Elige tu propio micro ismo político

Está de moda cuestionar a los partidos, la politica de los sellos de goma, la evangelización de doctrinas políticas con beneficios de inventario y el juzgamiento de la aplicación correcta de los manuales ideológicos individuales. También está de moda después preguntarse qué pasa que en las proyecciones electorales terminan imponiéndose viejas estructuras, personas harto conocidas o algunos más nuevitos parados sobre andamiajes partidarios centenarios.

En una suerte de microclima, grupos pequeños potenciados al notar que unos miles en un país de 44 millones les prestan atención, han generado una batalla que, desde lo ideológico, es bienvenida y saludo con gran afecto a pesar del sesgo de información que aplican cada uno de sus defensores: leer lo que les conviene para dar largas diátribas que buscan explicar qué es ser un buen partidario de la derecha, la izquierda, el liberalismo, el libertarianismo o el progresismo, y que no distan demasiado de un manual del buen militante de un partido tradicional.

Si vamos por partes, nos encontramos una autoproclamada derecha que sostiene que para ser parte de ella hay que ser conservador, cristiano –el catolicismo te lo debo hasta que el Vaticano deje de ser la sede del comunismo– y contrario a cualquier política que genere algún cambio en su micromundo. Otros se reivindican católicos pero viven en una suerte de período en el que la Iglesia es comandada por un antipapa, para lo cual es necesario convertirse en defensores de Cristo Rey y apoyar al primer político que reivindique los valores cristianos, aunque cuente con el apoyo de los brasileros trasnochados de Pare de Sufrir.

Para garantizar la conservación se paran sobre la Constitución de 1853, un baluarte del liberalismo del siglo XIX que fue vapuleada por los propios consituyentes federales y conservadores por cometer el sacrilegio de garantizar la libertad de culto y que garantiza la igualdad de derechos para cualquier ñato que esté de paso por aquella Confederación. Se emocionan con el resurgimiento de la derecha en Europa, aunque no saben dónde colocar el neopaganismo de Alain de Benoist. Lamentablemente, a lo largo de la historia argentina, ha sido difícil ver una derecha con este tipo de valores que acepte el juego democrático y casi todos aquellos que han levantado esas banderas venían con uniforme y dejaban la Constitución guardada en el mismo galpón que las urnas. Aceptando, aunque sin mucho convencimiento, que la democracia es el único colectivo que puede llevar al Poder, no logran encontrar un candidato que represente esos valores y no esté vinculado a un uniforme y tampoco pareciera que les importara.

Pero yendo a lo más básico de las cosas que exigen de un gobierno, pareciera que primero está la conservación de los valores de una Nación que vive en constante mutación, y el resto después se ve. Como subindice vienen los valores a secas, algo que es tan distinto de una persona a la otra que serían de imposible aplicación por la general y que queda en evidencia cuando mencionan los valores religiosos: derecho a la vida, la familia tradicional, la caridad y la vida vivida de manera tal de zafar en un juicio de Dios son tan católicas como musulmanas o judías. Los luteranos pueden darse el lujo de tener sacerdotizas, blanquear la homosexualidad de algún que otro obispo, abortar en determinadas circunstancias y casarse entre homosexuales sin que les pese una condena a arder en el infierno, pero todos sabemos que los luteranos están predestinados a ser fusilados en el Juicio Final. Así es que algunos de los defensores de los valores tradicionales de su crianza son capaces de votar al primero que manifieste un discurso conservador, aunque sea un analfabeto incapaz de hablar de corrido. ¿Plan económico? No hay tiempo para mariconadas mientras la cultura hogareña de los abuelos está en riesgo. Primero Dios, luego la Patria, por último vemos si comemos todos los días, yankis goujóm, vivamos con lo nuestro, lo nacional es lo único que sirve y si el mundo no nos apoya, que se jodan, ellos se lo pierden. Es increíble cómo los extremos se tocan cuando miramos para Caracas. Podrían plantear una derecha más filosófica –la hay y es muy interesante– pero por lo pronto cuesta tomarlos en serio cuando sus seguidores continúan con delirios supremacistas. Mientras, nos espantamos con un loquito que se carga a 49 personas en directo. Su acto fue un caso aislado; su pensamiento, no.

