Elitismos esenciales para las masas

Antes de comenzar a leer, quiero que sepa que soy personal esencial, cobro mi sueldo antes del día diez de cada mes y tengo permiso para circular por donde se me canta a la hora que se me antoja.

Ahora sí. Todo comenzó cuando el Presi hizo un anuncio desde la Quinta de Olivos en el que se habrá medido con las palabras pero, básicamente, nos culpó por la segunda ola. Sí, justo él que aún vacunado se contagió. No hizo un balance de las vacunas prometidas y las recibidas, dado que el resultado ya lo sabemos: el mundo acapara todas las vacunas, no hay suficiente producción, mis papás no me dejan, mi amor es el mar… Pero vacunados, realmente vacunados con las dos dosis, no llegamos ni al millón.

Lo interesante es que Alberto Fernández sabe a quién se dirige. O al menos uno tiende a creer que sabe a quién le habla, quién lo escucha. Si los culpables son los pibes que arman fiestas clandestinas, como dijo el ministro de Salud de la provincia con toda la experiencia que le da haber estudiado Joda I y Joda II en la Facultad de Medicina, Alberto le pifia. Esos pibes dudosamente hayan visto el mensaje presidencial porque están en otra como corresponde. Entonces queda la duda de a quién corno le habló, si los que consumimos noticias sabemos que la gestión de la vacunación solo puede ser superada por el triunfazo económico.

Puede que me equivoque, o tal vez yo haya visto otra película, pero durante los meses que transcurrieron desde marzo de 2020 hasta hoy los mensajes fueron contundentes: cuarentena extrema para aplanar la curva y acondicionar el sistema de salud. Luego surgieron las vacunas y la esperanza global que llega al cono sur y juega a la rayuela entre Uruguay y Chile. Argentina es lava. En el medio, según el oficialismo los problemas de la gente fueron quién será el responsable de presidir el Partido Justicialista Bonaerense, la reforma al Poder Judicial, una comisión de notables para asesorar al presidente sobre un tribunal que limite el poder de la Corte Suprema de Justicia, la modificación del método para elegir al Procurador General y si las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias se hacen o no se hacen. Prioridades.

Trece meses después y el sistema de salud está al borde del colapso, no hay ni un millón de argentinos con dos dosis de alguna versión de las vacunas y la culpa es nuestra. Remarco nuevamente que existe la posibilidad de que esté equivocado, o que las pastillas me estén pegando mal. Sin embargo, no deja de sorprenderme la reacción a la acción del presidente: cómo nos dividimos entre los que aceptan mansamente cualquier disposición gubernamental por Decreto sin hacerse una sola pregunta, quienes llaman a la desobediencia civil y los que no saben qué hacer.

Pero más allá de cualquier consideración hacia lo dicho por Alberto Fernández en su ataque de furia contra el espejo, necesito remarcar algo que me atraviesa: los periodistas y todos aquellos que trabajamos en medios no deberíamos hacer ningún intento para concientizar a nadie. No hay forma de que no se genere el resultado inverso al deseado y con justa razón en la bronca hacia nosotros. ¿Por qué? En mi caso porque soy personal esencial, cobro mi sueldo antes del día diez de cada mes y tengo permiso para circular por donde se me canta a la hora que se me antoja.

Sin quererlo, finalmente se cumplió el deseo de ser parte de nuestra propia casta. La grieta que había destruido el histórico corporativismo periodístico contó con la salvación de la pandemia, la que vino a subsanar ese error en la matrix y nos devolvió ciertos privilegios de clase.

De hecho, mientras escribo estas líneas, levanto la vista hacia una de las dos teles del bar en el que me encuentro. Llevan al menos una hora con una repetición permanente de zócalos con fondo rojo que varían entre el “URGENTE”, el récord de contagios y un derroche de datos imposibles de procesar. Dataísmo puro, interpretación digerida. Giro la cabeza en búsqueda de la otra televisión que, como corresponde a un bar que se precie de porteño, tiene sintonizado el canal de la contra. El pluralismo de la clientela ante todo. La imagen y la dinámica son las mismas. Muertos, contagios, récords, urgente, medidas restrictivas, muertos, contagios, urgente, urgente, URGENTE. Con la impunidad de contar con privilegios –y con cierta envidia– otro periodista a cargo de los zócalos puso “jóvenes sin barbijo” con una imagen de fondo que mostraba a cinco muchachos en una playa soleada y semi vacía. Agradecí que la tevé no tuviera el sonido activo para no tener que clavarme un Alikal. 

