Crónica de una metamorfosis política

Con motivo del aniversario de este sitio –once años desde aquel primer post de agosto de 2008– tuve la genial idea de ir a leer sobre las cosas que escribía en aquel entonces. Primer error: quiero arrancarme los ojos al ver esa forma de escribir. Sin embargo, me llamó la atención la liviandad con la que me tomaba todo, bajo el paraguas de no respetar a quienes se me cagan de risa desde la solemnidad de un cargo público. Luego llegaron los puntos de quiebre de este blog: entradas hipercompartidas que coincidían con situaciones que no me causaban tanta gracia y que, como era de esperar, traían consigo una oleada de críticos amistosos, de ésos que te mandan a la mierda cuando no te amenazan.

La toma del Parque Indoamericano fue el primer punto de quiebre. Obviamente, llegaron decenas de personas que en su vida pasaron por la Avenida Escalada ni para ir al autódromo, y llegaron para explicarme que había vivido equivocado durante los 21 años que viví frente al Parque.

El asesinato de Candela Rodríguez, cuyo cuerpo fue encontrado por un cartonero al costado de una autopista, puso en evidencia que a Scioli le importaba tres carajos la seguridad y que el delito organizado y los punteros políticos caminaban de la mano por las praderas bonaerenses. Nada que no supiéramos: tenía que morir una chiquita de 11 años para que viéramos que no resultaba tan gracioso.

Cuando ocurre la tragedia de Once, la velocidad a la que comienzan a producirse esos highlights se acelera. Básicamente porque las tragedias se aceleran. Uno puede levantarse un día y tirar abajo una columna de un edificio y ver que no pasa nada. Y hacer lo mismo al día siguiente y ver que no pasa nada. Y como nada pasa, seguir jodiendo con los cimientos hasta que el edificio colapsa y se desploma por completo. Eso ocurrió durante el kirchnerismo. Eso ocurrió desde el día uno, cuando resultaba cómodo volver a consumir y lo demás no importa.

Todavía es normal cruzarse con quienes te dicen «yo los voté, pero en 2003». Y los entiendo viendo las opciones del muestrario. Yo ni siquiera fui a votar. Pero para 2005, quienes trabajábamos en el conurbano bonaerense ya veíamos las luchas por las tierras al costado del Camino Negro en los terrenos que deberían haber terminado por ser un Parque Industrial y hoy son una enorme villa, el abandono de todo lo que fuera «para el pueblo» –hospitales hechos pomada, escuelas a las que les robaban hasta las canillas, juzgados funcionando en galpones inhabilitados, delitos hacia donde mirásemos– y nos sentíamos bichos raros en un mundo en el que nadie veía nada malo.

Pero por suerte llegaron los blogs. Un universo se abrió ante mí y comenzaron a fluir los contactos con otras personas que pensaban medianamente igual en dos o tres puntos. No queríamos más que eso, el resto pasaba a segundo plano. Incluyendo el peronismo.

El peronismo nos atraviesa a todos: a favor, en contra, o el tercer sector que nunca se enteró de si está a favor o en contra.

La vida argentina está signada por el peronismo como resumen de una idiosincrasia sin igual. No hay mejor resumen: un tipo que llega a los 50 sin ser conocido más que por sus camaradas hereda el poder democráticamente tras una orden de sus jefes, hace lo que puede para darle un halo de voluntad popular al conservadurismo corporativista nacionalista-católico-militar enarbolado por el golpe del 43, renuncia al Poder ante el propio ejército y vuelve al Poder a través del ejército y el corporativismo. Se llamó Peronismo, pero podría haber sido bautizado Pistarinismo o Giannismo, si así se hubieran dado las cosas con tal de garantizar el camino de los militares revolucionarios.

El peronismo fue bautizado como doctrina en 1946 y tuvo que cambiar de política económica menos de 4 años después. Todo lo demás, folklore de masas. Representa lo que uno quiera y eso lo hace imbatible para la cultura popular. Básicamente porque cualquier cultura popular entra en el folklore peronista: un asado, unas empanadas, un picnic al aire libre, una discusión académica, un ensayo literario, la refundación de la Patria.

