Argentinian Horror Story

Puede que en la opulenta ciudad de Buenos Aires, tras el aluvión de aplicaciones que realizan entregas a domicilios, hayamos perdido la noción del repartidor personalizado, ese al que le conocíamos la cara. Pero en la inmensa mayoría de la Argentina, el pibe de los mandados, más tarde ascendido a cadete y luego convertido en el universalísimo delivery, aún existe. ¿Cuánto puede ganar un pibe que entrega comida a domicilio? ¿Un sueldo en negro, algo básico más propinas? ¿Van a comisión? ¿Le alcanza para vivir o sólo colabora honestamente con la familia?

Pensaba en estas cosas mientras leía que a un muchacho de 19 años le cortaron cuatro dedos de un machetazo mientras intentaba llevar el pedido del local para el que trabaja en San Miguel de Tucumán: un par de sánguches de milanesa.

Intenté recordar cuando yo trabajaba de canillita en mi adolescencia y apenas alcanzaba para costear alguna salida o el café diario en la facultad. Cuatro dedos de un machetazo por una motito de mierda. Visto con otra óptica: cuatro dedos de un machetazo, un discapacitado nuevo por un par de sánguches de milanga. Solo en esa casa de comidas ya habían robado siete motos. ¿Decisión del dueño? No más reparto a domicilio una vez caída la tarde.

Un domingo a las 8.30 de la mañana, un chico de 16 años circula con una botella de sidra en la mano. Otros dos muchachotes de 17 y 19 años lo cruzan. El mayor intenta quitarle la botella, el chico se defiende aunque pierde. Como castigo recibe diez botellazos en la cabeza. Diez. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y diez.

Cuando yo tenía 16 también vagaba a cualquier hora los primeros días de enero. Algunas veces con una sidra, otras con una cerveza. Y más de una vez me encontré con gente que mangueaba un sorbo y no siempre lo devolvía. Imposible no empatizar. Luego me fijé cuánto cuesta una sidra en el súper del barrio. Cien pesos. Diez botellazos por cien pesos. Diez botellazos y una vida por 45 centavos de dólar según la cotización de esta semana que termina.

A una chica de 16 años le roban dentro de un bar en Pilar. El hermano de la atacada interviene e intenta recuperar lo sustraído. Ya en la vereda, terminó derribado a piedrazos por varias personas. El último se lo dio la misma chica que aparentemente le había robado a su hermana. El bar cerró las puertas y ni siquiera llamó a una ambulancia. ¿Adivinaron el resultado? El chico murió. Los asesinos, tan jóvenes como la víctima, no eran ni pobres ni desempleados. Incluso uno fue detenido en su trabajo. Lo mataron por querer evitar que golpearan a su hermana menor.

Cuando quien escribe estas líneas era adolescente vivía en un barrio del Estado rodeado de otros barrios del Estado. Los jóvenes de todos esos micropaíses de pocas manzanas estaban enemistados al punto de que era normal que alguna que otra noche se revolearan botellas y piedras de un lado al otro de la avenida Escalada, sobre todo para Año Nuevo. No recuerdo a nadie que haya muerto porque de a veinte le aplastaron el cráneo contra el piso a patadas cuando ya estaba seco.

En Venado Tuerto, un domingo por la mañana cualquiera, una chica ingresa a la rampa de un puente peatonal cuando no le queda otra que agacharse: un hombre pasa a la carrera con un cuchillo en la mano mientras otros dos lo corren a los tiros. No murió nadie de pura suerte.

En el microcentro porteño, un señor jubilado que mata el tiempo como trabajador en un estacionamiento, tiene un entredicho con una mujer. Mientras dialoga, el hijo de la señora muestra su hombría y le aplica una soberbia trompada a traición en la sien. Tan fuerte fue el golpe que la cabeza del hombre rebota contra el vidrio blindado y cae seco con la cabeza al piso. El muchacho se da a la fuga. El hombre no murió, pero lo estropearon. Aún no sabe ni quién es. Arruinaron una vida –y, por extensión, la de su familia– porque pintó. A título gratuito.

