Impuesto al ser argentino

Corrían los últimos meses del año 1988 cuando mi padre y mi madre comenzaron a no dar abasto. Tres hijos no eran financiables en una economía que cerraba aquel año con una inflación superior al 300% y tomando envión. Fue por entonces que mi padre, a la salida de su laburo, se subió a un remís pero no como pasajero, sino como chofer. Había que parar la olla.

No es que no estuvieran acostumbrados: durante toda su vida adulta –o sea, desde 1975 en adelante– mis padres habían convivido con una inflación anual de tres dígitos, pero que los tres dígitos pasaran a ser mensuales era algo nuevo e insostenible. Y eso era lo que ocurría a principios de 1989, cuando mi viejo también sumó a sus magros ingresos ser sereno de una estación de servicio. Prácticamente no lo veíamos y desconocemos en qué momento dormía, pero recuerdo patente una conversación de esas que «los chicos no deben presenciar» y que terminan con el niño parado detrás de la puerta para escuchar. «No doy más» dijo uno, «pensemos en que es pasajero» le contestó la otra.

Lo pasajero duró dos años más con inflaciones internanuales de cuatro dígitos en un país sin futuro.

Para cuando comenzó a caerse la economía global a finales de los noventa, medio que la vimos de coté. Sin embargo, a mediados del año 2000, con las finanzas internacionales bailando al ritmo de la explosión de las puntocom, comenzó a respirarse otro clima en casa nuevamente. Yo ya estaba grandecito y laburaba. Sin embargo, cuando un señor devaluó asimétricamente la moneda mandando el dólar un 300% arriba en una jornada, sentí que se me venía todo abajo. Y allí mis padres me dijeron «es pasajero, hay que apechugarla».

Algunos politólogos, sociólogos y antropólogos han contribuido a fomentar la creencia de que el primer gobierno de Néstor Kirchner fue de bonanza económica. Cuando venís de la que veníamos, cualquier cosa es una buena señal. Pero los superávits gemelos, la soja por las nubes y el default aplaudido por mayoría en Asamblea Extraordinaria no alcanzaron para que el país bajara su índice de pobreza ni la mortalidad infantil a los niveles que podría haberlo hecho. El periodismo, siempre vago para cotejar datos y fácil de comprar con un abrazo y una palmadita en el hombro de parte del presidente, también ayudaba a la construcción de relato. Muchos de los que hoy vomitan bilis puteando a Cristina Fernández y a Alberto Ídem tenían una linda imagen del entonces presidente. Nadie cuestionaba nada, absolutamente nada.

Debe ser por eso que cayó tan fuerte que tuviera que ser el mismísimo Fidel Castro el que le dijera en la cara a Néstor Kirchner, en medio de la Cumbre de las Américas, que con el dinero que ingresaba en la Argentina podría hacer muchísimo más de lo que estaba haciendo. Obviamente la noticia fue que Néstor se le plantó a Fidel. Si hubieran salido a cotejar los números de ingresos por exportaciones quizás hubieran descubierto la corrupción un par de años antes de que estallara el caso Skanska.

Para mí no fueron años de bonanza, sino de acostumbramiento, pero bueno, para no desviarme demasiado, voy a hacer de cuenta que fue un gobierno de la hostia aunque en 2007 tuvieran que empezar a meter mano en los índices del INDEC.

Si bien dejó de crecer en 2010, la Argentina cae oficialmente en un tobogán económico en 2011, cuando aplica el primer cepo cambiario y la inflación comienza a desmadrarse. En aquel entonces me mentalicé y dije «es la famosa crisis cíclica de cada diez años, hay que apechugarla y hacer lo que haga falta porque es pasajero». Pero pasó el 2012 y pasó el 2013. Ya eran tres años de malaria tapada con fútbol y cadenas nacionales a los gritos. Y pasaron el 2014, el 2015, el 2016, el 2017, el 2018, el 2019 y ya estamos en 2020.

Estamos en 2020 y de la crisis cíclica cada diez años pasamos a una crisis que lleva diez años. Y no hay proyección más optimista que pueda mejorar la oferta de que recién en 2023 estaremos recuperando la economía de 2019, que ya de por sí fue una verdadera mierda. Catorce años para ver si crecemos. ¿Cómo hago para convencerme de que «es pasajero»?

