Nos divide el espanto

Faltaban solo unas horas para que Vladimiro se le diera por jugar al TEG cuando, con motivo del décimo aniversario de la Tragedia de Once, me puse a revisar algunos textos de aquel 2012 y noté que realmente había algo en ebullición que terminó por colapsar en una serie de marchas multitudinarias hasta converger en el mítico #8N. Y me dio cosita.

Pasaron los días, la vorágine se disparó, y cuando pasó el primer shock me dio aún más cosita al recordar dónde y cómo estamos los que estamos.

El 8 de noviembre de 2012, un millón de personas se congregaron en los alrededores del Obelisco porteño. Nadie podía dimensionar tamaño espectáculo cívico, nadie imaginaba que sería tan grande la masa humana. En el interior se vivieron manifestaciones multitudinarias en Mendoza, en Córdoba, en Tucumán y en Mar del Plata. Hasta llegaban imágenes del exterior con argentinos que protestaban por el mundo.

Luego de repasar aquellos textos y el que terminó por ser Somos Nosotros –escrito en medio de la manifestación desde un Blackberry– llegué a una conclusión que aún no logro dimensionar qué clase de emoción debería generarme: hoy el #8N sería imposible.

A principios del pasado diciembre tuve una discusión fuerte con un amigo. Discutir por escrito con alguien que tiene tu propio nombre -un tocayo- es lo más parecido que hay a putearse en el espejo. Durante más de una década coincidimos en muchas cosas pero el paso de los años cambiaron nuestras perspectivas, creo. Las historias nunca son sobre el mismo camino, pueden tocarse, bifurcarse o ir por paralelas, pero cada uno hace lo que puede con lo que tiene a su alcance, con sus herramientas y cuando el camino nos vuelve a juntar somos los mismos pero distintos. Es como volver a vivir en la casa de tus viejos: difícil que logres adaptarte, ni ellos adaptarse.

A fin de año, un mensaje súper cariñoso de él me devolvió a una verdad que muchas veces se olvida: que la vida real está fuera de las redes, que una discusión con alguien apreciado no termina en un block. Nuevamente charlamos y coincidimos en algo y es que el antikirchnerismo había sido el punto de encuentro de mucha gente hace poco más de una década. Y que hoy, con el debate saldado en un Modelo Nac & Pop reducido a un vecinalismo del conurbano, surgen las diferencias entre aquellos a quienes antes nos unía el espanto.

Fue como una vuelta de tuerca sobre algo que meditaba hace tiempo pero no lograba encontrarle una hipótesis que me cerrara. Sigo sin saber si es la correcta pero es la que más se aproxima a una serie de síntomas que todos hemos visto y/o padecido en los últimos tiempos. O sea: lo que antes era una grieta que dividía a la sociedad en dos, hoy se asemeja más a un terreno reseco multi agrietado. Y no digo que esté mal, después de todo siempre me causaron entre gracia y espanto las consignas políticas que llaman a la “unión de todos”, algo que sólo puede concebirse de forma ficticia y por la fuerza.

Cada ser es un individuo que puede coexistir con otro. Tirar para el mismo lado en todo es tan poco factible que basta con ver la cantidad de relaciones que comienzan y terminan. Si a dos personas les cuesta un compromiso de por vida ¿cómo esperarlo de 45 millones si no es a punta de pistola?

También existe un factor de unidad nacional constituído en un miedo superior, como una guerra. Pero hasta eso es temporal y siempre habrá un sector que preferirá otra opción. Ahora, el temor hacia lo que amenaza nuestro estilo de vida es un factor de unión siempre y cuando no tengamos a nadie que nos represente, porque nuestro estilo de vida también tiene diferencias de detalles. Y eso cambió.

Aquella movilización del 8 de noviembre de 2012 fue tan masiva y con tanta bronca expresada que ningún político quiso ni asomarse. Era también un llamado de atención hacia la oposición, totalmente atomizada. De hecho, en esta Argentina híper urgente, ya nos hemos olvidado que Elisa Carrió mandó a la mierda en público a Pino Solanas recién a mediados de 2015.

A lo largo del gobierno de Mauricio Macri surgieron montañas de planteos, críticas y apoyos a diferentes formas de abordar las políticas económicas y sociales. Y el lado antikirchnerista de la grieta comenzó a agrietarse más pronto que tarde. Los radicales se sentían dejados de lado por haber quedado fuera del manejo real del poder, algunos liberales tildaban al gobierno de kirchnerismo de buenos modales, otros lo acusaban de comunismo amarillo, otros se hicieron tan fanáticos que no entiendo cómo nadie se tatuó el rostro de Antonia, y vimos surgir varios rostros nuevos provistos directa o indirectamente por los medios de comunicación.

