Lucio

Sorprende cómo ante cada hecho cotidiano cada opinólogo lleva el agua hacia su propio molino. En el ciudadano de a pie tiene sentido: nos regimos por nuestro instinto de supervivencia y creemos que ese hecho nos podría suceder a nosotros. Ergo, damos por sentado cómo actuaremos con la tranquilidad que nos da el tiempo.

Ejemplos sobran. Esta semana fui abordado por amigos de lo ajeno en modalidad piraña. Estaban desarmados, me resistí. Sabida mi posición en contra de la libre portación de armas, un usuario de Twitter me dijo de muy buena manera si mi pensamiento había cambiado al respecto. Como si fuera el primer robo que sufre un argentino de casi 40 pirulos. Contesté que no y me respondió “estarías muerto, fin”. 

Se ve que tuitear y contestar no era un factor ponderable. No toda situación es similar, pero en este caso ¿de qué me hubiera servido estar armado si lo primero que hicieron fue tomarme por la cintura y el cuello para inmovilizarme y quitarme cualquier arma que, de tenerla, habrían utilizado para descoserme? 

Pero entiendo el punto, realmente lo entiendo porque cada uno busca planes para protegerse de situaciones similares. Pero similar no es igual. 

Esto viene a cuento porque esta semana hablamos mucho de un hecho que indignó a todo el mundo. Bueno, a todo el mundo con empatía. No hace falta ser morbosos con los detalles –salvo que necesites clicks en el portal o una décima de rating– así que seré concreto: el asesinato de Lucio, un niño de cinco años, a manos de su madre y la pareja de esta. 

Yo estaba consternado por razones propias, como cada uno de ustedes. Luego vi el tuit de un periodista de la versión televisiva de lo que alguna vez fue una tribuna de doctrina: se centró en que las asesinas fuman porro. Razonamiento lineal, todos los fumones son asesinos.  

Luego hubo alguien, luego otro, unos cien más y así hasta el infinito que se centraron en la orientación sexual de las asesinas y… Y era cuestión de tiempo. Por Whatsapp me cayó un conocido a recordarme mi monólogo “con mis hijos no te metas” y a preguntarme qué opinaba respecto de este hecho. Tres años ya y parece que no fui claro con mi postura. Le dije lo mismo que entonces: que el 100% de los homosexuales mayores de edad fueron criados por padres heterosexuales y le recordé que sigue sin encontrar el quid de la cuestión. O sea: la canción de la polémica cantaba que «Familia es papá y mamá o dos papás, o dos mamás, abuelos, tíos, primos amigos; es el amor lo que cuenta acá”.

Después de marcarle que de todo eso sólo le importaba quién se coge a quién y no si el niño es criado con amor por sus abuelos, me mandó a la mierda de vuelta. Nada nuevo bajo el sol. Podría haberme ahorrado toda la discusión si de entrada le preguntaba si creía que las lesbianas son asesinas por naturaleza.

Pero faltaba el desmadre: la justicia de familia como refugio de la política de género.

Yo también he creído en eso por muchos años. Muchos. Cualquiera que haya pasado por un divorcio controvertido sabe a qué me refiero con la sensación primaria de que “todos tiran para la mujer”. Como si se tratara de la venganza de un sistema patriarcal que se refugia en el fuero de Familia para cobrarse todas las injusticias del mundo.

Hasta que me di cuenta que es algo aún más grave: es el aprovechamiento de un sistema híper patriarcal, el más machista de todos los fueros judiciales y por lejos. Un lugar en el que el hombre aún es un cazador que sale de la cueva para procurar alimentos a la familia y la mujer se queda dentro, abocada a la crianza de los chicos. Paso en limpio: divorcio, tenencia automática para la madre, regulación de alimentos para el padre. 

Si hay algo que ha cambiado con el paso del tiempo es esa visión industrial del modelo de familia en el que el hombre casi no veía a sus hijos despiertos, mientras que la mujer era un ama de casa con un lazo preferencial hacia sus hijos producto del vínculo lógico generado por lo cotidiano. Del mismo modo que la mujer cambió su rol en la sociedad y hoy gobierna países, el hombre también mutó de funciones. La sociedad ya no es igual y la generalidad muestra que la mujer trabaja a la par del hombre para el mantenimiento de la casa y el hombre trabaja a la par de la mujer para la crianza de los hijos.

