País hipócrita

Pocas cosas demuestran tanto la falta tacto como la muerte de alguien medianamente famoso. Es como un hilo de hipocresía enorme que se desprende de una máxima propia de obligaciones religiosas. Como cuando alguien se comporta como el orto hasta la puerta de la iglesia y luego de desearle la paz al vecino que odia, sale a la calle, critica a toda la humanidad y pasa el resto del día pensando que el mundo es una mierda. Dentro de esos parámetros de culpa líquida nos quedó uno de los mayores mantras: «No se desea la muerte a nadie».

Un mantra que se blanquea cuando ocurre la muerte de un alguien especial y otro alguien festeja. Puede que no lo exteriorice y tan sólo sienta satisfacción en privado. En el mundo del «no se festeja», debería sentirse igual de culpable: si uno siente alegría por algo obtenido es porque lo deseaba.


Falleció Claudio Bonadio y esa cosa que llamamos grieta recibió una dosis industrial de sal gruesa en medio de la herida.

Juez federal desde 1994 Bonadio era de los sobrevivientes de la vieja guardia, pero no tan vieja como la eterna María Romilda Servini. Y Bonadio llegó a juez cuando entre 1991 y 1993 se sancionaron varias leyes que crearon casi 40 cargos de jueces federales, entre camaristas y tribunales orales. También duplicaron la cantidad de jueces federales de primera instancia con el siempre loable fin de «agilizar la Justicia», aunque los resultados den a entender que se buscó diluir el poder de fuego de los magistrados.

Desconozco la letra chica del proyecto que encabeza Gustavo Béliz para la reforma judicial, pero por lo poco que se ha leído dentro de tanto hermetismo, también ampliaría la base de jueces. La experiencia está: cuando se sancionaron todas las leyes –de la 24.050 en adelante– que moldearon al fuero federal que hoy conocemos, Béliz oficiaba de titular del Instituto Nacional de la Administración Pública. Luego pasó al ministerio del Interior por un breve lapso de tiempo antes de salir espantado, pero esa es otra historia.

Cuando en 1996 se dio a conocer la famosa servilleta de Corach, el escándalo de saber que existían jueces que tenían onda con el Ejecutivo era un enorme “Y SÍ”. O sea: Bonadio había sido subsecretario general de Presidencia y luego Subsecretario de Legal y Técnica del Presidente, todo bajo el mismo mandato de Carlos Menem. ¿Era necesaria la revelación para que alguien se preguntara algo? Es lo mismo que hoy podría caberle a Campagnoli, que fue funcionario de Kirchner con Béliz de ministro, la oposición hizo marchas y campañas en apoyo cuando el kirchnerismo quiso destituirlo, llegaron a juntar firmas para que se lo designe Procurador General durante el gobierno de Macri, y hoy varios quieren llorar al saber que asesora a Béliz, su anterior jefe. No está bien, no está mal, es un ser humano con intereses personales.


Una vez comenté que una pequeña cuota de prudente autocensura es lo que garantiza cierta coexistencia social. Me dijeron de todo. Quizá no me haya expresado bien, pero me refería a la antítesis de ese supuesto valor de «ir por la vida diciendo la verdad de frente y, si no te gusta, jodete». Honestidad confundida con agresión verbal innecesaria. Nadie le dice a un tipo que se cruza por la calle «te vestiste como un payaso». Difícilmente se le diga a un jefe que es un pelotudo, mucho menos insultamos a completos desconocidos porque no nos gusta su corte de pelo, su profesión, su forma de hablar o su creencia religiosa. Al menos no lo hacemos cara a cara, dado que en Twitter somos todos guapos. De allí que si vemos a alguien hacerlo en público nos genere rechazo o pensemos que le faltan algunos caramelos en el frasco.

Dicho freno es vital para nuestra supervivencia y radica en no proferir gratuitamente respuestas que nadie pidió a preguntas que nadie hizo en un ascensor, en la espera del banco o en cualquier ámbito de cohabitación con otros seres humanos, con la clara excepción de las reuniones de consorcio.

Todos hemos fantaseado con la muerte de alguien que nos ha hecho daño. El que diga que no, miente o le cuesta aceptar la verdad de que no es tan único y se encuentra comprendido en la normalidad de una especie que no eliminó sus instintos de supervivencia, sino que creó sistemas de leyes para controlarlos. Basta con pensar en el final de los grandes criminales de la historia. ¿Nadie deseó sus muertes? ¿Nadie vio con buenos ojos la implementación de la pena capital?

Lo que resulta preocupante es la distancia entre quien la desea –a los gritos o internamente con un dejo de culpa– y el destinatario. En el caso de Bonadio es claro: ninguno de los que salió públicamente a celebrar su muerte vio peligrar su libertad. Eso lleva a preguntarnos qué tipo de relación platónica puede llegar a construir un sujeto –más cercano al fanatismo religioso que a la simpatía partidaria– como para celebrar que haya muerto un tipo «que hizo tanto daño». ¿A quién, si el que lo dice está kilométricamente lejos de verse afectado materialmente? Es como desearle la muerte al que molesta a papá, pero sin que papá tenga la más puta idea de que nosotros somos sus hijos.

Podría llegar a entenderlo en el caso de los abogados de los que fueron perseguidos por Bonadio, pero luego se me pasa cuando leo que uno de los bogas de Cristina afirma que habría preferido que el fallecido juez tuviera «una larga vida para pagar por lo que hizo». Se ve que faltó cuando en la facultad dictaban teoría de la pena y no se enteró de que la idea no es castigar, sino resociabilizar. Salvo que se buscara venganza, algo que es válido como sentimiento, pero por suerte no se encuentra en ninguna ley penal de la Argentina.

