Juventud, el tesoro que ningún político entiende

Un hombre es detenido en 2008 con una valija de guita. Dice que es para Néstor Kirchner. Trece años después, el máximo responsable de la inteligencia chavista dice que repartían guita a presidentes de la región y menciona a Néstor Kirchner. Diosdado Cabello, el verdadero líder del desastre venezolano dice que es cierto. En un país que no se encontrara anestesiado, alcanzaría para meter en cana al receptor. Pero como el receptor no puede ir en cana por razones biológicas, no pasa nada. Pero nada. Ni siquiera hay quien cuestione la imagen histórica de Néstor Kirchner. ¿Por qué?

Alguien tuvo la sádica idea de sancionar una ley que obliga a los candidatos a debatir. Los debates son una fuente de chistes para la vieja guardia tuitera y una inyección de anabólicos para los redactores de panegíricos que creen que la verdadera batalla está ahí, en las 483 mil personas que vieron ése debate y que se vieron reflejados en los 5 puntos de rating. En la provincia de Buenos Aires votan 12.7 millones de personas. Y probablemente, buena parte de ese rating corresponda a la ciudad de Buenos Aires.

¿Cuál es el éxito? ¿Cuál es el mensaje? ¿A quién le hablan si los que consumen estos tipos de programas ya tienen el voto decidido?

Ahora que La Cámpora sacó su nueva canción para Halloween, noté que mencionan a Sinceramente de Cristina Fernández de Kirchner, y afirman que defienden la doctrina del General Perón. Una paradoja que no resiste el menor análisis: si supieran o al menos les interesara saber cuál es la doctrina del Sheneral, Conducción Política tendría –de mínima– la misma cantidad de ejemplares vendidos en los últimos años que el libro de Cristina. Y sin embargo no se vendió ni uno. Está bien que así sea, porque si llegan a ojear aunque sea por arriba los conceptos de Perón, lo cancelan.

Hoy quisiera detenerme en uno de los grandes enigmas del discurso político argentino. Un grupo de personas que no tienen demasiado peso en el padrón electoral pero que pueden sumar uno o dos puntos y dar vuelta un resultado. Y no, no me refiero a los mayores de 70 años, sino a los jóvenes.

Es curioso porque el oficialismo, en su búsqueda desesperada de sumar votos, tiene un coto de caza interesante en el sector que no está obligado a votar. Pero no tienen nada para ofrecerle más que jubilaciones de pobreza. Entonces salen a la caza del voto joven. Y lo hacen con trajes que huelen a naftalina con lavanda, suposiciones estereotipadas y sobreactuaciones apendejadas que darían vergüenza ajena a Don Fulgencio.

Luego de probar con cualquier cosa para intentar develar qué quieren los jóvenes –desde pelotudear con coreografías en TikTok hasta hablar como adolescentes– siguen sin recurrir a un diccionario. El mataburros les diría que los jóvenes no son una clase social.

Podrían intentar explicarles a los jóvenes qué pretenden hacer como funcionarios políticos, cómo cambiarán la realidad o, si ocurriera un milagro, escucharlos. Prefieren TikTokear.

Una mano a todos, toditos los políticos para ayudarles a definir qué cazzo es juventud: es una franja etaria, nada más ni nada menos. Y lo que lo diferencia de otras franjas etarias es su capacidad productiva.

Según el criterio establecido por las Naciones Unidas, la juventud es una etapa de la vida del ser humano que va desde los 15 años hasta los 24, inclusive. Pero como la política no es boluda, y el curro de la eterna juventud no es privativo de los centros de estudiantes, se crearon las “ramas juveniles” de los partidos hace ya tiempo.

Así fue que se fijó que la juventud partidaria llegaba a los 30 años. Los sindicalistas, para no tener que lidiar con serruchos desde muy temprano, estiraron la barrera de la juventud hacia los 35 años. El resto de la percepción se debe un poco a que nadie quiere envejecer y otro tanto a las burradas de los medios con tal de que alguien haga click en la nota.