Estamos a años luz de asimilar que la obstrucción del vínculo, el impedimento de contacto, la inculcación maliciosa de que el otro progenitor es abandónico, mal tipo, desamorado, o fan de la pizza de ananá, son formas de abuso y maltrato infantil. Los talibanes de las organizaciones censoras tampoco ayudan mucho que digamos, no vaya a ser cosa que se acabe el negocio de los abogados y los psicólogos que encontraron el rentable nicho del derecho de familia argentino. 

Cuando uno de los padres impide al otro el contacto con los hijos, la víctima no es el otro progenitor sino los hijos. Que haya mujeres que se aprovechen de un sistema tan patriarcal y anticuado lo dice todo. De esas mujeres y de ninguna más.

Pero el lavado del inconsciente colectivo es total: basta que alguien comente en público que tiene problemas para ver al menor para que el eventual interlocutor pregunte qué le hizo a la madre, como si fuera un castigo natural, merecido.

Así como la inmensa mayoría de denunciantes de deudas alimentarias son mujeres, un abismal porcentaje de denunciantes de obstrucción al vínculo son hombres. Y en este caso no entra la protección de la discriminación de género. ¿Cuáles son los instrumentos de los que dispone el hombre para poder ver a sus hijos, más allá de una justicia colapsada y lenta? ¿Por qué solo es tema cuando un caso llega a estos extremos si hay divorcios a diarios?

A nivel laboral, profesional, social, cuatro o cinco años de nuestras vidas no es una medida de tiempo difícil de dimensionar. Es el período que hay entre dos mundiales de fútbol o dos exámenes de próstata, no más.

Pero para un chico en etapa de crecimiento, en el que tres meses de vacaciones escolares es un tiempazo inagotable, cuatro o cinco años de litigio judicial es algo que nunca podrá recuperar. ¿Quién le devuelve a los chicos los momentos no compartidos con su padre o madre?

En mis años de vida judicial he visto actitudes más inhumanas que infantiles. He visto a padres denunciados por abusos sexuales que nunca ocurrieron, madres que piden autorización para sacar al menor del país y se dan a la fuga, padres que exigen pasar tiempo con sus hijos para no prestarles la mínima atención y un largo etcétera.

En un caso que conozco de cerca, al niño le enseñaron que fue abandonado por su padre cuando éste lo podía ver sólo cuando a la madre se le antojaba a pesar de contar con un régimen de visitas que no respetaba. Cada vez que el tipo iba a hacer la denuncia, se encontraba con el machismo ya desde la mesa de entradas de la comisaría, con uniformados que se le cagaban de risa por no hacerse valer. ¿Qué esperaban, que ejerciera violencia? 

Al chico, entretanto, le inculcaron el apellido de soltera de su madre, como si fuera hijo del Espíritu Santo. No son casos aislados y he visto de todo, hasta casos con treintenas de denuncias de impedimentos de contacto efectuadas por un mismo padre y que fueron archivadas sin mayor trámite una tras otra. Sin mayor trámite quiere decir sin hacer nada, ni siquiera mandar un patrullero a chusmear.

He visto asesores psicólogos de menores muy, pero muy famosos decir que “si la mujer denuncia, el hombre es culpable hasta que demuestre lo contrario” y he visto a otras “recomendar el urgente restablecimiento del vínculo por la salud mental del menor”. De todo en la viña del Señor, al igual que los jueces que se rompen el lomo para salvar lo que queda de la psiquis de un niño. 

Pero el fuero de familia argentino no tiene poder y cada resolución que dicta es un cartel de “Prohibido pisar el cesped”. ¿Qué pasa si lo pisamos? Nada.

Vuelvo a lo dicho por esa famosísima psicóloga que si la nombrás te hace juicio (y siempre lo pierde): textualmente dijo “esto es así, está muy bien que así sea y no va a cambiar porque los hombres son culpables y ellos deberán demostrar que son inocentes”. Está filmada y no con una cámara oculta.

