La crisis de los pochoclos

Si hay algo interesante en todo lo que vivimos por estos días es la carencia total de sentido alguno sobre conceptos básicos de educación cívica. Y los vimos en todos los niveles. A nivel de algunos electores, este martes hubo unos cuantos que aplaudían al encargado del Poder Ejecutivo por inaugurar una avenida municipal que debería haber sido pavimentada por el intendente de Almirante Brown. Pero no importa, Alberto nos cuida.

Este miércoles me costó ver y leer tantas cosas sobre funcionarios que renunciaron. Nadie está muerto hasta que deja de respirar y la realidad es que ninguna renuncia es tal hasta que no se acepta por la autoridad competente. El ministro del Interior hizo pública su renuncia seguido en manada por el club del Déficit Fiscal compuesto por todos los camporistas en funciones. Demostraron que en el balance histórico aprendieron más de Carlos Chacho Álvarez que de Néstor Kirchner.

Luego salieron otros funcionarios más cercanos a Fernández a decir que habían hecho lo mismo de forma oral el domingo tras conocerse la derrota.

Nadie lo hizo de forma indeclinable. Patriotas pero no boludos.

Lo interesante de que todos digan “ponemos a disposición del Presidente nuestra renuncia” es que siempre estuvo a disposición del Presidente. Desde el día uno. Desde el momento en que el Presidente le toma juramento a un funcionario, la renuncia está a tiro de decreto. Quien te nombra te quita. Nadie vota a un ministro, son designados por el Presidente.

Lo que sí ha quedado claro una vez más es cuál es el nivel de poder del tipo al que le colocaron la banda. O sea, una cosa es saber que Cristina Fernández tiene el verdadero Poder por sobre Alberto Ídem y otra cosa, muy distinta, es que sean tan pornográficos a la hora de demostrarlo.

¿Para qué quería Cristina volver al Poder? Quedó claro con cada proyecto impulsado desde su entorno y que, oh casualidad, todos apuntaban y apuntan al Poder Judicial. Alberto hizo peripecias dignas de un gimnasta olímpico para gambetear las intenciones de la Jefa hasta que su amiga de toda la vida, su socia, le clavó la renuncia. La ministra de Justicia, Marcela Losardo, se fue cansada de ver cómo su proyecto de reforma judicial se convertía en un engendro y harta de que la acusaran de no intervenir para revertir la situación judicial de Cristina. Y Alberto aceptó la renuncia.

El experimento de contar con el primer presidente peronista nacido y criado en la Ciudad de Buenos Aires va por las vías esperables: no entiende al interior, no entiende al conurbano, no entiende de construcción de Poder. Básicamente porque siempre cumplió órdenes.

Imaginemos a un muchacho que quiere hacer carrera política. Se acerca al candidatazo del Partido Justicialista y comienza a participar activamente de la campaña presidencial. El candidato pierde. El muchacho va y busca a un economista histriónico, liberal y con una imagen positiva altísima. Lo convence de que tiene que presentarse de candidato a algo, aunque sea de Jefe de Gobierno. Le arma una lista de candidatos a legisladores porteños hermosa que incluye a Pimpi Colombo, Víctor Santamaría, Diego Santilli y, obviamente, él mismo. El candidatazo termina por perder no sin escándalo pero el muchacho ya está acomodado en su banca de legislador porteño.

Con el país en llamas, el muchacho que ya le tomó el gustito a la rosca se acerca al Presidente interino y le ofrece como candidato a la presidencia a un gobernador. El tipo pierde la primera vuelta, el contrincante abandona el balotaje y el sureño es investido Presidente de la Nación Argentina. ¿El premio? Jefe de Gabinete. El sueño húmedo se le hace realidad. Al fin va a tener cámaras, toma de decisiones y todas esas cosas que el peronismo le negó.

Pero como Jefe de Gabinete solo cumplía órdenes. Más con Néstor Kirchner. Peor le fue cuando en la interna del kirchnerismo se decidió por la totalidad de un voto que la candidata a suceder a Néstor sería su esposa. Alberto duró menos de diez meses.

Al muchacho siempre le gustó la rosca y siguió haciendo de las suyas al armar un frente opositor a su exjefa encabezado por otro ex jefe de Gabinete. Mal no le fue. Pero como su última apuesta fue armar a Randazzo para las elecciones de 2017, algo cambió. No es lo mismo contribuir a la derrota de Cristina que ganarle directamente.

Para 2019 hizo todo lo posible y a su alcance para unificar al peronismo. Eso creyó, al menos. La realidad es que por sus servicios solo pedía a cambio la embajada argentina en Madrid, un sueño de retiro dorado donde nadie pone el ojo sobre las incompatibilidades entre su poder de lobby y su función pública. Pero Cristina no iba a dejar pasar la posibilidad de hacerle pagar todas y cada una de las que le hizo desde agosto de 2008.

