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La rebelión de la Clase Media

La rebelión de la clase media

No sé cómo era en sus barrios. Pero cuando yo era chico, no solo nos preguntábamos unos a otros qué queríamos ser “de grandes”. A veces nos contábamos sobre qué tipo de vida íbamos a tener. Hoy puede sonar raro, pero en una época en la que solo existían cuatro o cinco canales de tele, la imaginación era el único refugio de entretenimiento. Dónde viviríamos era un tema clave, obvio, al igual que esas cosas que hoy llamamos amenities. Yo quería una casita en un bosque cerca del mar.

Poco ambicioso. No pretendía una pileta, si al fin y al cabo estaría cerca de la playa. Tampoco aspiraba a una mega vivienda, sino a un lugar con olor a eucaliptus y salvia de pino mezclado con aire salado del mar. La pesadilla de los asmáticos y de los autos sin cataforesis. Dentro del delirio económico que era mi hogar en mi preadolescencia, había un parámetro que nunca se discutía: con crisis o sin ella, había un techo y un auto, aunque hubiera que empujarlo en invierno. Entonces, si uno crece con eso establecido, es lógico que aspire a lo que no tiene.

Mientras ya son varios los que miran con cariño a Massa para poder continuar con el fino arte de lucrar en la mishiadura, viene bien abordar un tema que puede dejarnos parados en una cornisa con una gillette en una muñeca y una pastilla de cianuro entre los dientes a la espera de una señal divina para no proceder. Me refiero a algo muy sencillo y paso a explicar.

La clase media.

Hay muchas formas de delimitar qué es pero, según el consenso de los organismos internacionales, todo se resume a una cuestión de ingresos. Esa delimitación es un derivado de la línea de pobreza. Si en un mes ingresa determinada cantidad de dinero a una familia con un número específico de integrantes, y esa cantidad alcanza para cubrir sus necesidades alimentarias y nada más, se es pobre. Si no alcanza ni para los alimentos, se es indigente.

Ahora, si al número base de la pobreza se lo multiplica por 1,5, se puede decir que estamos ante un caso de clase media primigenio. 3,5 veces la canasta básica y ya estaríamos en la franja de ingresos altos. O sea que, para este mes de enero de 2023, una familia con dos nenes que cobra menos de 152 mil pesos, es pobre. Todo un tema, dado que dos salarios mínimos no llegan a cubrirlo. Con 228 mil pesos se ingresa a la clase media.

Y si el dinero de un hogar toca los 500 mil pesos al mes, ya puede codearse con Bulgheroni y Pérez Companc. Sí, unos 1300 dólares. Un ingreso promedio de cuando el país era tan insufrible que tuvimos que voltear a De La Rúa. Y todo esto sin considerar los cambios de medición. Hablamos de familia “tipo” según los parámetros cómodos que se utilizan desde 2002: dos hijos y no tres, como se estilaba previamente.

La clase media tuvo su expansión con la revolución capitalista industrial. A lo largo de cuatro mil años de historia escrita, el 90% de la humanidad fue pobre a excepción de un período de casi doscientos años. Los últimos dos siglos. La ecuación se invirtió directamente y hoy hay menos pobres que el resto de las clases sociales.

Nos hemos acostumbrado a escuchar hablar de la clase media como motor de la economía. Es de suponer que somos los más cuidados, los que estamos entre algodones, los que recibimos un homenaje todos los días por mantener activa la parafernalia estatal. Pero en la Argentina de las últimas décadas, ser clase media es de cheto, de garca, de fan de Videla, de facho o de desclasado. Obviamente, estas son afirmaciones brindadas por otros clase media con una notable autopercepción de superioridad moral. Hasta llegaron a llamarnos «clase mierda» y a asegurar que odiamos a los pobres. ¿Cómo odiar nuestros orígenes? Odiamos que nos empobrezcan en nombre de los pobres.

A nivel gubernamental, la cuestión está saldada: somos el motor de empuje como eufemismo de máquina de pagar impuestos.

Fundieron ese motor. Y Sergio Tomás debería estar en el ojo del escrutinio en vez de ser el nuevo Salvador Massa que utiliza la administración de la miseria para su ambición de Ave Fénix. Para esta misión no oculta ya su traición: se fotografía con las serpientes encantadas que lo ven como el único que puede lograr lo imposible. O sea: la conservación del Poder para tener Poder, no más.

