Autoritarismo bueno, autoritarismo malo

Alberto dice que las clases no son prioridad. Alberto dice que las clases son prioridad. Alberto suspende las clases. Alberto dice que las estadísticas no dicen cómo son las cosas realmente, algo divino para tomar decisiones en base a lo que le contaron. Como hasta ahora, bah. Alberto retuitea un dibujo en el que aparece vacunando un gorila. Alberto lo borra y se hace el boludo, como si pudiéramos no darnos cuenta de que es el mismo Alberto que ya tuvo esa actitud varias veces y que en su propio timeline de Twitter hay cientos de insultos y descalificaciones de antes de ser el candidato moderado.

La capanga de La Campora Luana Volnovich pone en duda la transparencia de la vacunación en CABA luego de que se vacunaran hasta a los militantes nacidos en 2002. El ministro de Educación de la Nación volvió del anonimato autoimpuesto luego de la desautorización del Presidente a su declaración de que las clases continuarían. Y lo hizo para instar a las escuelas privadas porteñas a que no dicten clases. En la ciudad de Buenos Aires, mientras se pelea por la presencialidad en las aulas para diferenciarse del gobierno nacional, se manda a la Policía de la Ciudad a despejar a los runners de los parques después de las 20 horas y a levantar de la calle a los tipos que venden paltas. 

Entre tanto, la pobreza ha escalado a niveles insoportables, la pobreza infantil no tiene precedentes, la inflación no da respiro y, básicamente, la población se divide en dos: los que tienen miedo de caer en la pobreza y los que ya están ahí. 

Güelcom to Argentina. 

Hasta aquí nada nuevo bajo el sol. Lo que sí me dejó en el aire esta semana fue la denuncia que se comió el periodista Marcelo Longobardi por sus dichos en el pase de su programa con el de Jorge Lanata en Radio Mitre. Cito textual:  “Los niveles de pobreza en la Argentina son estrafalarios y hacen cortocircuito con el funcionamiento de una democracia plena. La democracia no es para cualquier país, requiere de estándares de bienestar económico, de igualdad de oportunidades y de falta de griterío, una serie de cuestiones que no están dadas hoy en la Argentina. Algún día, lamentablemente, tendremos una sorpresa, porque vamos a tener que formatear a la Argentina de un modo más autoritario para poder manejar semejante descalabro”.

Kilómetros de debate sobre el rol de los medios que terminaron con Longobardi pidiendo disculpas a la mañana siguiente por sus modos, mientras ratificaba su idea. 

A la hora de medir la semana mediática el indignómetro comenzó a mostrar sus falencias. Muchos se sintieron al borde de la desaparición forzada porque Longobardi realizó una declaración en la que advirtió sobre un final autoritario ante las crisis de la democracia. Como si nunca hubiera pasado. Como si no pasara en el mundo. Muchos vieron en esto un golpe militar, como si nuestras Fuerzas Armadas tuvieran esa vocación en el siglo XXI, más allá de algún que otro pelotudo suelto.

La verdad es que, sin necesidad de mantener una conversación con Longobardi, puedo suponer que no pidió un golpe de Estado. ¿Con qué instrumentos puedo probarlo? Bueno, básicamente porque no pidió un golpe de Estado. 

Y esto ocurrió en la misma semana en la que Diego Brancatelli amenazó en vivo y en directo a Gustavo Noriega sin que los mismos indignados del gremio se enteraran. Sí, yo también boludeo en redes sociales y también digo cosas que pueden resultar polémicas o hirientes para algunos. Pero jamás se me ocurriría pedir que silencien a un colega, aunque no coincida en absolutamente nada. Todo lo contrario, silenciarlo hace que su pensamiento que yo puedo considerar de mierda siga vigente y el resto del mundo sin enterarse. 

Pero volvamos al tema Longo. Cerramos el año pasado con una pobreza que cruzó la línea imaginaria del 42%. Y eso que no es medida en la totalidad del país sino en ciertos conglomerados urbanos testigos. O sea, no es el 42% de los aproximadamente 44.5 millones de habitantes argentinos, sino el 42% de los 28 millones de encuestados. Igual es una locura. Estimaciones que extrapolan el resultado a nivel nacional dan que son 19,4 millones los pobres en la Argentina del 31 de diciembre de 2020. Para esa fecha estimaban que los niños pobres eran el 56,3% de la población, algo que según el Comité Argentino de Seguimiento y Aplicación de la Convención Internacional de los Derechos del Niño ya trepó al 62.9%. De cada 100 chicos, 63 son pobres. 

