Educando al Soberano
Se armó cachengue en la Legislatura Porteña en la última sesión del año y no fue porque nadie quisiera trabajar. Se debatió la reforma al Estatuto Docente y se llevaron negociaciones contrarreloj para sacar un proyecto que estuviera a la mitad entre el oficialista -eliminar las juntas de calificaciones- y el sindical -no eliminar un carajo- mientras afuera estaban los docentes que siguen y seguiran de paro, para la indiferencia del alumnado que ya no festeja no ir a clases, desde que podrían recibir a Papá Noel en las áulas. 
Cuando hablamos de velar por una educación pública y gratuita, nos olvidamos del factor calidad. Hace décadas que el sistema va para atrás. Un tipazo que tuve el placer de conocer hace varios años, fue la máxima autoridad de una Secretaría Legal y Técnica. Y lo fue durante 20 años. El único título que tenía, era el de Perito Mercantil, que lo habilitaba, automáticamente, para ser auxiliar contable. En 1999, un flamante egresado de una escuela comercial, no calificaba ni para contar los sobrecitos de azucar en un call center. Cualquiera que pise una facultad, podrá ver el nivel paupérrimo de los alumnos que ingresan, incapaces de responder preguntas que podrían hallarse en un cuadernillo del Carrera de Mente. 
Disléxicos por vocación, en plena era informática, donde el conocimiento está al alcance de las manos como nunca antes en la historia, los pibes no pueden escribir sin intentar asesinar a la lengua castellana en cada frase. Burros voluntariosos a los que el Estado no protege desde el rol educativo, pero les garantiza la «intimidad» -en un establecimiento público- prohibiendo cámaras dentro de aulas donde se registra cada vez más violencia y otros hechos delictivos. Hace una década, la escuela estaba para chorearla o ir a comer. Hoy, la escuela está para chorearla o ir a justificar la Asignación Universal por Hijo. Nunca para aprender. Garantizar el acceso a la escuela, no es garantizar el acceso a la educación. Las escuelas están llenas de alumnos y docentes, pero vacías de enseñanzas. Repartir computadoras a los chicos no sirve de nada, tampoco, si lo que se enseña sigue siendo una bosta. 
A los más jovatos, comparen las preguntas que hacía Silvio Soldán a los pibes que querían viajar a Bariloche, con las que hace Guido Katzka a los jóvenes de hoy. Dan ganas de pegarse un corchazo en la entrepierna ver que no pueden responder ni con un multiple choice una pregunta tan simple como qué se celebra el 25 de mayo. Y están egresando. Y son el futuro de la patria. 
La modificación del Estatuto Docente podrá ser justa o injusta, pero a nadie le importa. Y a nadie le va a importar, mientras sigan debatiéndose lo que para el común del vecino es una estupidez, dado que nada hará cambiar la factoría de burros y analfabetos sociales en que se han convertido las aulas de la patria. Y los que pretenden que la gente salga a bancar a los docentes, esta semana perdieron las pocas chances que les quedaban. Nadie se solidariza con una postura que le caga la vida. Cuando el subte va al paro, el millón y pico de pasajeros que llega tarde a destino -si llega- difícilmente entienda la razón de la huelga sorpresiva. Cuando no hay clases, los padres que no saben qué carajo hacer con los pibes, ni por asomo tendrán tiempo de ponerse a pensar si el reclamo es justo o no.  
En todo este embrollo, nunca faltan los mediocres que, en ausencia de luchas dignas de llevar adelante, se adhieren a cualquier reclamo, siempre y cuando sea en contra de un gobierno gorilogolpista, neoliberal, conservador y fascistoide, como suelen definir a todo aquel que les gana. Son los que callaron durante ocho años la represión a los docentes en Santa Cruz, son los que se hicieron los boludos cuando la policía del comandante Guildo Insfrán se cargó a un par de indiecitos -sólo son pueblos originarios cuando les conviene-, son los mismos que miraron para otro lado cuando los cagones de La Cámpora corrieron a esos mismos indiecitos que reclamaban que el gobierno les diera bola en uno de los reclamos más justos que se hayan visto por parte de comunidades aborígenes. También son los que de Mariano Ferreyra prefieren no hablar, pero que defienden este tipo de reclamos cuando es contra otro partido. Esta clase de gente es la que utilizó como ejemplo de resociabilización a Sergio Schoklender, a quien ahora llaman, nuevamente, parricida. Estos tipejos son los que sintieron que combatían en Bahía de los Cochinos por renunciar al subsidio que les facilitó la vida durante los últimos años en sus bulines de avenida del Libertador. Esta clase de gente, son los principales defensores políticos de quienes protestan contra la reforma del Estatuto Docente. Cómo no lo van a ser, si son los mismos energúmenos que llevaron adelante la totalidad de las reformas educativas de las últimas décadas. 
