La Riva Bianca, La Riva Nera*
A principios de febrero de 2006, por cuestiones de la vida que preferiría no recordar, me encontraba en Entre Ríos rumbo a Colón, con la intención de pasar un fin de semana rascándome panza arriba. El mediodía me agarró en Gualeguaychú, donde me detuve a comer en una parrilla, como Dios manda. Por motivos que aun desconozco, al retomar la ruta e intentar salir de Gueleguaychú, equivoqué el camino, tomé la ruta 136 y aparecí camino al puente que comunica con Fray Bentos, Uruguay, donde encontré a los activistas antipapeleras, aproveché y me quedé a charlar con ellos. Muchas veces el trabajo viene sin que uno lo llame: horas más tarde estaban cortando la ruta para no retirarse por mucho, mucho tiempo y yo me convertí en testigo privilegiado del suceso. 
«De acá no nos vamos hasta que frenen a la papelera», decían repetidamente, entre mate y mate, cualquier habitante local que uno se cruzara.  Mientras se convertían en piqueteros muy distintos a los que estábamos acostumbrados a ver, me contaban que el temita venía desde 2.003 y que el Gobierno Nacional sólo hizo una protesta diplomática. Ahí, entre la gente, pude vislumbrar a uno de sus líderes, un tal Alfredo De Angelis.
Volví a Gualeguaychú y me quedé una noche. La ciudad estaba enrarecida, y no precisamente por la temporada de carnavales. El clima de tensión, bronca y patriotismo era más propio de un conflicto territorial que de una pugna de intereses comerciales. En ese entonces, la contaminación del agua no era el principal ítem a discutir, sino el impacto visual de unas chimeneas al otro lado del río Uruguay. 
Unos meses antes, el entonces presidente Kirchner se había reunido con los asambleístas, a quien les manifestó que el temita de la pastera era «causa nacional». Con un mes de puentes cortados, Kirchner se entrevista con Tabaré Vázquez en Chile, y le promete levantar los cortes por 90 días, a cambio de que, durante ese plazo, se suspenda la construcción de Botnia y se la someta a controles ambientales. Dos días después, Tabaré dice que sigan, dado que los cortes no habían cesado. Uruguay se quejó del bloqueo comercial, Argentina llevó el caso a La Haya, Evangelina Carrozo apareció en tarlipes en la cumbre de presidentes de Viena, Berlusconi le agradeció a Néstor por la gentileza, pero afirmó que no le gustan las veteranas. La Haya emitió su sentencia en un fallo dividido -14 a 1-, y confirmó que Uruguay no había violado ningún tratado y, de paso, hizo quedar re bien a nuestro cuerpo diplomático, al considerar que Argentina no presentó una sola prueba convincente. Este, sin embargo, era el primer paso judicial. A todo esto, Uruguay ya había movilizado a un batallón del Ejército a las inmediaciones del cruce fronterizo.

Por ese entonces, De Angeli se hacía conocido a fuerza de quilombos, marchas y cámaras de televisión. Un buen día se le ocurrió bloquear junto a su gente, el acceso al puerto de embarque de Buquebus. Cobraron y los encanaron. Entonces, don Alfredo dijo «no queremos que vayan a hacer turismo a Uruguay, menos sabiendo lo que pasa con nuestro país.» Al día siguiente brindó otra declaración que, en la escala de frases conciliadoras, no clasificaba ni para promocionar: «Vamos a cruzar 150 mil personas con un martillo cada una y vamos a entrar por la fuerza a Botnia a destruirla». A este curioso método, el dirigente de la Federación Agraria de Entre Ríos lo calificó de pacífico.
Mientras tanto, el Ejército uruguayo secuestra armás de fuego de una embarcación con asambleístas a bordo, que se sumaron a las numerosas lanchas que navegaban por la costa uruguaya sin identificación alguna. Otro grupo de asambleístas prende fuego maquinarias industriales en el puerto de Montevideo. Uruguay pone en alerta a su Armada. De este lado del río, se evaluaba públicamente cuáles eran las mejores formas de escrachar a Tabaré en su propio país.