En comparación con nuestra propia historia es un dato que no solo asusta sino que debería escandalizarnos. Y todavía falta el cálculo con el 13% de inflación acumulada del primer trimestre de este año. Pero como en 2002 llegamos a tener 57% de pobres, medio que estamos acostumbrados, ¿vio? 

Entiendo que resulta más cómodo, siempre, matar al mensajero, pero lo de Longobardi siquiera califica de advertencia sino que es un mero diagnóstico de situación. No hay manera de que nuestra democracia sea plena con este nivel de pobreza e indigencia por una sencilla razón: si uno de cada dos argentinos en condiciones de votar está en la desesperación, difícilmente pueda darse el lujo de apoyar ideas a largo o mediano plazo. La comida la necesita para ayer. 

Cuando la necesidad llega al extremo de no poder comer ni dar de comer a tus hijos, cuando los planes ya no alcanzan, cuando la miseria te pisa los callos, no hay muchas salidas pacíficas. ¿Cuáles son las salidas democráticas? Nuestra última crisis terminal finalizó con una salida constitucional e institucional, pero no democrática como la entendemos. Fue hace veinte años, no en 1976. Hay que ser muy estúpido o tener mucho miedo a perder privilegios para creer que el que se está cagando de hambre no reaccionará. Hay que ser muy estúpido o tener mucho miedo a perder privilegios para creer que si se decanta por la delincuencia, también habrá un sector social que se hartará, y que si se decanta por el estallido social habrá una casta política que tendrá que dar respuestas.

Y eso asusta, supongo, porque cualquiera que tiene más de tres décadas de vida lo ha visto una vez. 

¿Indefectiblemente tiene que haber un Golpe de Estado para que haya una forma de gobierno más autoritaria? Bueno, no sé qué planeta habitarán los que ven un Ford Falcon verde en una descripción, pero el mundo ha demostrado que la democracia es una excelente vía para que un autoritario llegue al Poder y utilice todos sus resortes para hacer pomada lo que le parezca logrando la imposición de una mayoría por sobre una minoría, o los intereses de una minoría por sobre una mayoría, pero nunca una convivencia pacífica. Se llama, básicamente, populismo y no reconoce izquierdas ni derechas.

Y para su legitimación necesita solo un gran miedo desparramado por un desorden total al que la gente quiere ponerle fin de forma inmediata. Para redondear, lo que antecede al autoritarismo autocrático que atenta contra las instituciones democráticas es una democracia débil, plagada de problemas y que se desfigura poco a poco con pinceladas autocráticas y autoritarias hasta que el paso final es demasiado cortito. ¿La legitimación? El núcleo duro que odie al que perdió. 

A título personal

No recuerdo una época de mi vida en la que haya sentido más inseguridad que en la adolescencia. Una período que me es fácil recordar con un romanticismo tan común que en realidad es una herramienta de supervivencia para enmascarar una realidad que de romántica no tenía nada. Ver al futuro, preguntarme cómo haría yo para hacer lo que hacía mi padre y mantener una familia, cómo haría para acceder a la casa propia, cómo haría para cumplir con el mandato familiar ancestral de mandarte a mudar de casa antes de los 24 años, cómo hacer para convivir en un mundo en el que si tenía un problema con un loco en la calle no existía un preceptor que ponga paños fríos. 

Y también recuerdo que en medio de ese quilombo el colegio no era un lugar neutral sino uno de preparación. La seguridad estaba en casa, el abismo en la calle de los adultos y el colegio era ese lugar en el que había una tregua, como esos pueblos perdidos en medio de las rutas medievales en los que convivían comerciantes y bandidos en descanso. Y a riesgo de lo que hoy llaman bullying y demás neologismos, masomeno la llevé en base a los principios de la tolerancia, la coexistencia y la aceptación. 

