Desanimados y en cadena
La nueva moda es la sonrisa. No es que no hayan probado con eso de mostrarse como la buena onda frente al resto del país, los amargados, pero la Presi está cerca de quedar con contractura facial. Quizás fue que le dieron algún relajante, tal vez le compraron un colchón nuevo o, sencillamente, leyó las últimas encuestas que decían que, en pleno conflicto por el pago de los aguinaldos, Scioli subía en imagen positiva mientras que la de la Cris descendía. Lo cierto es que, el jueves pasado, la Presi se mostró más contenta que Diana Conti suelta en una bodega. Exultante, montó todo un operativo mediático para aparecer sonriendo al lado del Gobernador bonaerense luego de habilitarle 600 palitos de la Anses en concepto de préstamo. Cris aprovechó la ocasión para hablar de sus anécdotas en Bolivia, como si hubiera ido en plan de turismo aventura, y de paso nos contó que con Brasil ya no tenemos una relación de disputa comercial, sino una de mutuo apoyo y colaboración para el crecimiento. Mientras Scioli la miraba como Michael Douglas a Glenn Close, la Presi aprovechaba una exposición en materia de lo que ella denomina «soberanía hidrocarburífera y autoabastecimiento» para informarnos que el viaje a Evolandia fue un éxito, que a partir de ahora importaremos todavía más gas y que podremos reducir un poquitito las importaciones de gasoil. Un hitazo del modelo.

Ante la necesidad de mostrar gestión -si hay miseria, que no se note- anunció que abrió un sobre para inaugurar de modo simbólico un llamado a licitación. Si, denserio. La mentada obra consistiría en una escuela que se sumaría a otras 23 a licitarse proximamente. En medio de la emoción de los burritos de la patria, acto seguido las dio por inaugaradas sólo por tener la intención de, si pinta, construirlas. Y todo en el mismo párrafo. Con esta perspectiva, no resultó extraño que dijera que nunca en la historia de Argentina los jubilados fueron tratados como durante su gobierno, con la excepción de «los dos primeros justicialistas». Al tercer gobierno de Perón no lo nombra, pero no porque se trate del gobierno en el que el General manifestó su disconformidad con que el Estado perpetúe el monopolio previsional, dado que difícilmente lo sepa. No lo nombra porque, al negarlo, se ahorra dar muchas explicaciones. En definitiva, tiene razón en eso de que ningún gobierno trató a los jubilados como el de Cristina. Cavallo al menos les pedía disculpas a Norma Plá y amigos. Cristina los trata de viejos amarretes.
Otro punto en el que tampoco hay mucha diferencia es con el sindicalismo amiguero, esos que no tienen drama en sentarse a jugar al truco con el gobernante de turno, sea en Campo de Mayo, en Villa Marteli o en la Rosada. A ella le gusta que el movimiento obrero organizado esté unido. Unido y organizado, como menciona cada vez que puede desde que el nuevo eslogan oficialista se hizo carne en los militantes facebookeros. Los muchachos de los gremios le hicieron caso y, viendo como venía el paño, ya están negociando con Moyano, pidiendo pista para volver. Tiene lógica: si por decirle que sí a Cristina, el gobierno les paga quitándole el control del APE a Viviani y reventando la caja mágica de los subsidios de la UTA, a Moyano lo ven como a un adonis pacifista, un pater familias bondadoso y generoso.
Ayer, la Diosa se sintió muy dadivosa y, como siempre que está generosa, repartió de la ajena: en la inauguración de una línea de producción de electrodomésticos, pidió que se sorteen los productos que estaban en exhibición para que «los que hinchaban con el cierre de las importaciones, ahí tengan». Luego de utilizar el ejemplo de esa misma fábrica de 800 trabajadores para responder «a los que dicen que acá no hay producción», le pegó a Prat Gay y a Hernán Pérez -o Martín Redrado, o Hernán Martín Pérez Redrado- por estar «enfermos de importancia» al pretender arrogarse políticas económicas que no fueron tales. Yo creo que a Redrado hay que hacerle un monumento por sobrevivir varias semanas durmiendo en el sillón de la oficina, con la exmujer rompiéndole las tarlipes y sabiendo que Luly Salazar lo esperaba en tanga -hacía frío y no se quería engripar-, sobreviviendo a fuerza de delívery -generalmente pizzas, lo único que pasaba por debajo de la puerta del despacho- y con una sola corbata.

