Divagues
Permítame una foto para empezar a buscar a su hermano inmediatamente, señorita. Ah, no tiene una encima. Bueno, sí, sería de gran ayuda si nos puede traer una de su casa inmediatamente. Mientras tanto, si me efectúa una breve descripción así voy pasándolo por radio. Si, atención. Se busca a masculino, de 19 años de edad, contextura delgada, mediana estatura. ¿Eh? ¿Cejas depiladas? Ropa varios talles más grandes. Piercings en la boca y en la ceja. Cabeza a medio rapar con un corte tipo felpudo en la parte superior. El sujeto es gangoso al hablar, y camina desgarbadamente, como si tuviera joroba. Boca abierta hasta cuando no habla. ¿QSL? No, Gutiérrez, no me traiga a toda la plaza junta, con que…sí, entiendo, Gutiérrez…ahá…sí, tiene razón… Bueno, señorita, lamento informarle que estamos en un problema. Oiga, no, no es que no querramos trabajar, pero si vamos a demorar a todos los que portan este rostro, se visten de este modo y caminan y hablan como usted lo describió, tendríamos que parar al 21% de la población total de Argentina y no tenemos tantos uniformados para eso.
Desde hace ya varias décadas, la pobreza ha ingresado en un camino irrefrenable en su ascenso social hasta ocupar el lugar central de nuestra sociedad. No salió como se esperaba, no mejoraron en su status, pero hoy los tenemos asimilados y ya no los miramos con temor a terminar como ellos. Puede que los veamos con cagazo a que nos hagan algo, pero no pasa de ahí. No habrá salido como soñábamos hace varios lustros -allá cuando el desempleo era de sólo el 2,3%- pero algo es algo. 
En aquellos tiempos arcaicos de pleno empleo, trabajar no era un derecho, sino un deber. La educación era una joyita, con algunas fallas, claramente -si tenemos una mujer de 60 pirulos que dice hachedoscero, evidentemente ya había fábrica de burros en aquel entonces- pero que permitía que cualquier hijo de vecino pudiera acceder a unas aulas donde les enseñaban las materias básicas que hacían a la cultura general -de antaño- y hasta les explicaban como prevenir enfermedades en higiene y puericultura. La salud pública era precisamente eso: salud y pública. No existía nada en una clínica privada que no tuviera el hospital público más cercano. Obviamente, la asistencia social por parte del Estado era un derecho, y no una obligación.
La sentencia menemista «siempre hubo pobres» fue un certificado de defunción a la búsqueda de la supresión de la pobreza. Es cierto que siempre hubo pobres, pero también cáncer, y sin embargo no me imagino que se suspendan las investigaciones para hallar una cura. Pero las afirmaciones son propias en tiempo y espacio. Por aquel entonces, a la sociedad -hablo genéricamente- le importaba un pepinazo si había o no pobres. Siempre los hubo y, probablemente, siempre los habrá. Pero de ahí a bajar los brazos, hay un largo trecho. Sin embargo, en la década del ´90 ocurrió un evento del que, algún día, la sociología tendrá que hacerse eco: tuvo inicio la cultura de la marginalidad. 
Algunas décadas antes, los informes económicos sobre los estratos sociales no medían a la clase baja, dado que no la registraban como tal. Estaban la clase alta, la clase media y los trabajadores. El sueño generalizado -lo que podríamos llamar «The Argentinian Dream»- era promisorio para cualquier tano recién bajado del barco: ellos llegaron, trabajaron, tuvieron su casa y educaron a sus hijos, que en muchos casos llegaron a profesionales y se colocaron en la clase media o alta. Golazo de media cancha. ¿En qué otro país se podía conseguir eso sólo de una generación a la siguiente?
Los años fueron pasando, los gobiernos se sucedieron, los golpes de Estado se hicieron costumbre, pero con o sin inflación, con o sin abastecimiento, con o sin dólar bajo, con o sin democracia, la posibilidad de subir en la escala social seguía vigente. Creo yo que el mayor daño que dejó la última dictadura militar no fue el aniquilamiento de los subversivos perejiles en complicidad con sus mandamases europeizados, y de todo lo que se pareciera a un subversivo, aunque no lo fuera ni por error. Además de matar gente la dictadura destrozó -literalmente y a mucha consciencia- el aparato productivo argentino construido durante muchas décadas. Y el resultado comenzó a verse ya en el gobierno de Galtieri, cuando la desocupación y la pobreza dejaron sus cómodos lugares bajo el 5% para nunca más volver. 