Un señor cincuentón circula con su auto por Tunuyán, provincia de Mendoza, cuando un tipo abordo de una Toyota Hilux quiere sobrepasarlo. Se ve que estaba apurado pero no tanto: luego de adelantarse por la banquina y ponerse delante del señor que paseaba en su vehículo, frena y obliga al otro conductor a hacer lo mismo. De la camioneta bajaron dos personas y comienzan a discutir con el señor que, al descender del auto, es derribado a pura trompada hasta que revienta su cabeza contra el piso. Muerto. Ni intento de robo, ni ajuste de cuentas, nada: uno estaba apurado pero lo suficientemente enojado como para matar a otro.

Casi todas las semanas ocurre alguna pelea a la salida de algún boliche en Mar del Plata. En una de esas un joven terminó con fractura de cráneo y fue apuñalado. A pesar de la abundancia de casos, casi siempre que se viraliza un video, nunca hay un solo policía ni dibujado a lo lejos. La virulencia que se observa es tragicómica: chicos tan alcoholizados que no pueden coordinar ni una trompada mientras un circo los rodea para filmarlos. Amanece de fondo. Podrían estar en la playa y observar cómo sale el sol en uno de los pocos días en que el horizonte marplatense no está nublado, pero se ve que no son chicos muy románticos.

Recuerdo cuando tenía esa edad y frecuentaba los boliches de la calle Tribulato, en San Miguel, y cada dos por tres se armaba alguna trifulca a la salida de Coyote. La batalla podía llegar a ser campal pero al toque caía un patrullero para terminar la joda. Podía pasar a mayores, pero nadie se resistía a cinco o seis patrullas de la bonaerense con ganas de irse a dormir temprano.

Un taxista aprovecha la bella mañana de un sábado y se dispone a comprar alguna cositas en una panadería porteña. Al bajar del auto, un muchacho de veinte años lo toma por sorpresa y se lleva el taxi. Con el dueño en el capot. A toda velocidad, el ladrón termina por chocar contra otro vehículo y el taxista salió despedido. Murió.

Un hombre joven llega a la casa familiar acompañado de su novia cuando son abordados por un chorro. Se resiste como puede. Lo balean. Murió. ¿Por un celular? ¿Por proteger a su novia? ¿Por evitar una entradera o un daño mayor? Son múltiples las cosas que pasan por la cabeza de una persona en el momento que sufre un robo.

Un hombre mata a una criatura al fracturarle la espalda. También se carga a un par de policías antes de terminar sentado en el banquillo de los acusados. Con un historial para terminar en los libros de historia criminal argentina, el hombre solo es noticia por lo más insólito del asunto: una de los jueces que lo juzgó apareció besuqueándolo en un video.

Todo, casi todo lo pudimos ver gracias a las cámaras de seguridad o a los celulares de gente que nunca se mete. Y las cosas que no llegaron a ser filmadas: un churrero que es acuchillado catorce veces por no darle fuego a otro tipo, un chico que terminó por perder un riñón y parte del intestino al enfrentar un asalto, una vieja que sale a los escopetazos porque le molestaban los ruidos de unos chicos que jugaban al fútbol en un baldío, una nena de 4 años –sí, cuatro años– baleada junto a su padre en Bajo Flores en un intento de asalto, y un largo etcétera.

Las cámaras de seguridad han convertido la realidad argentina en un Gran Hermano en el que ya no vemos cómo un grupo de pibes pasan el rato encerrados, sino cómo matan a cualquiera al aire libre. Y funciona, eh. Todos los días, entre las notas más leídas de los principales medios digitales argentinos está el video de un homicidio para deleite de los lectores.

Pero así, las cámaras, además de convertir en millonarios a los empresarios que las proveen, solo han servido para el después del crimen. Y solo a veces. Nunca para prevenir, a pesar de los centros de monitoreo que todos los municipios dicen tener.

