La gran apuesta

La campaña largó hace rato, pero no fue hasta hace unas semanas que se puso realmente entretenida. Entretenida para quien vive afuera y la ve de lejos. El giro a la moderación que buscó Cristina Fernández al seleccionar a Alberto Ídem demuestra que confunde moderación con no gritar. Alberto Ídem no para de meter la gamba desdiciendo lo que dijo hasta hace cinco minutos. Es tan incómoda la situación de Ídem que se encuentra en un punto en el que todo lo que haga o deje de hacer, diga o deje de decir será utilizado en su contra por alguno de los sectores que pretende reunir.

Viaja hasta Brasil para reclamar por la libertad de Lula da Silva, como para mostrarse amigo de ese pasado latinoamericanista de principios de siglo. El ala izquierda del kirchnerismo aplaude tibiamente. O sea: le agradecen el gesto, pero ya que fue hasta Ezeiza a tomarse un avión, podría haber pasado a saludar Julio de Vido, Amado Boudou, Ricardo Jaime, Roberto Baratta y Juan Pablo Schiavi por el penal.

Dice, Ídem, que viene a fundar la rama progresista liberal del peronismo, espantando a progresistas por liberal y generando la risotada de los liberales. Bueno, de los liberales que no terminan yendo siempre con el peronista mejor vestido. Y termina por cuestionar los tratados de libre comercio que quiso firmar él mismo, califica a los subsidios como «inversiones» luego de destrozar por siete años las políticas económicas de Cristina, y asegura que él sacó adelante el país junto con Néstor Kirchner. Frena ahí porque recordar cómo salió ejectado a los ocho meses de mandato de Cristina obligaría a explicar otras cosas que mejor no recordar. Sin embargo, todo ese combo de acusaciones por el Pacto con Irán, la corrupción del cristinismo y las no políticas económicas de Kicillof, hoy se resume en «diferencias que he criticado en su momento». De hecho tan en su momento quedaron que hoy hablan de «intervención de mercado de capitales» sin ninguna otra precaución que no llamarlo «cepo». Me encantaría verlo como presidente sólo para ver cómo esas «diferencias que se critican» se lo llevan puesto en la primera curva.

Por el otro lado, Macri parece haber conseguido un traje de amianto que lo proteja de Mercurio retrógrado. Y ese traje se llama «Todo con tal de que me paguen», un ensayo elaborado por el Fondo Monetario Internacional en el que le permiten al Banco Central hacer todo lo que impidieron a todos los bancos centrales del mundo desde 1946, con tal de planchar el dólar. Luego de la peor sequía en medio siglo, inundaciones donde llovía y la soja en el precio más bajo de los últimos tiempos.

Ya salieron algunos economistas a cuestionar el atraso cambiario, pero son los mismos que después cuestionan el alza inflacionaria que le sigue a la devaluación y terminan pidiendo que se bajen impuestos para reactivar la economía en un país en el que nunca, jamás, never in the puta life nadie ha bajado un centavo de su margen de ganancias. ¿Hay explicaciones para la inflación? Miles, pero al habitante promedio (el 99,9% del padrón no pisó la facultad de Económicas) no le importan las explicaciones de ninguna variable: quiere una buena noticia, aunque sea que el dólar que no puede comprar deje de moverse. ¿Ficticio? ¿Artificial? La intervención del Central en los últimos meses se ha limitado a comprar dólares en vez de vender para contenerlo.

Ayer Miguel Ángel Pichetto mostró en Parque Norte que influye más en la campaña de lo que todos creían. Mostró, una vez más, que fue en gran parte el artífice de que volara por los aires esa «avenida del medio» que, en tiempos de toma de posiciones tajantes, tiene el tamaño de un pasaje palermitano. Los números acompañan el pensamiento y por eso el senador vuelve a remarcar las diferencias. Y su peronismo hace que todo le resbale. Quizá por eso es que, tras semanas de ser acusado de macartista, vuelve a remarcar que Kicillof es un marxista, para luego correr por derecha a Alberto Ídem, el inventor de Cavallo candidato a Jefe de Gobierno en una movida que consistió en impulsar a un economista para ser el único ganador al ir primero en la lista de legisladores. Pichetto le recordó a Alberto Ídem que todavía no se pronunció sobre «la dictadura asesina de Venezuela que ya ha matado a 7500 personas». Se le agradece la pimienta a los discursos chipeados de todos los macristas de los últimos 12 años.

Todos se cagaron de risa cuando Durán Barba dijo en el mismo evento de Parque Norte que podrían ganar en primera vuelta. Lo tomaron como otra de las locuras discursivas de un hombre al que siguen sin tomar en serio a pesar de haber convertido en presidente de la Argentina a un ingeniero civil. Sin embargo, la idea no habría sido, esta vez, de don Jaime: se la mostraron, evaluó las posibilidades y dijo «no es descabellado». Automáticamente aparecieron quienes dijeron «pero está a 12 puntos», guiados por esas herramientas que han hecho que al periodismo le tome por sorpresa el triunfo de Vidal, el de Macri, el de Trump, el sí al Brexit, y un largo etcétera: las encuestas y el sesgo de información.

Todo comienza con la desactivación de la desactivación de las PASO. Me han chiflado que el artífice de que no se suspendan las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias fue el mismo tipo que salió a justificar la intención bajo el amparo de que nada se dirimía y costaban mucho. Verticalista como nadie, Miguel Ángel Pichetto salió a bancar la parada mientras convencía a los nuevos propios de que no les convenía: en vez de tres rondas electorales, podría acabarse el partido en la segunda.