¿Vieron que la calle está llena de locos sin asistencia? Eso es porque a alguien se le ocurrió “humanizar” el trato psiquiátrico y modificaron la ley sin consultar a psiquiatras. Ahora, ¿sabían que en la Argentina es “reprimido con prisión de un mes a un año el padre o tercero que, ilegalmente, impidiere u obstruyere el contacto de menores de edad con sus padres no convivientes”? ¿No?

¿Y que “si se tratare de un menor de diez años o de un discapacitado, la pena será de seis meses a tres años de prisión”? ¿Tampoco? El fuero de familia no puede imponer penas porque para eso está, obviamente, el fuero penal, donde nunca, nunca, nunca pasa nada.

Era fácil de contar, pero es el problema de los medios de hoy en día, que rehuyen de cualquier responsabilidad social de sus contenidos especializados en jaurías y no en la verdad. Mirá la de puteadas que evitarías si consultaras a un abogado sobre el caso en vez de tirar datos al voleo para alimentar el morbo y fomentar prejuicios. Igual, también los entiendo a ellos: mirá si vamos a perdernos ver la cara de tristeza impostada de los especialistas en cosas.

Ya existen leyes y son durísimas. ¿Qué quieren inventar si lo único que hay que hacer es aplicarlas, como en todos los aspectos del resto de este territorio al que llamamos país? 

En todo caso habría que cuestionar qué tan machistas son muchas de las actitudes que hoy definimos como feministas, como aprovechar el fuero más recalcitrantemente machista –el de familia– para sacar provecho y que el hombre sea culpable porque es hombre y nada más que un proveedor de alimentos. 

Dos ejemplos que también vi: una mujer desaparece con su hijo durante seis meses. Cuando logran dar con su paradero, es notificada de qué cometió un ocultamiento de menor, delito federal. No pasa naranja: la Justicia Federal nunca se enteró porque el juez ordinario archivó el expediente en contra de toda normativa procesal. El padre de la misma criatura se queda sin señal en el subte por unos veinte minutos en un día de régimen de visitas. Lo esperaba la policía en la casa. 

Después vienen las estadísticas para justificar que no es tan así, que la violencia machista está sobredimensionada. Cosas que yo también me comí en su momento, como que “las principales víctimas de violación en las cárceles son hombres”. Luego me di cuenta de algo tan, pero tan estúpido que se resume con dos preguntas: ¿Existen cárceles mixtas y no nos enteramos? ¿Quién viola a los hombres en una cárcel de hombres, un marciano?

Si quieren ver al fuero de familia corriendo en círculos por falta de poder real, busquen algún padre psicópata que se lleve al niño y no lo devuelva. Los hay de a mares, también.

Esto viene a cuento porque nada tienen que ver esas chicas y no tan chicas que llaman a matar al hombre, o lo que fuera, en sus danzas callejeras. A mí también me desagrada que me amenacen de muerte artísticamente por haber nacido, pero si el uno por ciento de esas manifestantes fueran homicidas no alcanzarían los cementerios. Y sin embargo ahí están, sin siquiera apelar a la estadística mínima, puteando también al feminismo extreme, al no tan extreme y a la que se vistió de verde por San Patricio.

Todo está escrito, estimados, solo que a muchos les resulta mayor negocio reinventar nuevos derechos que crear andamiajes para hacer cumplir la ley. Y lo digo en relación con mi texto del domingo pasado: el Estado Ausente que se disfraza de otorgador de derechos que luego no puede/no se calienta en garantizar, como quien se compra un Audi para tenerlo tirado porque no le da para la nafta. ¿Nadie vio nada, nunca, jamás? Y ya que estamos: en caso de que alguien hiciera la denuncia –como sí ocurrió en el caso de Lucio y nadie dio pelota– ¿aquí sí se puede meter el Estado con los hijos ajenos, o aún no somos tan hipócritas? ¿Ahora sí importa que en el colegio se podrían haber dado cuenta si el niño sufría abuso? Casi dos años sin clases. Casi dos años sin una maestra que le sirva de ángel guardián, esas que se quedan días a la espera de que alguien solucione el asunto contra toda burocracia estatal. 