¿Por qué? Seguramente porque existían algunos consensos que eran comunes a todos, sin importar de qué clase social veníamos ni a qué se dedicaban nuestros padres, ni qué pensábamos de la vida ni si éramos agresivos o mansitos. Sí, siempre boludeábamos en clase pero sabíamos que el sistema de premios y castigos estaba ahí esperando por nosotros y decidíamos si arriesgarnos o no a comernos un par de amonestaciones. También sabíamos las reglas para aprobar, las reglas para no quedar libres y las normas básicas de trato hacia la autoridad. Después jugábamos a la rebeldía, pero con conocimiento de las consecuencias. Y también sabíamos cuándo un trato era injusto o estaba por fuera del reglamento, como cuando un profesor me puso un “uno” por interrumpir sucesivamente en clase y yo reclamé mi amonestación y la quita del aplazo. 

Y creo que fui formateado para un mundo que, si alguna vez existió, no es este. 

No hay una regla previsible. No hay consenso en nada. Ya ni siquiera pido planificar a largo o mediano plazo. Pido planificar el día de mañana o esta tarde. Si no es mucha molestia, también querría agregar al combo que no me insulten ni me deseen la muerte por pedir previsibilidad en un país en el que lo único previsible es que no sabemos qué va a pasar mañana.  

Nos ganaron. Con las peleas por la gestión de la pandemia, la gestión de las vacunas y la gestión de la educación lograron que todos hablemos de política y nos interesemos en la política aunque no queramos. Hace unos años cuestionaba la campaña de Santilli y Michetti para invitar a la gente a que proponga cosas de gestión. Pa, pediste el voto y te lo dieron ¿encima querés que haga el laburo por vos? No importa el partido político, coalición, alianza o lo que sea que se presente a elecciones; todos exigen mayor participación, todos asustan con que es necesaria mayor participación.

Ahí no hay grieta: el político del siglo XXI le tiene tanto pánico a los movimientos en las encuestas de sus seguidores que deformó nuestro sistema representativo y lo convirtió en una democracia directa discursiva.

No importa si usted estudió ingeniería, derecho, medicina, mecánica automotriz, odontología o se dedica al comercio: aunque no quiera, tiene que dejar un buen rato disponible cada día para participar gratis de la política a la que los políticos le dedican todo el tiempo que pasan despiertos y por la que cobran muy bien. Antes lo pedían para sumar; ahora lo piden por miedo al otro, para que el país no sea como el otro quiere que sea.

Porque sí. La grieta política –la de los políticos– es por un modelo de país al que unos no tienen mucha idea a qué quieren que se parezca y otros no tienen mucha idea de cómo llegar. Ni ese consenso básico y elemental para conformar un país. El único momento en el que los políticos argentinos logran consenso es a la hora de velar a otro político.  

Poquitos días atrás el expresidente uruguayo José Mujica dijo que la Argentina padece del “odio en la perspectiva política y social”. Una luminaria. Así metió que es necesaria la tolerancia. Y yo también lo creo. Ahora, si ponemos el contexto del diálogo de Mujica se nos hace cuesta arriba: fue en una charla con Gustavo Silvestre, un periodista que solo se diferencia de Roberto Navarro por usar gomina. 

Uno de mis mayores maestros me advirtió que la tolerancia es necesaria pero la aceptación del otro es una virtud. Y yo, que a esa edad lo veía como algo maravilloso, con el paso del tiempo me cuestiono cada vez más todos los conceptos. Hoy la aceptación no me parece virtuosa sino imposible y la tolerancia es un milagro. 

Todavía me pregunto cómo se hace para ser tolerante en una sociedad en la que tengo que convivir y coexistir con sujetos que desean mi muerte, a quienes les gustaría verme sufrir por pensar distinto a ellos. O como se estila en estos tiempos de muertes cívicas por redes sociales, les gustaría cancelarme. Es increíble, sí, pero debo aspirar el mismo oxígeno que sujetos a los que, si les garantizaran la impunidad, matarían a otros sin ningún temor por el solo hecho de haber osado cuestionar y mancillar a personas a las que ellos mismos puteaban hasta hace un par de años, por cuestionar cosas en las que ni ellos mismos creen. 

Pero eso no importa. Lo primordial es que Longobardi merece ser censurado autoritariamente en su derecho a la libertad de expresión por advertir de un posible final autoritario. No vaya a ser cosa que alguien venga a decir que nosotros, justo nosotros somos autoritarios en este país fértil para la tolerancia. 

 

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