Filantropía, solidaridad e idiotas con poder

La Argentina tiene miles de variables que la caracterizan, pero hay dos en particular que siempre llamaron mi atención, quizá por el contexto en que crecí: la ebullición social y la solidaridad. La primera la he visto con las peores imágenes de seres absolutamente civilizados, con títulos de grado, posgrados y un adoquín en la mano a punto de iniciar su trayectoria aérea rumbo a la vidriera de un banco. Y nos encanta ponerle nombres históricos: el Rosariazo, el Cordobazo, el Viboratazo, el Argentinazo, etcétera. Luego viene la izquierda y se adjudica esos movimientos históricos que deberían darles el 100% de los votos, pero la coma tiene la costumbre de correrse dos cifras hacia –valga la redundancia– la izquierda.

La segunda, la solidaridad, es un espectáculo que brindamos de forma esporádica pero épica. Las inundaciones de Santa Fe a principios de siglo provocaron una convocatoria de donaciones sin igual, con filas interminables de autos particulares que llevaban alimentos no perecederos, prendas de vestir y materiales de construcción. Ejemplos podemos dar miles, pero lo que lo convierte en épico es la instancia privada, la iniciativa ciudadana, la prescindencia del rol regulador del Estado. Son los ciudadanos que ayudan a otros ciudadanos caídos en desgracia.

Existe hace ya demasiado tiempo un debate entre aquello que depende del Estado y lo que queda sujeto al mercado. Pero entre el Estado y el mercado existe un espacio social, político, cultural y económico que no requiere del monopolio de la autoridad estatal, ni necesita del lucro del capitalismo. Es lo que el filósofo y economista Guy Sorman ha definido como “Tercer Estado”. Este sector ajeno a las regulaciones es casi inexistente en todo el mundo, dado que los Estados Modelo europeos –y los no tanto– las subvencionan, con lo que pasan a ser un aparato dependiente del Estado. Éste decide quién sí y quién no puede estar inscripto –en los registros del Estado– y cuánto recibe uno y otro. Del dinero del Estado, claro.

Pero hay un lugar que siempre nos fue representado como la meca del egoísmo, donde el Estado no está presente más que para declarar la guerra a otros países y coso: los Estados Unidos. Ellos fundaron el término “sin fines de lucro” –not for profit– pero le llaman de otra forma en la jerga: filantropía.

Según la Real Academia Española, la filantropía es el “amor al género humano”. No existe una Royal Academy of English Language, pero según el diccionario de Oxford la filantropía es la “tendencia a procurar el bien de las personas de manera desinteresada, incluso a costa del interés propio”. Y esto toma otro sentido.

Desinteresadamente. A costa del propio interés. Lo primero que se me viene a la mente es el capítulo de Friends en el que Joey y Phoebe compiten a ver si existe el verdadero desinterés en las buenas acciones –»The One Where Phoebe Hates PBS», Temporada 5, Episodio 4– dado que el primero sostiene que es imposible. El argumento es que “si te hace sentir bien, ya existe un interés”.

Ya en 1630, mientras los puritanos viajaban hacia las colonias, el pastor que los acompañaba –un tal John Winthrop– pronunció uno de los textos más famosos del imaginario de superioridad mundial del norteamericano: La ciudad en la colina. En ese sermón, el pastor afirma que “Dios ha querido que algunos fueran ricos y otros, pobres”. Por lo tanto, si el hombre debe ayudar a Dios, se estará creando una sociedad mucho más fraternal. También se escapa el delirio de “ayudar a Dios”, con lo que te regalo ese ego, pero el asunto quedó instalado. Obviamente, para que esto ocurriera, primero tuvieron que existir una serie de cismas en el cristianismo que llevaron a que se propagara un ideario protestante en el que el hombre no tiene por qué esperar a morir para vivir bien en el reino de los cielos.

En 1750, el británico y colono norteamericano Benjamin Franklin ya era más rico que un asado con achuras. Decidió donar casi todo, pero no lo hizo al Estado, dado que según él no había que “moderar la pobreza”, sino eliminarla. Buscaba tan poca fama con este asunto que hasta se negó a dirigir la fundación a la que le legó su fortuna.

En Europa picó en punta la Sociedad Filatrópica para copiar al modelo americano. Ocurrió en la Francia revolucionaria. En España y, por extensión, en sus territorios de ultramar, esto aún era potestad de la Iglesia Católica. Sin embargo, en la France ocurrió algo que también nos sirvió de modelo: el Estado asumió el amparo de la sociedad civil.

