Pandemia para las masas

En un principio el coronavirus medio que nos resbaló. Como todo lo que afecta al mundo, nos quedaba lejos. Nos quedan lejos las guerras, nos quedan lejos las crisis migratorias, casi no recibimos refugiados del desastre del Estado Islámico, y así.

Cuando nos tocó de cerca con los venezolanos se dio lo que mejor nos sale: irnos a los extremos. Parte de la sociedad tenía miedo de que un kiosquero del turno de madrugada le esté robando su puesto de analista en una multinacional, otra parte los veía con tanta fascinación que los habrían adoptado. Después, como siempre, están los que no registran y, en la Argentina, añadimos un hermoso ejemplar: la posición ideológica. El venezolano migrante era un traidor a la causa chavista. Héroe para unos, forro para otros. 

Con esta nueva pandemia de coronavirus en su versión Covid-19 volvemos a tener a flor de piel lo mejor, lo peor y lo predecible de nuestra sociedad. Gente que inventa situaciones inexistentes para esmerilar al gobierno en una situación sensible –como si el Gobierno no pudiera esmerilarse solito– otros que inventan situaciones incomprobables para maximizar el rol de líder de masas, bizcochitos y pastafrolas del tipo al que trataban de traidor hace un año. El «seguimos ganando» no tiene copyright y hasta Ginés salió a decir que nuestro plan era modelo en el mundo. La buena: el ministro de Salud apareció con vida. Estábamos preocupados.

La carrera por quiénes serán los primeros ganadores de esta tragedia ya comenzó hace rato. Legalmente, las farmacéuticas van en punta por razones lógicas. Entre los que nos gustan a nosotros, los del Turismo Carretera del sobreprecio, tongo y chanchada, los proveedores de maquinarias sanitarias ya planifican sus vacaciones en Italia para el siglo XXIII. 

En el periodismo se da una situación excepcional, como en todos lados. A principios de la década de 1960 toda la prensa de los Estados Unidos sabía que su presidente tenía, al menos, tres amantes fijas y una alternativa distinta para cada día restante de la semana. Pero ningún medio lo publicaba. Uno de esos casos fue tan peligroso que la amante resultó ser una alemana oriental que tenía más pinta de espía que la agente 99. Estamos hablando de un país que treinta años después casi despide a un presidente por un pete. ¿Por qué nadie dijo nada con Kennedy mientras era Kennedy? Las teorías son variadas, pero hay consenso en un punto crucial: Bahía de los Cochinos, crisis de los misiles, guerra de espías… en plena Guerra Fría hasta los propios senadores republicanos consideraban una alta traición a la Patria hacer quedar mal ante el mundo al Presidente de los Estados Unidos. 

Hoy, ante la pandemia en la Argentina, vemos como una suerte de competencia “ni una gota al piso” entre tantos que, para variar, incluye a músicos de esos que son rebeldes con el Poder de su lado, y colegas que tienen la necesidad imperiosa de demostrarnos a todos que no nos merecemos un presidente, sino un falo gigante que nos diga qué podemos hacer, qué no podemos hacer, cuándo podemos hacerlo y cuándo no.

Un pelotudo sale de su casa a violar la cuarentena y el Presidente dice lo que todos pensamos: es un idiota. Pero luego dice lo que no puede decir: «Me voy a encargar yo». Un idiota tiempo completo muele a trompadas a un laburante y todos nos indignamos. El Presidente también, pero se comporta como un tuitero: «Lo cagaría a trompadas». Y es el Presidente. Y a la gente le gusta. 

El problema no es lo que diga el Presidente, el problema son los que son más papistas que el Papa. Y en eso, en la Argentina, somos campeones. Esa fue la gravedad de cuando, ya electo, Fernández fustigó por Twitter al colega Hugo Alconada Mon: no es el miedo a que el Presidente le haga algo, sino a que algún fanático se sienta autorizado.

Nuestra tierra tiene dos pequeñas particularidades en materia institucional: un nulo conocimiento de nociones básicas que hacen a la educación cívica y un descrédito por el Poder Judicial que sólo compite con el de los Sindicatos por los dos últimos puestos de cualquier encuesta de confianza institucional. En ese contexto, cualquier cosa que se diga es riesgosa.

