La desconexión total

La desconexión total

De todos los mecanismos de adaptación de la mente humana al mundo que lo rodea, existe uno en particular que siempre me pareció fascinante: la disociación. Básicamente es un mecanismo de adecuación que nos desconecta de la realidad. Así, no más. Un interruptor que pone en “off” la percepción que tenemos del mundo y, al mismo tiempo, enciende uno que nos pinta en un universo utópico más placentero del que en realidad es.

Me asombra por una circunstancia básica: la humanidad se divide entre los que han disociado y quienes están por hacerlo. Pero ocurrir, le ocurre a todos en algún momento. ¿Por qué? Porque no existe ser humano que llegue a viejo sin atravesar una sola situación traumática para la cual no se encuentra preparado. Cuando nos quedamos sin recursos psicológicos para atravesar una situación límite, es normal que se dispare el mecanismo disociativo que no es otra cosa que una forma de reducir el impacto de lo ocurrido al punto de sentir que no pasó.

Es una anestesia emocional instintiva que se activa cuando nuestro inconsciente asume que no hay salida a una situación determinada. Y por eso, probablemente nuestra parte consciente nunca se entere. Es un “si me hago el muerto el oso no me come” pero pasado a la descripción de acciones en la que matamos al oso a trompada limpia.

Esta semana no solo ha marcado un punto de desborde de emociones colectivas sino que estas no han funcionado como anestésico de la sociedad, como los Grinchs del fútbol afirman que ocurre sin el mínimo rigor estadístico que los respalde. Tampoco ocurrió para los deseos del Gobierno, que cree que cualquier cosa puede taparse mientras haya fútbol.

Todos registramos que el dólar subió, todos registramos que las compras del súper están picantísimas, todos registramos que todo sigue igual en materia económica: en franco descenso hacia la pauperización generalizada. Y entre los informados consuetudinarios, todos registramos que celebrar una inflación mensual de 5% es de imbéciles. Asimismo, todos registramos que el gobierno se puso del lado del mal institucional nuevamente por cuestiones de ideologías más flojas que un flan dejado al sol. Todos lo registramos, solo nos permitimos festejar por cosas que nos hacen feliz.

El que pareciera no registrar su lugar de absoluta soledad es el Presidente, que a esta altura debería llevar todos sus actos desde Olivos para garantizarse que su familia no se vaya mientras se encuentra afuera. Tal es la desconexión con la realidad que a Alberto se le ocurrió organizar un acto en este contexto, en esta semana, y con un motivo tan ridículo que no entiendo cómo la maestra de ceremonias no fue la Payasa Filomena.

La idea primigenia era coincidir con Cristina en un acto. Esa fascinación por cabecear adoquines es única, pero lo intentó. Para ello no se le ocurrió mejor cosa que celebrar los logros de sus tres años de gestión y a destiempo. Cristina usó todo tipo de excusas y primero tuvo un Covid que no le impidió salir a caminar por el barrio. Luego afirmó que tenía el acto del Grupo de Puebla. El acto se postergó. Para marzo. Lo increíble es que utilizó de excusa la reunión de un grupo cofundado, entre otros, por el propio Alberto Fernández y no por ella. No puede haber tanta maldad.

Al acto faltaron dos tercios de los ministros del Poder Ejecutivo. Hubo un solo gobernador. Uno solo. Probablemente escuchó “vacío” y se acercó a la espera de comerse un asadito.

Bajo el sol y sin temor a mostrar las sillas en franca exhibición de ausencias, Alberto afirmó que “muchos dicen” que es “un Presidente timorato, que no ejerce el liderazgo”. Eso decían en su entorno en 2020. Hoy ya no dicen nada. La intrascendencia absoluta. Sin embargo, comenzó un show de disociación pocas veces visto cuando sostuvo que él no cree que el liderazgo se ejerza “ni gritando ni golpeando la mesa, sino convenciendo a todos”.

Hay que estar en ese estado lisérgico, eh. Nos cagó a gritos en continuado antes de que apareciera la foto de la fiesta de su querida Fabiola, lo hizo después de su aparición cuando se enojó con quienes repitieron que él culpó a su querida Fabiola, y aún lo hace si ve que se juntan cinco personas y hay un micrófono disponible.