La primavera alfonsinista sobrevivió a los planteos militares, al Plan Austral, a La Tablada y al Coti Nosiglia. Sin embargo, no sobrevivió al Plan Primavera, y la hiperinflación hizo el resto para que el país llegara al 8% de desocupación y un 47% de pobreza. La convertibilidad de Cavallo y Menem apareció como cura milagrosa. La extinción inmediata de la inflación y la reducción de la pobreza a niveles no vistos desde 1977 fueron mérito más que suficiente para que hasta el Diego llevara una remera con la leyenda «gracias Mingo» y la mayoría del arco político abrazara al justicialismo neoliberal. Como todo lo bueno no puede durar, la pobreza empezó a subir, el desempleo también, y se cruzó la barrera de los dos dígitos, llegando a un inédito 17% en 1996, para luego bajar a donde más cómodo se sentía, alrededor del 13%. El gobierno de De La Rúa no tuvo mayores cambios en el ascenso de la pobreza-desempleo, y el estallido -con su posterior devaluación- nos colocó en un precioso 53% de argentinos que no alcanzaba a cubrir la canasta familiar, y un nada envidiable 21% de compatriotas sin laburo. 
La pseudobonanza que afloró en el país de la mano de la soja y el tipo cambiario, fueron reduciendo los índices de pobreza hacia el 23% en el primer trimestre de 2007 y la desocupación hacia un 9,8% en el mismo período. Lo que vino después no puedo tenerlo en cuenta dado que, luego de un segundo trimestre con ascenso de la desocupación -que volvió a cruzar los dos dígitos- el Indec fue intervenido. Sin embargo, los índices de desocupación -nobleza obliga- son los más bajos de los últimos 15 años. 

Pero como los números no siempre reflejan la realidad como corresponde, cabe aclarar que la desocupación del 15% de los últimos años de la convertibilidad, comprendían a una población de desempleo estacionario. Gran parte de quienes integraban ese porcentaje eran desempleados por poco tiempo, empleados por otro poco tiempo, desempleados por poco tiempo, y así. La desocupación de estos últimos años es, lamentablemente, estructural, lo que quiere decir que gran parte de los desocupados no consiguen trabajo desde hace años o nunca lo tuvieron. Y esto, estimados chichipíos, es lo más grave, dado que contribuye y nutre la cultura de la marginalidad.
La marginalidad fue un factor social por años, un componente minoritario que estaba al margen de aquella sociedad de ascendencia social, o sea, sin integrarse, sea por desempleo, pobreza, ilegalidad, o lo que fuere. Ser pobre no significaba ser marginal. A fines del siglo pasado, las clases media y alta empezaron a hacerse eco de los gustos de las clases bajas. En las fiestas de la Quinta de Olivos se bailaba al ritmo de Comanche, La Ventanita de Grupo Sombras alegraba cualquier casamiento de la High Society argenta, y en la televisión abierta pasaban tardes enteras de grupos cuyas le
tras no calificaban para pasar el primer filtro del Comfer. De a poco, las canciones llamando a matar un rati, a aspirar poxirán y salir de caño, empezaron a ser cantadas por todos los jóvenes, tuvieran el poder adquisitivo que tuvieran. Así no fue de extrañar que viéramos pasar un auto con quince lucas de tuneado encima, con Pibes Chorros a todo volumen. 
En un increíble proceso de años, de a poquito fuimos asimilando a la pobreza como algo normal y nutriéndonos de su cultura. La globalización también hizo lo suyo y los adolescentes del pobrerío urbano empezaron a adquirir gustos más sofisticados en cuestiones de indumentaria: zapatillas de 150 dólares, remeras de equipos que no conocen que practican deportes que ni saben que existen, celulares, reproductores de mp3, etcéteras. Obviamente, esta clase de gustos tienen su precio, difícil de pagar si se pertenece a ese porcentaje que no alcanza a cubrir la canasta familiar. 
Como el trabajo ya les resulta extraño -la desocupación estructural lleva a que un pibe que hoy tiene unos 16 años no haya visto laburar nunca a sus viejos- el caldo de cultivo para la delincuencia esta disponible para cualquiera. La falta de contención social -hoy confundida con mero asistencialismo- lleva a que se desee lo que el otro consume, se odie al que tiene lo que uno no tiene, y se acceda a ese producto por la fuerza, porque así se desea, porque sí. No es una cuestión de educación, es una cuestión cultural en el mayor de sus significados. Así lo aprendieron, así lo mamaron, así lo creyeron correcto. 
Las actitudes adoptadas por los gobiernos que capearon las distintas crisis de las últimas décadas, hizo lo suficiente para que la marginalidad se afiance. Después de cada hecatombe económica, el ejido social tuvo cada vez menos fuerza de reflote y así lo vimos en 2002, donde las calles parecían Haití y las líneas ferroviarias dispusieron trenes fantasmas para transportar a los cartoneros de la patria. Lamentablemente, el ejido social de los sectores más pobres hoy no tiene -ni a palos- la fuerza suficiente para salir a flote, ni las ganas tampoco. Y el Estado no hace mucho por ello.
