La Gran Onoda
Desde que finalizó la Segunda Guerra Mundial y hasta diciembre de 1974, numerosos soldados del ejército japones que permanecían en distintas islas incomunicados, se negaron sistemáticamente a reconocer que la guerra había terminado. El caso más conocido, fue el de Shoichi Yokoi, que sobrevivió sólo en la jungla hasta 1972. Sin embargo, el caso más emblemático es el de Hiro Onoda, que luego de ser hallado, dijo que no iba a deponer su fusil -oxidado e inútil- hasta que su jefe se lo ordenara. El jefe atendía una librería en Japón y tuvo que ir a darle la orden. Durante 29 años, le avisaron con panfletos arrojados de un avión, pero pensó que era una maniobra del enemigo. También le avisaron con megáfonos, pero suponía que era una operación de traidores. Todos ellos sufrieron de «la culpa del sobreviviente» y vivieron sus últimos años de vida en una sociedad en la que ya no encajaban. Japón avanzaba, a pesar de ellos, que nunca aceptaron que la guerra había terminado. 
La culpa del sobreviviente comenzó a estudiarse a raíz de un síndrome que se manifestaba en numerosas enfermedades psicosomáticas entre los sobrevivientes de los campos de concentración del nazismo. A mediados de los ´60, William Niederland sostenía que «el hecho de sobrevivir es sentido inconcientemente como si se hubiese traicionado a los padres y hermanos asesinados. Estar vivo es una causa permanente de conflicto y al mismo tiempo una fuente inagotable de culpa y sufrimiento.» Otros investigadores, llevaron el estudio a otras profundidades, investigando a los sobrevivientes de cualquier situación traumática -desde oficinistas agobiados, hasta veteranos de guerra- afirmando que en estos casos, la culpa se confunde con el odio para encubrir la culpa preexistente por el hecho de haber sobrevivido a un hecho o situación traumático, mientras otros no lo hicieron. Obviamente, es una fija que se incrementa en los casos de traición. 
En las últimas décadas, he visto un sinfín de actos llevados a cabo por quienes dicen defender los Derechos Humanos con tanta vehemencia, que se olvidan que el derecho a la propiedad privada figura en el artículo 17 de la Declaración Universal. Personajes tan locos que desde agrupaciones en las que defienden la violencia contra el derecho a la vida, defienden a alguna que otra madre homicida o algún que otro parricida. Es algo lógica esta contradicción de ideales en los más jóvenes. Sin embargo, cuando me encuentro con señores entrados en años, me acuerdo siempre de la culpa del sobreviviente.

La manifiesta aquel que ni se calentó por saber qué pasaba en los enfrentamientos por el poder en la década del ´70 pero que ahora siente que se queda afuera del teatro. Lo manifiesta aquel que estaba metido hasta las pelotas y, misteriosamente para los métodos macabros que usaban los grupos parapoliciales y militares, nunca fueron detenidos o, en el peor de los casos, lo estuvieron y salieron. Y lo manifiesta, también, aquel que negoció con todos, nunca lo jodieron de un lado ni del otro y supo acomodarse a los vaivenes de la sociedad. Muchos asumieron sus hechos del modo más maduro posible y aprendieron a convivir con la culpa sin cagarle la vida a nadie por los pecados cometidos. Otros, en cambio, han transformado esa culpa en odio y la han llevado a un paroxismo extremo que todo lo justifique, dividiendo el mundo en buenos muy buenos y malos muy malos. Los buenos muy buenos son los que murieron por traiciones, ineficacias u omisiones de los sobrevivientes. Los malos muy malos son los que se valieron de las traiciones, ineficacias u omisiones de los sobrevivientes para perseguir y matar a los buenos muy buenos. Los primeros, son objeto de homenajes donde reina la culpa, solapada con historias de heroísmo, iconografías de revolucionarios igual de traicionados y gritos que convocan a su presencia entres los sobrevivientes. Los segundos, son despreciables y destinatarios de un olvido selectivo doloso que lleva a que todos los malos muy malos sean considerados clones de Hitler o Videla, aunque tan solo tuvieran un primo que fue algún Cabo de la Federal, asesinado como examen de ingreso a algún grupo de buenos muy buenos.

El problema se ha hecho presente en la sociedad argentina como un efecto derrame que cae desde los más alto, salpicando a todos los estratos. Un Gobierno encabezado por un matrimonio que ha hecho méritos para padecer la culpa del sobreviviente numerosas veces, por acción algunas, por omisión otras, pasando la Dictadura sin mayores problemas que les impida seguir concurriendo a la Universidad Pública, mientras sus compañeros de aula eran desaparecidos, ni muchos pudores que les generaran dudas sobre ser funcionarios públicos o meros usureros amparados en leyes inconstitucionales. Del mismo modo, no les generó ninguna culpa la privatización de empresas nacionales, mientras las regalías fueran a parar a sus arcas, como tampoco se calentaron en enfrentar nada y hasta acompañaron lo mas visiblemente que pudieron. La culpa del sobreviviente la han canalizado rodeándose de otros sobrevivientes lastimosos que han venido a tomar revancha contra sus propias traiciones u omisiones, arremetiendo contra fuerzas de seguridad donde el Comisario más viejo, tenía 17 años en 1983, mientras ponen al frente de la fuerza a un amigo de la infancia de otro sobreviviente culpable, no vaya a ser cosa que se acabe la caja. En igual sentido, despotrican contra las políticas de no hace más de 15 años, pero tienen a las privatizadas como aliadas lobbistas y hasta pagaron algunos cientos de miles de dólares para cenar con Bill Clinton, el Presidente de las relaciones carnales.

La culpa del sobreviviente es una constante en una porción de la sociedad y, curiosamente, parece que la culpa es contagiosa, alcanzando niveles extraños, como sujetos que en la dictadura estaban saltando de huevo al otro, durante el menemato la pasaron bomba, pero que ahora se siente comprometidos con la causa. Lo preocupante es que este síntoma patológico traumático, cuando es leve, se agiorna. Dentro de un tiempo, estarán tratándonos a todos de cómplices del kirchnerismo. ¿Ellos? En el mejor de los casos, dirán que no sabían qué era lo que pasaba.

Por lo pronto, seguirán haciendo la gran Onoda, haciendo que pelean solos contra nadie, en una guerra que ya terminó.

Miércoles. Arranca la Semana Santa de la Culpa.