Personas que levantan la figura de Julio Argentino Roca como sinónimo del triunfo conservador, el mismo que separó a la Iglesia del Estado hasta que llegó Videla. Roca llegó al gobierno a la edad en la que hoy muchos recién están viendo qué hacen de sus vidas y siendo general del Ejército -esa es la parte copada- pero también es el tipo que se peleó con el mismísimo Vaticano y todo el clero (y, si hubieran existido las encuestadoras en aquel entonces, con casi todos sus votantes) para aplicar las leyes aprobadas por el Congreso que garantizaban una educación sin influencia religiosa y la creación de los registros civiles que permiten que hoy tengamos identidad a través de una partida de nacimiento y no luego del bautismo, gracias a Dios. Ningún país creció como tal de la mano de la religión desde el estancamiento y posterior colapso del imperio español. Es el iluminismo lo que hizo crecer a Occidente, no una religión surgida en el mismo lugar que las otras dos con las que competimos por la verdad.

Mis amigos liberales se encuentran cada vez más enfrentados entre ellos a un nivel de dogmatismo que hace que los radicales sean vistos como tipos que no se pelean y los peronistas se vean leales entre sí. Centrados en un discurso economicista en extremo hacen que los históricos liberales hoy sean colocados en el mismo casillero que un progresista socialdemócrata por pretender cosas que el liberalismo no discute en ninguna parte del mundo: derechos individuales y programas de educación que garanticen igualdad de oportunidades, lo cual hoy incluye educar para no discriminar a nadie por su elección sexual. Con un beneficio de inventario realmente admirable han logrado que el liberalismo argentino sea visto como un grupo conservador que no quiere pagar impuestos (como todos). Tampoco es algo nuevo para nuestros ojos. Sólo así puede explicarse que personas que predicaban el liberalismo económico terminaran siendo punta de lanza de gobiernos dictatoriales.

Con las estadísticas sacadas de todo contexto, cualquiera habla de la historia como si los devenires de los hechos gubernamentales fueran una planilla de cálculo. Así es que nos recuerdan que la economía argentina fue la séptima, la quinta o la primera del mundo en tiempos en los que el mundo incluía una Europa arrasada. No suelen ser muy efusivos en su oratoria al momento de recordar lo bien que vivían las familias de clase media de hace un siglo, cuando sólo hacía falta proveer de comida y ropa: no habia tele, ni radio, ni cable, ni internet, ni celulares, ni ningun bien de consumo a mantener mensualmente para no caerse del nivel social alcanzado. Ni siquiera había que gastar plata en educación y salud para no morir como analfabeto engripado en una guardia, ya que aquel Estado conservador y/o liberal gastaba fortunas en educar y vacunar a los hijos de los extranjeros y la peonada.

El libertarianismo cuenta con todas en contra al moverse en una sociedad educada bajo los parámetros de un Estado omnipotente. Partiendo de esa base, pareciera que no logran activar un chip comunicacional que permita que el interlocutor pueda diferenciar el discurso libertario del anarquista. Así es que el común de los ciudadanos ve al libertario como un anarco afeitado y con el pelo corto, pidiendo la muerte del Estado cancerígeno. Quienes no tenemos tanto tiempo para leer mil libros, sólo podemos diferenciar al mejor vestido. Y últimamente tampoco se dan esos casos.

