Cultura de la cancelación: puedes denunciar este texto

Esta semana vi por vez número 9.132 la película Volver al Futuro. Sin embargo, algo noté diferente a las 9.131 veces anteriores. En la escena trascendental, esa en la que cambia toda la historia –literalmente–, cuando George McFly junta coraje y contra todo pronóstico trompea a Biff Tannen, me sorprendí de que la peli todavía sobreviva.

Y digo que sobrevive no porque haya envejecido muy, pero muy bien gracias a una realización impecable; sino porque todavía ningún aburrido salió a cuestionar que una película promueva que una mujer solo necesita un hombre que la cuide y la proteja; o que nadie note que los negros de la banda tienen que pasar el recreo fuera de la fiesta.

Para mí es uno de los relatos más fantásticos de la historia por el solo hecho de que a alguien –bueno, a dos: Robert Zemeckis y Bob Gale– se le haya ocurrido plasmar la comprensión hacia nuestros padres al recordarnos que ellos también fueron adolescentes sin importar la época.

Podrían cancelarla y me hago cargo de dar la idea. Y podrían cancelarla por el estereotipo de la mujer, o por recordar que los negros eran segregados –temática abordada por Zemeckis nuevamente en Forrest Gump–, o por mostrar como indeseable ser una familia clase media baja, o por fomentar el voyeursimo, o por la imagen de macho alfa que tiene que imponerse a través de las piñas para ser respetado y tener una vida de éxito y seguridad económica garantizada. De hecho, me vendría bien que lo intentaran para currar con otro texto en el que explico que para 1985 el presidente Ronald Reagan encaraba una campaña de “volver a los valores” para contener a una juventud que consideraba en peligro. Y esa es la crítica que se cuela en Volver al Futuro.

En definitiva, el que busca cancelar nunca mira el potencial sino cómo son presentados algo o alguien para percibirlos de forma contraria a lo que siente que debe ser presentado. Lo vi representado este mismo sábado a la noche cuando se me ocurrió compartir en Twitter mi alegría por el triunfo de la Selección Argentina a la que no veía campeona de algo desde mis 11 años. Y vino una catarata de comentarios de mierda con gente muy enojada que me insultaba por festejar sobre los muertos. Ni me conocen, pero el mecanismo ya lo saben: cancelate solo la próxima vez que quieras decir algo.

Hace tiempo que nos quejamos de la cultura de la cancelación pero nunca la abordamos como corresponde. Creo que la definición más correcta de la cancelación es la muerte civil de la antigua Grecia, hacer de cuenta que alguien nunca existió. Y si alguien nunca existió, no hizo nada de su no vida, por lo que corresponde eliminar toda su obra de la faz de la Tierra. Que no queden rastros que permitan que algún día alguien vuelva a pensar como él, o a consumir algo por esa persona concebida. Como si la hijaputez fuera contagiosa o pudiera ser transmisible mediante metamensajes. Como si diéramos por sentado que alguien a quien no conocemos es un hijo de puta. Como si pudiéramos juzgar livianamente los hechos del ayer desde la comodidad de nuestro teléfono. Como si pudiéramos juzgar moralmente a alguien por cuestiones que no son públicas.

Ahora, supongamos que borramos de la historia todo lo actuado por una persona realmente desagradable, ¿qué registros nos quedan para garantizarnos o prevenirnos de no repetir la historia?

Durante 70 años estuvo prohibido en Alemania un libro escrito por un tal Adolf Hitler. Pero caducaron los derechos de propiedad intelectual en manos de las autoridades de Baviera. Y así el Instituto de Historia Contemporánea de Munich se hizo cargo de su reedición. Se tomaron su tiempo para analizarlo friamente y se publicó un mamotreto gigante con 3.700 anotaciones de pie de página en las cuales desmienten, señalan, remarcan y comentan las consecuencias de cada una de las afirmaciones del lider Nazi. Sacaron de la prohibición un libro clave de la historia para convertirlo en un objeto de estudio académico.

