Pánico al olvido

Pánico al olvido

El martes pasado, a la tardecita, se me dio por salir a caminar cual turista. Se me fue la tarde y nada: nadie gritó ni un gol de Portugal. Los chicos jugaban en la plaza mientras sus padres se abandonaban a la deriva mental. Yo no podía creer cómo es que vivían sus vidas sin tener en cuenta lo que ocurría en Comodoro Py.

Pasaron los minutos y, al pasar por una zona de bares, pude notar a un montón de psicópatas incapaces de dejar de charlar, reír y disfrutar de unos cafés. ¿Cómo pueden ser tan insensibles mientras un comando de fusilamiento se disponía a sacrificar a nuestra Santa Patrona?

Luego llegaron las palabras de Ella. Fue curioso notar que las personas entraban y salían del supermercado, otros conversaban en esquinas y hasta el verdulero atendía a su clientela. Qué tupé. Supuse que no tenían señal y que yo era el único que la escuchaba decir que la condenaron por el éxito de su modelo. Nadie prestaba atención. Ok, concedo que fue un poco fuerte que hable de éxitos el mismo día en que el Observatorio de la UCA dijo que la pobreza se fue al infinito y más allá, pero ningún ingrato se conmovió con el descargo de la Vice.

Curiosa la dinámica de ese mundo que existe por fuera del nuestro, ahí donde las personas coexisten, dialogan, intercambian, sufren, disfrutan, tienen hijos, se aman, se pelean, se vuelven a amar. Es como si se tratara de una realidad alterna, un universo paralelo. Quizá el problema es que muchos no toman consciencia de que es el universo mayoritario, el de los seres humanos que tienen otras cosas más importantes para ocupar su tiempo que en seguir el derrotero de una persona a la que no conocen.

De hecho, ese día me puse en modo urgente para sacar un texto de forma inmediata… ¿Y cuál era la urgencia si hasta Cristina se fue a comer un asado por la noche mientras sus acólitos aún daban clases de loufer en Twitter?

Los fans sí lo sufrieron. Hay que reconocer que el premio al turro del año se lo tenemos que dar a Luis D’Elía y los cincuenta militantes que envió a cagarse de calor bajo el sol en una zona sin comercios. Si hubieran sabido que la defensa estaba en las redes…

Nunca se vio un juicio de este tipo y, por ende, jamás habíamos presenciado hasta dónde puede descender la miseria humana para justificarlo. ¿Cuántos militantes tienen un techo propio? ¿Cuántos defienden a la que compró 2.100 metros cuadrados a 162 mil pesos? Pesos, eh, pesos. Unos 50 mil dólares actualizados. Compras como esas hubo a granel. A la clase media le quedaba el alquiler y a los pobres la villa.

¿No ven la realidad? Como si se tratase de una crisis de psicosis voluntaria y colectiva, demasiada gente compra cualquier argumento. Podría hacer miles de preguntas a este grupo de personas, pero hay una que siempre me invade: ¿Qué esperan? O sea, qué pretenden de Cristina, que haga qué cosa. ¿Se crearon demasiados contratos insostenibles y eso los lleva a aplaudir cual focas cocainómanas? No es tan grave. Está lleno de personas que estudiaron una carrera y laburan en cualquier otra cosa. Después de todo, supongo que aún creen en la máxima de John Sunday Cangallo, esa que dice que el trabajo dignifica. No dijo “trabajar de lo que te gusta aunque sea inventado, dignifica”. Tampoco dijo “trabajar en el Estado, dignifica”. El trabajo, a secas.

También me arrebata una serie de dudas que siempre tuve respecto del accionar de Cristina. En 2017 ella tenía fueros. ¿Por qué no dijo que la plata hallada en la caja de seguridad de Florencia era, en realidad, de ella misma? Se ahorraba miles de quilombos. ¿Por qué no se fuma tranquila la sentencia si, después de todo, no hay chance de que vaya en cana y la inhabilitación para ocupar cargos públicos sólo ocurrirá con una sentencia firme? Es algo que, en tiempos procesales, puede que llegue después de que Máximo junte los años de aportes necesarios para poder jubilarse. ¿Por qué tanto bardo?