Hace unos meses mantenía una conversación con mi abuela. Ella cumplió 90 años en abril, con lo cual podemos decir sin temor a equivocarnos que nació durante el segundo mandato de Hipólito Yrigoyen y en un país en el que no existía el Banco Central ni 160 impuestos. Meta charlar uno cae en la cuenta de que hubo generaciones que la pasaron fulero. Que ir o no ir a darle de comer a las palomas en la Plaza de Mayo puede determinar si llegás a viejo o terminás debajo de una bomba de la Fuerza Aérea; que salir a la calle y ver pasar un desfile de tanques cada dos o tres años hacía suponer que por la tarde te enterarías de quién era el nuevo presidente electo por las fuerzas armadas; y que la inflación fue parte de tu larga vida.

Sin embargo hay algo que me genera cierta angustia que no sabría bien cómo definirla. Esos procesos inflacionarios cada vez más marcados no repercutían tan gravemente. O sea, es difícil de dimensionar, pero diez años de inflación de dos dígitos han hecho más daño al tejido social que diez años de inflación de tres dígitos, no sé si me explico.

El índice de pobreza del 5,7% de 1974 llegó a un pico de 29% en 1982. De allí bajó, pero nunca volvió al 5,7%, sino que tocó un piso 15,5% para tomar envión y llegar al 49,6% en 1989. De ahí no volvió ni al 15,5% ni mucho menos al ya lejano 5,7%, sino que bajó al 18,2% en 1993. Otro salto al 29,3% en 1996 para no volver ni al 18,2%, ni al 15,5% ni al 5,7%, sino a un 27,2% en 1997. De ahí en más pegamos un saltito al 35,9% en 2001 y a un hermoso 54,9% en 2002 sin escalas que descendió a un 25,7% en el último año antes de que fuera intervenido el INDEC.

Luego se consideró que medir la pobreza era «estigmatizante» y más tarde nos enteramos de que seguíamos teniendo un 32% de pobres. Por último, en 2019 comenzamos el año con un 25,9% de pobres y lo cerramos con 35,5%. ¿Cuántos son hoy? Las mejores estimaciones calculan que llegaremos a diciembre con la mitad de la población bajo la línea de la pobreza y más niños pobres que los que hicieron llorar al panelista de Mauro Viale. Y todo esto sin haber vuelto nunca más a los cuatro dígitos anuales de inflación ni a los tres.

No sé si notaron que cada subida de pobreza no vuelve a su estado original. Cada crecida deja un ladrillo más sobre una pared de pobres que ya acumulan bisabuelos pobres en una realidad que lleva 46 años de pobreza sin volver al 5,7% de 1974. Y mejor ni hablar de la que había antes de aquel año.

Es el drama de los números: los muy turros tienen la manía de no saber mentir. Y ahí nos encontramos que la inflación promedio del país desde 1935, cuando se creó el Banco Central, es superior al 60% por año. Si la tomamos desde la década del sesenta es del 80%. Si partimos de los años setenta, llegamos al 100% promedio. No tuvimos ninguna guerra mundial, vivimos en un país sin huracanes, con un terremoto serio cada cien años, una de las mayores cantidades de áreas cultivables en relación a la población y, sin embargo, hay dos cosas que unen a mis abuelos, a mis viejos y a mí. La primera es que nunca en la puta vida hubo alguien que pudiera solucionar la inflación por más de nueve años. La segunda es que a todos nos convencieron que vivir así es pasajero, como si existiera un impuesto a ser argentino que todos debemos pagar y que consiste en no poder planificar siquiera la merienda de mañana.

Uno de los videos más famosos de Tato Bores es el famoso Monólogo 2000, en el que en una parte relata la historia de los billetes argentinos y hace una cuenta que pronto, con la llegada de la convertibilidad, quedaría desactualizada, así que les hago el favor:

El primer billete argentino fue el Peso Moneda Nacional creado en 1881 con la idea de unificar el sistema monetario y exterminar la circulación de todas las monedas que se usaban habitualmente. Esa moneda duró casi nueve décadas hasta el 1° de enero de 1970, cuando las sucesivas devaluaciones habían hecho inútiles las denominaciones. Así es que se creó el Peso Ley 18.188, con el que se le quitaban dos ceros a la moneda anterior. Esta nueva moneda tuvo vida hasta 1983, cuando se hizo insufrible manejarse con billetes de hasta un millón de pesos producto de una década de devaluaciones e inflación. El Peso Argentino le quitó cuatro ceros al peso ley, todo para ser reemplazado dos años después por el Austral, una moneda que le quitaba tres ceros al billete anterior. El billete del alfonsinismo, que llevaba el nombre del plan económico, también corrió con su suerte: llegó a depreciarse 5 mil por ciento en un año. En 1992 vuelve a correr el Peso, esta vez quitándole cuatro ceros al Austral.