Máximo Kirchner se refiere al desastre económico sin hablar de desastre económico y sin culpar al ministro de Economía. “Se percibe el agotamiento de un sistema que se concentra cada vez más”, dice el autopercibido estadista, para luego agregar que “cada vez hay sectores más grandes de la población de todos los países con menos acceso no sólo a bienes y servicios, sino a etapas de alegría”.

Sí, alegría. Aparentemente no es un estado de ánimo subjetivo, sino un objeto trabado en la Aduana.

Alegría me hubiera dado si el periodista que lo entrevistó no fuera el redactor de Sinceramente y le hubiese preguntado por sus fuentes. Porque según las estadísticas, los países con la clase media más rica del mundo son España, Canadá, Australia, Italia, Alemania, Francia, Reino Unido, Japón y Estados Unidos. Solo el poder adquisitivo de la clase media de estos países representa un cuarto de toda la riqueza del planeta. ¿De qué sectores con menos alegría habla?

Máximo, que reconoce solo “hojear” los libros que le regalan, afirma que “hay un nivel de sobre explotación del hombre por el hombre”. Hay toda una corriente filosófica moderna que apunta a la revisión de esta crítica al industrialismo del siglo XIX, pero Máximo no se enteró. El trabajador moderno prefiere someterse a sí mismo por diversos factores. Puede ser el deseo de libertad, puede ser que nadie le dé la vuelta a algo que él pensó, o puede ser para escapar del yugo del Estado. Hasta que el Estado se aviva y crea un nuevo impuesto. Ahí, de pronto, deja de ser su propio Jefe para ser su propio empleado.

Quienes me leen con cierta frecuencia recordarán la inmensa cantidad de veces que dije “Ojo con Massa”. Literalmente, con esas palabras. La historia es sencilla: en 2019 Massa estaba con la duda de qué hacer de su vida; si quedarse con las sandalias con media de Lavagna o aceptar la oferta de su ex jefe de campaña devenido en candidato a Presidente.

Para tomar una decisión, Massa consultó a su inventor: Luis Barrionuevo. Fue el gastronómico quien lo sacó de las filas de la UCeDé y lo puso a militar en el conurbano bonaerense para el Partido Justicialista. Barrionuevo, palabras más, palabras menos, le dijo “sos un muerto político, ¿qué es lo peor que puede pasar si te sumás?”. Y ahí comenzó el House of Cards tercermundista.

Primero dejó de hablar en público cada vez que las papas queman. Luego convenció a sus amigos con poder mediático. Más tarde le hizo cocochito a Máximo y le aclaró que lo de “echar a todos los ñoquis de La Cámpora” era una jodita. Pasito a pasito escaló con la táctica del esquive. Se cae alguien y él no dice nada, solo se corre para avanzar.

Y mejor ni hablar de las sospechas a su alrededor. ¿Vieron que ahora hay quienes se preguntan si la recompra de bonos de deuda fue un negocio? ¿Recuerdan como se disparó el dólar antes de que renuncie Guzmán y como “Massa lo hizo bajar” antes de asumir? Sospecho que pocos recuerdan cuando Néstor Kirchner compró dos millones de dólares justito antes de que la moneda norteamericana se fuera a la mierda. ¿Quién era Jefe de Gabinete? Nadie vio nada.

Hoy Massa es la esperanza blanca de lo que, todavía, tienen el tupé de llamar peronismo. Un abogado de la UCeDé bancado por chicos de La Cámpora no afiliados y con la bendición de los únicos beneficiados por las políticas económicas: lo que Massita llamaba “timba financiera”, cuando exigió un impuesto para ellos.

Y como la democracia es un sistema de elecciones, poco importan los números de intención de voto de una persona: importan más los de los adversarios. Si un candidato tiene una intención de voto del 20% y ninguno de sus adversarios suma un 50%, gana el que consiga más socios. Pregúntenle a Alberto cómo hizo, si no. Por eso, repito, ojo con Massa. Porque su ambición no es crecer en las encuestas. Ahí lo tienen en la foto en la que se juntó todo el kirchnerismo sin Alberto. Tampoco es demasiado mérito de Sergio convencer a tamaños empachados de cajas: se juntan para limar al Presidente por el desastre económico y terminan por bendecir al ministro de Economía.

Con que el resto de la oposición siga en el fino arte de limarse en público, le alcanza. Es matemático, no más. El resto, son sus amistades que ni lo mencionan cuando el dólar se va a la mierda. Es curioso que no se publique que el 74% de la población rechaza el camino elegido según Zulán-Córdoba de enero.