¿En el Río de la Plata? Bueno, antes de la independencia ya existían la Casa de Niños Expósitos y algunos asilos para pobres, ancianos y mujeres. Todos dependían de la Iglesia. El ministro de Gobierno bonaerense, Bernardino Rivadavia, creó en 1823 la Sociedad de Damas de Beneficencia, pero con financiamiento mixto: el Estado controlaba y subvencionaba lo que las donaciones privadas no alcanzaban a cubrir. Funcionó con altibajos hasta que las mujeres se negaron a que la Sociedad fuera presidida por la primera dama María Eva Duarte con la excusa de su corta edad. Su marido se lo tomó sin rencores y así desapareció por decreto la Sociedad de Beneficencia tras más de un siglo de existencia.

Y como lo que no me dan lo tengo igual y mejor, nace la Fundación Eva Perón. Es curioso cómo en el ideario nacional y popular no se dan cuenta de la contradicción histórica. O sea: partamos de la base de que la fundación obtenía todo de buena voluntad, que era prolija, que el Estado no se entromete en nada. Demos todo eso por sentado. ¿Cuál es el modelo a replicar de aquellos años felices; el que dice que el Estado te cuida y te saca de la pobreza, o el que dice que lo hacen los privados a través de fundaciones? ¿En serio no ven la contradicción?

El otro gran impulso que obtuvo la filosofía filatrópica norteamericana lo dio el multimillonario John D. Rockefeller cuando donó fortunas inmensas para investigaciones médicas y educación, ya que consideraba que eran la mejor forma de eliminar la pobreza. Nuevamente, eliminarla, no administrarla. Al igual que Franklin, no se metió en nada: solo puso la tarasca.

Para el yanki adinerado, el concepto de solidaridad es más sarmientino que otra cosa: “si no lo hacen por el otro, hágalo por egoísmo”. El egoísmo es dual: o el miedo a que un pobre no educado derive en un marginal que cause daño, o la mera reducción impositiva.

Ser filántropo, entonces, implica querer cambiar la sociedad para que desaparezca la pobreza, la enfermedad, la incultura. Para dimensionarlo, el 60% de los norteamericanos vota en cada elección, pero el 90% de la población hace una donación anual. O sea: hay un 30% de personas que creen más en su propio rol ante la sociedad cada año que en el del Estado cada dos.

Acá estábamos lo más panchos meta ver cuánto tardaba en incendiarse también la Antártida hasta que uno de los quichicientos focos comenzó a desmadrarse. Corrientes en llamas es un desastre económico, social, ecológico global. ¿El Estado? En un vaivén entre discutir, proponer nuevos impuestos y un pelotudeo supino. Hasta que aparece un chabón de 29 años que un viernes a la noche, según sus propias palabras, “estaba por salir a ponerse en pedo con sus amigos” cuando vio la catástrofe correntina. Santi Maratea, un influencer, un joven de esos a los que todos han bardeado en algún momento. Un ciudadano común y corriente que no depende del Estado. Ese pibe recauda más que la AFIP, y lo hace de forma voluntaria. ¿Por qué? Porque la gente cree en él. Incluso los que no lo conocen, creen en él. Otra vez: ¿Y por qué? Porque somos un país en el que no sabemos qué hacen con nuestra guita.

Cada vez que un extranjero escucha de nuestra voz que no sabemos a dónde van nuestros impuestos, no lo entiende. Le cuesta dimensionar que no tengamos impuestos directos: esto se paga para financiar esto otro. Le cuesta entender que todo sea una bolsa común y que no nos importe.

Y en esta Argentina, mientras el ministro de Ambiente daba una charla sobre cambio climático junto al presidente de la Nación en Barbados, ardían siete provincias. Corrientes recién comenzaba. Cuando se convirtió en catástrofe, el Presidente se comía goles en un video que un tipo que lo odia mucho subió a las redes sociales oficales.

Maratea consiguió este nivel de donación por factores que hacen a la publicidad obtenida por un récord que le antecede. Si no hubiera batido este récord, no habría sido noticia y al ser noticia ese récord aumenta. Pero para ser noticia, primero tuvo que llegar a esa cifra que llamó la atención. Para llegar a esa cifra, primero tuvo que hacerlo una y mil veces. Cada vez que Maratea ve una situación de necesidad, organiza una campaña de recaudación. Él no es una Organización No Gubernamental, él no es una sociedad de caridad. Incluso él no es quien pone el dinero. Ni más ni menos se pone a disposición para que cada persona que quiera hacerlo, le gire el dinero. Y como la confianza se construye con los años, Maratea ha demostrado mil veces que cumple.