La fascinación por el líder fálico es propia de los sistemas presidencialistas. Presidentes de buenos modales sólo son tolerables si van a alguna guerra, aunque sea ficticia. Es nuestro sistema el que ha sido creado desde el liderazgo caudillesco y, para poder funcionar, lo ha maximizado. ¿La ley? Como decía el doctor Carlos Fayt, “sólo un listado de sugerencias”. 

El presidente no necesita decir que “va a meter preso” a los que infrinjan la ley. Lo dice la ley. Y la gente se emociona y celebra tener un presidente con pelotas. 

La cuarentena obligatoria no es simpática. Y el problema de que haya personas que no la cumplan obedece a múltiples factores que parten de una premisa básica: acá nadie cumple una puta ley, mirá si me voy a quedar en casa. La trampa, el sacar a pasear la bolsita del supermercado vacía. 

Ya circula una cadena que convoca a cantarle el 2 de abril el feliz cumpleaños a Alberto Fernández desde los balcones. ¿Se puede ser tan pelotudo? Honestamente y con una mano en el corazón. ¿Tan mal les hace la cuarentena?

Una cosa es el liderazgo, otra el liderazgo en crisis y otra muy distinta es el plenipotencialismo. Un plenipotencialismo que ni siquiera es tal. Un sindicato decide que todos los comercios cerrarán a las 20 horas, en contra de toda recomendación de la Organización Mundial de la Salud que pide más franja horaria, menor concentración de gente, menor tasa de contagio. No le consultaron ni a Dylan y nadie dijo nada. Las provincias se cortan solas en la toma de decisiones inconsultas, pero qué poder tiene Alberto, che.

Cuando todo pasa por una persona nada pasa por esa persona totalmente. Es por ello que en tiempos de crisis la transparencia institucional tiene que ser total. No puede ser que no se sepa cuánto se está gastando en comida de colegios públicos porque todavía no se pusieron de acuerdo en qué cazzo les darán de comer a los pibes que no van. 

La transparencia, en tiempos de crisis, debe ser total. Y en esta apunto también a los que piden “Estado de Sitio”. Qué cosa el argentino: puede pasarse 90 minutos puteando a la yuta en la cancha y luego pide que el señor policía le salve las papas. Ahí están, son los que luego de insultar a los milicos durante 37 años se les cae la baba por ver “orden”. Les chiflo algo: estado de sitio es suspensión de garantías constitucionales. Las garantías constitucionales son esas cosas que hacen que uno diga que vive en un país libre, soberano y posee derechos. 

Creo firmemente –ojalá me equivoque– que la peste mostrará los verdaderos rostros de los Gobiernos y, por extensión, de la política. Y creo que lo hará a nivel mundial. Acá demostrará lo que ya sabemos pero no queremos ver. Por ahora sin clases, si esto sigue supongo que iran hacia un esquema remoto. Ahí quiero ver cuántos pueden adherir con zonas carentes de Internet y familias con una o ninguna computadora. Quiero ver cuando comiencen a aparecer los primeros casos en las cárceles cómo reaccionan ante la realidad del hacinamiento que existe desde la década de los noventa. Quiero ver de qué nos disfrazamos cuando nos demos cuenta de que dentro de toda la pobreza de este país existen millones de personas que no pueden darse el placer del home office, porque es imposible hacer un revoque fino por Internet, o limpiar una casa, o atender un comercio del que no se es dueño, o cambiar los cueritos de las canillas de los clientes.

Y más allá de todo, me preocupa que entre tantas caretas que caerán, la pandemia sea la excusa perfecta para violentar todo resorte institucional, para que los autócratas tengan, finalmente, una verdadera excusa que permita restringir las libertades de todos los ciudadanos y que digan que lo hacen «por nuestro bien», cuando todos sabemos que es el sueño húmedo de cualquier autócrata con una economía en crisis y un pueblo protestón: encerrarlos por el bien de ellos.

Así que Estado de Sitio las tarlipes. Transparencia, más que nunca transparencia. Quiero que el país salga de esta y quiero saber en qué se gastó cada pesito. Quiero saber por qué las gobernaciones ya encontraron cómo seguir en funciones y la educación está clausurada. Quiero saber en qué se gastó cada peso y que se respeten los derechos de todos y cada uno de los boludos que habitan este país.