A duras penas pudieron contener pocos delitos durante la cuarentena estricta: los homicidios en ocasión de robo y los robos en sí. Las usurpaciones fueron la gran joda, los homicidios intrafamiliares se fueron a las nubes y no tenemos registros de qué pasó con los niños porque ni clases tenían como para que algún docente viera si eran abusados o golpeados. Se podrán imaginar lo que resta esperar del contexto en el que vivimos. Lo que sorprende no es la cantidad –lamentablemente acostumbrados– sino la brutalidad generalizada. En 2020 tuvimos un repunte en la cantidad de homicidios respecto de los tres años anteriores. Leve, pero con todos encerrados. Quiero ver cuando revisemos 2021.

Levantados los controles y con la economía destrozada del todo, era obvio que se dispararon los delitos. Pero este nivel de desprecio por la vida, de brutalidad inusitada no se registraba en la Argentina desde hace demasiado tiempo. Atraviesa transversalmente a toda la sociedad, en un todos contra todos que da pánico porque ya no hay lugar donde sentirse seguro ni situación alguna que uno crea que puede controlar. Nuestro día a día depende de la suerte. No aparecer en un video que se viralizará e irá a parar a las noticias más leídas es una cuestión de fe.

La brutalidad generalizada es una condición previa al Estado. De hecho, uno de los pilares del Estado ha sido la puesta del orden como factor social común y la defensa de los ciudadanos frente a amenazas extranjeras -en un inicio- y de las internas.

Así, en un país medianamente ordenado, alguien que comete un delito tan brutal termina en la tapa de todos los diarios. Los medios hablan por semanas del tema y se lo recuerda en cada aniversario.

Robledo Puch se encuentra preso desde los veinte años por once homicidios, 17 robos y dos hurtos. Este 3 de febrero cumple 50 años preso. Medio siglo. Su historial parece poca cosa al lado de lo que se ve en el día a día en la actualidad. Ya era poca cosa hace unos veinte años.

Lo que dejó a Robledo Puch encerrado de por vida son los informes psicopatológicos. Nadie esperaba ese accionar en un chico “de buena familia” y “sin historial de maltratos familiares”. ¿Cuál sería el justificativo para cada caso que vemos a diario? ¿Cuál es la explicación que podría dar un informe socio-ambiental sobre la vida de los dueños de la Toyota Hilux mendocina, o de los chicos que agreden brutalmente con un desprecio por la vida característico del psicópata?

El último pico de violencia delictiva nacional se vivió en 2002. Las crisis prolongadas y terminales pueden explicar un aspecto. Pero el más abarcativo no es la crisis económica, lo que queda demostrado en casi todos los casos relatados. El punto que mejor explica todo es la ausencia total del poder. El Estado no existe más que para dar dinero que vale cada vez menos, las autoridades solo son máquinas de comentar una realidad paralela tan abstracta que impone como prioridades un conflicto con la Corte Suprema mientras el colapso económico no da tregua.

Funcionarios que no cumplen ni las reglas que ellos mismos establecen, figuras políticas que no van en cana ni aunque empapelen las fachadas de sus casas con dólares, líderes carismáticos que pueden hacer lo que quieran y son los encargados de redactar las leyes y de controlar que las cumplamos. ¿Quién carajo va a acatar? ¿Dónde vamos a descargar nuestras penas si no podemos pagar ni una sesión de terapia? ¿Qué se hace con tanta bronca y angustia acumulada, sea por el encierro, sea por la quiebra personal, sea por la muerte de seres queridos? Y si tenemos en cuenta que la Argentina es uno de los países con mayor cantidad de policías por habitante, ¿quién tiene la autoridad para imponer orden? ¿Quién puede arrojar la primera piedra? ¿Tan cómodos están algunos gracias a sus custodias?

Solo nos queda esperar el milagro y que nuestros quince minutos de fama no sean por aparecer en un video inexplicablemente llamado policial. Eso o salir a la calle bien peinados aunque sea para ir al kiosco. Y con ropa interior sana, como decía la abuela.

 

Las cámaras no se pagan solas. Este sitio se hace y mantiene con esfuerzo personal. Si te gustó y tenés ganas, te acepto un cafecito pagado en billetes crocantitos argentinos:

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