Pero mientras todo esto pasaba y el gobierno de Macri entraba en una crisis que a cualquier otra gestión le pasaría de largo, el universo peronista replicaba la táctica que llevó a Macri al poder: primero nos juntamos, hacemos una campaña bien presentada, salimos a escuchar a lajente y después vemos cómo nos repartimos el poder. Del otro lado hacían lo mismo que llevó al kirchnerismo a la derrota. O sea, alternativas de voto.

No culpo a nadie, ya que nada más triste que acusar a alguien de una derrota por no apoyar ideas con las que no coincide, solo recuerdo los tantos.

El resultado del devenir de las cosas es este gobierno pedorro, en el que el más porteño de los porteños sobreactúa un espíritu socialdemócrata europeo en un país presidencialista para no tener que asumir la verdad de las cosas: que no preside ni aunque Cristina se tome vacaciones. ¿Qué pasó en el oficialismo? Lo que suele pasar cuando llegan al poder y huelen sangre.

Máximo por un lado, los intendentes del conurbano sin representación, la liga de gobernadores en el limbo, Cristina que desautoriza a todos cuando habla y cuando calla, Kicillof que quiere marcar cancha sin que le dé el cuero y Sergio Massa que tiene fichas puestas en rojas y negras, pares e impares, primera segunda y tercera docena. ¿El albertismo? Cinco funcionarios con sueldo y Dylan, siempre y cuando no se asuste de noche y comience a ladrar.

Es gracioso que el oficialismo se haya presentado como coalición unida, pero así funciona el universo peronista: están los de Perón y Evita, los peronistas de Perón, los de Evita, los de izquierda, los ortodoxos, los sindicalistas vandoristas que reivindican a Rucci, los que se sumaron desde la juventud de la UCeDé y quedaron –como Sergio Massa–, los que son hijos de mamá, los militaristas y hasta un marxista al frente de la gobernación bonaerense. Está todo tan atomizado que Sergio Berni terminó por despegarse de Cristina.

¿En frente? Cada vez más opciones pero ninguna demasiado alejada de la otra. Los que nos matamos somos nosotros, usted, yo, esos a los que antes nos unía el espanto. Hoy el espanto nos enfrenta.

Imaginen un grupo de muchas personas que se siguen en Twitter desde que entendimos cómo funciona, pero que ya formábamos parte del mismo ecosistema desde que fuimos bautizados como “blogósfera anti K” en los tiempos de los Floggers. Éramos un rejunte de radicales alfonsinistas, socialdemócratas, peronistas ortodoxos, peronistas románticos, lilitos, liberales y agnósticos políticos. Nos sentíamos tan, pero tan poco representados que podíamos llegar a votar a cualquier freaky del Show de Anabela Ascar si es que las encuestas lo acompañaban. El resto no nos importaba demasiado.

Hoy casi todos tienen una representación, alguien que encarna más o menos sus ideas. Nadie puede decir que se siente 100% identificado por un político y tener los patitos en fila al mismo tiempo. Decidimos sacrificar algunas cosas con tal de que encaje lo mejor posible dentro de lo que deseamos. Pretender un encastre total es como soñar una relación sin discusiones por nada.

Ahí nos veo, todos metidos en una pelea sin cuartel ni trincheras en las que nos matamos por cosas que los políticos manejan de otra forma. Gente que adora a Patricia Bullrich se ofende por el armado de Horacio Rodríguez Larreta. Los macristas de pura cepa miran con recelo a cualquiera que interrumpa el sueño de volver a ver a Mauri con la banda presidencial. Todos lo putean al radical Morales y, de paso cañazo, también la liga Cornejo. Lilita se siente cómoda en hacer la suya y, mientras todos se enojan con Javier Milei, el melenudo se sienta con Bullrich de vez en cuando a plena luz del día y sin nada que ocultar. Ah, no olvidemos el caso Espert, a quien los kirchneristas lo acusan de ser funcional a los macristas y los macristas todavía lo putean por la derrota de 2019.

Y la verdad es que nosotros no tenemos ni la más pálida idea de qué resultará de acá a 2023. ¿Hace falta repetir que Cambiemos nació cinco meses antes de las PASO de 2015? ¿Hace falta recordar que Alberto Fernández tomaba un cafecito cuando se enteró que había ganado el Gordo Justicialista y era candidato a Presidente solo tres meses antes de las elecciones? Si después todos terminamos por votar mientras deglutimos algún sapo ¿para qué matarse?

Más gente de lo imaginable necesita sentirse parte de un todo que lo supere. Predicamos religiones monoteístas y nos dividimos por cuestiones de fondo. Dentro de las mismas religiones nos dividimos por las formas, pero ser parte de un todo que nos supera es ancestral. El fútbol podría servir de ejemplo, también, entre sus consumidores: todos alientan por la selección, pero después se matan entre clubes.