Hoy el pobre es pobre porque sí. Se entiende que siempre existió, que tiene una cultura propia que hay que respetar y el gobierno debe garantizar los recursos necesarios para su supervivencia, no para su progreso. Aman tanto a los pobres que los quieren así, bien pobres, bien urbanos y dependientes de la teta del Estado. La culpa también hace lo suyo y ante cada derecho exigido, nadie se atreve, siquiera, a exigir el cumplimiento de una obligación. Lo que se quiere se obtiene, así sea una clara necesidad como un bolsón de alimentos o un mero capricho, como una vivienda gratis en un buen barrio porteño. Así como los «pobres» de antaño llegaban al puerto e iban a parar algún recóndito lugar para construir su vivienda -a unas dos mil veinte leguas marinas de sus casas- los de hoy no tienen ganas de tanto esfuerzo. La cultura marginal -urbana, como ya dijimos- no quiere vivir donde pueda progresar, sino donde pueda estar más cómoda en el regazo del Estado al que desprecia.  
Los políticos de cualquier partido sienten pánico por quedar mal ante una sociedad que reclama reglas claras, aunque lo haga cada vez menos y ahora se limite a exigir orden cuando una horda ocupa un parque público. La búsqueda de diálogo y consenso ha desplazado abiertamente al mero cumplimiento de la ley, y el monopolio represivo del Estado -una de las cosas para las que fue creado- hoy es visto como «volver a la dictadura». Las leyes pretendidamente inclusivas son aplicadas de forma asistencialista y discrecionalmente. La exigencia de paliativos para necesidades les da pavor a muchos y salen corriendo a buscar la forma más rápida de solucionar el reclamo de los que no producen, a costas de los que sí lo hacen. Buscar el ideal de una progresiva inclusión real no da, y si se hiciera, los resultados recién se verían a largo plazo, en otro gobierno. Por lo pronto se justifica cualquier exceso del sector bajo como una reacción ante la ostentación de los que más tienen, como si hablar por celular en avenida Rivadavia estuviera a la altura de comer langosta en Ciudad Oculta. La falta de educación es otro de los caballitos de batalla de quienes están en el poder desde antes que Dios hiciera la luz. Lamentablemente, no pueden darse cuenta que lo que queda de la sociedad argentina fue construida sobre una base inmigrante, pobre, analfabeta y plena de necesidades, pero con la cultura del trabajo tatuada. Ante cada expresión de bronca de quien fue víctima de un ilícito es cada vez más común ver que sale algún culposo a colocar a la víctima en un rol de victimario odioso hacia quien no tuvo las mismas oportunidades.
La cultura de la marginalidad llenó el vacío producido por la desaparición de la cultura del trabajo, cuya ausencia afecta a todos los sectores de la sociedad. Es más común ver a un pibe de veinticinco años rascándose el higo o haciendo que labura, que a uno que se desloma por progresar. Los de clase media para arriba saben que tienen el respaldo de los padres en caso de que les den un puntapié en el upite por no mover el amperímetro laboral. El techo lo tienen garantizado y la vivienda propia algún día llegará, probablemente, en la sucesión de bienes.
A muchos se los puede ver en cualquier plaza del conurbano profundo, un día cualquiera a altas horas de la noche, o en las esquinas de cualquier barrio de Buenos Aires. Tienen su auto -comprado con plata familiar, obviamente- o su motito con parlantes -minicuotas Ribeiro todo lo puede-, no trabajan, no estudian. Alguna vez hicieron una changa y sintieron que ya estaban para jubilarse. Hacen culto de la moda marginal del momento, adoptan sus modismos al hablar, sus gestos y se visten todos con distintas variantes del mismo uniforme.

Sinceramente, creo que a esta altura cualquier tipo de paleativo queda corto. Generar empleo en una sociedad que no sabe para qué sirve trabajar, no tiene sentido. Dar derechos ante cada necesidad sin exigir una contraprestación -por más simbólica que sea- sólo genera más necesidades -nuevas, más caras- a cubrir. Quizá sea hora de plantear un cambio cultural serio, antes que el choque de civilizaciones sea irreversible. Tal vez sea el momento de buscar la forma de reformular las cosas y que las nuevas generaciones pudientes entiendan que a papi no compró la casa con el premio del Quini 6 y que por algo los abuelos eran pobres. En una de esas, sea el momento de intentar algún modo de que las generaciones venideras menos pudientes entiendan que los que tienen algo, no se lo robaron a nadie. Tal vez sea hora de dejar de añorar orgullos pasados y repetirlos.

Viernes. Tal vez sea hora de que me ponga a laburar…nah, es viernes.