Demasiado Caliente
Hace poco más de un año, cansado de encontrar el auto destrozado, sin estéreo o roto porque sí, dejé de pagar el seguro al pedo y lo guardé. Mi circuito de movilidad no se vio gravemente modificado ni mucho menos, dado que vivir a escasos metros de una boca de subte tiene sus ventajas, y para el resto, un taxi no genera demasiado gasto, al menos no en comparación al costo del automóvil particular.
Este fin de semana que acaba de terminar, decidí salir a pasear por zona norte. A la hora del regreso pintó hacer una recorrida por el bajo porteño, por lo que pareció una buena idea tomar el tren a Retiro. La idea no resultó tan buena y a la segunda estación dos muchachos pensaron que mi celular es lindo y, sin pedir permiso, intentaron tomarlo como suyo. Sorprendido, hice fuerza sobre el mismo, pero evidentemente no estaban confundidos, querían mi celular. Y así fue que, sin mediar palabra, le pegaron una trompada en la cabeza a mi señora y, como al no medir consecuencias somos todos valientes, me trencé en un juego de manos con los dos muchachos que, lejos de empacharse con el dispositivo de telefonía móvil, también pretendieron la cartera de mi mujer. Y bueno, manos van, manos vienen, dos contra uno, la gente que gritaba pero no se metía y la policía que ni asomaba la gorra. 
Como la cobardía es moneda corriente en estos días y pegarle a una mujer es algo que deben hacer con la borrega con cinco críos que tienen en la casilla construída en la terraza de los padres, dieron por sentado que un elemento cortopunzante los haría más machitos y entraron a darme con una botella rota, para escándalo del resto de los pasajeros y desgracia de mi ya magullada cara. Lamentablemente, la policía llega en el momento justo en que los dos amigos de lo ajeno se tiran del tren. 
Como correr delincuentes ya no debe figurar entre las obligaciones de las fuerzas de seguridad, los gordos comepizzas dieron por sentado que no los alcanzarían y, obviamente, tampoco estaba la tarde como para hacer ejercicios aeróbicos «solo por un celular». La violencia física contra una mujer, en un acto cobarde por intentar amedrentar a la víctima de un robo, no es motivo suficiente para andar jugando al poliladron, y el hecho quedó ahí no más, ahí no más de que me agarre un aneurisma por la bronca.
Mientras mi señora intentaba frenarme las hemorragias con pañuelos descartables, el guarda me informa que en la siguiente estación podrían atenderme. Lamentablemente, la gente de Ferrovías supuso que mantener un servicio médico de guardia era al pedo, así que nos tuvimos que conformar con unas gasas y un frasquito de agua oxigenada que me alcanzó el guarda. Los agentes del orden, lejos de mostrarse sorprendidos, disimular, o al menos justificar el sueldo, se sentaron para hacer tiempo y ser relevados en la siguiente estación. 
Y así fue como un hermoso domingo de paseo familiar, finalizó con mi rostro tajeado, mi celular en manos ajenas, mi mujer golpeada y yo pobre pelotudo argentino que, aunque se plantó de manos sin medir las consecuencias en defensa de la mujer que ama, no daba abasto entre el consuelo a mi pareja, las llamadas para bloquear el teléfono y el recabo de datos para hacer la denuncia, todo mientras buscaba más elementos para secarme la sangre. 
En mi vida hice de todo por la curiosidad de conocer mundos que me son ajenos por cuestiones de entorno social. Viajé a colaborar con escuelas de frontera en el noroeste argentino, permanecí noches enteras en estaciones de tren por el sólo hecho de conocer profundamente a quienes trabajan cuando todos duermen, ayudé en comedores comunitarios, participé de jornadas en centros de rehabilitación, toqué la guitarra en el subte junto con un flaco que vive de eso, visité manicomios, asesoré jurídicamente a personas de bajos recursos, estuve en manifestaciones que no me representaban y hasta participé de un libro sobre políticas carcelarias, entre cientos de cosas que en este momento no consigo recordar. 
