Del tabú psiquiátrico a la tragedia asesina

Buenos Aires, inicios del ciclo lectivo de 1999. Existió una noticia que era una de las conversaciones a diario en mis primeros días de Quinto año de la Secundaria: la desaparición y posterior hallazgo de Silvina Pelosso, una estudiante cordobesa que había sido brutalmente asesinada junto a una amiga norteamericana y la madre de esta. El caso cobró un giro rotundo cuando, un año después, otra mujer fue asesinada en idénticas circunstancias y dieron con el asesino quien, además, confesó los demás crímenes.

La cobertura mediática del caso fue unánime y centrada en el asesino, Cary Stayner, un sujeto con notables rasgos psicopáticos. Al menos eso decían los medios. Para redondear, el hombre se declaró culpable en el primer juicio, fue condenado a prisión perpetua, pero por el resto de los casos llegó a la pena de muerte. Sin embargo, como en el Estado de California no se ejecuta a nadie desde 2006, probablemente pase el resto de su vida en el pabellón de los que esperan la inyección letal en San Quintin.

Con el paso de los años olvidé totalmente el caso. Como todos ustedes, estimados lectores. Hasta que este año se estrenó un documental que me dejó helado desde los primeros minutos, cuando noto que un protagonista absolutamente secundario de unos once años de edad se llama Cary Stayner. Supuse que era un homónimo y me dí a continuar con el documental a pesar de la coincidencia.

Pero no. Cary Stayner era ese Cary Stayner. En el documental (Captive Audience, a real american horror story, Hulu/Star+) aparece como lo que fue en su niñez: el hermano mayor de Steven Stayner, un niño que fue raptado por un pederasta llamado Kenneth Parnell cuando contaba con siete años y que escapó de su cautiverio con 14 años junto a Timothy White, un niño de 5 años y flamante víctima del mismo captor.

Steven no quiso contar que fue abusado. Luego se vio obligado por el devenir de la investigación. Las autoridades recomendaron asistencia psiquiátrica. La familia, según la propia madre de Steven, acordó no hablar de lo ocurrido, mucho menos con un terapeuta. Pero los medios presionaron las 24 horas, los siete días a la semana y la realidad cotidiana del calvario salió a la luz. Steven seguía sin asistencia. Y sus hermanos seguían sin asistencia. Y sus padres seguían sin asistencia por un estupido prejuicio.

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A comienzos de septiembre mi país se vio conmocionado por una imagen que dio la vuelta al mundo: una pistola sobre la cabeza de la Vicepresidenta. Al momento de escribir este texto hay dos detenidos: Brenda Uliarte y Fernando Sabag. Con solo chusmear el historial del primer detenido (Sabag) cualquier persona con un mínimo de tranquilidad emocional habría llegado a la conclusión de que, el muchacho en cuestión, no pasa un examen psiquiátrico. Una relación dependiente de la madre que vuela por los aires tras el fallecimiento de la misma, sin sentido de pertenencia, hogar disfuncional, retraimiento escolar, problemas de adaptación. Y un largo historial de comportamientos erráticos arrastrados desde una infancia de introversión extrema y abusos. Por el momento, no hay registros de que alguna vez haya recibido ayuda.

Su novia, Brenda Uliarte, no solo perdió a su primogénito poco tiempo antes del hecho coprotagonizado, sino que sus propios parientes dieron a conocer que su cabeza no funciona bien. Su multiplicidad de facetas ya era un indicio para cualquier televidente. La sonrisa extrema y despreocupada hoy resulta siniestra si sabemos el trauma que arrastra. No existen registros de que haya recibido ayuda. Y si hubiera existido la posibilidad de que alguno de quienes rodeaban a ambos protagonistas hubiera tenido la intención de ayudarlos, la ley de salud mental vigente se los impide. Porque así como un sinfín de personas en situación de calle están alienadas mentalmente, hay otro sinfín de detenidos en el sistema penal que no pasan siquiera el test de dibujar una casita, sea porque están quemados por las drogas o porque son sujetos con sus facultades mentales profundamente alteradas.

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Por el rapto de Timmy, Parnell recibió una pena de 7 años. Lo mismo correspondía en el juicio por el rapto de Steven, pero por un tecnicismo legal le aplicaron solo veinte meses más. No solo recibió una pena inferior al tiempo que sometió a sus víctimas, sino que, por si fuera poco, salió en libertad condicional a los cinco años.

¿Cómo impacta eso en un chico que creció violado, alejado de su familia, que siente que el mundo que lo rodea es extraterrestre? ¿Cómo impacta en todos sus hermanos? ¿Y en sus padres? Vaya uno a saber: nadie recibió asistencia profesional psiquiátrica por lo que no hay registros.

La hermana menor de Steven, cuyo primer recuerdo de él es cuando regresó con la familia, aún hoy se siente mal por lo vivido. Se siente culpable por haber sido una niña que preguntó tanto hasta que Steven le contó. Hoy dice, textualmente, que se “arrepiente”. Y agrega que Steven seguía sin hacer terapia. Ni que hablar de la familia. O de ella misma. O de sus hermanos.

