Elige tu propia moral: crónicas de un país delirante

Corría el año 2002 cuando una versión mucho más joven y con más moral que mi yo actual violaba la ley a diario. Trabajaba en Camino Negro y Larroque y todos los santos días compraba mi comida en un puesto callejero que no contaba con ninguna habilitación. Probablemente tuviera tongo en tribunales o en el municipio o en ambos. Lo cierto es que yo sabía y, así y todo, elegía comprarle. Primero porque cocinaba como los dioses y poco importa la bromatología a los veinte años. Y segundo porque el hombre lo necesitaba. Nadie que tenga su vida resuelta comienza el día meta amasar a las cuatro de la mañana.

Esto viene a cuento porque, en épocas de vacunaciones, economía de guerra y campaña electoral de leprosario, cada vez más seguido escucho argumentos que esgrimen sujetos que, aún sin conocerlos, sé que no pueden arrojar la primera piedra. ¿Por qué? Porque nadie puede arrojar la primera piedra. De hecho debe ser la parábola más exacta de todo el Nuevo Testamento ya que aplica hasta al más acérrimo de los ateos. Sí, en muchísimos aspectos de nuestras vidas tenemos comportamientos mucho más aceptables y coherentes que en otros. Pero nadie orina agua bendita.

Algunos no se dan cuenta de lo que hacen porque tienen la moral puesta en otros ámbitos, pero también hay un cupo de sociópatas cada vez más grande.

Y mi sociópata favorito es el que se cree santo guardián de la moral y de las buenas costumbres. La verdad es que no hay una verdad en este asunto: pocas cosas más volátiles que la moral y las buenas costumbres tanto en el espacio como en el tiempo.

Coincido en que la grieta es moral. ¿Por qué? Porque toda grieta es moral. Si hablamos de un conjunto de usos y costumbres aceptadas en un determinado lapso de tiempo, cualquiera que tenga otros usos y costumbres ve las cosas de otro modo.

La pandemia nos dejó miles de situaciones que no esperábamos, que no deseábamos y un montón de novedades que no son tan nuevas, que siempre estuvieron ahí y no quisimos ver. Hay millones de grietas si analizamos en profundidad el pensamiento de cada persona y vamos al absoluto de relacionarnos solo con quienes coincidimos en un 100%. Algunas abismales, otras imperceptibles. Pero están ahí, a la espera de un detonante que las haga saltar por los aires. Lo que para mí es cuestionable, para mi vecino puede no ser tan grave y para mi amigo del kiosco será motivo de paredón.

Cuando ocurrió lo del vacunatorio VIP se dio un análisis que tenía una razón de ser: la violación de la ley. Pero luego se corrió todo hacia el ámbito de la moral. Y los hombres nos hemos dado leyes para correr a la moral del medio. A pesar de lo que hayan querido inculcarme los profesores objetivistas, historicistas o teologistas, en el ámbito moral se me impuso el relativismo por una cuestión elemental: es la que rige a todo Occidente.

Nada está prohibido en la Argentina. Ni siquiera matar. En serio, vayan a leer el Código Penal y díganme dónde dice que no se puede matar o que no se puede robar. Tan sólo dice lo que le va a pasar al que lo haga y no tenga un motivo para justificarlo. En otras culturas, donde la moral es netamente teológica, no hay justificativos: el que mata mató, aunque lo haya hecho para evitar un mal mayor.

Decidimos reconocer la multiplicidad de la moral. De hecho protegemos lo que cada uno quiera hacer de su vida dentro de las cuatro paredes de su hogar siempre y cuando no dañe a un tercero y quede dentro de su hogar. Lo pusimos en la Constitución.

Y también es cierto que evitamos este tipo de planteos porque muchas veces cumplimos con las normas cuando alguien observa. ¿Cuántas veces te ves privado de tu libertad a lo largo del día? Depende… ¿Cuántos semáforos cruzás? Nadie en su sano juicio presentará una demanda contra el Estado por haberlo privado de su libertad de 30 a 45 segundos repetidamente.

Y ya que hablamos de semáforos, paso al listado de normas que alguna que otra vez todos hemos infringido: cruzar la calle por la mitad, no esperar a que termine de abrir el semáforo para mandarnos a la otra esquina como peatones, estacionar en doble fila, no pedir factura para pagar menos, buscar algún amigo para acelerar un trámite o para evitarlo, no respetar el semáforo en zonas peligrosas, no respetar la velocidad máxima y un largo, larguísimo etcétera.

