Los dueños del Estado

Ahora que han pasado unas semanas desde las golpaso podemos sacar algunas conclusiones interesantes, como que las encuestadoras políticas deberían estar contempladas en el Código Penal, o que buena parte de mis colegas deberían disimular que nuestro oficio es como el del funebrero: cuanto mayor es la desgracia, mejor nos va laboralmente.

Durante los primeros días resultaba casi gracioso escuchar hablar de transición luego de unas elecciones en las que se eligieron candidatos. Algunos pueden decir que se extraña la pauta publicitaria, pero le estarían errando fiero: se extraña la victimización, como si hubiera una suerte de trastorno de la personalidad que ve algo romántico en que te persigan por lo que decís.

Mientras nos vamos haciendo a la idea de la Policía Bonaerense en manos de La Cámpora, hemos transcurrido unos días de definiciones interesantes: el poder se mudó a la calle México, Macri está perdido, a mí nadie me manda a dormir, hay que encarar una transición ordenada, el gobierno tiene que convocar al diálogo, el gobierno tiene que comenzar la transición. Y si se adelanta, mejor, no vaya a ser cosa que se nos acabe el curro de que «ningún gobierno no peronista termina su mandato desde 1928». O 1936, pero esa nadie la tiene en cuenta.

Resultó interesante ver que todos saben qué tiene que hacer o decir el presidente, como si la libertad de expresión tuviera que pasar por un filtro de calidad antes de decir lo que se nos canta, algo que también es «nuestro puto derecho».

En el medio se nos coló el desastre del Amazonas y, de pronto, quedó todo más claro. No es que desayuné con aguarrás, pero resultó interesante leer cómo todo se lleva para el lado político y todo político necesita quién le haga el aguante. Ahí estaban los que defendían la soberanía de Brasil ahora que gobierna Bolsonaro y atacaban el socialismo de Evo Morales, y los que acusaban al capitalismo salvaje que necesita de más tierra para ganar más dinero. Menos mal que se quema el Amazonas y no una casa en Villa del Parque, porque sería triste ver cómo se reduce a cenizas la vivienda porque nadie llama a los bomberos hasta que no se sepa quién inició el fuego.

Y así vivimos todo, revoleando acusaciones sin sentido, sin una puta prueba, con la sola creencia de que lo que yo digo es la verdad revelada. Porque lo digo yo, carajo.

Los temas se instalan y a otra cosa. El discurso de Macri al día siguiente de las golpaso quedó como un «grave error» por eso de culpar a los que no lo votaron de no querer ver la que se nos podría venir. ¿Qué querían que dijera? ¿Que no le dolió? Luego vinieron las medidas para paliar el brutal ajuste del tipo de cambio post golpaso y lo corrieron por derecha y por izquierda. Mientras tanto, Alberto Ídem comenzaba a hacer equilibrio dentro del armado ultra heterodoxo sobre el que se paró. El principal problema de los espacios ultra heterodoxos es que la línea que lo divide de una bolsa de gatos es muy fácil de cruzar. Una declaración promercado y el ala izquierda puede llorarle a Mamá Cristina, una declaración sobre Venezuela y los que lo ven como un tipo centrado pueden recordar inmediatamente que Alberto es Fernández.

Y así va por la vida, diciéndole al Papa que no va a impulsar la despenalización del aborto, declarando en una entrevista que debería ser despenalizado, asegurando que no podrá pagarle al FMI, mandando a Nielsen a decir que sí, pidiéndole a Kicillof que salga a hacer campaña territorial pero que por el amor de Marx no hable de economía ni para explicar la formación de precios de las naranjas de San Pedro, y afirmando que cambió de parecer respecto de «lo que pasa» en Venezuela tras leer el informe Bachellet para luego asegurar que lo de Maduro no es una dictadura, sino un gobierno autoritario. Son sólo detalles los opositores presos, mandato ilegítimo, proscripción política, torturas filmadas y certificadas, clausura de parlamentos, siete mil muertos y la crisis migratoria más grande que haya visto Sudamérica.

El beneficio de inventario es notorio. Guillermo Moreno es de otro y la resolución 125 fue «un muerto que nos dejaron», por lo que no sabemos por qué putearon tanto a Cobos si se las resolvió de madrugada.


Si hay algo que ha cambiado desde noviembre de 2015 para aquí es la facilidad con la que las personas dicen lo que se les canta a quien se les canta. Todo un logro en un país en el que vivimos durante décadas en dictaduras que daban paso a democracias con censores. Sin embargo, esto no resta a un hecho cada vez más insoslayable: el sesgo de información potenciado por la autosegmentación. Antes elegíamos cuál diario leer, cuál programa ver, cuál radio escuchar, pero difícilmente podíamos aislarnos del que pensaba otra cosa. Hoy decidimos qué leer con una parcialidad que sólo contribuye a que se acreciente más y más la falacia del paralogismo, que no es otra cosa que «inferir de un solo aspecto en común la concordancia con el conjunto», como bien señala Juan José Sebreli en El asedio a la modernidad.

Todo un tema para mí, ya que odio recurrir a las múltiples definiciones de falacias, pero ya no me ha quedado otra. Retomo: en estos casi cuatro años nos hemos matado cobardemente; no a lo guapo ni desafiándonos a duelo, sino todo lo contrario: revoleando acusaciones por redes sociales, casi siempre infundadas o fundadas en lo que el otro quiso entender de las cinco palabras que se le cruzaron. Ejemplos sobran: te cae bien un acuerdo con la Unión Europea y sos más macrista que un pedido de disculpas; te parece una guachada que nunca caiga fruta para el lado de la medianera en la que nos encontramos los clase media monotributistas y sos un tipo que no logra comprender el esfuerzo que debemos encarar como sociedad para salvar a la República.