A título personal creo que cada vez que debamos dar una opinión sobre alguna medida restrictiva en el marco de la pandemia, al menos los que trabajamos en algún medio debemos comenzar el soliloquio con la frase que inicia este texto. Y así como ante una noticia de violencia de género o de suicidios se colocan leyendas alusivas de forma permanente, debería haber un zócalo perpetuo que rece los que estamos acá somos personal esencial, cobramos nuestro sueldo antes del día diez de cada mes y tenemos permiso para circular por donde se nos canta a la hora que se nos antoja.Y recién ahí continuar. Más que nada para no faltarle el respeto a los cientos de miles que la están pasando como el culo sin saber si el lugar en el que trabajan seguirá abierto en tres semanas o si esto durará solo tres semanas.

Y también para nosotros. En una de esas, quizá, de repedo, podamos asimilar que somos parte de un sector que cobra su sueldo todos los meses y puede moverse libremente en cualquier horario. Si tenemos suerte, puede que ocurra el milagro y que nos demos cuenta de que fuimos esenciales durante la cuarentena, luego quedamos afuera del listado de esenciales al llegar las vacunas –ni que hubieran alcanzado– y ahora que las papas queman, volvimos a ser esenciales.

A lo largo de los años he juntado suficiente tela para cortar sobre el periodismo. Pero lo que me quita la tranquilidad es la absoluta inutilidad que siento desde hace poco más de un año. Puntualmente desde aquel 18 de marzo de 2020 en el que encerraron al país y dijeron que, entre los trabajadores esenciales, estábamos nosotros, los periodistas.

Cuando comenzaron a llegar las vacunas los periodistas dejamos de ser esenciales. Y desde el viernes volvimos a serlo y sin estar vacunados. Es curioso porque me tiene sin cuidado tener o no tener la vacuna mientras que, de todos los adultos mayores que hay en mi longeva familia, solo una persona recibio una sola dosis de una vacuna doble. Lo que me llama la atención, poderosamente la atención, es esa incoherencia de cuándo somos esenciales y cuándo no. 

El caso de los portales digitales es otro. Donde haya Internet se puede laburar y, sin embargo, solo por trabajar en un medio ya se es “esencial”. Esencial para el Estado, no para el medio que puede rajarte en medio de una enfermedad bajo el amparo de una reestructuración mientras toman gente a rolete y te encontrás que fuiste expulsado junto con dos o tres que piensan las cosas más o menos como vos y en año electoral. Prioridades del sector privado, ¿vio? Pero la tele… Ay, la tele. ¿Qué tiene de esencial uno o dos programas en el que cenan totales desconocidos sin un puto protocolo mientras el resto del país no pudo visitar a sus seres queridos durante meses? ¿Por qué son esenciales sus invitados?

¿Por qué yo soy esencial y no lo es un hombre que me prepara un café para arrancar el día? ¿Por qué mi trabajo tiene una preferencia si no produzco ningún bien de consumo? ¿Acaso lo es por la información sobre la pandemia? No hay un dato que podamos decir que no provenga de publicaciones ya hechas por entes gubernamentales. ¿Para investigar presencialmente? No se puede ingresar a ningún lado y somos más peligrosos con una conexión a Internet que con un micrófono. ¿Para qué queremos ser esenciales si el Presidente puede decir que Cristina es inocente y ningún periodista lo cruza cual Passucci a Ruggieri? ¿De qué sirve ser esenciales si respecto a los índices de pobreza nadie pone el eje en que con pandemia o sin pandemia estábamos hundidos igual? ¿Por qué mi trabajo es esencial por sobre el de cualquier otro? 

¿Por qué yo puedo circular a la hora que se me canta? ¿Por qué ese privilegio cuando, si hay algo que sobra en este país, son medios de comunicación y periodistas? ¿Acaso no podemos hacer ese trabajo desde nuestras casas? ¿Saben quiénes no pueden trabajar desde sus casas? Los albañiles, los mozos, los cocineros, los choferes, el personal de limpieza, los trabajadores fabriles, básicamente todo ser humano que hace algo con sus manos. 

Muchos de mis colegas seguramente tendrán las mismas dudas, no sé, no lo he charlado con nadie del gremio. Pero por lo que escucho o leo son demasiados quienes hablan y dan consejos desde el privilegio de formar parte de una casta: la de los esenciales. Cómo si estuviéramos a la altura de un médico, un enfermero, un policía o un maestro. O peor aún: como si nuestro trabajo fuera más importante que el de mi vecino cuando su laburo le da de comer.