Y también ocurrió algo extraño: en muchos países nunca estuvo prohibida su publicación. De hecho, no deberíamos caminar mucho si quisiéramos adquirir uno en Buenos Aires. Nos encontraríamos con diversas traducciones pero, como no sabemos alemán y el libro estaba prohibido en Alemania, andá a chequear si eran correctas. Y a que no saben qué pasó con la reedición del original: efectivamente las distintas traducciones tenían faltantes groseros y añadidos aún peores para suavizar la brutalidad.

De pronto podemos dilucidar que buena parte de la formación de Hitler estaba nutrida por el racismo científico justificado por personajes como Immanuel Kant, G.H.Friedrich Hegel o Arthur Schopenhauer y que fueran maximizados por el turro de Joseph Arthur de Gobineau, inventor del término “raza aria”. Si mantenemos los mismos criterios de cancelaciones deberíamos prescindir de todos los aportes que hicieron los más grandes filósofos del siglo XIX por haber hecho comentarios supremacistas en una era revolucionada por El Origen de las Especies.

Entonces ¿qué hizo más por el bien de la humanidad: la prohibición del panfleto antisemita y nacionalista de Hitler que buscaba la cancelación de pueblos enteros o su edición comentada?

El problema de las cancelaciones a nivel cultural tienen un serio detonante que pasa por diferentes variables y ninguna es justificable. Cada vez que alguien pretende rescatar algo de las hordas de inquisidores con conexión a Internet, apela al “contexto histórico en que fue realizada”. Como si eso fuera un justificativo de algo. En realidad la respuesta debería ser “andá a tomarte un tecito”, pero es de temer que la represalia escale aún más. El necio siempre está seguro de tener la razón por sobre todos.

Claro que influye el contexto histórico en algunos casos y en otros son irrelevantes. Hacerse el guapo con la Iglesia en el siglo XXI es como abrirse una cuenta en TikTok. Andá a decirle a Sinead O’Connor que, en medio del mayor escándalo de pedofilia católica en Irlanda y los Estados Unidos, se le dio por romper una foto del Papa en Saturday Night Live. No pudo volver a cantar en vivo en Estados Unidos sin ser abucheada y escupida. Es más, al sábado siguiente el guest host Joe Pesci dijo en el mismo programa que le habría pegado un sopapo si hubiera estado presente. Y nadie se indignó por el comentario.

O vayan a 1966 y fíjense lo que pasaba en el sur norteamericano cinco meses después de que John Lennon dijera que “The Beatles son más grandes que Jesús” y lo sacaran de contexto, cuando tan solo se refería al listado de prioridades de la juventud. Doce años después, cada entrevista que daba en Estados Unidos era inevitable que volvieran a preguntarle por el temita.

Con la ironía que lo caracterizaba, Lennon dio por cerrado el asunto al agradecer haber dicho lo que dijo porque “si no hubiera dicho eso y no hubiera alterado al muy cristiano Ku Klux Klan, todavía estaría en giras. Dios bendiga a Estados Unidos. Gracias Jesús.” Obviamente, se refería a que esa gira fue la última de los Fab Four. Desde entonces pasaron de fenómeno social a cambiar la cultura musical para siempre desde los estudios de Abbey Road.

Y con estos dos ejemplos tenemos el huevo de la serpiente. No existían las redes sociales, tanto Lennon como O’Connor fueron cancelados gracias a la necesidad de vender diarios. Y al igual que en la era de las redes sociales, la dinámica fue la misma, para el desagrado de quienes creyeron que inventaron algo nuevo en la Justicia de Masas: sin debido proceso, sin denuncia judicial, sin abogados defensores, sin garantías constitucionales. Culpables porque alguien se sintió ofendido.

Con la llegada de las redes sociales el fenómeno escaló a niveles insoportables. Oleadas de peleas y trending topics con todos tomando partido por una u otra persona con el detalle de que nadie conoce a ninguna de las dos partes. La Justicia como lugar donde se saldan las cuentas se ha hecho a un lado y la marginalidad de las redes –marginalidad en el concepto de poder de movimiento en proporción a la cantidad de habitantes– ha ocupado ese lugar. Inquisición digital por gustos, ofensas y sentimientos heridos.