El progre siempre lucha por lo que él cree que está mal y no admite opinión en contrario. Si los demás ven todo bien, están equivocados. Y al hacer mierda, en pos de su ideología, todo lo que funciona, le echarán la culpa al establishment, al conservadurismo, a la derecha o a todo demonio que construyan en el momento para limpiar las culpas de sus propios fracasos. 
Quizás lo hacen de aburridos, de estar demasiado al pedo en sus viviendas paquetas, con sirvientas que les limpian la casa y les crían los pibes por dos monedas para que ellos puedan dedicar la totalidad del tiempo a quitarle la venda de los ojos a la adormecida clase media, esa que no ve que el mundo funciona mal, quizás porque se dedica a laburar para bancar los vicios románticos del progre argento.
Ponen el grito en el cielo y acusan de antidemocrático a todo el que ose decirles que no, pero se les pianta un lagrimón cuando cuentan las peripecias del comandante Che Guevara, sin darse cuenta que si el Che se cruzara con algún progre, lo fusilaría antes de gastar tiempo en intentar que se ponga a laburar en serio en pos de la revolución. En este mundo dado vuelta, podés fusilar, encanar, fajar, reprimir, censurar y enriquecerte ilegítimamente, que si lo hacés en nombre de la izquierda y el progresismo, serás considerado un revolucionario que está aquí para frenar el avance de la derecha tirana.
Etimológicamente, izquierda y progresismo son dos conceptos que no pueden convivir simultáneamente, al menos no en Argentina, donde los modelos de izquierda que se admiran, son los comunismos del siglo XX, a los que no se nombran porque son pianta votos. Curiosamente, nadie puede explicar dónde estuvo el progreso en las naciones que aplicaron el comunismo, países empobrecidos y con generaciones que ya crecieron amansadas y silenciosas ante un Estado que los cagó a patadas desde chiquitos por hacer preguntas, países donde sobrevivías al hambre siempre y cuando sobrevivieras primero a las matanzas pacificadoras. 
En gran parte debido a la historia reciente de Argentina, nadie en este país puede defender a la izquierda desde una cosmovisión pacifista, democrática y republicana, dado que han sido violentos, subversivos y con destituyentes de gobiernos democráticos, donde vieron que todo andaba mal, a pesar del pleno empleo y la tasa de pobreza más baja de la historia latinoamericana. El progresismo los defiende. Compuestos en partes casi iguale
s por ex guerrilleros y personas que estudiaron en la Universidad Católica durante la última dictadura, el progre es ciego para las represiones propias y se enerva contra la represión ajena, justificando todo tipo de violencia.
Una hora antes de que empezara a escribir estas líneas, en la Legislatura Porteña se estaba llevando a cabo el debate por la reforma del Estatuto Docente porteño. Un grupo de pendejos encapuchados, con banderas del Partido Comunista Revolucionario, creyeron que tenían derecho a romper las puertas de la Legislatura. Intentaron prenderlas fuego, arrancaron cestos de basura -que se repararán con tus impuestos y los míos- y los usaron de rompepuerta, mientras revoleaban cascotazos y palos varios. Un  par de horas antes, los sindicalistas habían acusado a Macri de enviar una patota para romper la protesta. Mientras todo esto pasaba, el arco progre -muchos de los cuales estaban dentro de la legislatura y no veían qué pasaba afuera- se indignaron por la represión policial «a los docentes». 
¿Dónde estaba el pacifismo? ¿Dónde estaba el respeto a la democracia que puso a esos legisladores en sus recintos? ¿Dónde estaba el respeto por el sistema republicano, que dicen defender, cuando no creen que el Poder Legislativo no tiene autoridad para decidir sobre una ley pedorra? ¿Está todo bien que haya docentes que se referencien públicamente con dictadores genocidas de izquierda? ¿Qué pasaría si hubiera un docente que defienda a Hitler o que manifieste cierta simpatía por Videla? 
Del mismo modo que entiendo que puede no gustar quién haya ganado una elección, ver a quienes están encargados de educar a las nuevas generaciones, rodearse de tipos violentísimos, marginados de la ley y apoyarse en ellos para llevar adelante un reclamo, no es precisamente lo que uno busca como ejemplo. Después se quejan de la violencia estudiantil y la falta de respeto a la autoridad. Ponganse de acuerdo, muchachos. Sé que hay docentes que cumplen con sus labores honestamente, con un alto grado de vocación, y conozco a muchos que son así. No quiero generalizar. Sin embargo, deberían tener en cuenta situaciones como las de anoche antes de quejarse por el desprecio de la ciudadanía. No le echen la culpa a la gente, son sus propios colegas y sus representantes quienes han hecho esto. 
Viernes. Minguito Tinguitella hoy no tendría gracia.