Manual de autoayuda para lo que vendrá

La frase elegida fue “Crisis de gabinete”. Cualquier titular de nota o zócalo televisivo se refería a ese término. Sucedió hace una semana. No le importó a nadie, pero se llenaron igual los portales.

Renuncian tres ministros y a nadie le interesa. En cualquier otro país es una debacle institucional, pero aquí no pasó nada. Y no es que renunciaron tres inocuos; esos quedan atornillados y calladitos. A ver si todavía recordamos que hay un Filmus, un Cabandié o un Bauer con cargos ministeriales.

Renunció una de las banderas del presidente, la primera ministra de Género de la historia del país, se fue el ministro de Trabajo y se rajó el titular de Desarrollo Social con una carta digna de un veterano de guerra. Y nada. Nuevamente quisieron que pasemos el fin de semana preocupados y transitaron inadvertidos de manera proporcional a lo que fueron sus gestiones.

Que nadie sepa quién es la nueva ministra de Género tiene algo de lógica poética en la concreción máxima de la intrascendencia del área. Fue creada para hallar soluciones a la situación social, laboral e histórica de las mujeres y no pudieron ni enterarse de los femicidios en manos policiales durante la cuarentena. “Hay un límite” dijo la ministra saliente. No sabíamos que el de ella quedaba tan lejos.

Ahora, si querían llamar la atención, nada mejor que colocar a una persona que parece sacada de una publicidad televisiva de empeño de joyas. ¿Kelly Olmos? ¿En serio? ¿Raquel Kismer de Olmos? ¿Eso es lo que quedó en pie? Sí. La esposa de Orlando Olmos, amigote de escándalos de los negocios de Eskenazi. No le vamos a restar méritos a Kelly, que conoce las calles de cuando militaba junto a Carlos Corach, y que en 1997 integró la lista de legisladores encabezada por Octavio Frigerio y adosada a la de Daniel Scioli diputado.

Una mujer que fue más menemista que picotear algo en Rond Point, que apoyó la candidatura de Gerardo Sofovich en 2003 y que… bueno, se hizo kirchnerista, cargo mediante, en 2007.

Como Kelly pasó desapercibida a tal punto que nadie husmea de dónde viene su apellido elegido, también le hacemos favores a los amigos y metemos a la esposa del Pepe Albistur a disfrutar de su actividad favorita desde que le mostraron qué es un pobre.

Como quien no quiere la cosa, algunos dijeron con rigor periodístico que la flamante ministra deberá sentarse con las “agrupaciones sociales que no responden a la presidencia”. Está totalmente naturalizado que los líderes de buena parte de los piqueteros son, a su vez, funcionarios. Entonces se habla de la “complicación de la demanda de un bono para los sectores indigentes”.

Hay que ser mala gente con ganas, pero es lo primero que deberá hacer Barbie Pobreza: lidiar con la incoherencia. ¿Cómo hacés para darle un bono a los indigentes sin saber quiénes son? ¿Sabés quiénes son y los arreglás con un bono? ¿No querés tirarles maní?

Y a nadie le importó.

Porque están en retirada y estos son los rostros que consiguieron que aceptaran. ¿Quién va a poner la cara cuando se pierde 7 a 0?

Esta semana me preguntaron “cómo se resuelve el dilema social argento”. Si supiera como arreglar este cotolengo al que denominamos país, probablemente no estaría sentado atrás de un teclado.

Puedo parecer un idiota optimista, o quizá mi psiquiatra se excedió en la medicación, pero creo que el país tiene arreglo. A pesar de los políticos. Existe algo que llamado “percepción de proximidad” que hace que creamos que todo lo que nos rodea es habitual en el mundo. Por ejemplo, en la Ciudad de Buenos Aires podemos llegar a suponer que el planeta está lleno de judíos que viven en tranquilidad, sobre todo si frecuentamos Villa Crespo o el Once. Y la realidad es que son el 0,2% de la población mundial (lo cual ya dice mucho del delirio antisemita de quienes los culpan de todos los males).

Podemos llegar a suponer que todo está podrido porque los políticos que conocemos no sirven para nada. Puede que sea solo una percepción y que existan personas tremendamente capaces y honestas.

Pero también es una cuestión de sincerarnos respecto a lo que tenemos y a lo que queremos. Por ejemplo: a partir del mes de octubre, un diputado nacional cobrará 606 mil pesos brutos. Dos mil dólares. Hasta hace unos meses no llegaban a 1.600 dólares. Casi nadie en la Argentina cobra ese monto, pero ¿qué podemos esperar de un país en el que un legislador vale eso? Y ya saben lo qué opino de esa pajarera de brutos, pero precisamente por eso: ¿cómo pretender que lleguen los mejores o que se rompan laburando si cobran dos mil dólares? Sí, tienen extras y toda la bola. Repito: ¿un legislador dos lucas gringas? ¿Somos conscientes de que son los que crean las leyes?