Algunas infracciones las hemos abandonado por comodidad: es más fácil pagar un servicio de streaming que seguir en la descarga de canciones o series sin pagar derechos de autor. ¿Nunca lo hicieron, tampoco? ¿Cuánto tiempo estuvieron con la alarma de Microsoft recordándoles que no activaron la licencia y ustedes miraban para otro lado como si Bill Gates estuviera atrás? ¿Nunca nadie prestó un libro o sacó fotocopias? Es la fuente de ingresos de los centros de estudiantes y es ilegal: la fotocopia.

Todas y cada una de las acciones que enumeré arriba tienen una sanción en su contra. Todas. Y-lo-sa-be-mos. ¿Qué ilegalidad cometiste en las últimas semanas? Si la respuesta es “ninguna”, tenés un serio cuadro de mitomanía o un desconocimiento de las reglas. ¿Tiraste un pucho a la calle? ¿Sacaste al perro sin correa, sin chapita o sin bozal? Obvio que no es lo mismo que robar o asesinar. Pero si vamos al chiquitaje ¿con qué cara podemos cuestionar al vecino por sacar la basura fuera de horario si él debe tener otras cosas para caernos a nosotros?

Es nuestro comportamiento habitual. Sin ir más lejos, basta con que alguien en una red social diga algo que a otro no le gusta para que decenas de miles caigan a insultarlo. Y todos sabemos que si dijéramos el 100% de las cosas que pensamos terminamos presos.

Pero fíjense qué curioso que es el desempeño de la moral en estos últimos años, puntualmente desde el inicio de la pandemia. De hecho, la encuesta que me voló la cabeza fue una en la que el 72% de los encuestados decía que acataban todas las normas de prevención. Y el 72% dijo que sus vecinos no las cumplían. 

Hay personas que salen a trabajar todos los días. Algunos de forma legal –los considerados “esenciales”– y otros de forma ilegal. Puede que suene un poco fuerte pero es la realidad que vivimos: el que sale a trabajar para parar la olla y no cuenta con el privilegio de que el gobierno haya considerado a su actividad como esencial, es un ilegal. Está violando la ley. Aunque no lo crean, hay personas que se ofenden y tiran la primera piedra.

También existen sujetos que pueden realizar su trabajo a distancia y eso trajo aparejado un sinfín de novedades. Algunas empresas se pusieron las pilas y otras se ahorraron los costos de Internet, luz e higiene que fueron trasladados al laburante sin escalas. Estos trabajadores están prácticamente alienados al ser los que menos han salido de sus hogares.

Hay personas que residen en espacios enanos. Hace poco nos enteramos de que una familia vivió una pesadilla al caer sus once miembros enfermos de coronavirus. Once personas. Juntas. Y hay gente que tira la primera piedra.

Existen ciudadanos que tienen muchos aspectos de su vida resueltos, que residen en hogares con amplios parques y sin problemas económicos. A ellos también les tocó su parte y prejuzgamos.

Hay gente que despotrica contra el turismo sanitario de otros países hacia la Argentina. Y hay gente que hace turismo sanitario en otros países por una vacuna. ¿Está mal? Para mí no. Principalmente porque mi ombligo no es el universo.

Y lo más gracioso para el final: el que escupe contra el ventilador. ¿Recuerdan las primeras semanas de la cuarenterna? Miles de llamados al 911 para denunciar a vecinos sin conocer los motivos de sus salidas. Un año después el gobierno de la Ciudad da un paso más en la legitimación de la locura al otorgarle poder de policía a los encargados de edificios. Y sin embargo todos terminaron por salir de algún modo. Avivadas hubo para tirar al techo: bolsas de supermercado fantasmas o perros hartos de pasear dieron paso a los permisos para asistir a personas mayores y a las “previas” que comienzan antes del toque de queda.

Es más, recuerdo cuando me internaron por sospecha covid. Sí, por si se olvidaron, por un estornudo te trataban como a E.T. “La ambulancia te espera en la esquina, así no te ven los vecinos”, me dijo la médica que vino a buscarme. Hoy nos resbala.

