Adoctrinar al soberano

Una profesora de Historia de una escuela técnica es filmada por un alumno. El video es compartido y, gracias a la magia de las nuevas tecnologías de comunicación, llega a medio mundo. En el video se puede ver a una mujer visiblemente alterada dando una clase de kirchnerismo vintage explícito a un alumno que cuestiona la situación del país.

La mujer es vilipendiada por todos en redes sociales luego de que encontraran su cuenta. Allí se podían leer mensajes de una posición política más que clara y algunos de un tono un tanto avergonzantes, como pedir la ley del Talión y de este modo matar a los que traigan la variante Delta del exterior. Ya expuesta, la mujer negó el adoctrinamiento y culpó «a un alumno macrista». Crack total. Creo que quedó claro que no es una mujer que yo invitaría a un asado. O sí, qué se yo, en las redes somos todos guapos. Pero en el aula…

Hablar de adoctrinamiento escolar en la Argentina es un tanto complicado. Más si tenemos en cuenta el escándalo organizado alrededor de la Educación Sexual Integral, considerada adoctrinamiento por parte de grandes figuras que hoy dicen ser libertarios.

Pero el adoctrinamiento político como que nos molesta a todos. Y eso que no somos conscientes de que todos, absolutamente todos recibimos una educación decidida por otras personas con sus ideas y pensamientos.

Corría el año 1995 cuando Nicolasito comenzó la secundaria. Justo ese año, la ministra de Educación de la Nación, Susana Decibe, ordenó que el 24 de marzo se llevara a cabo una jornada didáctica en cada establecimiento público y privado del país. Faltaba mucho para que esa fecha fuera feriado. Esa clase recayó en el profesor de Educación Cívica, quien comenzó su alocución ante la mirada atenta de los treinta y pico de alumnos que éramos en aquel aula.

Al cabo de unos minutos a un compañero se le ocurrió preguntar por qué el país había llegado a esa situación. El profesor dijo que no era tema de discusión de esa clase. Otro, actual amigo mío, dijo que para él sí era un tema, porque no se estaba entendiendo. El profesor se calentó y dijo “uno más que interrumpa y se come un uno”. Y saltó el pelotudo de Nicolasito:

–¿Cómo va a poner un uno por preguntar?
–Tiene un uno.

Imaginemos la situación de Nicolasito, con flamantes dos semanas en la educación secundaria y, para colmo, nuevo en el colegio.

–No me puede poner un uno.
–Si quiere le pongo otro.
–Pero si tan solo…
–Tiene otro uno.

Nicolasito se levantó, salió del aula en llanto vivo y fue a preceptoría a buscar un parte de amonestaciones. Volvió y le dijo al profesor:

–No sé de qué habla, pero si me porté mal póngame una amonestación.

No hubo amonestaciones. Los unos se quedaron. Y mi viejo no cagó a trompadas al profesor porque entendió que era contraproducente.

Tiempo más tarde, aproximándose las elecciones presidenciales, el profesor entró al aula y dijo “si tuvieran que votar, por quién lo harían” y fue uno por uno. En aquel entonces, a los 13 años te faltaban cinco para entrar en un padrón. Un tiempo imposible de dimensionar en una época en la que tres meses de verano con una eternidad. Hoy lo recuerdo y sé que no tenía ningún sentido práctico, no había debate ni lo hubo, dado que lo clausuró el profesor al decir que votaría por la dupla Bordón-Álvarez y prosiguió con una larga clase de por qué había que hacerlo. Nosotros no votábamos. ¿Qué pretendía?

Lo bueno es que el muy pelotudo termino por ser rector de ese establecimiento. Duró lo que un pedo en la mano, obviamente, y siempre contará con el repudio de todos los que estuvimos en aquellas clases.

Ya en Quinto año (1999) muchos de nosotros podían votar en las presidenciales y el resto lo haríamos en las de Jefe de Gobierno del año siguiente. Nuestras preguntas en clase se hicieron cada vez más frecuentes. Básicamente, llevábamos al aula nuestras dudas, lo que veíamos, lo que creíamos. Y nuestros docentes nos guiaban en los debates, nos ordenaban los silencios y las exposiciones para que nos escucháramos todos y para que tiráramos la bronca, si queríamos.

Tiempo después, mucho tiempo después gracias a las redes sociales supe qué pensaba cada docente en realidad. En el aula quedaba afuera. Lo que sí entraba al aula era lo que se hablaba en la calle. Y eso es lo que pasó con la docente desquiciada que se volvió viral. Después de todo, la mujer habló de lo que ve afuera. Si tenés un gobernador que en una entrevista de 15 minutos te menciona a Macri 32 veces, ¿se puede decir que la mujer no llevó la realidad al aula? Si tenés un Presidente que te grita, una vice que lo caga a pedos en público, un gobernador que lleva una colección de bestialidades orales desde el “haiga” hasta el “pudió” y, para variar, a los gritos. Si todos gritan ¿cómo no gritar?