Esto puede llegar a extremos casi fellinianos en los que un inconsistente que pisó su primera manifestación el sábado 24 pueda venir a acusar de kirchnerista a un servidor, que marchó hasta por las dudas durante el kirchnerismo, en las masivas, y en las que nos veíamos las caras los conocidos de siempre, todas con dos hilos en común: las ganas de marcar un freno que unía a los que concurríamos y la ausencia consuetudinaria del que hoy acusa.

Decía que ahora es fácil hacerse el guapo y eso tiene un doble filo: pasar de la autocensura por temor al escrache de los medios públicos a la autocensura para no lidiar con pelotudos que creen que en el país de las crisis el poder lo tiene el pueblo que, como corresponde, está compuesto por los tipos con los que se interactúa a diario desde un celular.

Es curioso cómo funciona el mundo desde que existen las redes sociales. Es tan grande el sesgo de información que, desde el micromundo, podemos llegar a creer que mañana aterrizarán unos marcianos de visita sólo porque «lo dicen en Twitter». Y es cierto: lo dicen las personas a las que seguís en Twitter. De allí para arriba, los datos apabullan: sólo 60 mil cuentas de la Argentina mantienen conversaciones habituales referentes a la política, mientras que los principales portales de noticias del país mueven usuarios únicos de a decenas de millones por día. Enojarse por ello es de pelotudos ya que cada uno hace de su vida lo que quiere, lo que puede, lo que le sale, o lo que se le canta. ¿Por qué debería ofendernos que sea tendencia un cantante de pop adolescente? ¿Tan viejos de mierda nos volvimos?

Fue alrededor de 2008 que comenzó a forjarse una frase tanto desde el entonces gobierno como desde la oposición y que decía «si no te involucrás en política, no te quejes». Y prendió fuerte, de manera increíble, con políticos habilitando páginas web para que la gente deje sus propuestas en un sistema delegativo pero sin resignar el sueldo. Como si no fuera suficiente con delegarles nuestra representación, también había que hacer el trabajo por ellos. Y el país no es un consorcio y la democracia delegativa para algo existe: si todos fuéramos políticos, nadie estaría produciendo para mantener al Estado.

Cuesta creerlo, pero hay que hacerse a la idea de que hay todo un mundo allí afuera al que le chupa un huevo la política. Una parte porque todo le da lo mismo, otra porque sencillamente no le interesa, y casi todos porque dedican su vida a otras cosas. A nadie se le ocurre que un médico pregunte al público cómo quieren que se haga un procedimiento.

Consejos de un boludo que comenzó escribiendo sobre marchas: dejen de insultar al que votó a la contra, dejen de insultar a los candidatos de esos votantes que quieren atraer. Si alguien es capaz de votar a un tipo que suma entre 2 y 5 puntos, siente una identificación que hace que el ataque a su candidato sea tomado como un ataque personal. Y fundamentalmente, dejen de putear a los que no los entienden, nunca los votaron ni los votarán, y salgan a buscar al que no fue a votar, que no es otra cosa que el 25% del padrón electoral. Si le suman los que votaron en blanco, tienen una pecera con 9 millones de votos sin definirse. Aprendan del adversario que tiene un expertise de doce elecciones ganadas y cinco perdidas a nivel nacional. Aprendan de los errores del adversario: a Grabois se lo expone, a Grabois se le contesta; pero no se puede andar por la vida gritando “negros arreados” y después llorar cuando gritan “garcas”.

Salgan a buscar al votante ausente. Hagan el ejercicio de dejar de insultar al que no dice lo que ustedes querrían que dijera. Obligar a otro a hacer algo no es, precisamente, una actitud deseable para quienes vienen a ofrecer un cambio. Decirle «te llegó el sobre» a un boludo que no llega a fin de mes es contraproducente. Quejarse de lo que no es, también. Acusar de kirchnerista a cualquiera, ni les digo.

Y por lo que más quieran: dejen de repetir que no tener cloacas es cagar en un balde. Primero, porque no es cierto y basta con que pisen la quinta de cualquier amigo. Y segundo, porque salvo que tengan los nombres y apellidos de a quién votó cada persona en este país, es muy probable que estén insultando a quien les puso una boleta en la urna. Salvo que crean que esos 20 puntos que sacó Macri en las zonas más postergadas merecen irse hacia otro lado.

Pero son sólo ideas sueltas, cosas que se piensan cuando el temperamento adoptado frente al otro corre el riesgo de ser mal interpretado. El Kirchnerismo Todismo de Alberto viene con varios furgones repletos de personas que están ansiosas por volver al lugar que siente que les pertenece. Esa famosa «vocación de Poder» que se le atribuye al peronismo no es otra cosa que la creencia de que el Estado es de ellos por mandato histórico. Ante esta situación, la virulencia del comportamiento puede hacer que los que la ven de afuera crean que la motivación no es que no vuelva el kirchnerismo, sino tan sólo quedarse en el Estado más tiempo. Y yo le prestaría atención a los que la ven de afuera.

Después de todo, son nueve millones de posibles votantes.