Todo acto que pueda llegar a ser realizado por el hombre, dentro de la Argentina es un acto peronista. Representa la compañía de quienes sienten pavor de estar solos, de sentirse excluidos por distintos, y de allí el atractivo de llamarse compañeros entre tipos que si dijeran que no son peronistas, pasarían a la lista negra.

Y antes de seguir debo hacer una aclaración, dado que el público se renueva, lo cual en un blog que comenzó siendo leído por 300 personas y llegó a las 16 millones de vistas anuales unos años después, es una flor de renovación: sí, simpaticé con una de las tantas franquicias del peronismo en mi más tierna juventud. Y no lo considero un pecado sino la decantación lógica de mi vida. Cada uno tiene su visión del peronismo que le resulta más cómoda, pero es muy difícil comprobar la existencia de alguien que no haya votado nunca jamás en su vida a un peronista sin militar en el FIT. En mi visión, la felicidad era el 1 a 1, la estabilidad post hiperinflación  y un cachito de inserción internacional.

Decía que la decantación de la vida y las crisis me habían llevado hacia el peronismo, así como la decantación de la vida me llevó a posicionarme en contra del kirchnerismo: me sentía convencido por quienes me decían que lo que vivíamos no era el verdadero peronismo. El estudio y esos malditos objetos del demonio con forma de libro llenos de tinta con ideas, hicieron que me fuera alejando de a poco, tomando envión, hasta darme cuenta de que nunca había existido un verdadero peronismo ni con Perón. Igual, en estos casos puntuales, el kirchnerismo no era peronismo simplemente porque no incluía a los decían que no era verdadero peronismo.

No creo que haya dejado de ser peronista porque probablemente nunca lo haya sido realmente, más allá de mi imaginación de lo que debería ser «verdadero». Si el sinónimo de peronismo era pragmatismo –el latiguillo predilecto de quienes no pueden explicar la falta de coherencia entre el dicho y la acción– todos habían sido peronistas con solo autoproclamarse como tal.

Por eso Luder era un buen peronista al transar la amnistía de los militares siguiendo la línea de los últimos días del General desde el 24 de enero de 1975. Por eso Kirchner fue recontra peronista al pararse sobre las corporaciones sindicales mientras le tiraba unos huesos a la izquierda, como el John Sunday favorito de Cooke. Por eso Menem fue tan peronista que indultó al ejército y a los ex niños burgueses de doble apellido ideologizados que creyeron en la revolución permanente. Por eso Cristina fue tan peronista que desconoció al líder mítico, declaró la guerra a algunas corporaciones beneficiando a otras, y fue tan globalista en su concepción peronista que en la ensalada metió a la izquierda, al ejército, a la juventud del sí fácil, a los artistas que sólo habían visto un presidente por televisión y a los intelectuales que se habían cagado de hambre toda su vida. En un juego de intervencionismo sin igual, subió el precio a los que podían hacerle sombra a los poderosos y de pronto un metrodelegado sentía que podía sentarse a la mesa de los Moyano. Y se aplicó el mismo patrón a todos los demás sectores, ya fueran productivos o que no generaran ningún valor agregado más que la elaboración de teorías que justificaran «la continuidad histórica del cambio de paradigmas».

Obviamente, a toda acción, la reacción. Se jugó con las mismas reglas y lo que tendría que haber sido una joda, quedó: hoy cualquiera puede pedir cualquier cosa, cualquiera es economista, cualquiera es consultor, cualquiera es experto en criminalística, cualquiera es historiador, cualquiera es periodista, cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón.