Para principios del siglo XX un dólar americano equivalía a 2,35 pesos. Fue durante la década del treinta que la moneda norteamericana se devalúa frente al oro en un 60 por ciento, pero la Argentina hizo lo mismo, con lo cual para 1935 un dólar 60 por ciento más barato en oro equivalía a 3,90 pesos. A partir de allí, la sucesiva quita de ceros hizo que la comparación original con la divisa estadounidense quedara en el olvido, por suerte para nosotros, dado que veríamos que la moneda norteamericana se devaluó 70 veces en 140 años, mientras que la nuestra lo hizo 200 billones de veces. Y no utilizo los billones americanos, sino el español, el de los doce ceros.

Pero si realmente queremos pasar del masoquismo a la autoflagelación extrema, recordemos que si alguien vivió 150 años y conserva un peso de 1881, hoy equivale a 0,0000000000001 pesos, con lo cual le alcanza para comprar 0,0000000000000007 dólares. O podemos hacerla al revés y saber que, si pudiéramos ir hacia atrás, un pesito de hoy equivale a 7.000.000.000.000.000 de dólares de 1881. ¿Quiere aumentar el combo? En 1881 un peso equivalía a 1,6 gramos de oro. Eso quiere decir que, violando todas las normas de la línea de tiempo, con lo que en este miércoles 16 de septiembre de 2020 en la Argentina se puede comprar un dólar, en 1881 se hubiera podido comprar 807.759.000.000 de toneladas –una tonelada son mil kilos– de oro. Todo un tema, dado que se estima que en el mundo sólo hay 171.300 toneladas.

Y todavía hay gente que se pregunta por qué el argentino no confía en el peso. ¿Quién va a ahorrar en pesos? Si tuviera que aprovisionarse ¿usted compraría leche larga vida o leche en sachet?

Mientras tanto cada empresa que se va del país es militada, como todo lo que tenga que ver con un sucio empresario a los que hay que cobrarles más impuestos porque son ricos en un país en el que Cristina tiene declarado un patrimonio inferior a los 30 mil dólares. Y cada uno de los que salimos a cuestionar esas medidas o a lamentar la partida de una empresa somos llamados «desclasados» o clase medias que le lustran los zapatos a los ricos.

Si alguna vez alguien entendiera que me importa entre poco y la nada misma quién es millonario, sino que me interesa la cantidad de puestos de trabajo que genera con su capital; si alguna vez entendieran que los grandes capitales son los que generan esos puestos de laburo que a su vez generan sueldos que serán gastados en consumo con impuestos que mantendrán la máquina imparable del Estado, quizá, en una de esas, dejarían de justificar lo injustificable y de idolatrar a destructores de economías.

La inflación fue un problema serio en grandes países del mundo. Hoy, la Argentina acumula en un año diez veces –sí, diez veces– toda la inflación que Israel sumó en una década. Israel, un país que también supo de hiperinflación.

Nadie quiere hacer lo que tiene que hacer. Si gasto más de lo que cobro, me endeudo. Si no cumplo con mis deudas, me ejecutan. Si el Estado gasta más de lo que cobra, se llama ampliación de derechos. Si no puede pagar las deudas, no pasa naranja, siempre se podrá reestructurar mientras contratamos más gente para peores servicios.

Pero a aguantar, a apechugarla que ya pasará, que esta vez sí, que esta vez la vamos a embocar con más impuestos, más Estado y más militancia. Es pasajero.

 

 

P.D: No jodan con purismos numéricos respecto de cuánto oro y cuántos dólares en una línea de tiempo contrafáctica. Salvo que tengan la máquina del tiempo. Si es así, avisen, que tengo un par de cosas que arreglar.