Ahí es cuando la autocensura garante de la convivencia se convierte en hipocresía total y abierta. ¿Justicia? No, vendetta. Pero con eufemismos.

Y dejo para otro momento esa hermosa queja de «nos persiguen judicialmente». Para eso se inventó el sistema judicial: para perseguir judicialmente, que no es lo mismo que ilegalmente.


Durante sus años de servicio, Bonadio fue motivo de cuestionamientos dependiendo de para quién fallara, como todo juez. Cuando Marcelo Bonelli denunció que el ex interventor del PAMI, Victor Alderete, se había enriquecido ilegalmente, Bonadio lo procesó. A Bonelli. Por violación del secreto fiscal. Sobreseyó a kirchneristas, fue cuestionado por medio mundo; avanzó contra Cristina, fue cuestionado por la otra mitad y elevado a la jerarquía de héroe. 

Llamó la atención que el Sindicato de Festejantes de Muertes se centrara en Bonadio como causante de todos los males de Cristina en base a la Causa de los Cuadernos y prefirieran pasar por alto la investigación que llevó adelante por la muerte de 51 personas en una tragedia absolutamente evitable. Y eso que no cualquier juez se anima –al menos en la Argentina– a encarar procesos judiciales contra funcionarios de un Gobierno en ejercicio y reelecto por el 54% de los votos un par de meses antes.

Pero lo importante es salvar a Cristina, el resto que se joda. Hoy todos piden por el compañero Boudou porque tiene onda y rock. Por De Vido da un poco de cosita. ¿Jaime? No sé quién es. ¿Schiavi? ¿Sigue jugando al fútbol?

No todos olvidamos que hubo mucha, demasiada gente que militó la inocencia de todo ser humano con responsabilidad política en un choque que mató a medio centenar de seres muy humanos y arruinó para siempre la vida de cientos de personas muy personas. Mirá si va a tener la culpa la administración que no le dio bola a todos los informes que anunciaban la posibilidad de lo que fue posible. Qué se yo, habrá sido Dios.


El juzgado que ocupara Claudio Bonadio quedó, hasta marzo, a cargo de Sebastián Casanello, un hombre sobre el que pesaron sospechas de parcialidad hacia el kirchnerismo y que, mientras a Bonadio lo acusaban de ser demasiado rápido en la instrucción de sus expedientes, a Casanello le caía el mote de «tortuga». ¿Por qué le tocó a Casanello? Por sorteo, ese sistema tan cuestionado por el oficialismo y que usan como condimento ideal a la hora de hablar de Lawfare, pero que hoy parece haber funcionado a la perfección. Nadie se quejó. Algunos dijeron que no cambia nada en la causas más picantes porque ya están en juicio. Falso: muchos cuestionamientos a las investigaciones se encuentran en Casación y en algún momento volverán al juzgado. 

Elige tu propia queja: los canales de tevé recordaron a Bonadio como «El Juez más controversial». Puede que Oyarbide lo viera desde algún jacuzzi y celebrara que nadie recuerde que durante el kirchnerismo le caían todas las causas picantes por sorteo. El mismo sistema por el que después se criticó que muchas denuncias contra el kirchnerismo cayeron en manos de Bonadio.

Y mientras todo esto pasa, hace tiempo ya que se diluyó toda esperanza de una reforma judicial en serio, que no consista sólo en crear nuevos juzgados, en modificar competencias y demás sarasas. El drama sigue y seguirá siendo la injerencia total de la política en la designación de los jueces. Basta con ver al peronismo del siglo XXI ofendido por el accionar del juez que nombró el peronismo del siglo XX. Dan por sentado que no lo nombraron para que haga su laburo sino para tener uno del palo que les salve las papas.

Todos los candidatos a presidente prometen reformar la Justicia y, cuando llegan, se conforman con cambiar un par de nombres. Menem hizo un cambio radical, pero nombró infinidad de jueces y a casi todos antes de que siquiera existiera el Consejo de la Magistratura. De allí en adelante, todos se conformaron con poquitas cosas. A Macri le alcanzó con que se jubilaran un par. Hoy Fernández tiene la vacante del juzgado federal doce, la flamante ausencia de Bonadio y la próxima partida de Rafecas. Y eso que nadie juega con la posible jubilación de Servini, la Mirtha Legrand de Comodoro Py que sobrevive a todo y a todos. Un tercio de los jueces en danza y otros tantos que van para donde sople el viento. Es muy tentador dejar todo como está. Porque el Poder siempre molesta cuando lo tiene otro.

Hay países en los que los jueces pasan por procesos arduos de exámenes y el Ejecutivo no corta ni pincha. Y probablemente no me crean si les llego a contar que existen países en los que los jueces no son vitalicios sin necesidad de que vayan a elecciones populares.

En la Argentina al candidato a juez se le toma examen. Luego, un político del Consejo de la Magistratura le hará una entrevista para mejorar o empeorar su puntaje. Después enviaran un listado con los tres mejores puntajes al Presidente para que éste elija a uno y envíe el pliego al Senado, independientemente de la orden de mérito que, como ya sabemos, es mala palabra. Siempre me pregunté para qué corno se envían a tres candidatos si el cargo se lo merece el mejor puntuado. Nunca nadie supo responderlo sin fantasías decorativas.

Quizá el sistema que tenemos juegue en contra y los presidentes no deberían nombrar jueces. O quizá se trate de algo más profundo y nunca nada nos caiga bien porque, cuando nos conviene, miramos para otro lado y, cuando no, podemos llegar a celebrar públicamente la muerte. Eso sí, con cara seria, como quien está haciendo una revolución moral mientras desliza los dedos sobre una grasienta pantalla de celular.

¿Justicia? Eso es para los giles.