No sé si recuerdan que Cristina culpó a Alberto Fernández de la crisis con el sector agropecuario en 2008. De hecho, la costumbre de Cristina es, como si se tratara de una suerte de Reina de Corazones de Tolosa, la de cortarle la cabeza a alguien cada vez que choca la calesita. Lo padeció Martín Lousteau y Alberto Fernández en 2008 en la primera gran contradicción: si la jefa es omnipotente y omnisciente, ¿cómo se va a equivocar con la resolución 125? Y si es tan poderosa ¿cómo pudo ser engañada por dos funcionarios? Tema de terapia que nunca nadie se animó a abordar.

Tras la derrota de 2009 le cortaron la cabeza a Sergio Massa, al ministro de Economía Carlos Fernández, a la ministra de Salud Graciela Ocaña, al ministro de Educación Juan Carlos Tedesco y al secretario de Cultura José Nun. Luego de perder en 2013 rodó el marote del jefe de Gabinete Juan Manuel Abal Medina, del ministro de Economía Hernán Lorenzino y del ministro de Agricultura Norberto Yahuar.

O sea: Cristina está acostumbrada a hacer pagar las cuentas de sus políticas a sus funcionarios. ¿Quién defendió a ultranza el aumento de retenciones a lo que llamó “un yuyo que crece al costado de la ruta”? Ella. ¿Quién decidió que se gastara plata en cualquier cosa menos en renovar la flota de trenes antes de que se hicieran pelota unos con otros? Ella. ¿Quién tomó la decisión de imprimir como si no hubiera mañana? Ella.

De hecho, en todos y cada uno de los actos públicos en los que algún ministro anunciaba algo, todo comenzaba siempre con la misma frase de forma: “Por decisión de la Presidenta”.

Ahora culpa a Alberto de no ir con más kirchnerismo. Y no es casualidad que pida la cabeza justo del jefe de Gabinete y del ministro de Economía: siempre fue lo primero que cambió. Como si un pase de magia revirtiera todo, como si la crisis de confianza estuviera depositada en nombres de ministros a los que no conoce ni la familia y no en lo que representan ella misma y el delegado que puso en el Poder Ejecutivo.

La pregunta, en todo caso, vendría a ser por qué Cristina está obsesionada con el Jefe de Gabinete que, convengamos, hace que el abuelo parezca Winston Churchill. La respuesta es sencilla, verá. En el armado de ministerios que aparenta ser distributivo entre los tres grandes componentes del Frente de Todos –Cristina Fernández, Alberto Ídem y Sergio Dóndemepongo Massa– Cristina tuvo que ceder a la voluntad de controlar todos los ministerios por razones de apariencia. Pero si el Jefe de Gabinete le responde a ella, de pronto sabe todos los movimientos de absolutamente todos los ministerios. ¿Se entiende la obsesión?

Como se ha dicho en numerosas ocasiones, el peronismo tiene la particularidad de ser Poder incluso cuando no es Poder. Ahora que Cristina hizo lo que hizo, todos los factores salieron a alinearse. Los gobernadores peronistas vienen hace dos años en un dilema atroz: fumarse un progre porteño de Presidente o fumarse a la Condesa de la Recoleta. Y la verdad dicta que no existe gobernador que esté dispuesto a vivir nuevamente bajo el látigo de la caja fiscal unitaria que tuvieron que padecer durante los ocho años de Cristina. No les quedó otra y el temor al espanto hizo el resto: salieron a bancar a Alberto.

Resultó curioso para varios que los movimientos sociales se movilicen en apoyo de Alberto. O sea, lo hacen todas las semanas pero para protestarle al Presidente. Pero no debería generar mayor sorpresa si tenemos en cuenta que los líderes de esos movimientos sociales son funcionarios del gobierno contra el que generalmente protestan. El único que bancó la parada cristinista fue Juan Gabois que se rió de que a la libre disposición de renuncias del gabinete le llamen Golpe.

Y en parte tiene razón. Vuelvo al inicio del texto: ¿Cómo va a ser un Golpe la puesta de renuncias a disposición? ¿Cómo vamos a hablar de “quiebre en el gabinete” por un acto administrativo habitual? Es lo que es: la apretada más grande que recordemos de los últimos años para que Alberto decida si quiere, de una vez por todas, cumplir con su rol de Presidente o prefiere pasar sus días abocados al fino arte de no hacer enojar a Cristina vaya a saber uno porqué, aunque lo sospechamos.