Y no quiero que sea “porque el Presidente lo dijo”. Quiero que sea, por una whore vez en la vida, porque la Constitución Nacional y las leyes lo establecen. 

Cómo nos gustan las botas. Un texto aparte merecerían los botones de la vida, los que llevan una placa policial que nadie les dio e insultan y denuncian a quienes salen a la calle sin tener la más pálida idea de para qué lo están haciendo: si van al súper, si van al médico (hay otras 55 mil patologías además del coronavirus, todas esas que existían antes de que nos enteráramos del bicho Made in China), o si están sacando a pasear a un pariente con autismo. 

Y cómo nos gusta el presidente machote, el fálico, el pijudo. Después hay quienes se sorprenden cuando ven videos de plazas colmadas coreando a Galtieri. Comenzás permitiendo dos o tres comentarios, seguís con dos o tres atropellos y, cuando te quisiste dar cuenta, te encontrás con la necesidad de un caudillo todopoderoso. Votamos caudillos omnipotentes en situaciones normales, imaginemos de lo que somos capaces de permitir o pedir en un contexto de paranoia total. No se puede tolerar que un diputado opositor le diga al Presidente «usted es el comandante» sin ponernos colorados.

Porque al país lo sacamos entre todos, unidos, tirando para el mismo lado, agarrados de las manos. Pero todo se hace por orden del presidente de turno. Manga de mansos festejantes.

Se dice que el mejor gobierno es ese del que no nos enteramos que existe. En situaciones normales, claro. Pero que sigamos agradeciendo a presidentes por cosas que son su deber (las tendencias de Twitter «Gracias Mauricio» y «Gracias Alberto» son sólo un ejemplo) debería darnos un poquitín de vergüenza.

No quiero que se abran puertas que después no se pueden cerrar. Hace unas semanas, el Presidente firmó un decreto para reformar la AFI. Un decreto para solucionar un problema que, en una entrevista con Horacio Verbitsky, él mismo reconoció haber causado al autorizar el uso de espías para causas judiciales en 2004 ante una crisis institucional provocada por el caso Axel Blumberg. Las consecuencias de esa medida todavía las estamos pagando 16 años después.

En tiempos de crisis es una gran tentación hacer lo que no debería hacerse, total, nadie está mirando o a nadie le importa con tal de que le solucionen el pánico. ¿Cómo garantizamos la transparencia en medio de una crisis? ¿Cómo controlamos al Gobierno en un estado de excepción al que se suma una ausencia de presupuesto que permite que el Gobierno se maneje como mejor prefiera? ¿Quién nos garantiza que el estado policial no continuará pasada la situación de excepción si, total, «ya nos acostumbramos»? Hoy están secuestrando automóviles y nadie se sorprende. «Que se jodan», dicen citando una ley que no saben ni cuál es. ¿Propiedad privada? Son los padres.

En lo personal, me encantaría un mayor control permanente y en tiempo real. No sirve que el Estado se controle a sí mismo. En situaciones de excepción es mucho más fácil que se busque un salvador. ¿Por qué no llamar a alguna organización no gubernamental para auditar y publicitar? La paranoia y la psicosis no nos puede sedar. El futuro no es sólo sobrevivir a la peste; es también en qué condiciones quedamos.

No quiero más instituciones que son sólo las personas que las conducen. No quiero más colegas dando pánico en tiempos en los que se necesita calma. No quiero más caudillos. No quiero más personas que desean mesías en vez de estadistas. No quiero más buchones sin empatía y sin consecuencias. Pero lamentablemente, contra esto último no hay vacuna. Para lo demás, sí: se llama educación cívica, conciencia ciudadana.

Y por último «yo no quiero volverme tan loco, yo no quiero vestirme de rojo, yo no quiero morir en el mundo hoy. Yo no quiero ya verte tan triste, yo no quiero saber lo que hiciste, yo no quiero esa pena en mi corazón. Yo no quiero meterme en problemas, yo no quiero asuntos que queman, yo tan sólo les digo que es un bajón. Yo no quiero sembrar la anarquía, yo no quiero vivir como digan, tengo algo que late en mi corazón. Yo no quiero vivir paranoico, yo no quiero ver chicos con odio, yo no quiero sentir esa depresión. Voy buscando el placer de estar vivo, no me importa si soy un bandido: voy pateando basura en el callejón.»

 

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