Lo curioso del asunto –volviendo un poco a lo autorreferencial– es todo lo que sucedió en mi camino a una vida sin dogmas. El peronismo siempre permaneció presente en todo, a favor o en contra de él. En tiempos electorales es más fácil ubicarlos porque se autoencasillan, el deporte favorito de quienes no tienen convicciones y que genera el riesgo de no comprender a otros individuos sin encasillarlos previamente. Sujetos a las que conocí al borde de una amistad fraterna pasaron a llamarme progre por algunas de mis ideas locas, como ésas que tienen que ver con el respeto de los derechos individuales de las personas. Hoy consideran que un ex oficial del Ejército es lo mejor que le puede pasar al país porque es militar, antiaborto y matazurdos. Como al General le gustaría.

Los kirchneristas me tienen sin cuidado: me puteaban antes, me recontra putean más de una década después a pesar de «venir mejores». Hoy los motivos se centran en mi imposibilidad de comprender este momento histórico en el que es necesario que estén todos juntos, y en el que, aquel que no acompañe, es un traidor. Como le gustaría al General.

Pichetto, pragmático, integra un frente compuesto por el radicalismo, una buena porción conservadora católica, una considerable porción de liberales, de partidarios del orden y de fans del capitalismo. Como habría hecho –bueno, hizo– el General.

Los Espertanos acompañarán a un hombre que llegó a la política pasados los 50, sin experiencia y que también promete una mejora sustancial en la economía, además de una reconfiguración sindical, al tiempo que varios se preguntan cómo consiguió fondos y avales a la derecha de Biondini y sacude el statu quo con sus declaraciones. El General sonríe.

La izquierda antiperonista, a quienes se les agradece la eterna coherencia, llama a votar contra todos y a abolir el capitalismo y todo lo que le gusta hacer al trabajador promedio. El General se reclina con las manos sobre la panza.

Lo increíble de todo este asunto es que nunca falta ése que me recuerda, cada vez que puede, que en mi juventud era un peronista romántico. Si hubiera sido hallado culpable de un homicidio simple, ya habría cumplido mi pena y estaría en libertad. Pero en los sujetos que se mueven con un sensor de ideologías ajenas, los plazos para los demás varían entre los siglos y la eternidad. Los políticos, en cambio, pueden pasar de sacarse una foto con Stalin a tatuarse la cara de Ludwig von Mises en la nalga derecha, que todo puede justificarse «en la comprensión de la coyuntura».

Hoy el peronismo se oculta, dicen. Que Cristina Fernández no lo mencione al General no sorprende a nadie. Que Alberto Ídem tampoco lo haga, mucho menos. Perón celebra. Y cuando Lavagna dice que «la gente está cansada de la grieta», el General se caga de la risa. Y cuando Alberto Ídem dice «yo tuve mis críticas» para justificar su lugar injustificable, Perón descorcha. Y cuando Pichetto llama «marxista» a Kicillof, Perón se pide otra ronda y que vayan llamando a las chicas.

Después de todo, su legado está intacto: hacerles creer a todos que uno está creando algo de cero y que se está rompiendo con el orden establecido, aunque sean bendecidos por el monarca del Vaticano, el corporativismo sindical, el empresariado prebendario y la izquierda siempre funcional.

 

Giovedì. Once años es una banda. No existe otro vínculo humano, laboral o de cualquier cosa que haya permanecido tanto en mi vida de buen millennial. Once cortos años en los que aprendí que la línea que divide el “nos unió el espanto” del “te usamos” es tan delgada que a veces no se ve, que cualquiera se hace el guapo sin el kirchnerismo en el poder, que no cualquier boludo merece el calificativo de “amigo”, que el mundo está lleno de tránsfugas a quienes invitás a tu casa, que el corrupto siempre es el otro, que producir textos o robarlos da lo mismo, que algunos leen lo que quieren y que de eso interpretan lo que les conviene y que, por sobre todas las cosas, la grieta nos encanta.

Y está perfecto que así sea mientras una de las partes divididas considere que la otra parte debe desaparecer del mapa.

Aguante la grieta y gracias por todo a todos y cada uno de ustedes.