Pretender que un alumno que vota no hable de política es una estupidez. Los chicos de la técnica que oficiaron de espectadores y filmaron a la desquiciada, votan. Este año votan. ¿Cómo no van a llevar la política al aula? La docente tenía tres opciones: ordenar y coordinar un debate civilizado, negar el tema y dar su clase o hacer lo que hizo. Solo una era la opción correcta.

Pero aunque la docente no hubiera adoctrinado, ya existen los programas. Ella da historia y no hace falta dar muchas vueltas para saber cómo se aborda la historia en un país en el que la historia es un presente contínuo, donde una figura nacida en el siglo XIX con propuestas políticas para la coyuntura de la primera mitad del siglo XX es el protagonista tácito de cualquier campaña política en la tercera década del siglo XXI.

La educación es el pilar de cualquier civilización. El contenido y éxito de esa educación es lo que moldea a las distintas sociedades. Incluso la ausencia de educación es un diagnóstico que determina los dramas de un sector de alguna sociedad y, tarde o temprano, de la totalidad.

Al ser argentino, hablar de educación y decadencia es algo que irrita. Números sobran, pero la paliza es total si lo pensamos del siguiente modo: esa deficiencia en conocimientos básicos de cultura general que percibimos es la de quienes alcanzaron a terminar los estudios. La brutalidad oral y la carencia total de cultura general de nuestros expresidentes pertenece a gente con títulos universitarios. Imaginemos a quienes no fueron educados, imaginemos las herramientas que tendrán para moverse por la vida. Y si la empatía no lo moviliza, pruebe con el egoísmo: imagine cómo puede afectarlo a usted.

Tener opiniones sobre la educación es sencillo. A diferencia de cualquier otra cosa que encaremos en nuestra vida social, si hay un lugar común que une a casi todos los vecinos que nos rodean es que tuvimos un paso por las aulas, así haya sido una estadía fugaz. Podemos saber mucho o saber nada sobre cómo educar pero haber apoyado el culo en un pupitre nos da la autoridad suficiente como para saber si aprendimos algo o no.

Todos tenemos una mediana idea de qué pretendemos de un sistema educativo como para empezar a negociar un gesto de aprobación. Partiendo de que aspiramos a que los chicos aprendan a leer como sinónimo de comprensión y no de paseo de ojos, y a expresarse por escrito de manera coherente, esperamos todo lo demás. No se exige nada del otro mundo: nociones básicas de números, mínimos conceptos de ejercicio ciudadano y un cachito de noción sobre lo que vivieron nuestros antepasados. Lo mínimo y necesario para que, en igualdad de condiciones, todos tomen el camino que quieran, puedan o les salga, pero con responsabilidad. Y si no llegan a destino, que la culpa sea de cualquier factor, menos de que no les daba la cabeza por falta de preparación.

Para poder dimensionar medianamente el esfuerzo que tenía que llevar a cabo el Estado y el éxito conseguido con el paso del tiempo en materia educativa, basta con tener en cuenta que sólo el 31,5% de los inmigrantes llegados a la Argentina a principios del siglo XX –con la ley 1.420 aprobada solo una década antes– provenía de España. O sea: casi el 70% de los llegados a estas tierras ni siquiera hablaba castellano. Que sus hijos se hayan convertido en todo lo que hoy conocemos como argentinidad, muestra que la educación pública argentina no siempre fue una mierda. Que este país hable castellano no es un milagro: es un éxito de la educación pública de antaño.

Está claro que el objetivo de aquellos tipos que la historia revisionista nos presenta como oligárquicos clasistas conservadores se centraba en un claro deseo: primero, lograr que todos los hijos de los inmigrantes aprendieran el idioma; segundo, lograr que todos aprendieran cuáles eran sus obligaciones y cuáles sus derechos. Y todo en la educación básica: la primaria.

Para cuando cursé mis estudios primarios (1988-1994), las nociones constitucionales consistían en memorizar el preámbulo de la Constitución en séptimo grado. A otra cosa.

Pero si quieren deprimirse del todo, ahí voy. A principios de los años setenta, uno de cada diez alumnos concurría a la educación privada, la cual estaba destinada a pocos factores diferenciales religiosos o culturales. Para 2015, uno de cada tres chicos era educado en un colegio privado. La estadística es lapidaria si nos enfocamos solo en la ciudad de Buenos Aires: el 50% de los alumnos pertenecen a la órbita privada. Estaría bueno saber qué opción tomarían los otros si estuvieran en igualdad de condiciones económicas y no concurrieran a los colegios nacionales.

Es algo que preocupa a largo plazo. O, al menos, debería preocupar. Altísimos porcentajes de generaciones educadas en el sector privado que dan por sentado que la educación pública es un servicio del Estado no deseable de consumir, como la policía, los bomberos o el sistema de emergencias médicas: algo que está, pero que deseamos nunca tener que utilizar, ya que es indicador de haber sufrido alguna desgracia.

