Esos raros liberales nuevos

Durante un par de años me aboqué a la lectura de más libros de los que jamás haya leído, la visita a más lugares de los que el presupuesto me permitía, y a la entrevista de más personalidades del mundillo intelectual que todos los que había conocido en mi vida. Todo eso derivó en un hermoso laburo que fue terminado en marzo de 2018, pero que recién vio la luz en noviembre del mismo año, cuando conseguí un editor que entendiera sobre los temas sobre los que trataba, cosa que pareciera no abundar últimamente en estas épocas en las que las grandes editoriales se han convertido en imprentas de políticos a pedido.

Entre muchas de las cosas que abordé en torno a todos los factores que contribuyen a la sensación de una estructura de odio que sostiene a nuestra bendita sociedad, se encontraba la cuestión de las ideas liberales y esa manía que tenemos en el país por confundir al liberalismo con una materia de la facultad de Económicas. No es una filosofía compleja; la complican los autodenominados liberales que no ven más allá de la economía y, por ende, cualquier gobierno le parece comunista si no elimina toda medida que consideren restrictiva. Sin embargo, cuando se abordan derechos individuales por fuera del bolsillo, el liberal argentino promedio termina por demostrar que tan sólo es un conservador que no quiere pagar impuestos. Lo dije una vez y me llovieron las puteadas. Lo dije dos veces y dejaron de invitarme a algunos lugares. Lo dije por vez tercera y me recordaron qué pensaba de la vida cuando tenía 19 años. Lo dije por cuarta vez y me preguntaron qué tenía contra el liberalismo de derecha, definición que oficia de disfraz de nacionalistas que, si tuvieran un mínimo de liberalismo en sangre, se darían cuenta de la estupidez de definnirse liberal y cerrarse al mundo. Y sin embargo lo digo por vez un millón y lo voy a seguir repitiendo, porque es lo que hay: personas que ven la vida con una planilla de cálculos y para quienes los únicos derechos a respetar son los patrimoniales. El resto, un mezcladito de sobras de varios tragos que arrojan una resaca en la cual pareciera ser que la libertad individual consiste en la restricción de las libertades de terceros.

Ahora que está de moda abordar estas cuestiones dándole espacio al primero que golpee la puerta, les dejo a continuación un breve extracto del libro Te odio: Anatomía de la sociedad argentina. Cualquier cosita, las puteadas las pueden dejar al pie del texto.

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No tan distintos

Sin embargo, en su camino a ser el único faro moral de la sociedad la izquierda tiene hoy un enemigo. De crecimiento silencioso, varios ciudadanos del mundo occidental han comenzado a levantar algunas banderas del particularismo, esa visión del mundo en la que lo único que importa no es el individuo sino las circunstancias del mismo. Como si la máxima «el argentino antes no es ciudadano, es individuo» de Jorge Luis Borges se hubiera materializado, se nos ha llenado la vida cotidiana de opiniones impuestas por personas que quieren que se les preste atención sólo a ellos. Comenzaron tímidamente cuando vieron la llegada de Donald Trump en Estados Unidos, a quien vieron como un auténtico liberal, mientras que su derrotada Hillary Clinton era una suerte de Cristina Kirchner, Michelle Bachellet y Dilma Rousseff angloparlante. Celebraron cada medida que adopta el magnate devenido en presidente de los norteamericanos como si fuera la nueva garantía de la continuidad de la cultura occidental y de allí toman lo que les conviene. Desde la ventaja que da el beneficio de inventario, algunos creen que Donaldo es liberal por su espíritu desregularizador de la economía. Pero un liberal economicista que se precie de tal pondría el grito en el cielo ante el cierre de las importaciones. La chaveta comienza a temblar cuando se les infla el pecho al ver que Trump se pone en contra de un mundo al que no adhiere por cuestiones también economicistas: Estados Unidos destina inmensas sumas de dinero a mantener organismos internacionales que, como si estuvieran compuestos por idiotas, no hacen otra cosa que cuestionar a los Estados Unidos. En este planteo el particularista ve un acto de grandeza. Como ya venía creyendo que Trump es liberal, considera que la ruptura de relaciones con todo lo que no nos cae bien también es de liberal. Y de pronto surge el particularismo a pleno.