Ojalá fuera generacional. Gente de todas las edades siente que tiene la autoridad moral para chantarle en la cara a cualquier persona que “debería matarse”. En el más positivo de los mensajes. Mientras tanto, estos juicios “pro conductas positivas” demuestran una vez más –y van– la desconexión que existe entre los distintos estratos sociales.

Aún recuerdo cuando falleció Cacho Castaña y un montón de jóvenes salieron a festejar sobre el muerto por el contenido misógino de sus letras. Incluso hubo quien lo cuestionó por haberse puesto en pareja con la hija de un amigo. Mayor de edad, claro. Y aquí es cuando uno no puede dejar de pensar en que existe una doble vara o un delirio clase media despreocupada y desconectada del resto de la sociedad, o ambas cosas. Porque si después salís a una joda con tus amigos a bailar canciones de moda no podés no escuchar que muchos de esos temas son odas a la misoginia más recalcitrante y el machismo más desubicado.

Perreo, putitas, wachas, matar ratis, vivir todo el día re loco, son cuestiones a respetar porque “es cultura”. Y sí, papi, es la descripción de lo que se ve, el arte de contar historias que suceden aunque no nos gusten, no el hecho de protagonizarlas. ¿Cuál es la diferencia con Cacho con “Si te agarro con otro te mato”? No mató a nadie y describe una situación que, evidentemente, 46 años después sigue ocurriendo y en masa.

Y sí, hay diferencia: me cae bien, me cae mal. Sentimientos versus la razón. Y donde manda la razón los sentimientos no tienen nada que hacer por más fuerte que se grite. Si yo tuviera que ser coherente con la cancelación, debería borrar de mi mente a varios parientes a quienes amé. O ellos conmigo. 

En 2016 Gustavo Cordera dijo delante de un grupo de estudiantes de periodismo una frase que le cagó la vida: “Algunas mujeres necesitan ser violadas para tener sexo”. Creo que debo haber escuchado esa misma frase unas mil veces en distintos ámbitos sin notar lo brutal del contenido; desde el escolar respecto de alguna docente poco agraciada, hasta el laboral en relación a una compañera de oficina en idéntica situación. Pero Gustavo Cordera terminó yendo a juicio. No llamó a que la gente salga a violar personas ni dijo que aprobaba la violación.

Y eso que vivo en el mismo país en el que el Bambino Veira fue ídolo antes, durante y muchísimo tiempo después de haber ido a prisión solo once meses por violar a un chico de 13 años. Cohabito una sociedad en la que nadie vuelve a la esfera pública si hiciera cualquiera de las cosas extradeportivas que hizo El Diego. ¿Entonces? ¿Es solo una cuestión de “me cae bien/lo odio” y extrapolamos un hecho o un aspecto de la vida de una persona hacia el todo y su obra para salvarlo o condenarlo?

¿Se puede separar obra del hombre? Y sí, muchachos. Antiguamente se sabía poco y nada sobre la vida privada de las personas. Antes de la existencia del periodismo como lo conocemos hoy era tan poco lo que podía trascender de los gustos, deseos, perversiones y demás cuestiones de una persona que la mayoría de las cosas que escuchamos son leyendas; mitos inchequeables. De allí que algunos vomiten con el éxito de Tarantino en Once Upon A Time In Hollywood: no logran comprender que hubo una época en la que Roman Polanski era Gardel, no logran dimensionar que muchos de los grandes actores de la historia son republicanos conservadores, no consiguen aceptar que hay un mundo construido por personas a las que desprecian.

Es curioso, realmente curioso cómo todo se va convirtiendo en un acting cada vez menos oculto. Los mismos chistes que no hacemos más en público aún circulan por los grupos de Whatsapp; incluso en el de los defensores de la inquisición moral. Se vé que algunos saben separar la paja del trigo y el resto de los mortales no estamos a la altura.