Pero vamos a deprimirnos del todo. En los albores de la democracia moderna argentina, el gobierno de Raúl Alfonsín intentó llevar adelante un plan de modernización educativa en la búsqueda de eficiencia. Pero la sola idea de pretender que un alumno se preparara para el mundo laboral futuro resultó insoportable para los gremios docentes, que trabaron toda posibilidad de cambio ya que, tal como sostuvo la sindicalista Mary Sánchez, «la educación no es un problema pedagógico solamente, es un problema político y no es neutral». Hermoso.

Veamos estas frases:

“El argumento central que sostiene a las políticas educativas neoliberales es que los grandes sistemas escolares son ineficientes, inequitativos y sus productos de baja calidad”.

“El neoliberalismo no vincula inversión educacional y progreso”.

“Las políticas neoliberales de primera generación tenían como eje la privatización de la educación pública y la apertura del sistema escolar al mercado”.

No fue dicho por la sacada de la escuela de Ciudad Evita sino por Adriana Puiggros, Directora General de Cultura y Educación de la provincia de Buenos Aires hasta 2007.

Nadie tira la guita en otra cosa que no sea en ocio y placer. Si la educación pública fuera de calidad, la educación privada volvería a ser la alternativa de quienes buscan un tipo de capacitación diferencial.

El problema con una educación deficiente es que la padecen todos los ciudadanos. Por una cuestión de derechos, en un sistema democrático y republicano moderno, todos votan. De ahí a saber qué es lo que se vota y por qué se vota, hay un largo, larguísimo trecho. Parte de la educación cívica consiste en enseñar a los alumnos a ejercer sus derechos y, en el camino, a quién reclamar su cumplimiento.

El sistema es perverso. Cuanto más falla la educación, más inútil resulta la democracia. Para algunos bien ilustrados, el sistema nada resuelve y nada puede hacer para modificar la vida del votante. Para los menos ilustrados, el sistema puede terminar asemejándose a un negocio, un lugar en el que se paga con un voto a cambio de un poco de subsistencia con soluciones superfluas y cortoplacistas. En algo coinciden el espectro ilustrado decepcionado y el no ilustrado interesado: ven al sistema como incapaz de modificar algo a largo plazo.

Ya no hablamos de expulsados por no acceder a la educación: incluso quienes tuvieron acceso no tienen chances de competir en un mundo en el que la tecnología va fagocitando puestos de trabajo que quedan caducos por el mero paso del tiempo. Pasó desde la invención de la imprenta, así que nadie puede venir a culpar a la modernidad. Ahora, si esto pasa con quienes recibieron educación ¿qué salida queda para los que ni siquiera fueron a la escuela?

Desconozco si se trata de un sistema diseñado adrede o tan sólo es producto de una sucesión de hechos catastróficos presentados primariamente como parches para solucionar problemas, o como revoluciones educativas propuestas por sujetos que salieron de esos mismos sistemas que consideraron que ya no servían.

Nos educan para no recordar de dónde es que vinimos realmente, y en base a esto es que terminamos por asumir broncas nacionalistas que no nos corresponden y que ni siquiera fueron parte de nuestros antepasados. Nos enseñan con la excusa de ser superiores moralmente a los que no fueron educados, aunque digan lo contrario. Enseñarnos que el ignorante debe ser aceptado y no educado es una forma de garantizar el statu quo para los que sí sabemos qué significa pasar por un pupitre.

A pesar de todo, pocas cosas llegan a sorprenderme tanto como aquel que, habiendo recibido una educación privilegiada, demuestra que aprendió desde la emoción. El sentimiento mueve a la fe, no a la razón. Uno no espera tener docentes homogeneizados en criterios ideológicos. Lo que se desea, en todo caso, son docentes que inspiren el sentimiento crítico de cuestionarlos a ellos mismos. Y cuestionar no es combatir: es preguntar y preguntarse. Si tenemos que aclarar todo lo que hacemos y decimos es porque se ha perdido la comprensión. En el caso de los educados se les inculcó. Y el problema de inculcar que es más deseable sentir, es que la comprensión no es de andar de la mano del sentimiento.

Adoctrinados fuimos todos, desde el bautismo hasta el equipo de fútbol del que somos hinchas. En la escuela nos enseñan la historia que fue consensuada enseñar, una en la que Sarmiento, Roca y Avellaneda son unos hijos de puta, algo que es posible enseñar gracias a las políticas llevadas por los hijos de puta de Sarmiento, Roca y Avellaneda. Y muchas veces no es la misma versión de las cosas que nuestros padres nos quieren inculcar.

Sin embargo, todo tiene solución cuando un docente además de enseñar lo que tiene en el programa, educa. Y vuelvo al punto de partida: predicar que es sano cuestionar, que el Estado somos todos, que el Poder es del pueblo y éste lo delega temporalmente de forma representativa. Eso no es adoctrinar, es mostrar cuáles son las reglas de juego de nuestro país.

Y al inculcar un espíritu crítico en el que se pueda cuestionar al propio docente, estaremos quitándonos de encima el peso de si estamos adoctrinando o no: otorgamos las herramientas para que la curiosidad los lleve a buscar sus propias respuestas.

También hay otra opción.

Gritar.

 

 

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