Plazas 2021 vs. 2022

Hace un año, no más, Alberto hablaba ante una multitud en la Plaza de Mayo. Nadie recuerda qué dijo, pero al Pepe Mujica le vino bien para clavarse una siestita en público. Parece mentira que esa imagen sea de hace tan solo un año, pero más increíble es que un gobierno se sostenga en el tiempo con los índices de confianza y de imagen que ha exhibido el actual. Un lograzo de nuestras instituciones.

Ahora alcanza con armar una lista para ir al almacén de las fantasías albertianas: una enfermera, un guardaparque de los que no usan bronceador en Tierra del Fuego, Corrientes o Entre Ríos, una afiliada al PAMI nutricionalmente estable, un guarda de tren, un fabricante de motos, un representante de un laboratorio sin pedido de captura, una docente de una escuela técnica y una empresaria turística beneficiada por el Previaje. Esto no es un chiste, sino que así vino la info oficial. Más gracia genera saber que dieron el presente solo cinco de 23 ministros. O tres intendentes de los 135 que tiene la provincia de Buenos Aires. Y recordemos al gobernador ilusionado con ligar, al menos, una provoleta.

Pero el hombre no aprende, habla de candidaturas con la misma soltura con la que afirma que el rebrote de Covid se puede manejar “porque somos el país que más inmunidad ha alcanzado”. En realidad estamos en el puesto 19, superados por Bahrein, Uruguay, Nicaragua, España, Chile, Camboya… ¿Pero qué importan las cifras?

A mí, no sé a usted, estimadísimo lector y/o lectora, me preocupa el después. Porque en algún momento habrá que unificar los tipos de cambio. Y si la inflación ya está en la estratósfera, podremos ir a buscarla a la galaxia de al lado.

En algún momento habrá que volver a generar confianza en la moneda, pero para eso hay que tener una que no se deprecie permanentemente. Hoy, ese objetivo lo veo factible para aproximadamente el siglo XXVII. ¿Cómo se hace para volver a confiar en una moneda que acumula un proceso devaluatorio permanente desde antes de que nacieran mis padres?

En algún momento habrá que volver a atraer inversiones, algo para lo cual debemos garantizar no solo los dos puntos anteriores. Además será necesario contar con un sistema de vínculos exteriores acordes. Y eso será más difícil que conseguir una verdad de la boca del Presidente.

Que nuestro ministerio de Relaciones Exteriores incluya el comercio exterior no es un error del sistema. Cada embajada es un stand publicitario en el que se venden las bondades y virtudes de nuestro país para que el receptor las compre. No están solo para resolver los quilombos de nuestros ciudadanos por el mundo, sino que, además, deben actuar de promotores de marca. Y nuestra cancillería, en tiempos de paz, tiene una de las tareas más importantes de todos los ministerios: ser nuestra vidriera, nuestro headquarter del mercadeo. Tan importante es su rol que fue creada por la primera Constitución de 1853.

Antes que nada, hay que reconocer que la historia de la Cancillería ha sido un vaivén de alturas y bajezas a lo largo de toda nuestra historia.

Pero esa no es la realidad de todo nuestro servicio exterior. De hecho, si aún  tenemos grandes embajadores, cónsules y personal diplomático esparcidos por el mundo es a pesar de nuestra Cancillería y no gracias a ella. Todavía, dado que también ha sido el blanco de la militancia ultramontana kirchnerista. Cómo dejar pasar un ministerio en el que, si hacés bien las cosas o sabés acomodarte –depende de los parámetros éticos– podrían pagarte en dólares por vivir en el extranjero. En realidad es “por representar a la República Argentina”, pero algunos no se dieron por enterados aún.

Y es que a pesar de la carrera del Servicio Exterior, aún conservamos un cupo de “embajadores políticos”. Es algo que todos los países tienen por cuestiones estratégicas, pero nosotros le encontramos la vuelta para trampearlo: designamos embajadores de carrera afines y nos queda el cupo libre para más. ¿A quién va a servir un embajador de carrera ascendido por filiación política, a los intereses de su país o a los del gobierno y partido político que lo envía a su destino? ¿Tantos intereses estratégicos tiene un gobierno que se putea hasta con Uruguay? ¿Por qué tenemos que pagarle la jubilación dorada a Alfonsinito en Madrid?