Todavía recuerdo el primer infanticidio en el que laburé. No existían las redes sociales, pero les tiro el dato de que el asesino era chaqueño, o electricista, o empleado de Telefónica, por si tienen algún prejuicio por saldar. Si quieren, podemos utilizar a un niño muerto para matarnos políticamente, pero en esta no queda afuera ningún signo político. ¿Saben cuál fue el segundo caso de censura previa en democracia? El primero se lo comió Tato Bores de la mano de la jueza Servini. El segundo ocurrió en 2015 cuando Guadalupe Tagliaferri y Gladys González enviaron mails a todos lados para impedir la proyección de un documental financiado y aprobado por el Incaa. ¿Motivo para que no se muestre? Además de las declaraciones de la psicóloga Lliana H. sobre la culpabilidad nata del ser humano masculino, se contaba la historia de un puñado de hombres que estaban impedidos de ver a sus hijos.

Ni idea si el documental zafaba, si era bueno o lo que sea ¿a qué le tenían miedo para llegar al extremo de violar la Constitución? Evidentemente, ninguno a cumplir con las consecuencias de tamaño acto anti derechos constitucionales, porque no pasó nada. 

Volviendo al caso de Lucio les cuento, basado en números empíricos, que la violencia intrafamiliar existe a niveles que no es sano contarlos en una nota. Sí creo que no deberíamos dejar pasar la oportunidad para debatir sin prejuicios de clase ni de orientación sexual. 

Lucio tenía un padre que pedía por él, tenía una familia que pedía por él. En la Argentina si uno quiere adoptar un niño, los padres tienen que llevar vidas monacales y gozar de una posición económica determinada que nadie garantiza que sea permanente. Encima, hay que fumarse a los que se oponen a que los chicos sean adoptados por parejas homosexuales. 

En esta misma Argentina, si sos padre biológico, tenés una propiedad privada inembargable a la que podés arruinarle la vida, mandarlo a ejercer empleo infantil o enviarlo a mendigar por el subte en horario escolar y no pasa nada grave.

Incluso –lo vi– podés ir preso por utilizar al niño para repartir falopa o dejarlo encerrado en un auto mientras dilapidás su futuro en un bingo. Después te lo devuelven, tranqui, que lo que importa es la familia. 

¿Sabían que hay niños con sífilis, gonorrea o clamidia detectados en las escuelas en plena Capital Federal de la Nación? ¿Hace falta recordar que nadie se contagia de eso por pintar con crayones? Niños de ocho años con enfermedades venéreas. Viven con sus familias biológicas. ¿Dónde mierda están los organismos oficiales? ¿Mis colegas ya averiguaron si estas criaturas enfermas y –obviamente– abusadas tienen papá y mamá como Dios y la buena moral dictan?

No pasa nada. Si tiene tu ADN podés hacer lo que quieras que gran parte de la Justicia de Familia –no toda– y el andamiaje de supuesta “protección del menor” –todo– de parte del Estado siempre priorizará “el mantenimiento del vínculo del menor con la familia”. Salvo que te divorcies, claro.

Lo peor del asunto es que uno ya no sabe qué hacer porque la experiencia reciente dicta que, si el tema se va de las manos, los gobiernos lo solucionarán con una mesa de coordinación o un nuevo ministerio cuando solo hace falta que alguien, en la puta vida, haga su trabajo.

¿No es hora de repensar todo lo que consideramos familia? ¿Es lo mismo ser madre o padre por compartir genética que por compartir amor? ¿Qué requiere más esfuerzo: ponerla y esperar nueve meses o forjar humanos con valores? Ojalá esto sirva de algo, como para repensar qué mierda queremos del fuero de familia y, fundamentalmente, qué queremos del Estado que no te cuida ni aunque un menor de edad y toda su familia grite socorro. 

Lamentablemente, pasa todo el tiempo. Ahora mismo, por ejemplo. Solo resta guardar esperanzas de que el próximo caso no nos toque de cerca. 

 

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