Pero el delirio no se quedó ahí: acusó a los españoles de haber invadido muchos países y que ahora están intervenidos por el FMI, que reprimen a los que reclaman porque tienen que tapar los negociados que llevan adelante y que ella no está en la Rosada para sentarse a ver cómo pasan las cosas. Todo junto y rodeada de lavarropas, heladeras y, lo que es lo mismo, funcionarios. Para ponerle onda, en otro pasaje charló con una joven pareja de laburantes en plena inauguración de una fábrica de cosméticos de Berazategui y le preguntó a uno de los chicos si él era el que le llenaba el pomo a la compañera. Ni una diva total, ni una mujer fatal, es Cristina, es siempre igual. 
Mientras todo esto pasa, quienes deberían ser la oposición natural, se encuentran retraídos, al borde del ostracismo, austenes en su mayoría o presentando medidas tan alegres como la genial idea de la diputada Laura Alonso, que propone que se elimine la Cadena Nacional por ley. En este punto, creo que tengo la autoridad moral suficiente para opinar al respecto, dado que me fumo en pipa cada discursete: la Cadena Nacional es un mecanismo institucional necesario y valedero. El hecho de que la Presi haga uso y abuso de la misma para canalizar sus necesidades de atención, no implica que deba suprimírsela. Si vamos al caso, a la Constitución Nacional se la pasan por donde no pega el sol, y no por ello estamos pensando en pasarla a mejor vida.

Hoy la oposición real sale de la fábrica del gobierno. Hoy la verdadera oposición somos los que seguimos resistiendo desde nuestros lugares, hablando boludeces -como en mi caso- protestando en la cola del banco o puteando en el taxi, haciendo campaña desde nuestros lugares. ¿Por quién? Eso va en cada uno, lo que sí sabemos es por quién no. Mientras quienes están cobrando un buen sueldo sienten que libran un combate abierto por mostrar un índice paralelo de medición inflacionaria -que ya a nadie le importa- los que los votamos nos hemos convertido en los verdaderos opositores, ante la ausencia manifiesta -sea por cagazo, por connivencia o, sencillamente, por incapacidad- de quienes creen que tienen lo que hay que tener para gobernar el país. En un contexto político sano, con opositores con cojones, un sindicalista no sería el único que se le atreve al gobierno. En el barrio les llamamos cagones. Ahora, por una cuestión de decencia, decoro y respeto a las investiduras, sencillamente les decimos señores cagones.

Pero Cris no discrimina y la cagada a pedos también forma parte de algún plan «para todos y todas». Nos mete en la misma bolsa y nos nombra como “el club del desánimo”, lo que es una definición más que interesante a la hora de analizar el fenómeno del desarrollo kirchnerista. Porque resulta ser, estimado lector, que existe una definición en materia de economía política que ha sufrido numerosas variaciones en su nombre, pero que conserva el mismo concepto despreciable. A quienes califican para ese rubro, se los ha llamado históricamente como desanima
dos. El nombre cambió en los tiempos del desempleo del último menemismo a “inactivos”. En ambos casos, el nombre refería a aquel sector poblacional con las capacidades y habilidades necesarias para ser económicamente activos y que, por distintas razones, no estaban en la búsqueda activa de empleo.
Esta definición, obviamente, excluía a jubilados –aunque quisieran laburar para llegar vivos a fin de mes- a los estudiantes –aunque buscaran desesperadamente laburo para bancarse los estudios lejos o cerca del hogar- y a las amas de casa. El concepto era necesario para separar de las mediciones de desempleo a quienes vivían de rentas o a los crotos, pero precisamente por ello es que resultaba –a veces- polémico. Ejemplo: A Juan le llega el telegrama de despido un viernes. El lunes, a las seis de la matina, ya está bañado, afeitado y bien vestido yendo a golpear las puertas de viejos conocidos. Al finalizar el mes, no pasa naranja y se gastó una buena moneda en viáticos al pedo. El siguiente mes, Juan sale con los avisos clasificados a buscar laburo. No pasa una goma y a los viáticos le sumó el gasto en periódicos. Algo cansado, imprime una veintena de currículos para tirar en las recepciones de diferentes empresas. No sólo no pasa uán sino que se gastó unos buenos morlacos en impresiones al cuete. Finalmente, no sólo no encontró laburo sino que, encima, tiene que lidiar con las bolsas de empleo online que le ofrecen empleos de tester humano de pruebas radiactivas, el turno de 0 a 9 del puterío de Villa Diamante, o mula para la agrupación La Medellín, con viáticos Buenos Aires-Madrid incluidos (abogados por cuenta separada). Es lógico que, al quedarse con tres chauchas y dos palitos, decida guardarse lo poco que resta para paliar lo que seguramente será una dura temporada. Juan ya no busca empleo, aunque para el sistema de medición, puede seguir en la búsqueda activa, sólo le resta aprender telepatía y conseguir una casa de cambio que le cambie chauchas por monedas para el bondi. Juan perdió el ánimo de buscar laburo. Juan es un desanimado, pero no un desempleado. 