Lo que sí es cierto es que ya son demasiados quienes lo ven como al nuevo Menem. Otra vez, sí. Hace un par de años, a una amiga y a mí se nos cagaban de risa cuando decíamos “imaginate una fórmula de Massa con un camporista”. ¿Hoy se reirían igual? Otra vez: no gana el que te guste más, no gana al que le va mejor en las encuestas, gana el que recibe más votos de una torta electoral a repartir. Súmenle el dato de los dos escenarios que barajan: ganar igual y que sea lo que Dios quiera con la bomba económica; conservar la gobernación de Buenos Aires, que vuele todo y retornar salvadores en 2027.

Como el otro factor a considerar es el acostumbramiento, yo comienzo a llorar de a poquito. Si hace veinticinco años me decían de vivir con inflación del diez por ciento anual, lloraba. Pero nos acostumbramos. Si hace dos años nos anunciaban una inflación del 100%, corríamos a beber cloro. Pero si este 2023 la inflación baja a un insufrible 50 o 60 por ciento, sentiremos alivio.

La pregunta que a mí me cuesta responder es qué dejé de hacer en los últimos años por cuestiones económicas.

Haciendo zapping te cruzás con Cinema Paradiso y el cotolengo que se armaba dentro de las salas hace mil años. Pero también recordás que hasta no hace mucho podías ir con toda la familia al cine sin importar demasiado tu poder adquisitivo. De pronto, el cine dejó de ser un plan familiar factible y frecuente. ¿El teatro? Ah, las anécdotas de una calle Corrientes que no dormía abarrotada de lunes a lunes. Si tenés menos de 35, te juro que eso existió.

Así vas como Hansel por la vida: dejás una piedrita cada diez pasos para ver si en algún momento encontrás el camino de vuelta a ese lugar en el que con un salario podías mantener a una familia entera, cuando los padres tenían de a cinco hijos, cuando no había que elegir entre pagar el colegio o las expensas, cuando a los únicos que veías dormir en la calle era al linyera del pueblo y al borracho que se pasó de rosca.

Qué se yo, uno está acostumbrado a que, con crisis permanente y hasta alguna que otra hiperinflación, el sueño familiar fuera una casita en la costa. Luego pasamos a que el sueño fuera irse de vacaciones. Más tarde fue tener techo propio. Ahora sudamos por la renovación del alquiler. Y todo para que se hable de mejora económica e híperministros..

Les conté mi sueño. No lo veo como algo inalcanzable. Primero porque me niego a desanimarme en algo tan básico. Segundo, Francia. Y tercero, porque algo pasará en algún momento que re encauzará las cosas. Y espero que no duela demasiado, porque no hay forma de que sea placentero o inocuo.

La realidad que nosotros vivimos como normal desde hace demasiado tiempo no deja de ser una anomalía. Uno puede intentar tocar la Luna con las manos mil veces, pero eso no hará que alguna vez lo consiga. Del mismo modo, la dirigencia puede insistir en romper todas las leyes naturales de la economía y de las dinámicas sociales, pero eso no impedirá que el cuerpo social, tarde o temprano, sane.

Lo que hace que las clases medias del primer mundo se expandan no es tanto su poder adquisitivo, sino la posibilidad de planificar el futuro: qué guardar para qué cosa a sabiendas de que, masomeno, saldrá lo mismo en un mes, un año o diez. Y acá no podemos planificar la tarde de mañana.

Hace solo unos días, la AFIP decidió que debemos pagar IVA por sobrevivir gracias a las apps de ventas de bienes y servicios. Inconstitucional por doble imposición, pero qué importa la ley. ¿Qué van a conseguir? Que todo siga su curso natural y se le encuentre la vuelta a evadir.

Porque en este contexto de cada vez mayor pobreza, la evasión impositiva se convierte en un deber ciudadano a pesar de los alcahuetes de siempre que denuncian cuando un comercio te ofrece una rebaja por pagar en efectivo.

¿Cuánto puede sostenerse el Estado con una huelga tributaria de los boludos que dejamos el 55% de nuestros ingresos anuales en impuestos? Si conseguimos que algún legislador logre una ley que obligue a los comercios a colocar los precios con y sin impuestos, la revolución comienza en cinco minutos.

Soñar no cuesta nada. Como mi casita en el bosque cerca del mar.

 

Nicolás Lucca

 

 

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