En las facultades de periodismo o comunicación se enseña mucho sobre cómo comunicar, pero tengo la impresión -por los hechos, ya que he estudiado otras cosas- que poco se enseña sobre las reglas de la cotidianidad y de la empatía, esa capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos, temores, preocupaciones. Ni que fuera difícil no comportarse como un sociópata. 

El periodismo en su totalidad tiene miles de problemas. Los periodistas nos enfrentamos a salarios tristes, condiciones de contratación insultantes y medios que siempre están en una “crisis terminal” mientras consiguen guita para crear productos inviables que solo sirven para satisfacer el capricho de algún jerárquico. También tenemos que fumarnos caer todos en la misma bolsa, ser los responsables de los triunfos o caídas electorales –como si la gente no pudiera cagarse la vida por sí misma–, y estar bajo el escrutinio permanente de todo el mundo. Un administrativo es supervisado por su team leader y un manager, con toda la furia. Nosotros contamos con la inspección de cualquiera que nos haya leído o escuchado.

Pero también está el lado B. Estamos exentos de Ingresos Brutos porque pintó –no me quejo– y las empresas reciben subsidios. Les podemos llamar pauta oficial, que es un hermoso eufemismo para no decir propaganda –suena feo– pero la realidad es que una empresa que necesita de la pauta para que le cierren los balances, está siendo subsidiada. 

¿Cómo podríamos pretender que todos nosotros tengamos la piel para empatizar con el dueño de un bar, o con un mozo, o con un cadete, o con un vendedor ambulante, o con un comerciante común y corriente que tiene a la AFIP permanentemente encima y que lo primero que pregunta al levantar la persiana es “cuál impuesto vence hoy”? Casi ninguno de nosotros paga ganancias porque cobramos mierda o somos monotributistas. Siquiera sabemos del infierno del régimen de autónomos. Y no es casual que nunca nos parezca una buena pregunta para realizar en pandemia o en tiempos normales: “Disculpe, entre todas las medidas económicas anunciadas, ¿qué piensan hacer con los trabajadores cuentapropistas?” 

Estuvimos escasamente expuestos durante la cuarentena más dura. No había nadie en la calle. Teníamos más chances de contagiarnos en el ascensor de nuestro edificio hogareño que en el trabajo. Ese privilegio nos puso en primera fila para ver cómo caían nuestros comercios del barrio, los bares que frecuentábamos, los históricos y las consecuentes pérdidas de puestos de trabajo. Fuimos extremadamente privilegiados como para que ahora, a esta altura del partido, salgamos a decirle a la gente “un esfuerzo más” y no le podamos preguntar al gobierno “para cuándo el esfuerzo de parte de ustedes”. Ni siquiera hay una oleada de notas que crucen al Jefe de Gabinete por decir que nunca hubo impedimento para que cada provincia compre su vacuna cuando hace tan solo unos meses dijo que solo la Nación podía hacerlo. No es que se les pida demasiado a quienes gobiernan, tan solo que cumplan con sus funciones elementales, que para eso se presentaron a elecciones sin que nadie les ponga una pistola en la cabeza. 

Ellos, quienes gobiernan, pueden decir lo que se les canta. De todos modos, ya están vacunados, al igual que sus padres, sus hijos, sus nietos, sus amantes, sus parejas y hasta sus mascotas, por las dudas. Del mismo modo que pueden callar lo que les conviene y ahí los tenemos abocados a militar las vacunas rusas y chinas, esas que pagamos, mientras mantienen el silencio con los 3.5 palos verdes que nos regaló la Armada norteamericana para montar hospitales de campaña. Parece que los gringos vieron algo que todavía no percibimos.

Y nadie pregunta.

Porque las prioridades discursivas siguen corridas de eje dado que tenemos que concientizar y señalar con el dedo a otros irresponsables desde la comodidad que nos da ser personal esencial, cobrar nuestro sueldo antes del día diez de cada mes y tener permiso para circular por donde se nos cante a la hora que se nos antoje.

Y eso que pensé que nuestra función social era la de ser buchones con el poder y solidarios con la gente. Se ve que entendí todo al revés. 

Domingo. Este texto fue escrito por alguien que es personal esencial, cobra su sueldo antes del día diez de cada mes y tiene permiso para circular por donde se le canta a la hora que se le antoja. Desde el primer día de la cuarentena.

 

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