El tema de la actualidad es que el mundo, más o menos, se ha mantenido estable en los últimos veinte años en cuanto a relaciones internacionales se entiende. Putin está en Rusia hace más de dos décadas y con las mismas políticas absolutamente contrarias al ideario progresista. Maduro es el sucesor de Chávez desde 2013, pero el sistema de represión a la disidencia política y la obsesión por arruinar cualquier resorte productivo, existe desde el año cero. Estados Unidos ha sido Estados Unidos con Bush, con Obama, con Trump y con Biden. China mantiene las mismas políticas represivas de siempre. Represión y campos de concentración y exterminio de las minorías para todos. Cortesía del Partido Comunista.

Podría decirse que no hay nada nuevo como para que el kirchnerismo entre en duda sobre cómo actuar ante un hecho de repercusión internacional. No es que nos encontramos con la necesidad de tener a un Luis María Drago al frente de la cancillería para que haga frente a la Doctrina Monroe. Con tener uno que pueda hacerse entender en público nos alcanza. Y si puede hacer silencio antes de condenar al pelotudo del barrio, mejor.

Pero no, ahí vamos y le damos asilo político a una funcionaria condenada del prófugo ex presidente ecuatoriano Rafael Correa. Por si faltaba poco, manifestamos nuestro apoyo al imbécil del ex presidente peruano, ese que luego de querer disolver el congreso, fue depuesto y encarcelado con todas las garantías que la legislación peruana le confiere. ¿Qué tenía que hacer la Argentina? Nada. Absolutamente nada. Y si le daba ansiedad mantenerse callada, no es muy complicado entender con quién solidarizarse: nunca con un golpista.

Pero es más importante la sobreactuación y juntarse con el gobierno de Bolivia, presidido por otro fan de tomar la Constitución y los mandatos electorales como un arcaísmo. O el de México, al mando de un sujeto que tiene que fijarse en el almanaque para saber en qué año vive. Y ahora le damos la bienvenida al gobierno de Colombia a la coreografía que nos gusta bailar con Venezuela y Nicaragua.

Un auténtico sindicato de cínicos. Y nosotros ahí, felices de estar con los hijos de puta. ¿Por qué? En parte porque hay un sector enorme de la dirigencia a la que le espanta que la aplicación de la institucionalidad no solo ponga frenos sino que, además, existan consecuencias a quienes aceleran en vez de frenar. ¿Cómo vas a terminar preso por hacer lo que querés? ¿Cómo que hay que irse a casa acabados los mandatos? ¿Acaso no votamos emperadores?

Incluso cuando la situación queda servida, cuando no hay ninguna sospecha, cuando una potencia militar invade a su vecino a traición y sin declaración de guerra, nuestro gobierno se empeda y habla sobre “eso feo que pasa allá, con la guerra de Ucrania”. ¿No ven que uno invadió, manga de sociópatas? Y ahí va el Presidente a Europa a tirar sus ideas para solucionar el conflicto. Justo él, que no consigue ser obedecido ni por Dylan.

¿En nombre de quién hicieron todo esto? Si leemos la plataforma electoral del Frente de Todos de 2019, en el ítem de Relaciones Internacionales se propone “relacionarnos con todos los países del mundo bajo la premisa de una clara defensa de la soberanía, el interés nacional, la integración regional y el multilateralismo” además de “una política de respeto del derecho internacional”. Y ahí van, no más, a defender a golpistas, represores, invasores, asesinos hechos y derechos a quienes visten de complejidad.

Si pensáramos las relaciones internacionales como relaciones interpersonales, ¿quién querría estar con alguien que defiende a todos los hijos de puta del barrio?

Y nosotros ofendidos por lo que pasa con la sociedad Qatarí. Al menos tienen la gentileza de mostrarse como una sociedad troglodita. Nuestro Gobierno, en cambio, se disfraza de derecho, humano y democrático mientras se babea por el que ocupa el casillero equivocado.

Quizá tan solo sea la manifestación de un deseo y una sana envidia hacia aquellos que hacen lo que quieren con sus pueblos y, cuando se aburren, con los pueblos de al lado también.

Te regalo ese nivel de disociación.

Nicolás Lucca

 

 

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