Hace tan solo unos días, en uno de los medios más importantes de la Argentina, se publicó una nota sobre el “influencer bursátil millennial”. La nota es sobre un pibe de 20 años. O sea, un pibe que nació en 2001, cuando los primeros millennials ya aportaban a la caja de jubilaciones. Un muchacho que podría ser hijo de un millennial.

Es un flagelo que atraviesa a todos los partidos políticos, pero que en el kirchnerismo ha sido un buen cimbronazo. Ellos, los kirchneristas, fueron los que levantaron las banderas de la juventud. Bueno, ellos fueron los que dijeron que levantaron las banderas de la juventud. Para ser concretos, levantaron las banderas de un sector de la juventud que nunca estuvo ni cerca del peronismo porque creció en la década de los noventa, pero el discurso de que esos señores de cincuenta y pico habían sido jóvenes con grandes ideales y dispuestos a dar la vida por ellos, picó. No en todos, pero picó.

De pronto, todo fue tergiversado y tuvimos que ver que la llama revolucionaria de aquellos jóvenes de hace cincuenta años no consistía en una Patria Socialista sin saber bien qué modelo adoptar, sino que en realidad se trataba de un modelo sojero, híper consumista, oligopólico y, fundamentalmente, corporativo. Para todo lo demás: sarasear.

Cualquiera que haya sido literalmente joven en 2003, hoy ronda entre los 33 y los 41 años. Y ahí viene el señor de bigotes, canas y panza a cantarles “Viento dile a la lluvia” para robar el corazón de las señoritas. Los años pasaron. Los jóvenes de hoy nacieron entre 1997 y 2006. No vivieron la caída de las puntocom, el atentado a las Torres Gemelas lo conocen por documentales, y el más veterano contaba con diez años cuando Néstor Kirchner dejó la presidencia.

Nadie quiere envejecer. A todos nos gusta tener más experiencia, reírnos de cosas que antes nos daban miedo, pero el espejo nos espanta. Sin embargo también es un hecho que no podemos llamar joven a cualquier tipo. Busquen el partido que quieran y verán el retroceso que hubo en materia de juventud y los lugares forzados que se les han dado a algunos jóvenes. Y no hablo de capacidad para evitar caer en lugares comunes. O sea: es fácil pegarle a Ofelia Fernández por rascarse el pupo todo el día, pero convengamos que nadie sabe qué hace o deja de hacer el resto de los legisladores porteños.

Vivimos en un país en el que un tipo fue designado ministro de Educación y al finalizar su gestión dejó el doble de establecimientos educativos, abrió una escuela secundaria donde había algo que pareciera un ser humano, cuadruplicó la cantidad de alumnos matriculados gratuitamente. Ese hombre, Nicolás Avellaneda, fue designado en su cargo a los 30 años –días antes de cumplir los 31– y finalizó su labor a los 36 para pasar a ser Presidente un par de meses después ya con 37 años.

Y podrán decirme que me voy muy lejos en el tiempo, pero lo que se extendió es la expectativa de vida del ser humano, no otra cosa. Añadimos años a nuestra vida biológica, no corrimos la frontera. Si fuera del otro modo, y si tenemos en cuenta que la expectativa de vida hace un siglo era de 34 años, hoy deberíamos comenzar primer grado a los 15 años y buscar nuestro primer laburo a los 40. Y no todos somos Máximo Kirchner.

A nivel político cuesta entender la poca visión de las cosas. En la ciudad de Buenos Aires, el candidato más joven con posibilidades de ingresar al Congreso tiene 40 años. Y no, no es del kirchnerismo. En la provincia de Buenos Aires ocurrió un accidente y hay un par de candidatos sub 40. Un par. Dos. Esto va más allá de las capacidades, apunta a si queremos hablarle a los jóvenes como padres, como compinches pelotudos, o como si fuéramos iguales. Y a comprender que los jóvenes no son una clase social.