Steve pasó de ser el héroe del pueblo al friki del colegio. Cuando trascendió que había sido violado durante años, se convirtió en “el marica”. El director escolar declaró ante la prensa que “los chicos son buenos, pero por un tiempo (Steven) la va a pasar mal”.

Steve comenzó a beber en exceso, tomar anfetas y PCP mientras validaba su masculinidad exigida por su entorno: le entró a todas las mujeres que pudo. Todavía era adolescente. Hasta que a sus 19 años conoce a Jody Stevenson, de 16. Al tiempo se casaron. Matrimonio adolescente. Y tuvieron hijos deseados. Padres adolescentes. Quién no sepa de experiencias traumáticas, quizá no entienda la necesidad que tienen aquellos que provienen de hogares ausentes de formar su propia familia cuanto antes. ¿Motivos? Irse del hogar y tener lo que siempre soñaron. Es como un mandato del subconsciente de reparar todo sin poder hacerlo: sufrieron como hijos, lo quieren reparar como padres, con lo cual no reparan nada de lo vivido porque son roles distintos.

Luego de aceptar que se haga una película para tevé con su historia, Steven comenzó a superar el trauma. Según él, preparar al actor para que resultase creíble lo ayudó a sanar. ¿Quién lo hubiera dicho, no? Sin embargo, participó de la película con un bolo: es el policía que lo devuelve a su casa. Sanar, pero hasta ahí no más: necesitaba sentirse salvado por sí mismo, aparentar ser la autoridad que debió buscarlo y rescatado y no lo hizo.

La peli fue nominada a cuatro Emmys. Steve nunca se enteró si ganaron algo porque murió la noche anterior arrollado por un conductor que se dio a la fuga. Su velorio estuvo repleto de irrespetuosos movileros. No vaya a ser cosa que la familia tenga paz en algún momento. Pero no estaban allí por ellos, que tan solo eran papeles secundarios. Ni siquiera estaban por Steve: la protagonista siempre fue la historia.

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En 1999 el Journal of Forensic Sciences publicó un paper sobre el resultado del análisis de magnicidas. El 61% había sido evaluado o tratado por algún problema mental. El resto, obviamente, fue embocado psiquiátricamente luego del hecho. Todos tuvieron alguna alteración previa. El 41% tuvo algún signo relacionado con el suicidio. Depresión extrema. El 39% mostró alguna historia de abuso de sustancias.

O sea: el 61% fue atendido y luego, por equis motivo, nadie le siguió el camino.

El resto nunca recibió atención.

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Cuando Cary Stayner fue detenido le pidió a un periodista una condición a cambio de la exclusiva: que contacte a productores para hacer una película sobre él. ¿Algún indicio del delirio?

Steven volvió al centro de la escena a pesar del contratiempo de estar muerto: “Sí, habrá sido víctima y héroe, pero mirá esa familia…” Si se pudiera traumar a un muerto, lo hicieron.

El guionista que hizo “Mi nombre es Steven” –la película que cuenta su historia– contó que en una entrevista con un Cary que todavía no había matado a nadie, éste le dijo: “Yo no pretendía que me quisieran tanto como a Steven. Pero que me quisieran un poco, al menos”.

Cary sufrió en su infancia de tricotolomanía, un trastorno que lleva a los chicos a arrancarse los pelos hasta quedar con manchones. Si bien no es algo habitual, ocurre y se resuelve con ayuda médica y terapia. Obviamente, Cary no contó con ese derecho. Luego registró distintos episodios de crisis nerviosas que recién cuando ya estaba tras las rejas pudieron relacionarse con un pequeñó hecho: mientras era dejado de lado por el drama familiar en ausencia de un hermano raptado por algo que él nunca pudo controlar, fue enviado a vivir un tiempo con un pariente que lo maltrató al extremo.

Otro tipo con necesidad de ayuda que nunca llegó. Durante el juicio por la serie de brutales asesinatos, seis peritos psiquiatras forenses llegaron a la conclusión –por separado– de que Cary tenía daños mentales de larga data que le provocan delirios. Sus declaraciones filmadas hacen el resto.

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El 99,999999999999% de los asesinos seriales tienen una enfermedad mental. Gwen Adshead es una médica psiquiatra británica que dedica su vida a tratar e investigar a sus pacientes: todos asesinos seriales o meramente sádicos.

“Existe un proverbio que dice que quizás es mejor conocer tus propios demonios que no conocerlos”, sostiene Adshead para explicar su tarea y, automáticamente, el planteo dispara hacia el receptor: ¿Cuántos de nosotros hemos pedido ayuda para comprender, enfrentar y quitarnos de encima nuestros demonios?

Lo primero que pudo destacar Adshead es que muchos de los peores asesinos vienen de un ambiente muy trastornado; sujetos que han sido expuestos a varios tipos de traumas durante su niñez. Pero no cualquier trauma: violencia física y desprecio por la crianza de forma crónica.

¿Automáticamente este factor convierte a un chico en un asesino? No, si fuera así el mundo sería aún peor. Pero no todos contamos con la suerte de que alguien nos sugiera una consulta o de que algún docente vea que no estamos bien. De hecho, ya debería generar pánico lo que nos espera con el nivel de abandono escolar.

