Educación Cínica

Ahora que Alberto Fernández salió a recorrer el mundo mientras Kicillof incinera las expectativas económicas casi con el mismo poder de daño que tenía cuando era ministro, nos encontramos con las primeras fisuras discursivas. No es que antes no las hubiera, pero en las últimas semanas las diferencias comenzaron a notarse dentro del espacio del oficialismo.

Un Fernández que se niega a asistir a Kichi bajo un argumento lógico –también debería asistir al resto de las provincias de este sistema centralista que se dice federal–, un gobernador bonaerense que no logra asimilar que no hay preferencia hacia él. Y eso que habla directamente con Cristina y sabe enojarse como un campeón. Si esta ecuación se da en las altas esferas, imaginemos lo que puede quedar para el resto de la administración. Ahí lo tienen a Lanziani yendo a llorarle a Cristina porque su jefe no le da pelota. Sigue sin darle pelota.

Mientras Alberto celebra haber sumado a Guzman a la gira para tener alguien que hable inglés, antes de partir dejó un decreto firmado para que nos entretengamos. Así, a la medianoche de un miércoles, nos encontramos con que Aníbal Fernández fue designado interventor en Yacimientos Carboníferos Río Turbio, lugar picante si los hay: uno de los dos exministros de Cristina presos por sus acciones como ministro se encuentra privado de su libertad por una causa surgida de ese yacimiento.

La profesión elegida a la hora de designar un funcionario puede dar a entender la prioridad que una dependencia tiene para el Presidente y el perfil que quiere darle a la misma. Por ejemplo, Macri puso a Bergman en Medio Ambiente y todos sabemos que un egresado de Farmacia y Bioquímica no sería la primera opción a elegir. Que los resultados mostrables sean las obras de la cuenca Matanza-Riachuelo, escapa a la gestión de Bergman. Apostando a las energías verdes, podría decirse que el expresidente demostró su poco interés por las tradiciones al dejar en la subsecretaría de Energía Nuclear al funcionario que había quedado del cristinismo: un sociólogo.

Lejos se encuentra el espacio de Fernández de ser la excepción. La designación de Cabandié en Ambiente demuestra que la idea de políticas para el área están en el furgón de cola de las prioridades. El caso de Sabina Frederic puede resultar emblemático: antropóloga social proveniente del CELS. ¿Hace falta explicar qué perfil se pretende de las políticas del área? Una de las medidas diferenciadoras de la gestión anterior fue quitarle a la Policía de Seguridad Aeroportuaria la posibilidad de portar armas fuera del horario de servicio. La ministra debería agradecer que el estatuto le impidió hacer lo mismo con la Federal: el robo del banco de Isidro Casanova tuvo un intento de resistencia gracias a que un tipo que estaba haciendo la cola era un policía fuera de servicio y armado.

Que se haya nombrado a Aníbal Fernández en YCRT es todo un tema, dado que el funcionario todo terreno no es ni ingeniero, ni especialista en el área: es contador y abogado. ¿Qué perfil pretenden para el yacimiento que se convirtió en uno de los emblemas de las investigaciones por corrupción? Los juicios iniciados por las maniobras investigadas se celebrarán en los próximos meses y cubren un período que va desde enero de 2008 hasta diciembre de 2015. Y De Vido siempre se quejó de que le soltaron la mano.

Lo interesante del nombramiento de Aníbal Fernández es que opacó el de su tocayo Ibarra, que fue asignado al directorio del Banco Central. La pregunta es idéntica para ambos Aníbales: ¿No había otra opción que un abogado para el Central y un ex jefe del denunciado para intervenir al denunciante?

Pareciera que no está bien visto señalar cualquiera de estas cosas dado que comienzan los boludeos: “pero Gonzalito no tenía el título secundario y ocupó un cargo en el ministerio de Alfajores”. Luego de que uno remarque que cometer el mismo error no es justificativo para el error que se está cometiendo, viene la pelotudez de «pero de Cachito no dijiste nada», como si hiciera falta ir por la vida con todo lo escrito y dicho sobre cada cosa que abordamos. Finalmente viene el infalible clásico de la Argentina de los últimos lustros: “y si no te gusta, armá un partido y ganá las elecciones”. Y pocas cosas me secan más las gónadas que tremenda brutalidad anti derechos cívicos elementales. Más cuando uno fue sutil: los actuales ministros estrellas Felipe Solá y Daniel Arroyo -por ejemplo- trataron de narco al flamante interventor en un spot de 2015.

Más de una vez hemos abordado desde estas líneas el temita de la falta de educación cívica promedio de buena parte de la ciudadanía argentina en condiciones de votar.

No creo que existan estadísticas, y no quiero avivar a ningún consultor, pero estoy seguro de que pocas cosas han hecho tanto daño al debate político como la frase «armen un partido y ganen elecciones».

El enunciado original reza «si quieren tomar decisiones de gobierno formen un partido y ganen las elecciones» y fue esbozado por Cristina Fernández por Cadena Nacional luego de que el grupo Techint se quejara de la participación del Estado en el directorio de la empresa. Si usted está leyendo recién llegado al país, es lógico que la respuesta le parezca desproporcionada, pero fue de las más sutiles que se han escuchado.

Con el paso del tiempo la frase fue mutando en su utilización, mas no en su significado. El kirchnerismo del segundo mandato de Cristina lo tuvo como mantra para responder a cualquiera que respondiera al gobierno y, desde entonces, se usa como respuesta a cualquier crítica hacia el gobierno.