Ahora que el tema ambiental está tan en boga, si yo tiro el listado de personas al mando de Ambiente desde su creación en 1991, seguro alguien se ofenderá o defenderá a algún nombre. María Julia Alsogaray, Ingeniera Industrial; Oscar Massei, abogado constitucionalista; Rafael Flores, abogado, consultor financiero; Carlos Oehler, Ingeniero Quimico; Carlos Merenson, Ingeniero Forestal; Jorge Amaya, abogado constitucionalista; Atilio Savino, contador; Romina Picolotti, abogada ambientalista; Homero Bibiloni, abogado administrativista; Juan José Mussi, médico clínico; Omar Judis, Ingeniero Civil; Sergio Lorusso, abogado; Sergio Bergman, rabino, farmacéutico; Juan Cabandié, bachiller.

¿Alguno capacitado para el cargo? Dos, uno sin presupuesto, y la otra desplazada por corrupción, lo cual ya es mucho decir. Pero solo por recitar el listado alguno me dirá que “no se puede comparar”. El personalista siempre es el otro, yo sigo a quien sigo por motivos superiores al resto. Yo no soy fanático, no señor, usted lo es, yo solo defiendo al mejor político de la historia desde la realidad de mi percepción, no como usted que percibe otra cosa.

No existe el purismo en ningún espacio político, pero algunos votantes sí son puristas. Y eso que, salvo que se vote la lista del Frente de Izquierda, todos, absolutamente todos colocamos el nombre de algún peronista, o un radical o un progre porque los hay en todas las coaliciones. Y sin embargo, cada vez más separados, veo a un montón de personas matarse entre ellas con agresiones brutales. En Twitter, claro.

Hace poco se tirotearon por un vendedor de churros de una playa en Pinamar. Estaban los que les pareció ridícula la excusa bromatológica desde el punto de vista de que nadie es tan estúpido como para no poder decidir si compra a ciegas o no; estaban los legalistas que consideran que todas las leyes deben cumplirse; y, obviamente, los que esperan que antes se cumplan otras normas mucho más importantes.

Y me parece sano que ya no nos una el espanto por que va de suyo que tenemos un gobierno de mierda. Me gusta y hasta me intriga qué nos deparará el futuro con tantas visiones distintas sobre qué es el liberalismo, hacia dónde tiene que juntarse Juntos por el Cambio, qué impronta debe adoptar una Unión Cívica Radical que parece nacida en 1983 y ya no recuerda a Balbín ni cuando toman la avenida que lleva su nombre.

Lástima que enfrente hay un espacio en el que se puede ser privatista o estatizar hasta los culos, estar con Washington y con Moscú, con La Habana y con París, con Israel y con Irán, con Lacalle Pou y con Maduro. Y todo sin que la muchachada deje de aplaudir. De vez en cuando, quizá, piden por lo bajo que al menos disimulen si se van de vacaciones al Caribe.

De hecho, hasta resulta esperanzador saber que el 65% de la última encuesta de Giacobbe diga que nunca votará a este gobierno ni aunque mejore la economía. Pero no sabemos a quiénes sí votarían. Pequeño detalle. Ahí está la clave ya que hace rato que no gana el que más votos atrae; gana el que más atomiza a los que nunca lo votarían.

Por lo pronto les propongo un ejercicio: miremos al mundo y veamos el chiquitaje pedorro que discutimos. El debate no es complejo por más historia y geopolítica que exista. Esta semana Rusia disparó una guerra a traición. ¿De qué lado estamos, de los pelotudos que se vacunan mientras reivindican a un país que atenta contra toda ley occidental de respeto a los derechos humanos, o del lado de los bombardeados de noche para satisfacer el delirio de un traumado corrupto y asesino que no pudo resolver su temita de que la Unión Soviética desapareció? No hace falta saber o conocer sobre el bombardeado, es una pregunta elemental: ¿Nuestro sistema de valores o el delirio personalista? Eso también se elige con el voto.

Siempre y cuando alguien lo proponga, claro.

PD: A todos los que apelan a cuestiones culturales o acusan al sistema democrático, liberal y capitalista occidental, les recuerdo que este sistema tendrá miles de defectos que pueden y podemos criticar gracias a que vivimos en este sistema democrático, liberal y capitalista. En cualquier otro lado, la mínima disidencia –política, cultural, sexual o que tan solo moleste al líder– se paga con la muerte. Y eso también pueden elegir gracias a este sistema. Después de todo, el Muro de Berlín no se construyó para impedir que los demócratas se escapen hacia la Alemania comunista.

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