Sin embargo, nada me marcó más que haber trabajado en la justicia penal del conurbano bonaerense. Ni siquiera quien viva en el conurbano puede medir la crueldad y la bajeza de las acciones que el ser humano puede llegar a realizar. He visto cosas inenarrables, he presenciado situaciones inexplicables y he sido testigo de hechos difíciles de digerir. Y no me refiero al caso de algunos psicópatas o alienados que siempre existieron, sino a lo destruído que se encuentra el ejido social en lugares donde la delincuencia no es un factor social indeseable, sino un rasgo cultural bien visto, una forma de vida.
Hace unos catorce años, a León Arslanián se le encargó una reforma judicial que modernizara el anticuado sistema escrito y que le diera a la justicia bonaerense más agilidad y eficiencia frente al notorio avance del delito. A don León, garantista de saco y corbata que hablaba de las maravillas de su modelo mientras viajaba al trabajo con una dotación de custodios, se le ocurrió que la mejor manera de eliminar la delincuencia era imponer el sistema de algún país sin delito, y copió el modelo Suizo. Claro está que Ingeniero Budge, Villa Fiorito, Valentín Alsina, González Catán y Laferrere no se parecían demasiado a Zurich, Ginebra, Lucerna y Montreaux, pero desde entonces tendrían algo en común: un código garantista, una solución europea para los problemas del conurbano más pesado. 
Como las cosas se pueden destruir rápido, pero para hacerlas mierda hay que dedicarle más tiempo, a León le dieron una segunda oportunidad durante la gobernación de Felipe Solá, que tenía el upite fruncido por el asesinato de Kosteki y Santillán. Entonces, don León pensó que el sistema judicial suizo no daba pie con bola porque no tenía una fuerza policial que estuviera a la altura, así que puso manos a la obra y, en su loca cabecita, supuso que en las películas de Hollywood siempre le tienen respeto a esos machazos de uniforme. Y así fue como, decidido a poner a la bonaerense a la altura de la Policía de Nueva York, arrancó por lo elemental: le cambió los nombres a las jerarquías. Los monchos se cagarían de risa de los uniformados bonaerenses, sus sueldos seguirían por debajo de lo que cobraba el barrendero municipal, los patrulleros seguirían atados con alambre -literalmente- pero el placer de que al Comisario le digan Capitán, mejoraría la imagen de las fuerzas. Porque no es lo mismo decir Comisario Pérez, que Capitán Pérez. Tiene otra estirpe ¿Se entiende? Por las dudas que esto no alcanzara, mientras le daba apoyo a la bonarense, León creaba la Policía Bonaerense 2, un engendro con patrulleros de alta gama, decorados por un pintor con desprendimiento de retina, y que batió en pocos meses todos los records de gatillo fácil contra terceros.
Mientras tanto, los boludos cagatintas nos preguntábamos en qué mejoraría el sistema judicial, si de catorce Juzgados de Instrucción y cinco Fiscalías, pasamos a tener catorce Fiscalías de Instrucción y cinco Juzgados de Garantías. En las seccionales policiales no tuvieron tiempo de hacerse ese tipo de preguntas, dado que en la misma reforma estaba incluida la unificación de jerarquías y los muchachos de azul no sabían a cual de los tres Capitanes darle bola. Lo único realmente notable de toda esta movida fue que ya no recibíamos protestas en el juzgado: la gente estaba tan confundida sobre quién instruía un expediente y quién daba las órdenes, que democratizaron la protesta y empezaron a quemar las gomas en la puerta del edificio.
