La No Crisis
Los indignados de España ya pasaron de moda. No supieron aprovechar sus 15 minutos de fama y se les fue el tren. Ser joven y protestar pacíficamente no tiene gracia, como tampoco impacta que la policía los muela a golpes y ellos no respondan. Quilombos como la gente fueron los de Egipto, donde se cansaron tanto que los pibes se plantaban de frente a las fuerzas de seguridad para desafiarlos a que les pegaran un tiro, aunque la apuesta siempre les salió mal. 
De este lado del Atlántico, a la mayoría nos pasó sin pena ni gloria el planteo que le hicieron al Rafa Correa en Ecuador. A excepción de la progresía argentina, que vio en el incidente el inicio del Plan Condor II, el único pico de rating que tuvo la movida ocurrió cuando el galán de telenovelas se abrió la camisa y pidió que lo mataran. Ahora se armó en Chile entre Piñera y la estudiantina del país trasandino que reclama una educación pública y de calidad. De este lado de la cordillera, no faltó el energúmeno que se mofó de la caída en la imagen positiva de Piñera, trazando un vínculo con su ideología derechista. Este argumento infantil e inocente deja en el olvido que en 2006, la embajadora de la Liga de la Justicia Progresista de Sudamérica en Chile también se comió un quilombito similar.
Estas noticias del exterior garpan tanto que nos asombramos de los eventos de afuera y nos olvidamos que, hace tan solo una semana, en Jujuy se cargaron a un equipo de fútbol 5 por reclamar la vivienda que les prometieron y no les dieron, mientras que en Tucumán corrieron a latigazos a los revoltosos (NdelA: Al eventual lector extranjero quiero aclararle que en Argentina no nos quedamos en el siglo XVI, sino que tenemos una mentalidad que impide el uso de pistolas eléctricas por considerarlas inhumanas, no así el látigo). La bola que los medios no le dieron a los incidentes en Jujuy, sí se la dan a la enorme fogata londinense. Estupefactos, con tono sobrio y palabras preocupadas, vemos a panelistas, columnistas y conductores que comentan los hechos que se producen en la capital del Reino Unido. Indignados, nos cuentan que se produjeron dos muertes en los enfrentamientos entre los manifestantes y la policía. 
Desconozco si se trata de un esnobismo exacerbado que los lleva a mirar a Londres en vez de Jujuy. Luego pensé que lo llamativo sería ver a personas blanquitas y de acento bien british en actitudes extremadamente violentas, pero lo descarté: dudo mucho que desconozcan que Londres, junto con París, son los dos grandes crisoles de razas de Europa. Tal vez el atractivo de la situación sea ver a lo que nosotros llamamos «primer mundo» en estado de ebullición, lo cual demuestra nuestra corta memoria. El tercer mundo no se caracteriza por el comportamiento violento, dado que la violencia es una cualidad innata en el ser humano como especie. La diferencia radica en el poder adquisitivo de la gente, sus valores para sobrevivir a pesar de los gobiernos y  la enorme capacidad para sobreponerse a las adversidades. Alemania fue destruída dos veces en 30 años y estuvo dividida hasta hace un par de décadas, de Francia mejor ni hablar y España atravesó una de las guerras civiles más sangrientas del siglo XX. 
Ahora que acusan crisis económicas, desde estos lares algunos se asombran y otros se mofan. Son países del tamaño de la provincia de La Pampa, donde un litro de leche cuesta un Euro, con un ingreso promedio en el orden de los tres mil euros por asalariado, mientras que aquí, históricos productores agropecuarios, tenemos una comparación nominal patética: acá el ingreso promedio es de tres mil pesos y el costo de los alimentos, ya lo conocen. 
Pero es más fácil reírse de las potencias cuyos modelos «se caen a pedazos». Las crisis en esos países no pasa por las economías, sino por el estilo de vida, que no siempre va de la mano de los vaivenes de los mercados. Los pibes de españa no quieren comer, quieren desarrollarse en las tareas para las que se capacitaron y, aunque reclamen acceso al crédito habitacional, tampoco se encuentran en situación de calle. La situación es bien distinta y no tienen planeado agarrar una escoba para barrer el piso de un bar, dado que no lo necesitan para el sustento alimenticio. La crisis económica internacional, a ellos los afecta por rebote -por ahora- no directamente. Sin embargo, los dirigentes políticos de cada país afectado no duermen tratando de solucionar el desfalco financiero, mientras que, los que todavía no la ligaron, tienen el totó en las manos y los gobelinos en la garganta a la espera de cómo va a pegar en sus respectivos países. 
Nosotros, en cambio, la pasamos bomba. El país está tan bien parado que, mientras la bolsa se desploma y el mundo se convierte en una cadena de accionistas suicidas, tenemos a nuestro ministro de Economía tocando la guitarra. Hay que reconocer que ver a un UCeDe aplaudido en un club fundado por trabajadores de Obras Sanitarias de la Nación, es todo un avance. El problema pasa por sus declaraciones. Que el adolescente tardío diga muy suelto de cuerpo que «Argentina está muy bien preparada frente a la economía que viene», cuando hace meses que no pasa por el Ministerio ni para buscar el recibo de sueldo, da un poco de nervios. Sobretodo cuando atrás de él salen sesudos analistas económicos filokirchneristas a contarnos de la deuda, del derrumbe económico y del dafault de Estados Unidos, mientras nosotros dejamos de garpe al Club de París, nuestros bonos de deuda están en manos de Venezuela al 15% de interés y luego de ocho años del «crecimiento sostenido más largo de la historia» seguimos bajo la Emergencia Económica eternamente prorrogada por el Congreso. 
Entre tanto, de la economía local ya se fugaron diez mil millones de dólares en lo que va del año, la moneda norteamericana se mantiene tranquila gracias a los cientos de palos gringos que el Banco Central salió a vender, los pobres siguen pagando el IVA a los productos de primera necesidad y los índices de indigencia se manejan con criterios INDEC, mientras Aimé Boudou dice que las potencias están errando el camino y para nosotros propone «economía nacional y popular, y mucho rock and roll». Sic. 
Miramos a Europa y Estados Unidos como quien mira algo que no nos afectaría para nada, sin pensar que este modelo de distribución de caja con base en matriz impositiva en el que todos somos directa o indirectamente trabajadores del Estado, depende de la buena suerte económica de quienes nos compran lo único que todavía aporta algo a las arcas: productos agropecuarios. La caída de la economía de las potencias, arrastra a sus empresas y a la inmensa cantidad de puestos de laburo que de ellas dependen entre servicios tercerizados, producciones descentralizadas y empleados de comercio. Y así, como si fuera una mala comedia, nos convertimos en los cartoneros que agradecemos nuestra fortuna al ver que el ricachón del barrio tuvo que cambiar el Mercedez Benz por un Volkswagen, mientras nosotros seguimos viviendo de sus sobras, sin darnos cuenta que lo suyo es circunstancial y lo nuestro patológico.  
Miércoles. La fortuna es eso que pasa mientras nos reímos de la desgracia ajena.