Adiós, doctora (y no vuelva más)

Odio hablar de cuestiones judiciales. Y la renuncia de Elena Highton de Nolasco a la Corte Suprema de Justicia, más allá del hecho político que implica, es, también, una nota recontra judicial. No tengo nada personal con Highton, de hecho no la he conocido personalmente. Pero en el mundo Judicial no hace falta conocer a nadie para saber si es o no de buena calaña: los jueces hablan a través de sus fallos.

Entiendo que es una abanderada de los corazoncitos de la igualdad de género y demás, pero hay varios aspectos de su vida tribunalicia que deberían, cuanto menos, llevar a algunas preguntas.

Primero, y antes de continuar: una larga trayectoria judicial no es sinónimo de capacidad para el cargo a desempeñar. Rodolfo Canicoba Corral, por ejemplo, comenzó su carrera judicial como meritorio, pinche, cose expedientes en una mesa de entradas a los 18 años. Y no creo que haya alguien que lo recuerde como un juez probo y eminencia de la justicia tras 56 años de carrera.

Doña Elena primero se recibió, luego ingresó recién a los 30 años a una Defensoría. Menos de seis años después, y con tan solo 36 años –una rareza siempre– fue designada jueza nacional. Corría el año 1979 y para asumir el cargo había que jurar sobre el Estatuto del Proceso de Reorganización Nacional. Nada que no haya hecho también Eugenio Zaffaroni. Curiosa selección de ministros de la Corte de la época de Néstor Kirchner.

Durante buena parte de su carrera se dedicó a estudiar e impulsar la implementación de la mediación judicial, una institución ajena a nuestra cultura jurídica. Como todo lo que resulte práctico, siempre es bienvenido. Sin embargo, cuando se sancionó la ley, la por entonces Camarista Civil Doña Elena, organizó un acuerdo de cámara en pleno para modificar la ley: no podía aplicarse la mediación a derecho de familia. Nunca supe que una acordada de una cámara civil pudiera modificar una ley. Pero nadie dijo nada.

En 2004 fue propuesta para la Corte Suprema de Justicia con una bandera imbatible: la primera mujer de una Corte democrática en toda la historia del organismo que preside uno de los tres Poderes del Estado. El que le llevó el nombre a Néstor Kirchner era su Jefe de Gabinete, un tal Alberto Ángel Fernández.

Sin embargo, hablar de cómo actuó a través de sus fallos no es algo que venga al caso en este artículo. Están todos disponibles en las páginas de información de la propia Corte Suprema.

Primero y antes que nada: Doña Elena no es la creadora de la Oficina de Violencia Doméstica, la famosa OVD. No, fue idea e invento de Enrique Petracchi, histórico ministro de la Corte ya fallecido. Tampoco es la creadora de la Oficina de la Mujer, obra de Carmen Argibay. Lamento mucho por quienes hayan creído que la llegada de Highton le dio una perspectiva de género a la Corte.

De hecho, muchísimas de las personas -hombres y mujeres- que han desempeñado sus labores en las dependencias controladas por Doña Elena tienen el peor de los recuerdos de la Jefa que utilizó la política de protección a las víctimas de género como arma política dentro de la Corte con prácticas tan, pero tan vergonzosas que debería sonrojar a unos cuantos, como cuando nombró en el cargo más alto a una mujer sin tener el título necesario. Lástima que hemos perdido el sentido de la vergüenza.

Las directivas internas –”recomendaciones”– eran de lo más variopintas y tendenciosas para forzar resultados. A duras penas, numerosos equipos hacían lo que podían y lo hacían bien. Y no gracias a las directivas de Highton, sino a pesar de las mismas. 

Como de las estadísticas dependen las carreras que alimentan los egos –y los presupuestos– también se bajó la orden de la multiplicidad de expedientes. Paso a explicar un tecnicismo: en el Poder Judicial uno puede radicar una denuncia. Si al momento de ir a denunciar nuevamente, el denunciado es el mismo sujeto, se considera “ampliación de denuncia”. En las dependencias de Doña Elena tenían la orden de formar un nuevo expediente, así se trataran de 35 denuncias contra la misma persona. Porque a fines estadísticos no es lo mismo un expediente que 35, aunque se trate de las mismas personas.

