de un núcleo hogareño que, pretencioso, aspira a alimentarse repetidas veces al día y hacerlo cotidianamente. Y no sé si tengo más miedo al curso de las cosas o al efecto venganza de cualquiera al que el electorado le parezca una mejor opción. Vivo al límite, mis gustos han desaparecido en el tiempo, las expectativas laborales no son las mejores y los salarios ya no compensan el polirrubro laboral. Por si fuera poco, las expectativas a mediano plazo en materia de sostenibilidad de los medios no son las más optimistas. Mirá si no voy a tener un cagazo padre. Literalmente, el cagazo de un padre.

Salís a la calle y caminás hasta la parada de colectivo, contás los locales cerrados de tu cuadra hasta que notás que también cerró el que te arreglaba la ropa y puteás en japonés. Luego de un rato, ya no sabés si puteás porque el tipo tuvo que cerrar, porque tenés que buscar otro lugar para mandar a emparchar pantalones o porque hace tres años que no te comprás unos lompas. Agradecés a la malaria por conservar el mismo talle de cintura. Engordar no es un plan en tiempos de crisis. Vas al primer laburo. Mirás las caras en el bondi y tratás de entretenerte con eso de imaginar en qué pensarán. Te deprimís. Llegás al primer kiosco, hacés lo tuyo, rápido que no llegamos al otro. Cambiás el chip. ¿De qué tenías que hablar? Ah, sí, de esa info exclusiva. El bondi no llega, te tirás al subte. Te deja a tres leguas del destino, pero le ponés garra y arribás a tiempo. El vestuarista te dice que le gusta tu camisa. Le agradecés por el buen gusto, mientras te preguntás cuánto hace que vos ponés la pilcha. Maquillaje listo. No, no me pinté la uña, se me cerró un baúl en el dedo y me está creciendo la de abajo. ¿Aire? Oka, en cinco, cuatro… Hasta luego. Cagando al otro kiosco. Dice la terapeuta que cambiar el chip laboral ayuda a no estresarse tanto porque son cosas distintas. Querés que te acompañe un día, a ver qué opina después. ¿Cómo vas a pagar eso por un sánguche? Bueno, a comerlo igual. Recordás que las harinas engordan, no podés permitirte un traje nuevo y el tano de la vuelta cerró el local. Te agarra el bajón. Tercer kiosco. Se están por quedar todos sin laburo, vos incluido, pero, cual músicos del Titanic, deciden continuar porque aman ese lugar. Te vas. Llorás un poquito como todas las semanas. Tantos bondis por día te confunden y, en vez de ir al cuarto kiosco, enfilás para el quinto kiosco. Llegaste tarde al cuarto y con los huevos por el piso. Dos horas de laburo de pie y con una velocidad de habla tal que agradecés que tu cuerpo se haya acostumbrado al clonazepam. Al quinto kiosco llegás con las rodillas en huelga y ya no sabés ni de qué tenés que hablar, escribir, preparar ni en qué idioma hacerlo. Volvés a tu casa detonado, avanzadísima la noche, con el agobio del estrés y las mochilas de todos los bajoneros que cruzaste durante la jornada. Abrís la puerta y te preguntan por qué esa cara de bragueta. Explicás y te bajan el precio: “¿No ves que los medios mienten?”

Como para no sentir miedo. Lo bueno es que el miedo ayuda a las mejores cosas. ¿No?

¿No?

Nicolás Lucca

P.D.: “El miedo es una de las emociones más antiguas y poderosas de la humanidad”, decía Lovecraft, un tipo cuyos puntos de vista sobre la vida me hacen quedar como un optimista.

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