Así estamos con las fronteras totalmente corridas. Un día nos dijeron que Amado Boudou era un candidato joven y la broma quedó. Ahora hablamos de la juventud de Kicillof, que con 50 años está más pendiente de la colonoscopía que del acné.

Lo siento mucho, gente. Si alguien tiene más de 25 pirulos, ya no es joven. Es más joven que uno de 40, o que uno de 26. Pero no, ya no es joven. De hecho, puede celebrar contrato de trabajo, casarse y votar desde los 16 años. Quizá, si se los tratara como adultos y se atendieran los problemas de esa franja etaria como adultos, las cosas irían un cachito mejor.

Por el contrario, han aprovechado el paso del tiempo para que las nuevas juventudes sean como la versión política de “el público se renueva”. Y así creen que pueden tirar un control de precios, una ley de abastecimiento, un cepo eterno, controles autoritarios durante una cuarentena, y creer que como los jóvenes no lo vivieron antes, no pasa nada.

Cosa de viejos.

Hablar de mi generación es difícil, porque son cada vez más difusas las fronteras entre una y otra franja etaria, pero sí es muy fácil saber que los que hoy tenemos entre poco más de treinta y poco menos de cuarenta quedamos afuera de cualquier posibilidad de política pública que no consista en la suerte.

¿Vivienda propia? Si tuviéramos una economía saneada yo ya no califico para un crédito a treinta años. Nos resta esperar la herencia si somos hijos únicos, o un alquiler de por vida. Ya que hablamos de alquileres, si hay un grupo etario al que se garchó al trote la bendita ley de alquileres es, casualmente, a las familias jóvenes y a los que pretendían despegar de sus hogares.

Mi generación creció tildada de ser apolítica cuando no lo éramos. Incluso esa inmensa mayoría de jóvenes que no participamos en política estábamos politizados: creer que todo lo tengo que obtener al remar en dulce de leche con dos escarbadientes por remos sin esperar ninguna soga del Estado, también es una forma de ver la política.

Hoy, a pesar de lo que nos hicieron creer, la inmensa mayoría de los jóvenes tampoco militan. Si así fuera, reventarían de afiliaciones los partidos. Y no, no pasa. Opinar se opinó siempre. Confundir redes sociales con masividad de participación política es no entender la diferencia que hace la tecnología.

Ser joven no es ser rico, ni ser pobre, ni ser clase media; no es ser kirchnerista, ni macrista, ni radical, ni trosko. Tampoco es querer o no querer participar de la política. Ser joven no es nada de eso y lo es todo a la vez. Repito, no es una clase social: es una franja etaria.

Hablar en inclusivo es creer que todos los jóvenes hablan en inclusivo. Hablar de “garchar” es suponer que un chico de 16 tiene ganas de hablar de sexo con personas que podrían ser sus abuelos y que nisiquiera lo son.

El concepto nefasto de “la vida que queremos” también va en ese sentido: creer que todo es homogéneo. Más allá de la campaña pedorra, hay un punto que es para todos: el pluralismo. Y la vida que queremos es un imposible porque yo no soy vos, vos no sos yo y cada uno tiene un proyecto de vida distinto al resto.

La libertad es el respeto irrestricto al proyecto de vida ajeno. Nada más idiota que pluralizarlo.

En fin. Aún uso zapatillas de lona, jeans y remeras de mis artistas favoritos. Pero eso no me quita la incipiente presbicia ni que a partir del año que viene debo comenzar a controlar con cierta periodicidad la presión arterial y el colesterol. Aún creo que puedo cambiar las cosas, pero eso no me saca de la cabeza todo lo vivido.

Y creo que ahí radica el asunto: en el estado de permanente juventud no importa la experiencia adquirida a fuerza de errores. Por ende, todo debe ser perdonado.

 

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