En 2014 un grupo de padres que se acercaban a hacer denuncias comenzaron a grabar de forma oculta el trato recibido en la mesa de entradas de la OVD. O sea: si la Oficina se llama “de violencia doméstica” se entiende que cualquier persona que vive dentro de un hogar se vería legitimada para realizar una denuncia. Sin embargo, tras una serie de rebotes y de que nada pasara, comenzaron a filmar la situación.

En una de esas ocasiones, un rostro que no se ve, explica muy amablemente y con un gran dejo de culpa que no tenía sentido que siguieran haciendo denuncias porque nada iba a pasar, dado que los denunciantes eran hombres.

Tiempo después se intentó dar a conocer algunas de estas situaciones mediante un documental financiado por el INCAA; hasta que Guadalupe Tagliaferri pidió su censura previa, algo prohibido por la Constitución Nacional.

El 29 de agosto de 2014, una nota de Perfil.com da cuenta de la situación. Tres días después, y ante la necesidad de mostrar reacción frente a lo evidente, una funcionaria que atendía la mesa de entradas fue despedida. Madre soltera, sin obra social, sin comerla ni beberla, gratis. Bello ejemplo.

Control interno ejercido por otros miembros de las propias oficinas –buches, digamos en criollo– destrato a empleadas aunque fueran parturientas de licencia y, para ponerle un broche a la situación y cómo se tomaba la violencia de género, una de las principales colaboradoras de Doña Elena se presentaba cada primer día hábil de enero a buscar las estadísticas de denuncias. Festejaba si habían aumentado. Algunos podrán decir que se festejaba que las mujeres se animaran a denunciar, pero no parece ser el caso. Si aumentan las denuncias de violencia, no hay nada para festejar.

No importa con quién se hable –a excepción de los laderos que nunca faltan– la opinión es casi unánime: la titular de una oficina contra la violencia manejó la misma de forma despótica y violenta.

A pesar de lo relatado arriba, la OVD no se mancha: muchísimos equipos de la Oficina laburaron a pesar de la Jefa y muchísimos casos –por suerte, muchos más que los negativos– terminaron por resolverse bien, se brindó seguridad y se previnieron situaciones catastróficas. Y, lamentablemente, otros muchos casos no terminaron en buen puerto por la lentitud o la inoperancia de los jueces a quienes se enviaban los informes. Y por mal puerto me refiero a una catarata de femicidios absolutamente evitables.

Como para no ir contra ninguna tradición, Doña Elena cumplió con el mandamiento número uno del politiquero argento que se precie de tal y aplicó el más llano nepotismo.

Elena Nolasco, “Elenita”, es hija de la todavía ministra de la Corte Suprema. En 2015, mediante la acordada 36 de aquel año , se dispuso la creación de la Secretaría de Relaciones de Consumo de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Si el cargo resulta ridículo –que lo es– tiene una explicación lógica: fue creado para su hija, algo que queda explícito en la siguiente acordada 37/15. No, no existía antes.

Tamaño cargo es ejercido bajo el título de Secretaria Letrada de la Corte. ¿El sueldo? Casi equivalente al salario de un Juez nacional de primera instancia. Tanto amor no puede ser gratis.

En fin. Para redondear este breve relato de entre semana, solo me animo a dejar una última reflexión absolutamente subjetiva:

Ojalá que el próximo puesto sea ocupado por una mujer en base a su capacidad y no en base a sus contactos. Ojalá que se trate de una mujer 100% de la democracia y no otro caso de personas que no tienen drama en jurar un día por la Constitución, otro día por el Estatuto de Videla, y así, aunque por cuestiones etarias quedan cada vez menos.

Y, a riesgo de caer en un caso de mansplaining, espero que la próxima mujer que caiga en la Corte tenga verdadera vocación de proteger a todos los ciudadanos por igual. Porque flaco favor le hizo al género femenino Doña Elena y su acting.

Ah, una última cosa: su última actuación notable fue votar en contra para que la Corte Intervenga sobre la presencialidad de las clases.

Ojalá que no vuelva nunca más.

 

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