Comparame que me gusta
Las comparaciones son odiosas, dice un refrán odioso, e inevitables, agrega un reincidente. Uno de los milagros que ha construido el relato kirchnerista es la comparación permanente, llevada a cabo por todos los individuos desde cualquier sector. Cada vez que emitimos un juicio de valor sobre algo dictamos una sentencia: esta casa me gusta más porque tiene buena iluminación, esta mina no me rompe tanto las pelotas, este auto tiene un andar de la puta madre. Aunque sea sin querer todos tomamos un punto de referencia y es ahí cuando la sentencia se basa en una comparación: esta casa me gusta más porque tiene buena iluminación en comparación con la cueva en la que vivía, esta mina no me rompe tanto las pelotas como Fulanita, este auto tiene un andar de la puta madre, no como la carcacha que tengo en casa. La diferencia en los juicios de valor pasa por los puntos de referencia que toma cada uno, o sea, qué aspecto comparamos y con cuál otro.
Están quienes dicen que este es un gobierno de izquierda. Estos extraños especímenes los hay dentro y fuera del gobierno. El punto de referencia que toman los que están dentro del gobierno consiste en la política de Derechos Humanos en contraposición a los indultos de Menem y las políticas represivas del último gobierno militar. Otros se cuelgan del discurso oficial y la política de redistribución de la riqueza con todo lo que ello implica semánticamente: redistribuir la riqueza, reconoce que hay una riqueza existente previa que debió disminuir con el paso de los años en pos del crecimiento de la riqueza de los que menos tienen. Discursivamente bello y aunque no la viéramos a Cristina vestida de verde con un arco y una flecha, muchos creyeron que estaba quitándole a los ricos para darle a los pobres. Desde la vereda de enfrente, están quienes pretenden descalificar al gobierno tratándolos de zurdos, montoneros, tirabombas, etcétera. Para tamaña afirmación, no disponen de recursos muy diferentes a los oficialistas: los más extremistas -carentes de toda idoneidad intelectual- creen que enjuiciar al Casino de Oficiales de 1977 es un acto comunista y el resto se agarra del mismo discurso oficialista, pero para desprestigiarlo. La lógica pierde toda lógica: si no creen una palabra de lo que dice el gobierno ¿por qué habría de creerles su identidad montonera?
Los puntos de referencia tienen que ser similares, si no, no es serio. No es lo mismo comparar la iluminación de un piso del Le Parc y afirmar que el departamento tomado como punto de referencia es muy oscuro, cuando en realidad, nunca levantamos la persiana. Sostener que este gobierno rescata las banderas de los setenta y por eso se llena de montoneros, sale de la idea de comparar con gobiernos anteriores. Curiosamente, a los años noventa nadie le levanto la persiana: Fernando Galmarini, Rafael Bielsa, Carlos Kunkel, Martín Grass, Roberto Perdía, Enrique Villanueva, son nombres tan vinculados a los noventa como a los setenta. Del mismo modo, cuando los oficialistas toman como punto de referencia a los noventa para justificar la renovada militancia de los dos mil, me desconciertan tanto como los contreras que acusan a Cristina de montonera y luego le recuerdan haber hecho plata con la dictadura.
Son tan graciosos como los que consideran que derecha, liberal y dictadura son la misma cosa y andan por allí llamando dictador a Macri por montar una red de espionaje con la colaboración de un tal Ciro James, que en comparación al Proyecto X, sólo estaba jugando al amigo invisible; o le refriegan a la UCR las políticas de la Alianza, desde la comodidad de contar en funciones a Lubertino, Garré, Zaffaroni, Conti y otras luminarias. Reivindican el espíritu revolucionario tomando como punto de referencia la dictadura de las últimas cuatro juntas militares, pero carecen de datos que les recuerden que el principal socio comercial de Argentina por aquellos años no era Estados Unidos, sino la Unión Soviética y que los funcionarios militares eran recibidos con honores cuando pisaban la Cuba de Fidel.
Desde hace varios años vivimos bajo la amenaza constante de tener que elegir entre esto o volver no sé a dónde. O aceptamos el manotazo a los productores agropecuarios, o vuelve la Alianza. O agachamos la cabeza frente a la inflación, o regresamos a los noventa. Nos han pedido tanta memoria que uno llegó a pensar que se trataba de algún programa Fosfovita para Todos o algo por el estilo, pero no fue así. La memoria se trató de recordar a dónde habíamos estado y dónde estamos ahora, o hace un par de años, o hace un lustro. En función de ello nos arrojan datos, números, comas, porcentajes, tablas gemelas, recaudaciones records, información majestuosa que se compara con 2002. Comparar los logros económicos con el momento de mayor crisis es como medir la participación ciudadana en la elección general de 1983 en contraposición a 1978, donde no se votó ni en una reunión de consorcio para elegir nuevo administrador. Medir la pobreza tomando como parámetro 2002 es fácil, mucho más fácil que compararla con 1995, 1985 o 2000. Es barato, económico, oferta por exceso de stock de ideas pelotudas.