Pensemos en lo siguiente: ¿Qué pasaría con tu vida si se hiciera público uno de tus muertos en el ropero? No me digas que no tenés ninguno, salvo que recién hayas nacido. Las cancelaciones personales van por ese sentido: cuando un hecho teóricamente reprochable privado sale a la luz. Y toda tu vida y obra merecen desaparecer.

La cultura no es estanca, es una continuidad temporal. Aunque algunos períodos y civilizaciones hayan desaparecido de los registros, la realidad que nos rodea es un mix, una ensalada de todo lo ocurrido desde que decidimos caminar en dos piernas. Todo lo que queremos cancelar tuvo una consecuencia que no se puede anular.

Hace tan solo unos meses Guy Sorman contó en una entrevista cómo su antiguo amigo Michael Foucault tenía la costumbre de seducir chicos menores de edad. Nadie salió a quemar los libros de Foucault ni los de Sorman. De hecho, se reeditó toda la obra de Foucault recientemente. Puede que lo que haya dicho Sorman sea cierto, puede que no, es la palabra de uno contra el silencio del otro. ¿Cambia la obra? Los libros están ahí, sin tener la culpa de lo hecho o no hecho por su autor. Y acá, entre nos, creo que Sorman, viejo zorro, hizo un experimento social con sus declaraciones.

Potestad ideológica

Winston Marshall es un músico londinense conocido por ser el pibe que tocaba el banjo en Mumford & Sons. Y digo “tocaba” porque pasaron cosas. En marzo de este 2021, un periodista norteamericano llamado Andy Ngo publicó un libro titulado “Unmasked: Inside Antifa’s Radical Plan to Destroy Democracy”. Una crónica sobre los actos de la extrema izquierda norteamericana. A Marshall le pareció copado el texto y cometió el error de su vida: felicitar “el coraje” del autor por Twitter. Hoy Marshall no forma más parte de Mumford & Sons. Sus compañeros no lo echaron sino que él decidió dar un paso al costado para que dejen de cagarles la vida a todos los demás por “no hacer justicia con él”. Resultó simpático que lo calificaran de fascista y nazi a un tipo que tuvo a sus abuelos en campos de concentración. No porque no se pueda ser fascista con esos antecedentes, pero según sus propias palabras: “No es sano que por criticar a la extrema izquierda me coloquen en la extrema derecha… o en la derecha”.

Los ejemplos se prolongan en el tiempo con los cruces contra Lana del Rey por sus letras de parte de cantantes que promueven otros valores contrarios; los chinos ofendidos porque se le dijo “virus chino” a un virus originado en China, miles de personas públicas y semipúblicas que piden disculpas por cosas que hicieron cuando regían otras normas sociales, y así sucesivamente.

Hace tan solo unas semanas se estrenó la película de Disney Pixar “Luca”. Como buen descendiente del Reggio Calabria tuve una ataque de ansiedad que sólo mermó cuando la vi por primera vez. Porque Disney también te legitima: si hacen una película sobre tu lugar, aparecés en el mapa. (Sí, Argentina aparece en dos películas de Disney, comenzando por la locación de Bambi). Luca transcurre en Portorosso, un pueblito marítimo entre acantilados.

Está plagada de guiños a los sureños de Italia que van desde el folklore de los monstruos marinos –heredado del imperio helenístico– hasta toda la tanada imaginable. Yo la ví fascinado, me emocioné con cosas típicas de mis abuelos, también me conmovió recordar una etapa que casi nadie aborda en películas plagadas de historias sobre infancias, adolescencias, juventud, adultez y vejez: la preadolescencia, ese período de nuestras vidas en el que somos chicos y grandes a la vez, en el que queremos jugar y beber vino, en el que somos posesivos con nuestras amistades y ni siquiera sabemos cómo mostrarnos al mundo.

Hubo quienes preguntaron si se trataba de una alegoría LGBT, dado que monstruos, ocultarse en público, etcétera. Y comenzó a circular por Whatsapp que hasta el mismo director lo había reconocido, cuando en realidad Enrico Casarosa –heterosexualmente casado con su heterosexualísima esposa– dijo que solo cuenta la historia de dos amigos de once años. De un lado quisieron cancelar al otro por –supuestamente– querer incentivar la putez en niños. ¿Y si es de putos, qué?