El otro factor permanente de Poder peronista, gobiernen o no gobiernen, es la Confederación General del Trabajo. Los jovatos salieron a bancar al Gobierno y a convocar a la marcha de la Lealtad Peronista. Flor de timing. En ese sentido fue de agradecer el gesto del compañero Gerardo Martínez, que llamó a defender “los valores democráticos e institucionales” que sostiene Alberto Fernández. Sí, Martínez, que lleva 31 años al frente del sindicato que sostiene su institucionalidad a los tiros. Literalmente.

Obviamente, Hugo Moyano se cortó solo y entre Cristina y Alberto eligió a ambos: “Respaldamos y acompañamos al Presidente democrático de la Nación Argentina, Alberto Fernández y a la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner”. Majestuoso. Más vivo fue su hijo Facundo, que la vio venir mucho antes que los encuestadores y se tomó el palo el 12 de agosto.

Sergio Dóndemepongo hizo su jugada magistral al hacer trascender en los medios que se había reunido con sus funcionarios. Y los medios compraron: estaban él, su esposa y el ministro de Transporte del que nadie recuerda el nombre.

La noche finalizó con una larga reunión de Alberto con miembros de su gabinete que aún no lo hicieron quedar como el orto –al menos no con lo de las renuncias– y que se extendió hasta altas horas.

Y todos vimos los zócalos de los noticieros: Reunion para enfrentar la crisis. Interesante. Pierden una elección y la única crisis que amerita una reunión es la de las renuncias tibias de funcionarios funcionales. ¿Reuniones por la inflacion? ¿Por la inseguridad? ¿Por la salud? ¿Por los muertos? No, porque Cristina se enojó.

Para finalizar, Cristina le dio su puntada final a la crisis psiquiátrica institucional al hacer trascender de forma oficial que llamó a Martín Guzmán personalmente para decirle que está todo bien con él. Y no es que uno quiera defender a Guzmán, que bastante tiene con haber aceptado formar parte de esto, pero convengamos que la crítica que le hacen es que no aumentó el déficit fiscal de 0,7 a 4,5 puntos. No se puede ser tan asesino de la economía.

Habrán visto todos los factores de Poder dentro del panperonismo, movimientos sociales y sindicatos que influyen en si le garantizan la gobernabilidad a Alberto o le pican el boleto. Espero que se entienda lo difícil que será para cualquier signo político llevar adelante reforma alguna o cualquier política con tanto encierro en manos del peronismo, que cuando está en el Poder se pelea pero en la oposición son más unidos que un repulgue de empanada. Porque para un peronista de ley primero viene el Poder, después lo propio y luego la sarasa de primero la Patria, después el movimiento y por último los hombres.

¿Cómo termina esto? En un contexto normal, no pasa nada. Se eligen otros ministros y a otra cosa mariposa. Pero para eso tiene que haber un proyecto de Gobierno. Y aquí, desde aquel sábado de mayo de 2019 en el que Cristina anunció quién era SU candidato a Presidente, solo hay un proyecto de Poder. Y no, no es lo mismo. En un contexto normal, también, se acepta la derrota legislativa y se busca la forma de escuchar la voz del electorado que, de un modo increíble para nuestra historia reciente, pareciera pedir cosas elementales: trabajo, estabilidad económica y libertad individual. Un analista ya dijo que noviembre está perdido, pero que Alberto todavía tiene dos años para realizar el experimento menemista. No lo hizo con el el récord de imagen positiva ¿cómo podría hacerlo ahora si hasta Dylan le ladra cuando llega al chalet de Olivos?

Los que la tenemos difícil, realmente, somos nosotros, que todavía nos restan dos años. Mirá cómo reaccionaron a una PASO y decime si no te da un poquito de miedo. Porque todo esto es tan solo lo que sabemos, lo que trascendió. ¿Te imaginás lo que no salió? ¿Y si Cristina quiere romper todo, para variar, y termina pegándose un tiro en los pies? Es como una de esas situaciones de las que te cagarías de risa sino fuera porque en el medio estamos nosotros, nuestro futuro y el de nuestros hijos. Y todos sabemos que en la Argentina cada crisis institucional siempre, indefectiblemente, deja un saldo de muertos mayor o menor.

Creo que estamos hartos de muertos. Al menos yo.

¿Pero cómo se hace para sostener a un Presidente que no se quiere sostener a sí mismo? ¿Tiene ganas?

Esta semana charlaba con una amiga sobre las decisiones equivocadas que tomamos en nuestras vidas. ¿Y si hubiera seguido en ese trabajo? ¿Y si no sacaba el crédito? ¿Y si me quedaba en esa relación? Todo se resumía en que cualquiera de esas decisiones, por peores que fueran, conformaban lo que hoy somos. Y no puedo dejar de pensar en Alberto esta tarde con una pregunta tirada al techo: ¿Por qué no agarré la embajada en Madrid?

Ah, maldita y sensual España.

 

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