No es ninguna novedad, pero el común de la gente se olvida a pesar de llevar más de quince meses de esta realidad distópica. Y si tu vida se convirtió en una mierda, si anhelás que se acabe este suplicio para volver a la normalidad, imaginate el tipo que lleva quince meses sin poder laburar a la luz del día, el que tiene que esconderse como si cocinar cocaína o trabajar de albañil fueran la misma cosa.

Si sigo el orden de locura, dentro de los esenciales hay de primera, de segunda y de tercera categoría. Nadie en su sano juicio considera que un médico no es un trabajador esencial ¿no? ¿Estamos todos de acuerdo? ¿Aunque el médico se dedique a la cirugía plástica cosmética?

Más de una vez me he explayado sobre la ridiculez de mi sector improductivo. Creo que a los periodistas nos metieron en el combo de esenciales porque no querían comerse el vuelto de censores. ¿Todos los que aparecemos en algún medio desde un estudio somos esenciales?

Supongo que hablo en nombre de muchos cuando digo que no hay sentido ni coherencia. Ser esencial y no estar en el orden de prioridades de vacunas es un delirio: focos de contagio con licencia para circular. Y son muchos los rubros esenciales en la misma situación.

Y esto no es un pedido de que me vacunen porque soy mejor que otros. En la locura se ha dado una nueva dinámica de creer que cada micromundo de pertenencia es prioritario por sobre el resto. El día que se decretó la cuarentena, cuando todo el mundo aplaudió a Alberto Fernández, cuando el Presi amasó una imagen positiva récord en la historia democrática argentina, cuando todos se sintieron seguros en sus casas, a los esenciales los mandaron a la calle. Y no todos somos médicos. ¿Hace falta recordar esos videos que todos prefirieron olvidar de los médicos regresando a sus hogares y desinfectándose en la puerta antes de que sus hijos los pudieran saludar? ¿Creen que solo lo hacían ellos?

En medio de la locura, la política. Bah, en medio no: lidiando con la locura desde la locura. Un día el gobernador bonaerense no tiene con qué pagarle el sueldo a su policía. Eso dijo. Le sacaron la plata a la policía de la Ciudad de Buenos Aires. Luego pudo pagar aumentos a todo el mundo y hasta comprar vacunas. Es curioso cómo encontró dinero que no sabía que tenía. Porque para eso nos quitaron la guita a los porteños ¿recuerdan? Para pagar el aumento salarial de la policía de la provincia.

Una mujer nonagenaria llevaba 65 años de aportes mensuales a una obra social. Cuando necesitó una cama le dijeron que no había en el centro que ayudó a mantener durante más de medio siglo. A la señora le encontraron una solución en el PAMI: mandarle un médico a la casa. 

Conclusión breve: el primer médico que la fue a ver dijo que “tal vez tenga neumonía” y le enchufó un corticoide sin estudios ni preguntas. Quizá se habría enterado de que estaba anticoagulada. ¿Tomografía? A donde vamos no necesitamos tomografías. Cinco días después murió sin una cama para que la trataran como corresponde. Y no tenía Covid. Se la llevó puesta una infección urinaria. Año 2021. ¿Y quién va a demandar qué cosa si con 90 años era un milagro que estuviera viva y andá a saber si no se moría de todos modos? Luego, lo de siempre: sin chances de velorio y mucho, muchísimo dinero gastado. Dinero que no se gana en pandemia. ¿Duelo? ¿Despedida? Ni que fuéramos seres humanos.

Hace poco me enteré de que algunas personas fueron vacunadas en la provincia de Buenos Aires a pesar de tener domicilio legal en la Ciudad. Un poco me indigné por ese criterio estúpido que guía mi vida de querer hacer siempre lo que corresponde, esa cosa boba de que una playa está compuesta de miles de millones de granitos de arena. Después llegué a la conclusión de que para vacunarse en provincia probablemente deba tener domicilio allí y, por ende, deje un fangote de impuestos para pagar obras hermosas como las escuelas cerradas.

Es el dilema moral perfecto. ¿Vale la pena predicar con el ejemplo cuando lo que está en juego es tu propia vida y la de los que te rodean? ¿Es moralmente reprochable querer no morir y accionar en consecuencia? No es vaciar el Estado pero no deja de ser un acto de corrupción: corromper el sistema. ¿Está mal? Obvio. ¿Es justificable? No es un depto en Madero Center: es la chance de aumentar exponencialmente tus posibilidades de sobrevivir al bicho. ¿Corre la moral? ¿Hay mártires en potencia o solo personas que no tienen cómo sortear el sistema? Todavía no lo sé.