Con desparpajo, encima, hace quedar como el culo a los colegas que intentan llamarlo para que de una nota sobre este tema. ¿Qué tiene que explicar, cómo se siente? ¿Qué otra cosa puede decirle a un periodista alguien que levantó la mano para recaudar y administrar sin fines de lucro, por pura filantropía, el dinero que un montón de personas le giraron por pura filantropía?

En la Argentina no existe la organización filantrópica: todas las Organizaciones No Gubernamentales, todas las sociedades benéficas, reciben una subvención del Estado porque así fue desde siempre y aún desde antes de la independencia, cuando el Obispo era el comandante de cualquier estructura solidaria. Todas reciben una pauta, desde Madres y Abuelas de Plaza de Mayo hasta las organizaciones internacionales con sede en la Argentina. ¿Recaudan de aportantes privados? Si, algunas mucho, otras poco, pero el Estado pone plata y más de una vez lo hace varias veces, como cuando además existe un aporte de alguna Universidad Nacional. Y como el Estado somos todos, sería hora de replantearnos qué carajo estamos permitiendo.

Desconozco qué piensa Maratea sobre el rol del Estado, sí conozco qué es lo que hace. Desconozco si una persona como yo podría caerle bien o no, no tengo idea de si estaría de acuerdo con lo aquí esbozado o si me convertiría en el centro de alguna bardeada. No es ese el punto. El tema central es que cada movida de las que organiza deja un tendal de interrogantes que se resume en una sola pregunta: ¿Dónde está nuestro dinero recaudado contra nuestra voluntad si las acciones visibles son las que se componen con dinero de nuestra voluntad?

Y podríamos sumar miles, pero todas se desprenden del mismo planteo. En un sistema previsional solidario administrado por el Estado, el jubilado promedio depende de la solidaridad de sus hijos para llegar a fin de mes. En un sistema de salud solidario, el que no tiene la suerte de tener una prepaga, muchas veces depende de la solidaridad para costear algún tratamiento. En un sistema educativo solidario, dependemos de la solidaridad para que las escuelas de frontera y rurales tengan insumos que se asemejen a los que tienen las escuelas citadinas. Todo esto tiene un componente central: para todos y cada uno de esos sistemas solidarios ya pusimos guita y ponemos guita todos los meses, todos los días, cada vez que compramos un alfajor o un paquete de chicles.

No sé si el modelo norteamericano es el que corresponde, no tengo idea si mi configuración mental me permitiría vivir en un país en el que terminaría por endeudarme por un tratamiento de conducto. Lo que sí está claro es que el sistema argentino, así como está, así como funciona, es una máquina de administrar la pobreza, un aparato de gestionar las consecuencias de las catástrofes.

Ningún político de las últimas cinco eras geológicas ha puesto un peso de su bolsillo para la construcción de una escuela estando en la función pública. Ninguno ha construído con su propia plata un hospital, nadie dijo “estas computadoras las pagué yo”. Todo es con dinero del Estado. Con nuestro dinero. Ese es el problema de estar al otro extremo del concepto protestante de la filantropía: el político necesita gestionar las obras de caridad desde el Estado porque, si no ¿qué tiene para ofrecernos? Bueno, la teoría del Estado nos dirá que está para administrar temporalmente los bienes del mismo como si fueran propios.

Pero yo no los veo que entreguen computadoras con la propia ni aunque estén forrados en guita. De hecho, el Presidente destinó recursos para combatir el fuego recién anoche. Durmió, como siempre, pero se defendió al decir que hubo muchísimos recursos, solo que «no hizo publicidad en Twitter con eso». O sea: en vez de pedir disculpas u optar por el sano silencio, salió a competir con algo que no comprende. No se puede ser tan desconsiderado, insensible o idiota. No hay muchas opciones.

Todos prefieren ser estadistas aunque no les dé el piné ni para apagar un incendio y cada tanto tenga que aparecer un muchacho que, entre salir de joda y poner el hombro, optó por la segunda opción.

Lástima que en tan solo unos días nos olvidaremos del asunto. Hasta que algún Maratea levante la mano y nos muestre que una nena necesita un tratamiento que la obra social no puede costearle y todos salgamos a mostrar nuestro mejor costado ante la inoperancia de los que tienen las herramientas para que eso no ocurra.

 

 

En fin. Por lo general, aquí les dejo las formas de aportar a mi economía personal dado que este sitio se mantiene solo. De verdad, no como otros. Pero como la causa lo amerita, les dejo todos los links para colaborar con la recaudación de Maratea:

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