Militantes
La estupidez es una enfermedad extraordinaria. No es el enfermo el que sufre por ella, sino los demás.
Voltaire
Todos tenemos nuestros ideales, los que nos unen o diferencian más allá de nuestras ideas. Las doctrinas las abrazamos por simpatía e identificación personal. Porque nos gustó, porque nos pareció bien, por amor u odio a nuestros padres, etcétera. Ahora, si nos ponemos a hablar de militancia, ahí las ideas pueden transformarse en motivos de guerra, aunque los ideales sean los mismos.

Lo que hoy conocemos por militancia es un concepto relativamente nuevo en el espacio del tiempo. Es llevar a la terminología bélica la mera participación activa en una agrupación. Lamentablemente, esta ha sido degenerada terminológicamente durante los últimos años, llevando a meras representaciones de un pasado que de romántico no tiene un carajo, recreando enemigos donde ahora hay instituciones debilitadas, meras fantochadas de lo que alguna vez fueron.

A la Iglesia de hoy en día, con una sociedad con la mente abierta, cualquier boludo bautizado y confirmado la critica, cualquier boluda que se pasó la infancia yendo de la misa al retiro espiritual, la bardea con el dedo en alto. A las Fuerzas Armadas de estos tiempos, cualquier borrego nacido en democracia le falta el respeto. A la Policía forreada por el poder político de turno, en la actualidad cualquier nene que toma mate en el Centro de Estudiantes le tira un piedrazo.

Años atrás había que tener un par de gónadas reproductivas del tamaño de una número 5 para plantarse a la Federal de Villar, había que tener mucho coraje para reunirse clandestinamente en plena proscripción, coparle la Plaza a Galtieri o ganarle las calles a Onganía. Yendo más atrás, había que ser totalmente ajeno a la noción del peligro para, con veintipico de años, tomar el Departamento de Policía de Santa Fe, como hizo Lisandro De La Torre.

Pero esos hechos eran parte de un país en el que la gente tenía un compromiso cívico muy alto. Con pocas excepciones, quien no militaba en un partido, militaba en la ciudadanía. Se debatían modelos de Estado, no subsidios. Se peleaban por derechos, no por guerras mediáticas. Se llenaban plazas espontáneamente, con Gobiernos Militares en el poder -aún sabiendo que terminar en cana era un buen resultado en comparación a las otras opciones- para reclamar por lo que se creía que era justo.

Hace tan sólo unas décadas atrás, la militancia iba desde la raíz del interés colectivo, no del individual. No se puede comparar un millón y medio de personas parando el país para exigir que liberen a un tipo que les dio dignidad laboral, en contrapunto a un acto pedorro, de pobrerío pago, gremios adictos y estudiantes universitarios, exigiendo la implementación de una ley para castigar al socio rebelde del kirchnerismo. No era tan sólo la vida por un hombre, sino más bien por sus propios derechos, que equivalían al de todos los hombres. Porque aún la vieja que festejaba que Evita tenía Cáncer, hacía la cola para votar por primera vez. Hoy la militancia está sectorizada, privatizada, individualizada. Se es militante del interés personal o, a lo sumo, de un reducido grupo de individuos.

Como si fuera un chiste de mal gusto del devenir de la historia política de este país, las generaciones menos comprometidas con la vida política son las que nacieron en democracia. Podemos echarle la culpa al descreimiento producto de una corrupción enquistada y aberrante, sumado al hecho de haber visto a sus padres con los sueños arruinados -en el caso de los que la zafaron- o directamente caer en el hambre -en el caso del restante 50% del país- por culpas de Gobiernos Democráticos.

Son los chicos que crecieron en una era sin militares que golpeen las puertas de la Casa Rosada, pero también sin utopías. Quienes nacieron después del levantamiento de Seineldín, ya tienen edad como para votar, y la inmensa mayoría -por inmensa me refiero a casi la totalidad- no saben quién fue Aramburu, Rojas, Lonardi, Frondizi, Onganía, Lanusse o Illía, todos personajes de la época más fuerte de la historia militante de esta Argentina. No tienen idea, no les interesa, no les afecta. Dos décadas de sus vidas, divididas por partes iguales entre la convertibilidad y la devaluación asimétrica, los ha convencido de que no hay nada que se decida a nivel gubernamental que pueda salvarlos si no se preparan por sus cuentas. Es lógico que cada uno cuide su quintita.

Todas las generaciones pasadas han tenido un buen porcentaje de personas a las que les daba lo mismo lo que pasara a nivel político. Se laburaba, se comía, se vivía, se tenía un techo, se podía pasear: alcanzaba. Nunca se tuvo un nivel tan bajo de compromiso con lo que pasa al lado como el que se ostenta hoy en día. Y la generación de los pibes aburridos, que piden a gritos una utopía en la cual creer, van por las calles dando vergüenza en actos ridículos. Un grupo de nenes que en 1983 ni siquiera estaban en los planes de sus padres, gritándole al Fiscal General de la Ciudad de Buenos Aires «Garavano, vos sos la Dictadura». A ver, Garavano podrá ser muchas cosas, pero en 1976 tenía cuatro añitos. A no ser que entregara compañeritos de Jardín a los milicos, dudo mucho que supiera qué carajo pasaba. Si quieren bardearlo, tienen otras cosas, chicos. Tiene 38 años y todavía vive con los padres, que se yo. Aparte, si quieren atacar a gente que sí apoyaron y festejaron dictaduras, horrorosas, pueden cruzar la Plaza de Mayo y preguntar si Cristina se sacó el batón y fue a laburar o se quedó en Olivos. Si no les dan bola, vayan a la sede de Abuelas de Plaza de Mayo y pregunten por la señora, esa que festejaba caminando entre los muertos el derrocamiento de Perón en 1955.

Si quieren militar, exijan internas partidarias, caminen la calle, vean la realidad de lo que los rodea. Hace un par de meses atrás, Eduardo Aliverti decía que se mató y se torturó demasiada gente como para que alguien venga a hablar de miedo. Gente, en este país se mató y se torturó demasiada gente como para dejar los destinos de nuestras vidas en manos de analfabetos de la política, pero nóbeles en el arte del curro. Porque cuando pasan estas cosas, es cuando se termina apoyando la expropiación de Papel Prensa a quien transó con un gobierno militar, para devolvérselo a quienes fueron los banqueros de Montoneros.

Porque cuando la historia la aprendemos de la mano de JP Feimann y la realidad la mamamos sólo de la Revista 23 y Página/12, puede suceder que terminen creyendo que los actos del bicentenario fueron una manifestación espontánea de apoyo al Gobierno del backyardigan anoréxico que tenemos por mandataria, que los veteranos de Malvinas que desfilaron de prepo por la 9 de Julio, estaban jugando a las escondidas para también manifestar su fervor por el Gobierno Nacional y Popular. Y que, tal como dijera un medio muy -pero muy- hijo de puta, hubo más gente que en el funeral de Evita, 49 años y 30 millones de habitantes después.

Porque cuando no se tiene un conocimiento de lo que se está defendiendo, puede suceder que quienes entregaron a sus compañeros, mataron a sindicalistas honestos, atentaron contra gobiernos democráticos y se enriquecieron con tiranías, hoy puedan decir, con la liviandad que permite la ignorancia, qué ellos son la memoria de
la Argentina.

El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales.
Bertolt Brecht
Martes. No me caí de la cama. Fue un aterrizaje forzoso.