Argentinismos
Cada tanto me gusta intercambiar opiniones con personas que posean otro mecanismo de pensamiento. Es interesante ver cómo desmenuzan los mismos hechos de la realidad que uno ve y vive, pero desde otro punto de vista radicalmente distinto. El resultado, si bien tiene el mismo tenor, generalmente posee otras justificaciones. El análisis abstracto de quienes siguieron carreras vinculadas a los números, la frialdad pragmática de los médicos y el atroz bagaje de conocimientos que arrastran quienes estudiaron carreras humanísticas, hacen que por momentos uno sienta que no se entiende con nadie, ni ellos entre sí. Hace unos días, estuve de charla de café con algunos de estos especímenes, entres los que había un Actuario -marciano que dedica su vida a cuentas inhumanas para crear bases de cálculo y otras practicas masoquistas- un Ingeniero en Sistemas, una Bibliotecaria, un Antropólogo, un Boga -siempre hay un boga, siempre- y quien les escribe, que en el universo de los conocimientos, me dedico a servir el café.
Entre mareas de cafeína, charlábamos de algunos acontecimientos de la actualidad, de Candela, de los indignados y del conflicto del estudiantado chileno. El Antropólogo nos contó de lo distinto que es la sociedad chilena a la nuestra  -como si hiciera falta aclararlo- desde un punto de vista curioso: una dictadura que acá duró 7 años, en Chile se prorrogó por dos décadas. El ejemplo, que le sirvió para explicar que la sociedad chilena es más lenta para convulsionar que la nuestra, parte de esa obsesión que tienen por el orden y las metodologías correctas para reclamar lo que creen que corresponde. La Bibliotecaria, en cambio, nos dio una clase innecesaria de cogobierno estudiantil, reforma universitaria y toda la sarasa que, quienes alguna vez pisamos un pasillo facultativo, sabemos tan de memoria como nuestros números de documento. Para calentar el ambiente, el abogado refirió que para el está perfecto que la educación universitaria sea paga, a lo que el Médico le respondió con un lapidario «si pensás así, devolveme los impuestos que me salió bancarte la UBA», mientras el Actuario le retrucó «es un porcentaje ínfimo de tu bolsillo, imposible de abonar». El Ingeniero disparó sin miramientos: «¿Cuántos de nosotros fuimos a una secundaria paga y cursamos nuestras carreras en la universidad pública, mientras que quienes salieron de la educación gratuita, no tuvieron acceso a ninguna facultad?» Fin de la discusión.
Yo, que la miré de afuera sin emitir ni un bocadillo, aprovechaba para lastrarme todas las medialunas de manteca, hasta que intenté cambiar de tema y evité por completo caer en la política, para que no empiecen a volar pocillos de café, ni se produzca alguna lesión ocular por un certero cucharazo. Luego de hablar de River, Boquita y llorar un poco por tener la certeza de que las ideas más redituables siempre se les ocurren a otros, nos despedimos. Pero algo me quedó picando de los primeros temas.
Cada vez que vemos una movilización masiva en el exterior, la reacción que tenemos respecto de la misma, varía en función del lugar donde se produce y su motivo. No es lo mismo ver una acampada en la Plaza del Sol de Madrid, que enterarnos de otra ola de incendios automotrices en los suburbios parisinos. Un hecho nos sorprende, el otro nos tiene acostumbrados. Nosotros, que de quilombos masivos sabemos más que de fútbol, desvariamos entre el asombro por lo que consideramos una practica tercermundista, y hasta la satisfacción de ver que les pasa a otros y no a nosotros. 
Parte de nuestras costumbres radican en el axioma «nadie de afuera nos entendería», dando por sentado que somos imperfectos, bárbaros e incivilizados, frente al otro, al externo, el ordenado, incorruptible y prolijamente civilizado. Nos da vergüenza la cultura cumbianchera, por parecernos grotesca y pomposamente irracional. Sin embargo, desconocemos qué piensan en la cuna del jazz respecto de la cultura del hip-hop. Nos reímos de nuestros cabezas, pero disfrutamos los videos extranjeros de negros con cadenas de barco de oro, dientes de oro, relojes de pared de oro colgados del cuello, que dilapidan en joda los dos mangos que cobran por un tema rítmico y de letra sexual/marginal. 

Nos asusta quedar como turistas en el extranjero y, con tal de aparentar ser hombres de mundo, somos capaces de perdernos en una ciudad en la que no entendemos ni su sistema de señalización. Así, buscados por la embajada e interpol, preferimos morir en manos de una pandilla urbana del primer mundo, pero en nuestra ley y no como un turista. Tenemos miedo de demostrar que no somos de ahí y que estamos de visita para conocer. Nos muestran la Fontana di Trevi y ni reaccionamos, por temor a quedar como un sudaca recién bajado del avión, como si no lo fuéramos. Sin embargo, a ninguno de nosotros se nos mueve un pelo cuando vemos a ese gordo de piel lechosa, en bermudas, zapatos y medias hasta la rodilla, camisa floreada, sombrero pescador, lentes negros y cámara en mano, acompañado de la vaquillona de su mujer, con pantalones a la altura del cuello, a punto de ser atropellados por el malón de autos de la 9 de Julio, en un intento estúpido de sacarse la foto con el Obelisco de fondo. 