Como buen contreras, me conocía todas las villas del conurbano, pero vivía en Capital. Soy de los que decían «si pasás un turno en mi Juzgado, dejás de quejarte de la inseguridad porteña». Y era así, no más. Pero como no hay dos sin tres, y
Arslanián quería ser profeta en su tierra, desde hace poco menos de un año es una voz autorizada en el asesoramiento de Nilda. Ideas notables como vaciar de Gendarmes las fronteras y moverlos a la ciudad, ponerles camperas radiactivas a los Federales y generar choques por encandilamiento con las balizas de los nuevos patrulleros -la misma bosta de antes, pero con nueva decoración- fueron presentadas como medidas innovadoras para contrarrestar el avance de la inseguridad. Inseguridad que pasó de ser una mera sensación a convertirse en tema de campaña para que Filmus no sufriera tanto en las elecciones porteñas, pero que volvió a ser la nada misma luego del triunfo de Macri.
Nada cambió, más allá de sacar las placas de los caídos en cumplimiento del deber en actos subversivos. Se sigue recaudando con los supermercados chinos, los desarmaderos clandestinos, los puticlubs y el trato preferencial con la seguridad para los comerciantes que pongan un mango. La calle Libertad sigue siendo el paraíso de lo choreado, el centro sigue empapelado con publicidades de puteríos clandestinos -con dirección, número de teléfono y hasta mapa para llegar- los puesteros aún venden mercadería trucha mientras el poli toma mate con ellos y la Superintendencia de Seguridad Ferroviaria sigue siendo el lugar donde mandan a los «indeseables» para mostrarles la puerta de salida. Estos son, en definitiva, quienes debieron garantizarnos que nuestra incursión por los ferrocarriles urbanos un domingo a la tarde, no finalizara con un robo violento, mi mujer golpeada y mi rostro herido con una botella rota…todo a cambio de un celular de mierda.
Los muchachos amigos de lo ajeno, a quienes según la progresía debería haberles entregado todo el producto de mi laburo, además de pedirles disculpas por formar parte de ese sector de la sociedad que los marginó y los obligó a delinquir -a pesar que de mis impuestos salen todos los servicios que disfrutan gratarola- no sufrirán ninguna consecuencia, más allá de alguna contusión, moretón o chichón producido por mis manos. Y está bien que así sea, dado que no vamos a cambiar las cosas por culpa de un inconformista que cree en la propiedad privada, el respeto al prójimo y la cultura del trabajo para adquirir lo que uno desea. 
Casi tres décadas de conservadurismo culposo, han llevado la marginalidad a límites difíciles de dimensionar. Hace un tiempo, veíamos a la generación que había crecido sin ver trabajar a sus padres. Hoy, también tienen hijos, pero estos han crecido con la justicia de su lado, las fuerzas policiales sin ganas de combatirlos al pedo y el Estado proteccionista que los quiere tanto que los conserva así, impolutos, confiados en que deben pelear por conseguir lo que quieren, sea con una botella rota, pegándole a una mujer, fajando a un anciano indefenso en su casa, o metiéndole un corchazo a la panza de una embarazada. 
Llámenme extremista o digan lo que quieran, que hoy todo me resbala. Lo único que les pido es que no vengan con la gansada de las políticas de inclusión, la educación y toda la sarasa progresista que puedan llegar a decir. La inmensa mayoría de nosotros somos hijos o nietos de inmigrantes, que vinieron expulsados de sus países por la insatisfacción de sus necesidades básicas, que vivieron sus primeros años en Argentina marginados por ser tanos brutos, gallegos ignorantes o judíos muertos de hambre, y sin embargo salieron adelante con el sudor de sus propios culos, sin resentimiento ni rencores para con el resto de la sociedad.
El discurso progre, déjenlo para una charla sobre «la Argentina que queremos» en el auditorio de la UBA. Quienes conocemos el submundo de la marginalidad sabemos que son misóginos en extremo, a la noviecita la presentan como «mi señora» aunque tengan catorce años, dejar embarazada a una mina es marcar territorio, mantener al pibe es una obligación del Estado y el metro patrón para medir el orden de prioridades en la vida, es un ciclomotor con el escape libre.
Lunes. Al menos Boquita es puntero. Algo es algo.