Frente a este panorama, en un país en el que las encuestas demuestran que el grueso de la ciudadanía no tiene postura política manifiesta y el resto se reparte entre los partidos tradicionales, es lógico entender la frustración del poco impacto de los discursos diferentes a lo establecido. Sobre todo cuando muchas personas ven esos valores ya reflejados en los partidos tradicionales. Al igual que en las religiones, todos los partidos hablan de una Nación próspera, la felicidad de los habitantes y los diez mandamientos de la política. Dependiendo de la edad, el peronismo ha sabido absorber en su mutante movimiento al nacionalismo, el conservadurismo moral, la doctrina social de la Iglesia, el anticlericalismo, la expansión del Estado de Bienestar, la minimización del Estado, la economía desbocada, la economía dolarizada, el alineamiento con Estados Unidos, la puteada a Estados Unidos, la reivindicación soberana y la entrega de soberanía. A favor y en contra: los liberales culturalmente son asimilados como neoliberales destructores y los progresistas como destructores de la sociedad y todos bajo el mismo paraguas de Rucci. Estas mismas cosas que pueden resultar críticas son las que generan la adhesión romántica del peronista promedio identificado con algún momento. En el otro lado del mostrador, el radicalismo lidió con pasar de la Internacional Demócrata a la Internacional Socialista, ser aliado de experonistas, ponerle un vicepresidente a un kirchnerista y prestar el aparato para que un ingeniero civil llegue a la presidencia. Recordar a Balbín, Yrigoyen, Alvear o Alfonsín no es contradictorio: contradictoria ha sido la historia y cada uno recuerda con cariño el momento que le hace mejor.

La mayoria de los encasillados necesitan encasillar al otro en función de lo que ven y cualquier detalle y opinión la convierte en un todo: así, un sujeto a favor de la libertad de mercado, en contra de los monopolios y favor de la despenalización del consumo de alguna falopa pasa a ser un progresista, al que automáticamente se lo relaciona por genética con un bolchevique. Si ese sujeto forma parte de alguna estructura partidaria, el partido es ese sujeto. Ejemplos sobran: estas a favor del aborto y de las taser, sos un facho o un zurdo, dependiendo de qué escucharon primero. Si formás parte de un partido, es un partido facho o zurdo. Todo se globaliza: un grupo de personas quiere prender fuego la Catedral y el Día de la Mujer es anarquista, de izquierda y peronista. Como si el peronismo fuera opción en Madrid o Paris.

La mayoría pareciera tener la fórmula del exito: cortar planes y salir a decapitar rebeldes si no comen, impulsar a Vidal a la presidencia y dejarle la provincia de Buenos Aires al Espíritu Santo, vivir con lo nuestro –comernos los piojos, básicamente–, no pagar la deuda –con lo bien que nos ha ido en ese caso–, dolarizar la economía, expropiar tierras, la rebelión fiscal o, bajo el amparo de la mayor presión fiscal de la historia –real–, reventar todos los impuestos como hizo Estados Unidos, que ahora cayó en uno de los mayores déficits fiscales de su historia. Lo cierto es que estaría buenisimo darle una semana de acción impune a cada idea y devolver todo a cero si no funciona, pero la vida no es un videojuego, lamentablemente.

Hay cosas que están claras y no son un juego: la inflación es menor en importancia para el consumidor si aumentan los sueldos, aunque la ilusión dure poco mientras siga habiendo inflación; freezar la economía solo hace mierda a la clase media que no cuenta ni con la ventaja de un aumento en los planes sociales; en el ranking de prioridades, a nadie le importa tanto la corrupcion como llegar a fin de mes en condiciones medianamente aceptables de nutrición. Un mensaje que pareciera que el oficialismo no logra registrar: tener que elegir entre comer y ver preso a un corrupto lejano es intangible hasta para El Juego del Miedo. Algunos querrían elegir, pero otros quieren las dos cosas, porque no parecieran ser incompatibles. Plantearlo desde el discurso de que una cosa lleva a la otra es, cuanto menos, irritante y justifica el surgimiento y consolidación de quienes proponen devolvernos al camino de los valores. Como si el resto de la gente no los tuviera, como si todos quisieran pasarla mal porque sí, como si todos fueran malos por no creer en esos valores o forma de ver el mundo. Y todo para que terminen yendo con el candidato mejor vestido.