Por lo general hablamos de sujetos nacionalistas pero no patriotas. O sea: admiran al nacionalismo de otros países, no a la Nación a la que pertenecen a la que ven arruinada por carencia de nacionalismo y no por exceso del mismo a lo largo de décadas. Así es como celebran cualquier giro de protección de los intereses de una nación extranjera mientras odian que la Argentina se cierre al mundo. Si uno les pregunta tres cosas que admiren de Trump, todos coincidirán en una: bajó impuestos. Eso es algo que para el argentino resultaría un milagro. Aquí, en la tierra de uno de los impuestos al valor agregado más altos del mundo, donde pagamos tributos astronómicos por contraprestaciones que no están a la altura, todos soñamos con una baja de impuestos. Sin embargo, el direccionamiento del hoy autodefinido liberal argentino pareciera pasar por el tamaño del Estado y punto. Particularista al extremo, el sentimiento de libertad se acaba en el mismísimo momento en el que abandonamos la temática económica y viramos a cuestiones más sociales.

A grandes rasgos, Adam Smith consideraba que el verdadero motor del progreso de la humanidad era el egoísmo, no la solidaridad. El particularista parece no comprender este punto que es tan sencillo de explicar en materia de economía: un carnicero no vende la mejor carne al mejor precio porque quiere que el cliente se alimente rico y barato, sino que lo hace para conservar al cliente y acrecentar su propia economía. Egoísmo puro que fomenta la competencia. El particularista lo entiende desde ese punto de vista –lo cual es todo un logro–, pero lo aplica a su derecho a vivir bien, como si todos debiéramos detener nuestras actividades para escuchar qué tienen para decir y hacerles caso. Y si no se les hace caso, la bronca que montarán será tal que uno no podría creer nunca que estuviera hablando con una persona que dice promover los valores de la libertad. Es interesante dialogar con tales individuos sobre otros temas que un liberal que se precie de tal jamás discutiría porque los da por sentado.

(…)

Ser liberal está de moda

Por definición, alguien que se define liberal no necesita hacer demasiadas aclaraciones. Cuanto más aclaraciones, más sospechoso. Y como creen que definirse liberal no requiere mucho estudio –cuando en realidad hacerse cargo de la propia vida lleva un par de bibliotecas leídas sin prejuicios– el que necesita sentirse parte de algún colectivo distinto a otro se define liberal. Ser liberal hoy es snob. Al igual que al peronismo lo copó la izquierda marxista, el liberalismo argentino fue cooptado por nacionalistas conservadores de todo lo que creen que es un valor de nuestra civilización. Personas que se oponen a la recepción de inmigrantes por más capacitados que vengan, sujetos que están en contra del gasto público en obras de infraestructura que ayudarían a que las clases menos pudientes pudieran tener una plataforma para salir adelante con su esfuerzo. Si Julio Argentino Roca, Juan Bautista Alberdi o Carlos Pellegrini resucitaran, en cuanto dieran su opinión dejarían de ser la triada de ídolos liberales argentinos para convertirse en bolcheviques. Y si bien lo contrafáctico nunca es un ejercicio saludable, las acciones en vida de Roca hacen suponer que no tendría problema en contestar a los que quieren limitar el poder del Estado en base a dogmas particularistas: si rompió relaciones con el Vaticano una vez, bien puede mandar a freír churros al que venga con una posición fundamentada en la emoción.

Ya blanqueado como conservador, es notable que el particularista utilice la palabra «responsabilidad» como arma para hablar de su propia libertad. Y es realmente notable porque se para arriba de ese término para impedir cualquier cambio en otra persona que no se condiga con lo que él ve correcto. Básicamente, porque el conservador no sólo quiere conservar su vida pétrea: para que su vida no sufra ningún cambio, necesita que el resto del mundo quede tan congelado como él, en blanco y negro. Insólitamente, ninguna de las cosas que quiere conservar tiene más de un puñado de décadas, o un siglo y medio como mucho, lo que implica un suspiro en la historia de la humanidad. Y si existen cosas a conservar es porque alguien rompió con el molde en su momento, a pesar de lo que tenían para decir los conservadores de aquel entonces.

Termina pidiendo la imposibilidad de acceso a otros a cosas que a él mismo no tiene por qué afectarle. La ley de divorcio no obligó a nadie a divorciarse, del mismo modo que la ley de matrimonio igualitario no impuso que todos los heterosexuales tuvieran que casarse con otras personas de su mismo sexo.

(…)

Y no hay libertad económica sin conciencia de libertad individual. No se puede ser conservador en lo social y liberal en lo económico y, al mismo tiempo, pretender que aquellos que no tienen patrimonio entiendan el valor de la libertad económica. La libertad es un todo y como tal termina imponiendo su sabor como una gota de vino en un vaso de agua: el que es libre en algo, tarde o temprano querrá serlo en todo.

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Si quieren leer más sobre estos y otros conceptos que harán de usted el centro de linchamientos virtuales y/o reales, el libro lo pueden conseguir en cualquier librería, o en formato digital:

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