De golpe, de la nada, y sin que nadie se diera cuenta, aparece en el medio el Rey Juan Carlos I de España -el que se quiera acordar, que se acuerde- quien dijo que facilitaría la mediación. No pasó naranja. Tabaré autorizó a la planta para que empezara a funcionar. Ganó Cristina las elecciones y, para que nos fuéramos acostumbrando a su potente oratoria vacía de contenido, afirmó que el gobierno uruguayo no tenía gestos. El problema no era un conflicto de intereses, sino que Uruguay no le ponía onda. Para demostrar lo que es un gesto de buena voluntad, el 10 de diciembre de 2007, en pleno discurso de asunción, la flamante Presi le agradece a Tabaré la presencia, para luego recordarle, ante todos los medios de comunicación del mundo, que la culpa del conflicto era de él. Todo un acto de diplomacia y oportunidad.
Protestas después, los asambleístas deciden tomar el consulado uruguayo. No pasó a mayores porque Taiana prometió invitarlos a tomar café. Pronto, la opinión pública se olvidó rápidamente del conflicto, dado que había estallado uno más nuevito: la 125. Mientras tanto, D´Elía le ponía onda al asunto afirmando que los capitales fineses son de lo mejorcito y que el corte de la ruta 136 ya no contaba con consenso de la población. 
En el verano de 2009, para festejar tres años del acto que llevó a cabo en el corte de ruta, Néstor dice que él nunca apoyó -valga la redundancia- los cortes de ruta. El Gobierno de Entre Ríos amagó a que se ponía en contra de los cortes, mientras su legislatura declaraba paraje histórico el lugar donde se llevaban a cabo los cortes. Asume Mujica, promete recibir a los asambleístas en fecha y lugar a convenir. Calculan que para el 2014 les mandará un mail. 
Finalmente, el 20 de abril de 2010, la Corte Internacional de La Haya dice que Argentina tiene razón y que, como contrapartida, Uruguay…tiene razón. No pasa nada. Como último regalito antes de partir, Néstor decide irse en la suya y afirma, nuevamente, que el conflicto papelero es una causa nacional, con lo que contradijo lo que había afirmado un año antes, cuando afirmó lo contrario a lo que había manifestado tres años atrás. 
El martes pasado nos desayunamos con que Tabaré Vázquez dijo que, en su momento, evaluó la posibilidad de ir a la guerra contra Argentina. Todos salieron a repudiar las manifestaciones de Tabaré, como si hubiera dicho que realmente quiso hacerlo. Sus afirmaciones fueron anecdóticas, en tono distendido y, para mí, no resultaron graves desde una posición acusadora contra el espíritu beligerante de un tipo que le tocó padecer a Kirchner de vecino, sino que fueron graves desde el punto de vista de lo rápido que nos olvidamos de un conflicto que tuvo lugar hace un puñado de meses. 
Después de todo, seamos sinceros: Si Tabaré Vázquez agradeció no llegar a la acción de guerra por contar con tan sólo cinco aviones, es que no tenía ni la más pálida idea de las condiciones en que se encuentran nuestras Fuerzas Armadas. Una guerra entre Uruguayos y Argentinos hubiera durado una hora de fuego y, el resto, hubiera sido una masacre de porongazos contra choripanazos. 
Hay que reconocer que, desde que la Banda Oriental cayó en manos de los Portugueses en 1816, nunca nos anoticiamos que Uruguay dejó de ser provincia de la Confederación. Ante conflictos de idéntica índole con Brasil, Paraguay o Chile, dudo mucho que parte de la población se atreva a llevar a cabo planes tan ridículos como invadir con martillos, circular con armas de fuego en territorio foráneo o atentar contra m
aquinarias de puertos ajenos. Pero con Uruguay fue distinto. 
En el caso Botnia, no pesó que nosotros tuvieramos cientas de papeleras realmente contaminantes, como tampoco pesó las denuncias por el excesivo retorno exigido por las autoridades entrerrianas, donde originariamente iba a instalarse la papelera. ¿Cómo no iban a pensar primero en nosotros, si con un diezmo para los amigos, les garantizábamos impunidad ambiental? Los habitantes de Gualeguaychú no tuvieron la culpa, es cierto. Pero desde que el ser humano aceptó como norma la división del planeta en territorios soberanos, autoadministrados y considerados entes jurídicos, todos formamos parte del mismo conjunto. Y si los muchachos de Gualeguachú se la morfaron sin necesidad, lo cierto es que, para los ojos del mundo, la Argentina del Riachuelo, de Dock Sud, de las petroquímicas en zonas urbanas, de las minerías a cielo abierto y de las cientas de papeleras, le reclamaba a Uruguay por una empresa pedorra. 
El año pasado pensé que nos llevó 194 años enterarnos que teníamos una provincia menos. Esta semana me di cuenta que todavía no caímos.  
Viernes. Este post se iba a llamar Porongos y Chorizos, pero no me pareció muy agraciado. También pensé en Guerra de Porongos, pero restaba seriedad. Y me acordé de Iva Zanicchi. Si, estoy para atrás.

*La orilla blanca, la orilla negra