Las PASO están agotadas y ese agotamiento se traslada a la ciudadanía. Para muestra sobra un botón: en 2015 los porteños votamos seis veces. Y si no fuera porque Horacio Rodríguez Larreta abroqueló su reelección a la de Mauricio Macri, este 2019 pasaríamos más veces por el cuarto oscuro que por la ventanilla de pago del impuesto al alumbrado, barrido y limpieza.

Encuestas más, encuestas menos, todas preguntan medianamente qué pasaría en una primera vuelta o en un ballottage. Total, en las PASO no se dirime nada. Es allí donde aparece el factor sorpresa: si el miedo al cristinismo en 2015 surgió tras la elección general y la tercera opción –el ahora ex ex kirchnerista Sergio Tomás– salió huyendo hacia el macrismo, el escenario hoy se resuelve una ronda antes, en la elección que no define nada. No define nada más allá del miedo. O sea: desde un hermoso despacho de Balcarce 50 ya no ven imposible que una derrota en las PASO se traslade a una votación interesante en la primera vuelta que pueda llegar a romper todos los esquemas con un Macri vencedor y sin ballottage, para el mayor de los optimistas, o un triunfo que lo mande igual a ballottage. Y el oficialismo también celebraría: por primera vez inclinaría levemente la balanza en el Congreso cuando el Poder Ejecutivo se presta a sacar de una vez las reformas que fueron trabadas en años anteriores.

Suponer que esto es un imposible tiene cierta lógica si pensamos que los propios ministros bajan a sus secretarios números negativos para que muevan el culo de la silla y salgan a militar la fuente de laburo de los próximos cuatro años. Desde principios de años que así sucede.

¿Cómo es que podría llegar a sorprender? El mismo macrismo comienza a sacar provecho del gran milagro argentino: que las encuestadoras sigan con vida luego del desastre de pronósticos de 2015 que repitieron en 2017, salvo honrosas excepciones que se pueden contar con los dedos de una mano de dos dedos. Mediciones realizadas desde otras provincias por teléfono a 500 líneas fijas que dan ganador a Axel Kicillof en la provincia de Buenos Aires es algo que a nadie en la Rosada (ni en La Plata) le molesta. Todo lo contrario: no es el votante convencido el que preocupa, sino el decepcionado que encima ahora se la ve más negra que antes frente a la posibilidad de ser gobernado por un economista al que lo duerme hasta una vendedora de naranjas a la vera de la ruta.

Ahora, para todos los fanáticos de las encuestas, sería conveniente tomar un curso de matemáticas básico y aprender el significado de la repregunta. Primero porque es poco serio que sigamos replicando encuestas que, o vienen sin ficha técnica, o vienen con un muestreo de mil casos a casas con teléfono fijo. Fue interesante el estudio realizado por Synopsis, no por el resultado en sí –por si no quedó claro, no creo en ninguna de esas encuestas que nos llegan por Whatsapp, ya que alguien las pagó y por algún motivo– sino por la repregunta.

Para ganar en primera vuelta, tanto Alberto Ídem como Mauricio Macri necesitan sacarle 10 puntos de diferencia al otro, o alcanzar el número mágico del 45%. Si tenemos un 81% del electorado con el voto ya decidido para la primera vuelta y un 19% de indecisos ¿cuál sería la pregunta lógica ante un ballottage? A quién de estos votaría. Y si responde con un «no sé», la repregunta elemental es «a quién de estos no votaría nunca». Y allí es donde la tendencia le dibuja una mueca de sonrisa casi imperceptible a Macri: dos décimas a su favor.

Allí entra el factor PASO. En la provincia de Buenos Aires no hay ballottage, la segunda vuelta de María Eugenia Vidal son las generales y si pierde por medio punto deja la gobernación. ¿Por qué no trasladar la apuesta a nivel nacional? El razonamiento fue algo así: si en las PASO pierde Juntos por el Cambio, se logra un efecto dual. El votante desencantado mueve el totó y va a votar en primera vuelta ante el julepe racional o irracional que le genera el binomio Fernández-Ídem, y lo mismo ocurriría con el indeciso.

Por ello la declaración de Durán Barba, más que ilusa, es palpable. De hecho, la segunda parte de este texto fue redactada el sábado pero me dio fiaca completarlo. Y no soy el único que vio los números, pero a algunos les da cosa pensar que son dos las posibilidades. Los números están ahí.

Obviamente, la predicción de Durán corre con un serio riesgo: que el 45% lo alcance Alberto Ídem y el macrismo pierda en primera vuelta, pero la apuesta está hecha y no hacen falta encuestas para que en Balcarce 50 se ilusionen: repitieron los resultados de 2015 en casi todas las provincias, en las que perdieron lo hicieron a gusto –salvo dos excepciones– y hasta Schiaretti aceptó sacarse una foto con Alberto Ídem para que deje de mandarle mensajitos para luego recordar que los cordobeses son libres de votar al que deseen.

Queda fuera del análisis toda percepción que podamos tener en nuestros microclimas. Si me guío por la opinión de quienes me rodean o de los que sigo en Twitter, Horacio Rodríguez Larreta perdería en primera vuelta frente al primero que se le cruce. Y sin embargo, es el integrante de Juntos por el Cambio con mayor imagen positiva dentro de su distrito. Si lograse transformar una parte de esa imagen en votos, podría batir récords que caerían como baldazo de agua fría a cualquiera que se guíe sólo por el micromundo que elegimos que nos rodee.

La casa abre. Se toman apuestas.