Ahora dice que no será candidata a nada en 2023. Quiere la foto de la mujer martirizada. El tema es que, si llegara a quedar firme esta sentencia –algo que en la Argentina es solo una sugerencia– ella tiene un book de lugares para elegir dónde alojarse en su prisión domiciliaria. Andá a generar empatía si no construiste una cárcel decente. Andá a generar tristeza si los que están libres no saben si tendrán techo cuando venza el contrato de alquiler.

Cristina ha utilizado terminología fuera de contexto como “últimas palabras”, “pelotón de fusilamiento” y “el Partido Judicial ha reemplazado al Partido Militar”. Es curioso, al menos, de parte de alguien que ha sido dos veces presidenta de un período que dejó 3.070 muertos por violencia institucional. ¿Algo para decir respecto de ese numerito de personas que no recibieron ninguna de las garantías que (supuestamente) le damos a nuestros ciudadanos? Y esto sin contar a los 52 de Once y los andá a saber cuánto de la inundación de La Plata y un listado interminable.

Pelotón de fusilamiento…

Habría que remarcar algo que sorprende desde la primera vez que se abre el Código Penal y es que el robo tenga la misma pena que la defraudación al Estado. O sea: que vale lo mismo chorearle la cartera a un ciudadano que el futuro a 47 millones.

Sí entiendo cierta calentura en un punto: si el tema es que ella no podía desconocer lo ocurrido durante su gobierno, convengamos que faltan un puñado de acusados. Puntualmente Alberto Fernández, Sergio Massa, Jorge Capitanich y Juan Manuel Abal Medina. Si lo sabían los ministros coimeros, lo sabía el jefe de gabinete. Si lo sabía Presidencia, lo sabía el jefe de gabinete.

No me como eso de “si le pasa a Cristina, qué nos queda al resto”, respecto del miedo compartido de un grupito. Ya quedó demostrado que se puede encanar a cualquiera que no sea Cristina que acá no se ofende nadie. Ni siquiera Cristina. Pregunten a De Vido, si no me creen.

El quilombo será institucional. Nos importe o no, pero será institucional. Quedó claro al escuchar al Presidente de la Nación en una cadena nacional tras la filtración de numerosos chats entre jueces federales, fiscales, el ministro de Seguridad de la Ciudad de Buenos Aires, altos mandos del grupo Clarín y de C5N.

Envalentonado con su accionar cínico pero machote, al día siguiente se levantó, pateó al perro, le dijo a Fabiola que comerá milanesas con fritas aunque le digan que no, y cruzó al presidente de Uruguay por pretender no hundirse con nosotros.

Podríamos discutir si el caso de los chats reviste gravedad institucional, si la fecha de publicación fue adrede o tan solo es la casualidad más grande desde que el patrimonio de los Kirchner se multiplicó solito y contra la voluntad del matrimonio.

Todo eso podríamos discutir porque ni da para ponerse a filosofar sobre si está bien o no lo que sucedió. Está claro que está mal. Todo está mal. Y sí, también está claro que el kirchnerismo lo tiene naturalizado. Lo que no se comprende es el nivel de inteligencia de quienes fueron expuestos: si hay algo en lo que el kirchnerismo es absolutamente experto es en correr con la moral desde la inmoralidad. Cuidate, papu.

Mientras tanto, hay quienes se preocupan por desmentir lo que ocurrió o por poner un manto de piedad desde la perspectiva de que no está bien que se espíe a las personas en el país en el que cualquiera entra a NOSIS y sabe cuánto tenés cargado en la tarjeta de crédito o si estás con los aportes al día. Y en el país en el que conseguís un número de documento de identidad en Google, llamás a una compañía de teléfono y decís que perdiste el aparato para que te manden un chip nuevo sin controlar nada.

En cuanto al escandalete y al griterío, propondría algo más básico y elemental: orden de llegada. ¿Salió la sentencia de Cristina? Listo, sigan con lo otro. A los que gritan por la institucionalidad se les contesta con institucionalidad. Así como el Gobierno no es el Estado y Cristina no es el pueblo, dos jueces y dos fiscales no son “la Justicia”.

Ahora, que la batalla será institucional, no tengan dudas. Y una batalla que va a terminar en la nada misma para nosotros. Seremos testigos –los que quieran estar informados– de una serie de puteadas, trabas y demás cuestiones en una dinámica que es la única que aún le queda al kirchnerismo: la pelea.