No nos cuestan caros; están regalados. Al igual que cualquier otra cosa en venta en este país que puede parecernos carísima, son nuestros salarios los que se fueron al tacho. Y la mentada batalla cultural –de cuyo término hoy se han apropiado los fans del insultador profesional– también incluye dejar de emparejar para abajo y comenzar a aspirar hacia arriba.

A nivel económico, el mayor problema del país no es la falta de recursos, ni siquiera humanos. Todavía podemos darnos ese lujo. Y solo un idiota puede suponer que la economía tiene algún otro problema por fuera del loop de déficit fiscal financiado con emisión. Gastamos más de lo que tenemos, compramos más de lo que producimos, no tenemos con qué pagar, sube todo.

Pero yendo al quid de la pregunta, creo que el principal drama social pasa por la ceguera autoimpuesta: productiva, tributaria y meritoria.

Seguimos varados en una épica pretérita en la que los Estados Nación decían que eran autosustentables y, por ello, debían autoabastecerse. Una manía nacionalista de la que ni Estados Unidos se salvó. Podemos verlo en Volver al Futuro III, cuando el Doc de 1955 da por sentado que se fundió el circuito del DeLorean porque fue fabricado en Japón.

Esa época de híper industrialización para la sustitución de importaciones hoy nos revienta por tres lados: el proteccionismo que nos encarece lo que no vale la pena, el sindicalismo que se niega a perder un sector, los empresarios que juegan con trampa.

Ejemplo básico número uno: lo que nos cuesta la ropa. Puedo elegir comprar un teléfono nuevo o no, pero no puedo elegir salir a la calle desnudo. No sin terminar en cana. Además de que nuestros sueldos se fueron por el inodoro, tenemos un mercado cautivo de ropa para un sector que emplea de manera directa a 150 mil personas en todo el país. No lo digo yo, lo dice el Conicet. De esos 150 mil, la mayoría son empleados administrativos. Y el 75% siquiera está registrado.

En un país con 13 millones de laburantes en blanco, ¿a quién protege el Estado al permitir la ropa más cara de la región: al laburante, al consumidor o al empresario? ¿Por qué cualquier boludo tiene que pagar un jean el triple de lo que cuesta en Estados Unidos, donde cualquier idiota gana más que nuestros pobres diputados? ¿Somos conscientes de que pagamos la ropa en cuotas y que Levy’s es sinónimo de objeto suntuoso, como si habláramos de Versace?

Ningún país produce el 100% de lo que consume. Nunca ocurrió, aunque los melancólicos lo recuerden así. Jamás tuvo sentido y el ejemplo clásico es la administración de una casa. Queremos cenar: ¿compramos un bife y lo tiramos a la plancha? Bueno, según el concepto argentino, hay que conseguir una vaca pequeñita y alimentarla con nuestro propio pasto. Mientras esto ocurre, hay que ser previsores y hacernos de una mina de hierro para extraer los minerales que necesitaremos para fundir una plancha, para lo cual primero tendremos que construir una fundidora. Finalizado el asunto, espero que alguien se haya avivado de plantar un árbol para obtener leña. Y encenderla con la frotación de palitos, porque no nos dió para fabricar fósforos. ¿Cómo compramos la vaquita? No sé, fabriquemos billetes.

¿Suena ridículo, difícil, caro? Y sí, queremos cenar hoy, no en siete años. Pero es lo que hacemos con el grueso de nuestra industria bajo el amparo de no dejar gente en la calle: producir todo cuando otro lo hace mejor y más barato. Como si no se pudiera laburar de otra cosa. Como si todos no hubiéramos trabajado de lo que podemos y no de lo que queremos. Y como si no se pudiera competir en calidad en vez de pescar en una pecera. No, a ganar con trampa.

¿En serio hay que reventar los bolsillos del laburante para proteger a una industria minúscula que registra a uno de cada cuatro trabajadores? ¿Qué protegemos? ¿No se les ocurrió protegerlos quitándoles impuestos?

Ni nos enteramos de qué fue de la vida de los trabajadores de los peajes. Del mismo modo, nuestros viejos no saben qué pasó con los linotipistas y nuestros abuelos jamás se preguntaron qué onda con los telegrafistas. Una cosa es querer salvar un cuerpo y otra es mantenerlo vivo conectado a una máquina y decirle al mundo que está para correr una maratón.

Por otro lado, la ceguera también nos acompaña tributariamente. Todos puteamos por los impuestos pero nadie sabe qué paga ni cuánto a excepción de ganancias e ingresos brutos. ¿Se imaginan si tuviéramos la ley de góndolas yanqui? No me refiero a eso de ponerle un sello negro a las cosas para saber cuáles hacen mal, sino a los precios: con y sin impuestos a la vista.