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Durante el juicio al Stayner asesino hubo alguien de su equipo de defensa que decidió poner la lupa sobre el historial familiar: generaciones enteras de alcoholismo, abusos sexuales de todo tipo y enfermedades mentales que pasaban de unos a otros. La propia vida de Stayner, por si quedaba alguna duda y necesitara repetirlo, atravesó distintos episodios que habrían tenido otro desenlace si se lo hubiera acompañado con tratamientos.

Pero aún hay algo mucho más incómodo y que ni siquiera el profuso documental abordó: ¿Cómo fue la infancia de Kenneth Parnell, el pederasta que encendió la mecha que detonó a toda la familia Stayner? Su padre desapareció y su madre se lo llevó a vivir con sus medios hermanos. A los 13 años, Parnell sufrió una violación por parte de un huésped de su madre. De allí en adelante pasó toda su infancia y adolescencia entre internados penales e instituciones psiquiátricas. ¿Lo de instituciones psiquiátricas es porque fue de vacaciones? A los 18 lo soltaron a la buena de Dios. Se casó, violó a un niño, fue preso, fue padre de una niña, la mujer lo dejó, volvió a casarse, tuvo otra niña, cayó preso por robo, la mujer lo dejó, raptó a Steven y a partir de ahí la historia es conocida por todo lo ocurrido después.

¿Cómo es que nadie registró el daño que podrían provocar en la mente de todos esos chicos y adultos, entre Parnell y los Stayner, los trastornos psiquiátricos? Lo hicieron, no hay forma de que no lo hayan registrado. ¿O acaso un adolescente termina en un psiquiátrico por abusar de la masturbación?

¿Cómo es que nadie brindó atención psicológica a esa familia durante los largos siete años que duró el calvario de la ausencia de Steven? Básicamente, porque la familia se negó a ventilar sus problemas ante “otras personas”. ¿Por qué nadie insistió o los persuadió? ¿Pudo más el estigma de que un psiquiatra atiende solo a locos de remate con chaleco de fuerza?

Para quienes crean que hay una excusa en la temporalidad, les cuento que los Estados que no hacían seguimientos en la década de 1950, 1970 0 1990, siguen sin hacerlo en la tercera década del siglo XXI.

La salud mental es la mayor pandemia del nuevo milenio. Literalmente. El último recuento estadístico de la OMS registró 260 millones de personas a nivel mundial con algún problema psiquiátrico. Y esa estadística cuenta con dos serios problemas. El primero es que está hecha con los casos verificados, o sea, de personas que fueron atendidas y diagnosticadas. El segundo es que el dato es de 2015. ¿Cuántos somos después de la pandemia?

Y abro una pregunta aún más polémica: ¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a que un loco no pague con prisión por un crimen aberrante? Porque esa es otra gran cuota de la hipocresía mundial: si existe un lugar inadecuado para un paciente psiquiátrico, ese es una cárcel. Y si existe un sector de la sociedad muy miedoso de la presión social, son los jueces que dictan sentencia a pedido de la opinión pública y no ajustados a derecho. Después de todo es la mismísima ley la que dice que los inimputables no pueden ser condenados.

¿Quién se la banca? No quiere decir que el criminal es «víctima de la sociedad». Lo hecho, hecho está y no tenemos la culpa porque no somos Dios. Hablo de cómo hacemos de ahora en más para prevenir, para no soltarle la mano al que no puede valerse del último recursos que debería perderse: nuestra mente.

Traje estas ideas porque hay un lado B tremendo en materia psiquiátrica. Siempre he hablado de la depresión y de cómo afectó al normal desarrollo de un individuo como yo e, increíblemente, ya son incontables la cantidad de personas que me escribieron con un “yo también”.

El lado B de la falta de políticas de Estado en el mundo hacia la salud mental es esta sociedad carnicera de otros humanos. No podíamos esperar otra cosa de sistemas en los que las pastillas psiquiátricas son un lujo que solo pueden darse personas de un poder adquisitivo por encima de la media. Hay prepagas que cubren hasta una cirugía plástica por año, pero las pastillas entran en el plan de descuento como si fueran un antibiótico y no un medicamento generalmente crónico.

¿El resto que se joda? No, el resto nos va a recordar el tema cuando se nos cruce en la calle y debamos rezar para que no se trate de una persona violenta sin control de sus emociones.

Para cerrar, podríamos aplicar una máxima liberal que hasta Sarmiento adaptó para dar a entender por qué había que educar a todo el mundo. Parafraseando al padre del aula: si no nos preocupamos por la salud mental por solidaridad, que al menos sea por egoísmo. Nunca sabremos qué habremos evitado que ocurra y eso debería bastarnos como premio.

Y si no nos importa, blanqueemos y apoyemos una ley para matar a los que tienen cura pero nos genera fatiga. Hagamos un blanqueo y ahorremos tiempos. Así no nos recuerdan que todos tenemos el mismo potencial de daño o locura, solo que todavía ninguna situación oprimió el botón “on”.

Nicolás Lucca

 

 

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