Hay toda una cultura de la cancelación hacia fantasmas que sectores de derecha e izquierda creen reales, llegando al extremo del ridículo con la autora británica J.K. Rowling, a quien acusan de promover la homosexualidad por declarar que Dumbledore es gay. De hecho esto llevó a que Harry Potter sea para mayores de 18 años en Hungría. Lo curioso es que los sectores aburridos de la clase media inquisidora progresista también atacan a Rowling pero por todo lo contrario: afirman que es transfóbica.

Ahora que da para celebrar el aniversario del partido chino que masacró a cientos de millones de personas y que gobierna dictatorialmente desde hace demasiado tiempo, nos encontramos con una suerte de cancelación por la positiva: borrar lo malo, dejar lo supuestamente -supuestamente- bueno. De pronto, en esa construcción que queremos hacer de nuestra realidad, reconfiguramos a los malos muy malos y los convertimos en buenos muy buenos. Y como nadie es bueno muy bueno, también borramos lo que nos conviene. Cancelación selectiva.

Hubo una enorme cancelación política en la Argentina: se prohibió a Perón durante 18 años. No se lo podía siquiera mencionar. ¿El resultado? Historia con beneficio de inventario, elija su etapa que más le guste: nacionalismo católico militarista, nacionalismo militarista, resistencia de derecha, resistencia marxista, democracia con terrorismo de Estado, liberalismo populista, intervencionismo populista y el colmo de las cancelaciones en la auto cancelación; cuando reivindican al peronista que les conviene en el momento de su vida que les conviene.

Y así vamos por la vida desde hace unos cuantos años, con peleas estúpidas que se dan en el mundo de las redes sociales y que a las personas con la piel más curtida les resbala mientras que al resto los puede llevar al suicidio. Literalmente.

No es un tema que tenga solución porque el hombre ha vivido de cancelación en cancelación toda su historia. Guerras, exterminios, inquisiciones, pogromos, genocidios, proscripciones. Toda nuestra historia ha transcurrido en un deseo de borrar a otros de la historia para que se imponga nuestra forma de vida. En un lugar mucho más modesto que lo enumerado, la cancelación moderna tampoco tendrá arreglo mientras se fomente que está bien callar para no incomodar almas sensibles, que está perfecto silenciar a otro aunque sea un reverendo antisocial para que nadie escuche lo que tiene para decir y así generamos el efecto contrario: todos van y los escuchan aunque sea por curiosidad.

Mucho menos mientras haya cada vez más personas en el mundo dispuestas a volverlo un lugar mucho más gris, monótono y con una única verdad irrefutable y que termina por convertirse en su propia paradoja: por no tener competencia, quedará estanca. Y lo estanco es conservadurismo.

Pero guarda cuando se comienza a querer cancelar conceptos que costaron siglos de sangre. No se puede decir muy suelto de cuerpo que la libertad individual está por debajo de la libertad colectiva. Si la cancelación llega a estos puntos y pasan desapercibidos, estamos literalmente en el horno y en vez de quejarnos nos colocamos bronceador.

Por lo pronto, seguiré mirando las pelis de Woody Allen, moveré la patita con cada tema de Michael Jackson, me fascinaré con cada historia contada por “los fachos” Mel Gibson y Clint Eastwood, escucharé a los músicos que se me antoje y leeré los libros que quiera aunque no coincida con lo que allí se escribió porque, básicamente, es la única forma de abrir mentes o de reafirmar creencias. Y porque creo que cada persona ocupa un rol en la sociedad y que debe ser considerado por cómo desempeña ese rol y no otros.

Y, fundamentalmente, por una frase que leí en una pared hace un par de años por el Camden: Si mis razones te ofenden, no soy yo quien debe pedirte disculpas.

Listo, ya pueden cancelar este texto.

 

Si te ofendió algo de lo que dije, aquí va un link para accionar en consecuencia. 

 

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