Lo mismo nos pasa con la política y la sociedad. Muchos de los que consideran que cada movilización masiva en reclamo de algo nos pone a la altura de Uganda, al mismo tiempo ven con respeto las marchas de los indignados en España y se quejan de que la Argentina se encuentra adormecida. Varios de los que ven como un mantra el lema «en orden y progreso» de Brasil, no  observan ni de lejos que ese orden y progreso tiene intenciones inclusivas recién desde hace poco más de una década, y que el Lula que idolatran, acá hubiera durado menos que un eyaculador precoz, por traidor a su espacio de origen y por trosco revolucionario ante los ojos del resto. Ese orden para algunos y progreso para otros, derivó en la sociedad que nosotros admiramos por su alegría, pero que en realidad es sumisa ante los atropellos de un mal gobernante y sólo les va bien cuando les toca uno que zafa. Salvo contadísimas excepciones a lo largo de su historia y más allá de alguna que otra protesta, el brasileño no se queja, no protesta, no putea: baila. 
No somos raros, somos distintos, igual que cada una de las sociedades del mundo. Lo que para otros es orden, para nosotros es opresión. Lo que para otros significa libertad, en nuestra cabeza puede sonar a descontrol. Lo que en otros países sostienen como divertido, nosotros no solo no lo entendemos, sino que hasta nos resulta más aburrido que un especial de cine independiente afgano. Muchas veces he escuchado que el argentino sólo reacciona cuando le tocan el bolsillo. Otras tantas me echaron en cara que a los militares se los llevó la Guerra de las Malvinas. No somos dormilones, ni sumisos, ni corderos, sino que somos pacientes, tremendamente pacientes. Y como toda persona paciente, cuando se le llenan los gobelinos, estallan para cualquier lado, sin mirar las consecuencias y saltando sin paracaídas. Por eso se reaccionó con Candela y no con todos los casos anteriores, igual de tristes. Por eso ocurrió el «que se vayan todos» en diciembre de 2001, no antes ni después, más allá de que, a la larga, no se haya ido nadie.

Afirmar que a
la dictadura se la llevó puesta una guerra, es ningunear a los millones de argentinos que fueron a la huelga y se movilizaron frente al poderío militar en el poder, por las razones que fueran, pero haciéndolo. ¿No lo hicieron en el 76 y sí lo hicieron varios años después? Cierto, pero se hizo frente, y aún sabiendo que no había ninguna garantía. Creer que la gente reaccionó contra De La Rúa recién cuando le tocaron los ahorros, es cagarse en los millones de argentinos que no tenían un cobre en ningún banco y olvidarse de los años de protestas virulentas y silenciadas en el interior del país. 

Si hay un sector de la sociedad que realmente tendría que temer a la idiosincrasia argentina, ese es el comprendido por la clase dirigente. Somos un país que nació después de medio siglo de guerras intestinas, con un pueblo que se enfrentó a cualquiera que se haya pasado de rosca. No hay más heroísmo en la resistencia a las invasiones inglesas que en un cordobazo contra Onganía o una huelga nacional contra Galtieri. 
Yo también caigo en el error de creer que el argentino es egoísta. Sin embargo, cada vez que hubo que poner el pecho, se hizo, haya sido pacíficamente o de un modo mucho más violento. Quizás es eso lo que todavía nos mantiene a flote, con una bandera celeste y blanca derruída y un himno nacional que sólo cantamos en la cancha y murmuramos en los actos. Creo que es eso lo que llevamos en la sangre y que hace que, cuando estamos en el exterior, nos pongamos como locos al defender nuestro pedazo de tierra en el mundo ante una crítica. Es como la familia: la padecemos, la puteamos y nos carajeamos con nuestros padres y hermanos, pero nosotros -y sólo nosotros- podemos hacerlo. 
Hay algo en esta tierra que nos tira, quizás sean las napas contaminadas o la grasa de la comida que no nos deja llegar la sangre al cerebro, pero mientras otros países son nacionalistas, nosotros somos argentinistas. Nuestros gobernantes pasan, nosotros quedamos, bien o hechos mierda, pero quedamos. Y es que, quizás, ya tenemos bien en claro en algún recóndito lugar de nuestra psiquis, que la política es un vicio, una pasión o un padecimiento, pero que no nos irá bien gracias a nuestros políticos, sino a pesar de ellos y gracias a nuestro poder para sobreponernos a todo. 
¿En qué otro país podemos ver algo así?

Lunes. Si el Flaco Schiavi sigue haciendo goles, todo es posible.