Cuando me puse a pensar en que al porteño promedio le quitaron el dinero, le borraron la posibilidad de aumentos salariales a los estatales y lo sometieron a un desgaste sin igual para contentar al pasante que administra la provincia… Cuando recordé que siquiera una señora puede disponer de una cama en el hospital que mantuvo toda su vida… Al recordar que las provincias con mayor cantidad de docentes vacunados son las que menos clases tienen… Al ver que se matan entre ellos por dirigir las ruinas de un país… Cuando me puse a pensar en que Kicillof fue de los primeros en vacunarse sin una puta comorbilidad ni edad de riesgo… Al escuchar al Presi tratar a Putin como si fuera el líder asesino de la Unión Soviética y no el líder asesino de una Federación capitalista… Cuando noté que la única ayuda que no pedí fue un aumento retroactivo en el monotributo… Cuando vi al pasante de la jefatura de Gabinete amenazar a todos los que los tratan de inútiles autócratas… Cuando me puse a pensar en todo esto, se me pasó la indignación.

Hoy creo que, si me diera el cuero, me convertiría en facilitador de domicilios para todo aquel que quiera ir a vacunarse donde pueda; incluso pagaría pasajes a Miami. Porque en la realidad del sálvese quien pueda hay que ser muy pelotudo, pero muy, muy pelotudo para jugar al héroe anónimo. Creo, al menos hoy.

Salvate, hermano. Vacunate acá, en Miami o en Isidro Casanova que a nadie le importás. Nadie se levanta a la mañana y dice “hoy me voy a portar bien para que a Nicolasito lo vacunen”. Cuando salís a la calle y ves que nadie hace nunca lo que corresponde, cuando mirás alrededor y te das cuenta de que el ejemplo no predica, cuando decidís guardarte durante meses y solo ves juntadas de quinientas personas que después te corren con la moral, cuando te prohíben juntarte a comer y tenés que conformarte con ver comer a extraños en la tele o a los funcionarios en un asado bajo techo para despedir a Evo, cuando te dicen que no hay clases para evitar los contagios y ves las jodas de todas las hinchadas ante el temor de la policía que no tiene drama en pararte y secuestrar tu auto, cuando te dicen “qué suerte que podés circular” y vos ya estás para la internación psiquiátrica, cuando ya contás unos cuantos muertos por Covid o por negligencia colateral entre tus familiares y compañeros de trabajo… Cuando ocurre todo esto la moral se va solita y vuelve cuando aclare.

Esto es un desmadre de gente que se queda a la espera de la vacuna mientras ninguna autoridad de ningún distrito tiene un solo criterio lógico para aplicarlas. Porque vacunar a un anciano de 90 años y no hacerlo con sus parientes es condenar a gente a la depresión de la soledad. Porque es de estúpidos vacunar a un tipo incapacitado para trabajar y no hacerlo con su proveedor de alimentos.

Por lo pronto me siento un tipo con suerte. Dos internaciones, once hisopados, cinco casos en la familia, un familiar muerto, un compañero fallecido y quichicientos contactos estrechos. Aunque vivo. 

Pero hay gente que se ofende por el sálvese quien pueda. Nos llevaron a que todos cometiéramos alguna ilegalidad o miremos para otro lado. Nos hablaron tanto de “esto es igual que una guerra” que compramos. Me arruinaron psiquiátrica, económica y emocionalmente. No sé si llorar a mis muertos o a mis deudas. No sé si tenerle más miedo a la Parca o a la AFIP. Para colmo de males, entre la criminalidad del gobierno nacional en la negociación de vacunas y la pajereada sin sentido del Gobierno de la Ciudad en la distribución de las mismas, lo único que me impide vacunarme en provincia no es la moral: es el temor al escrache. Mirá si voy a pensar en la moral cuando una vacuna es una propina en comparación a todo lo que me quitaron.

Al menos el desastre psiquiátrico que tapan y aún no explotó mediáticamente me hace sentir que ya no estoy tan solo.

 

 

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