De turno.

En noviembre de 2015, consumado el triunfo de Mauricio Macri en balotaje, comenzaron a circular memes que decían «nos dijo que armemos un partido y ganemos las elecciones». La idea, aunque tenía buenas intenciones, resultaba extraña: Paolo Rocca no armó ningún partido. Y si la frase la ampliamos como si hubiera sido para el establishment, tampoco sumaba. La buena intención, en todo caso, pasaba por ese espíritu ciudadano de recordarle que se le ganó a El Modelo de forma democrática. Poco tiempo después, volvió a ser utilizado como mojada de oreja sarcástica pero que, básicamente, retomaba su utilización original: respuesta a cualquier crítica hacia el gobierno. Desde el 10 de diciembre, además de la banda y el bastón de mando, se transfirió al nuevo gobierno la potestad de la frase «armen un partido y ganen las eleciones».

En cualquiera de sus acepciones, y sin importar el emisor, salvo que se trate de una mojada de oreja sarcástica, asusta por la comprensión de la vida cívica de su emisor. Y no es otra cosa que un síntoma de cómo muchos interpretan el funcionamiento del país.

Todos –bueno, al menos los que superamos el resentimiento en terapia– coincidimos en que una votación libre es el mejor sistema para acceder a un gobierno. Pero no se cuántos entienden que acceder al Poder no es ganar un campeonato en la que uno se lleva toda la gloria y el resto se jode.

El nivel de educación cívica ya no preocupa, sino que asusta. De forma básica, cuesta superar un cuestionario elemental que indague sobre las distintas responsabilidades de un presidente, un vice, un senador, un diputado, un legislador provincial, un gobernador, un concejal, y así. Imaginemos lo que podemos esperar del resto del panorama si todavía creemos que un triunfo electoral es la voz de todo el pueblo en un país en el que en las últimas elecciones votó el 81% de un padrón que consiste en el 73% del total de la población argentina. Porque no todos votan, porque no todos los que pueden votar lo hacen, y porque el acto de no hacerlo no priva de derechos. Si tomamos el porcentaje obtenido por la fórmula ganadora en las últimas elecciones (48%) y lo dividimos por el total de habilitados para votar, el porcentaje baja diez puntos. Y si lo hacemos por el total de la población, el número dice que menos de tres de cada 10 personas votaron. O 2,7 de cada diez personas. O dos personas y un torso. Los otros siete y pico incluyen a los a que votaron otras opciones, a los que no fueron a votar y a los que no tienen edad para votar.

Aunque parezca insólito, hay que aclararlo: los derechos son para los habitantes del territorio Argentino, y no sólo para el que votó a ganador. No ganar elecciones no quita derechos. Si mañana un gobieno X decide regular el trabajo infantil, no se puede responder a la queja de los chicos «si no les gusta, armen un partido y ganen las elecciones».

Y aunque cueste dimensionarlo desde la óptica absolutista del argentino promedio, el Estado no es parte del juego de captura de banderas. El Estado somos todos, el Gobierno es la forma de administrarlo y los gobernantes son administradores temporales. No es todo masomeno lo mismo.

Son dos constantes ausentes en cualquier análisis: la creencia de que a todos nos interesa la información política y la creencia de que todos entendemos de qué está hablando la política.

No pido que todos seamos abogados especializados en derecho administrativo, constitucional y penal; alcanza con volver a la educación cívica básica y elemental para poder entender que, si un Presidente inaugura el pavimento de una calle en un municipio, tanto el gobernador como el intendente deberían dar explicaciones de qué hicieron con los impuestos. Igualmente es necesario ese nivel educativo –elemental– para que no haga falta explicarle a nadie que ningún político paga ninguna obra, ningún beneficio con su plata ni aunque se la haya choreado, que no toda necesidad es un derecho, que el resto de los ciudadanos no tienen la culpa del resultado de decisiones individuales tomadas libremente, que el Estado no tiene dueño, que el Papa es el jefe de un Estado soberano y que, como tal, su opinión sobre los asuntos argentinos tiene la misma importancia que la de Hage Geingob, presidente de Namibia.

Y de manera fundamental, son necesarios estos conocimientos elementales para lograr esa famosa «convivencia» que tanto dicen los políticos buscar bajo el equivocado concepto de «unir a los argentinos» o «todos juntos», como si no supiéramos que las principales diferencias pasan por las incompatibles visiones que tenemos para nuestra forma de vida.

Con educación básica, elemental, se evitaría que adultos muy adultos supongan que una queja fundada merece ser desatendida hasta que ese sujeto logre armar un partido, ganar las elecciones y hacer la suya. Al comprender que se tiene que escuchar las quejas –las legítimas, obvio– de quien no votó, al entender que no hay clases de ciudadanos de acuerdo al orden que hayan obtenido en las elecciones, al dar por sentado que es inconcebible la viabilidad de un país en el que las obligaciones son para unos y los derechos para otros, recién ahí se podrá avanzar en convivencia, que no es igual que tolerancia, y mucho menos que «todos juntos», «con todos» o lo que diga el candidato de turno.

Eduquen, no sean brutos. Aunque sea por egoísmo: para evitar que burros nos sigan complicando el fino arte de sobrevivir en la Argentina.