No son buenos al pelear, es hora de reconocerlo. Son buscarroñas, pero del tipo caniche que le muerde el culo a un ovejero: nunca ganaron una pelea ni lo harán porque no tienen con qué. Perdieron con el campo, perdieron contra el Consejo de la Magistratura, perdieron contra la Corpo. Las provocan, las llevan a cabo, la pudren y pierden. Pero lejos de llorar, mientras les avisan que perdieron ya están en otra batalla. Los boludos somos nosotros que nos enganchamos en todas y cada una.

No es lo mismo provocar una pelea cuando tenés cosecha récord con la soja a 650 dólares y los Chinos en expansión, que hacerlo cuando los números de la inflación ya vienen en trío, la sequía te pasa por arriba y no sabemos de dónde sacar un cacho de pan duro. ¿Qué queda para sentirse vivos, para nadar un poquito en la nostalgia de tiempos mejores? Pelearse.

Seremos testigos informados, pero hasta ahí. Ninguno que tenga noción del peligro querría saber cómo funcionan las instituciones por dentro.

La era cristinista fue un eterno loop de delirios fundacionalistas, transmisión de miedos, imposición de ideas caducas y transferencia de culpas. Cada tanto aparecía un punto novedoso, en contra de los intereses del gobierno y, por lo general, vinculado a la brutalidad de la corrupción. El resto de las noticias que naturalizamos fue un acostumbramiento a dosis cada vez más grandes. No importa el escándalo de hoy, importa cuál será el futuro escándalo que te hará extrañar el de hoy.

Es como la resistencia a una droga: como saben que ya no hacen efecto las cagadas que se mandan, se las vuelven a mandar pero con mayor magnitud, como para ver cuál es el límite. De vez en cuando encuentran la reacción de la sobredosis, generalmente con síntomas de marchas multitudinarias.

El asunto es que en los últimos tiempos, en la generalidad, todo gira en torno a lo mismo. Es como si el hartazgo por los doce años y medio del primer kirchnerismo hubieran venido concentrados y, tras solo un par de años, nadie se fuma una de esta nueva versión multipatética en la que nada, absolutamente nada funciona bien.

Creo que he dicho esto numerosas veces, pero: resultaría divertido si no fuera porque en la joda nos llevan puestos a todos.

Hoy solo puedo decir que, actualizado por inflación, cobro menos que en mayo de 2003. La diferencia es que en aquellos tiempos tenía un solo trabajo. Y 19 años. Desde entonces también viré del sueño de la casa propia al sueño de conservar el departamento que alquilo. Y del sueño de conocer el mundo, al sueño de irme unos días a la costa. Cosas que teníamos asimiladas como derecho mientras crecíamos, viste.

Por eso, una vez más, repito algo elemental y que se nos puede correr de eje con las novedades de esta semana: que la corrupción descomunal no tape que, además, gobernaron como el orto. En todas y en cada una de las áreas que les tocó administrar.

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Tuve que releer el texto varias veces porque no me gustaba el cierre. Hasta que caí en que, quizá, esta Argentina me tiene mal acostumbrado al quilombo y quedé a la espera de algo que, por suerte, no ocurrió.

Ella fue condenada y el mundo no paró. Ella habló a través de sus redes y nada explotó. Se agarró Covid y ni nos enteramos. Tener pensamientos fundacionalistas y megalómanos no marida bien con la falta de impacto. De hecho, genera pánico. Y encima en medio de un Mundial.

Si algo se aprende de leer historia es que pocos nombres sobreviven a la generación de los nietos y muchísimos menos quedan en la historia por un par de siglos. Ni que hablar de milenios. Difícil ser recordado por siempre. Cómo no asustarse.

A algunos les pareció poca la sentencia, otros mejor que no sepan que puede que nunca se cumpla. Pero ese vacío de significancia dice mucho de otra condena que tiene sin cuidado a quienes desarrollaron vínculos sociales: que nadie tenga ganas de saber de vos. Probablemente esa sea la peor condena y Jorge Luis tenga razón en eso de que el olvido es la única venganza y el único perdón.

Nicolás Lucca

 

 

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