De un modo increíble, me hacen replantear un sinfín de cosas sobre la base de repetir hasta el cansancio frases del manual de la buena oradora, replicadas en cada boca oficialista. Es este Estado boludamente intervencionista que nos lleva al punto de tener que rezarle a San Moreno para conseguir pañales el que me hace pensar si tenía tanta razón cuando puteaba a otros. Si el problema de la crisis de principios de siglo fue la desaparición del Estado intervencionista, regulador del mercado y asistencialista, habría que barajar y repartir una nueva mano de argumentos. Digo, porque si ese Estado ausente es el que tenía pleno abastecimiento de hidrocarburos -a precios que hoy nos resultarían revolucionarios- y reservas de combustibles para décadas, no veo el éxito del nacandpopismo. Si de aquel Estado nos irritaba que más del 30% no tuviera acceso al sistema de protección de la salud, me pregunto qué tendríamos que decir frente a un intimidante 55% de hoy en día. Si la deuda externa de hoy es superior a la de los años en los que sus exfuncionarios afirmaban que se estaba vendiendo el país, en algo le pifiamos.
Va más allá de mi crítica o de la que hagan otros que tampoco se sientan muy identificados con el gobierno. Podría preguntarles a los mismos que abrazan la doctrina oficialista, un gobierno que se basa en la retórica, en la administración del Estado mediante el relato en el cual la política intervencionista consiste en prohibir la compra de dólares, repartir subsidios, quitar subsidios, congelar tarifas, aumentar tarifas, intervenir la medición de índices de precios al consumidor y lograr el increíble milagro de tener trabajo y seguir en la pobreza. Afirman que a este gobierno lo definen sus enemigos, entre los que cuentan a la Sociedad Rural, a la Iglesia (?), a las corporación mediática -que solitos se los pusieron en contra- y a los gorilas, palabra mágica, válida para cualquier cosa y carente de contenido. A mí, más que sus enemigos, me asustan los amigos: los empresarios del escolazo, las ultramegacorporaciones mineras internacionales y la misma facción neoliberal a la que putean, pero que se han fumado en cargos de funcionarios -y no cualquier cargo, tuvieron de Jefe de Gabinete al administrador del cavallismo- y otro al que votaron porque era un economista con onda y en menos de dos meses se mandó un negociado menemista, pero con onda. 
(Hay que ser gente mala leche. El 99.9% del gobierno no pudo justificar una sola declaración jurada de 2003 a la fecha. A Cristina le saltaron propiedades en Puerto Madero por diez palos verdes hace menos de dos meses y no pasó naranja; Boudou se abre un kiosquito y ya lo mandan al matadero. Ingratos. Con lo que cuesta hacerse
el rocker en actos colmados de wachiturros.)
Hablando seriamente y sin ánimo de chicana, no los entiendo. Afirman que se enamoraron de este gobierno por contraposición, por comparar con los gobiernos anteriores. De allí, no encuentro quién me explique por qué dolía la pobreza de los primeros años de dos mil, y la de ahora ni siquiera hace cosquillas. He buscado quien me cuente los motivos de por qué hizo daño al país la entrega de la explotación de los recursos naturales, pero defender la minería de capitales extranjeros es hacer patria. No consigo quien me eduque en las razones para afirmar que la política de emisión monetaria de los ochenta nos llevó al fracaso y la fiesta de impresión de billetes -con negocios incluídos- es garantía de revolución.
Si de los tiempos pasados les reventó el desmantelamiento de los ferrocarriles, no encuentro quien me explique la situación pedorra de la actualidad del sistema de transporte sobre rieles. Si les jodía la ausencia de movilidad social, no veo dónde está el hit del modelo, si en la asistencia limosnera, o en las viviendas de material de las villas. Si los deprimía la destrucción del sistema educativo, no entiendo bien cuál es el gran logro de destinar el 6,7% del PBI a la educación si el sistema sigue siendo la misma fábrica de burros que entonces. Tener cinco veces más presupuesto y hacer la misma bosta, en mi barrio se llama fracaso. Si de aquellos años les reventaba la impunidad de la ostentación menemista ¿Cuál es la diferencia? ¿Que Menem no la desmentía? ¿Acaso el problema pasaba por los dichos, lo que se decía, el verso, el relato? Si ese Estado ya les resultaba molesto ¿Cómo pueden sentirse cómodos con esto?
Ante tanta diferencia entre lo que se dice y lo que se hace, lo que se ve y lo que se defiende, lo que se escucha y lo que se quiere escuchar, tanta dislexia voluntaria, no queda otra que suponer que -muy en el fondo- saben la verdad, que son conscientes que esto es una bosta. Tantos numeritos comparados infantilmente con la nada, tanto temor por volver a un lugar no tan distinto al que estamos, se merece un análisis sociológico importante. O, al menos, un buen informe a cargo de un psicólogo. Esa cosa de cornudo consciente, que fue víctima de tantos desamores que no le importa que su actual pareja se voltee hasta al encargado del edificio mientras saca la basura, negando cualquier infidelidad y acusando a los envidiosos por contarle de las aventuras de su esposa, merece un par de horas de diván. Si el punto de referencia para la comparación es que, al menos, la actual dice que no caga a su pareja, hace falta terapia.
Miércoles 22. Se nos va febrero entre carnavales. El 5% del total de la población argentina se fue de viaje. Otro exitazo del modelo.