Propio de quienes vienen a traernos la alegría de vivir, el kirchnerismo entendió que este sistema de medición estaba obsoleto y que no reflejaba para nada esta nueva argentina en la que todo es tan subjetivo que existen dos formas de ver cada cosa: dos cotizaciones del dólar, dos mediciones de la inflación, dos estadísticas de pobreza y dos realidades, una realidad paralela y una realidad real realista. El concepto de inactivo daba muy menemista y hasta pintaba a vagancia, y la vagancia está reservada a la militancia –se ve que lo relacionaron por cuestiones lingüísticas- pero tampoco daba como para quedarse con un concepto tan vintage como “desanimado”. Desanimado da a tristón y acá todos somos felices, incluso los que se cagan de hambre. Y como la onda venía de ponerle nombres raros a las cosas –recomiendo investigar conceptos como “ley de soberanía hidrocarburífera” o “modelo de crecimiento con inclusión social y redistribución de la riqueza con base en matriz diversificada”- la nueva forma de chamuyar en materia de desempleo no se podía quedar atrás. Dentro de la Población Económicamente Activa, se separa a los desocupados disponibles que no buscaron empleo. A esto se resta que los económicamente no activos incluyen a los desocupados “desalentados” –los que se cansaron de buscar laburo- los “inactivos marginales” –que no buscan porque hay poco laburo (¿?) y los “inactivos típicos”, que son los que no buscan laburo porque no quieren, como mi amigo Ernesto. El resto, encuadra en las definiciones de siempre: jubilados, estudiantes, amas de casa, rentistas, discapacitados y pensionados. Pero claro, cuestionar este tipo de situaciones nos llevaría a que nos amenacen con una nueva «batalla cultural» para cambiarnos la costumbre de llamar a las cosas por su nombre.

Los gobiernos de Néstor y Cristina siempre que se le encarajinaban las cosas, la encararon para el lado de “la batalla cultural”, encarando un concepto tan extraño como lo es suponer que toda una cultura está equivocada y que ellos vienen a marcarnos el nuevo rumbo. Entre sus notables triunfos sobresale que un grupete de exfrepasistas, exalfonsinistas, exmenemistas, exliberales y eternos progres llamen gorilas a los viejos peronistas, o que el movimiento obrero organizado sea la nueva oligarquía. Como colocar a Lorenzo Miguel y a Rucci en el mismo estante que Videla no alcanzó, la batalla cultural la encararon para el lado de qué es nacional y popular y qué no, generando conceptos tan extremos que llevan a afirmar que un programa de televisión con 3 puntos de rating –de los cuales más de la mitad pertenece a neogorilas que lo sintonizan sólo para divertirse, como yo- sea considerado “popular” y que el pueblo ama a Cristina sólo porque tres de cada diez ciudadanos habilitados para votar metieron la boleta de la Presi hace más de 10 meses. 

La última batalla cultural encarada por el oficialismo se da en el terreno del dólar, lo que no hay que confundir con batallar el consumo. Le explico: el gobierno quiere y desea que usted gaste y gaste y gaste, porque cree que la riqueza no se genera, sino que se redistribuye. O sea, usted gasta, ese dinero entra al Estado, de lo que quede de la repartija va a obra pública y distintos planes, y con la impresión de billetes sin respaldo usted sigue meta gastar. Y los precios suben. Y usted busca refugiarse en el dólar. Y el Gobierno se lo impide. Lo curioso es que el Gobierno pretende que usted no compre verdes bajo el argumento de que “hay que cambiar la cultura del dólar”, a pesar de que la mayoría del consumo se mide en dólares. Entonces, la batalla cultural para combatir al dólar se suma a la batalla cultural del compre argentino, restringiendo las importaciones. Para esta batalla cultural, vale todo. Si no consigue respuestos para la Gillete, rescate los ejemplares de Legión Extranjera que sobrevivieron a sus épocas de colimba: acá no se fabrica nada, pero eso no es motivo para que usted le haga el juego a las potencias extranjeras que pretenden colonizarnos culturalmente usando las armas de los productos de primera, segunda y tercera necesidad.

La próxima batalla cultural se dará en el futuro, cuando tengamos que reivindicar nuestra teoría de que para progresar hay que laburar y que el Estado está para igualarnos las oportunidades, no para ser socio 50-50 de nuestros ingresos. Ahí sí que va a estar peliagudo el tema, cuando haya que convencer a nuestros amigos, parientes, vecinos y eventuales transeúntes que lo ideal no es precisamente lo normal, que vivir encerrados, dar tres vueltas manzanas antes de entrar a casa o diagramar un cronograma de arribo para poder salir a laburar o a morfetear un asado, no son cosas que tengamos que seguir tolerando. Va ser jodido reeducar a los que vivieron de la teta del Estado los últimos años, pero más jodido va a ser convencernos de que no tenemos por qué acostumbrarnos a ver familias durmiendo en la calle y que no tenemos por qué pedir permiso para usar nuestro dinero bien habido en lo que se nos cante el ojete. Y la lucha será larga, porque después de eso tendremos que batallar por aquellos detalles de los que ya nos olvidamos: que la escuela privada era una opción familiar y no una mera garantía de aprendizaje, que el trabajo no era un castigo ni una necesidad, sino un requisito para recibirse de persona, que a los Presidentes se los respeta porque se lo ganaron y no porque sí, y que a
los amigos no se les pide carnet de afiliación partidaria ni se les pregunta a quién votaron como requisito para sentarse en la mesa.

Yo le sumaría una batalla para que se pongan las pilas, se dejen de joder con la cerveza sin alcohol y fabriquen una que no engorde, pero no quiero resultar egoísta.

Martes. No me desaniméis.