Piensen qué ocurriría en nuestro país si tomáramos algo de una góndola y al llegar a la caja nos dijeran “es el doble”. No queda nada en pie. Intuimos que nos cagan, preferimos culpar a la inflación o a los empresarios, pero nadie nos dice que el Estado puede bajarnos los precios a la mitad y de un saque, pero que no lo hace porque tiene que solucionar nuestros problemas. Nos taparon los ojos y nos pareció bien. Y es tan sencillo de modificar que hasta me da vergüencita tener que proponérselo a algún diputado. Pobres, con lo que cobran, encima…

Ver es conocer, y conocer da poder. Pongan el precio del combustible o el del papel higiénico con y sin impuestos y les aseguro que hasta el más estatista sale a pedir una reforma con un lanzallamas en la mano.

En cuanto al mérito… Hace poco escuchaba que todos nuestros problemas se resuelven con educación. No le quito valor al asunto, pero convengamos que este país de morondangas y cuchuflitos fue parido por la generación más educada de la historia, votada por la menor tasa de analfabetismo de nuestros dos siglos y consolidada con la mayor proporción de universitarios que hayamos visto.

A pesar de todo lo que hemos vivido, la Argentina está educativamente por encima de toda la región. Lo que debería preocuparnos es que todo el mundo ha duplicado, triplicado y hasta cuadruplicado su población universitaria en los últimos veinte años mientras que nosotros la mantenemos casi estable a pesar de haber multiplicado al infinito la cantidad de universidades.

Hace un tiempo escribí Meritogarcas, por si te interesa repasarlo.

Lo que sí es destacable es la brutal disonancia cognitiva que puede notarse en un universitario que critica a la meritocracia.

Hablo de la incompatibilidad de dos pensamientos simultáneos. ¿Hay algo más meritorio que obtener un título? Sin embargo, muchos de los que critican al sistema de méritos no tienen el mínimo pudor en desacreditar una opinión contraria en base al título obtenido y no a una argumentación.

Una persona normal, cuando se encuentra en un choque de creencias, puede sentirse mal y optar por una opción entre dos: sostener su creencia o aceptar la realidad. Un pacifista que acepta una guerra contra una invasión, por ejemplo. Sin embargo, aquí se ha llegado a tal extremo que los paladines de los derechos humanos del ayer no condenan la violación de uno actual ni aunque decapiten a un disidente venezolano ante sus narices.

Ya es lavado de cerebros aunque se haya abusado del término al punto del rechazo. Y contra eso también habrá que armarse de paciencia porque es estructural: ideaciones transmitidas generacionalmente. La política concebida en la primera mitad del siglo XX tenía un componente homogeneizador tan grande que hasta el día de hoy se estudian sus métodos de propaganda.

Solomon Asch –pionero de la psicología social– llevó por años un experimento: le mostraba a seis personas una línea vertical a la izquierda de una filmina y varias más del lado derecho. Solo una coincidía en largo con la primera. De todos los participantes, uno era de verdad. Todos los demás formaban parte del experimento. Cuando en masa comenzaron a responder equivocadamente adrede, el único participante se sintió incómodo pero contestó en línea con el grupo. El resultado final: a lo largo de décadas, dos tercios de los participantes cambiaron para no desentonar. La conformidad de perder identidad para no desencajar.

Todo se resume en miedo al rechazo. Y eso lleva a perder toda voluntad de racionalizar lo evidente.

Steve Hassan, máxima autoridad norteamericana en recuperación de miembros de sectas, es autor de una frase clave: “haber abandonado un culto físicamente, no lo quita de tu cabeza ni de tus reacciones”. Aplicado aquí podríamos llamarlo “estatismo en sangre”.

¿Cómo salimos? Es una cuestión de demostrarle al otro que no somos su enemigo. Que discutan solos, a no prestarles atención cuando elevan una nueva épica, que ninguna dura más de una semana. Y también se trata de desarmar la retroalimentación alienante en la que viven. Y eso lleva tiempo y paciencia, mucha paciencia.

Tampoco olvidar que cualquier manifestación de fuerza siempre será minoritaria por razones matemáticas, que todos los sindicalistas son empresarios –literalmente– y que la violencia desenfrenada siempre les juega en contra a la imagen de los violentos.

Por eso las reformas se tienen que hacer sin tanta culpa. ¿Cómo vas a convencer a un estadicto que el Estado ya no será su droga? No hay chances. Se hace y a aguantar el síndrome de abstinencia. En algún momento cederá y casi todos aflojan con el tiempo. ¿Sabían que el mayor empresario de tecnología de seguridad urbana fue miembro de la mesa de conducción de Montoneros? Todo pasa, todos cambiamos.

Pero paciencia. Primero porque esto no será gratis. Ni rápido. Y segundo porque no podemos matar a quienes apoyaron esto y seguirán enganchados. No quieren ser felices, solo tener razón.

Finalmente, nos queda la esperanza de la cuestión biológica. Ya están muy viejos los sindicalistas y líderes políticos del delirio permanente de vivir en otro siglo. Y nadie es eterno. La forma de hacer política por la fuerza también se va con ellos.

¿Existe un grupo de jóvenes que asusta a los adultos por sus actitudes? Son minoría en la minoría juvenil y en la última joda quedaron más expuestos sus padres que ellos mismos. Solo ese dato debería bastarnos como esperanza.

Nicolás Lucca

 

 

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