Pobre Ishii

Don Alberto Barceló nació en Barracas en diciembre de 1873 y para 1908 fue electo intendente de Avellaneda por primera vez. Fueron cinco en total hasta la década de 1940. Por aquel entonces, Avellaneda ya era una potencia industrial argentina a fuerza de frigoríficos. Y como toda zona industrial de la época que se precie de tal, estaba llena de prostíbulos y casas de juego clandestino.

Barceló la tenía clara. Todos querían dinero y él también. Los cafiolos necesitaban prostituir a las chicas que traían engañadas de Ucrania, los casinos clandestinos tenían que levantar guita sin ser molestados, él necesitaba dinero para comprar voluntades y propiedades. La maquinaria perfecta.

Generoso, puso a dos de sus hermanos también como intendentes. Otros cuatro fueron comisarios, secretarios y esas cosas. Su casa siempre estaba abierta y por allí pasaba cualquiera que necesitara algo. Y siempre salía con una solución: un desempleado con laburo en algún frigorífico o en la municipalidad, un despedido que volvía a ser contratado luego de una “visita” a sus ex jefes, proxenetas que necesitaban la vista gorda de la cana, etcétera. Los que nunca asomaban ni el hocico eran los anarquistas y los socialistas, ya que Barceló los hacía pomada en el sentido más literal de la palabra: en su visión, la violencia era tan necesaria como el clientelismo.

Pero él no se ensuciaba las manos. Para ello contaba con Juan Ruggiero, un tipo que de adolescente defendió un puterío a los tiros. Resultó ser que el prostíbulo en cuestión era del hermano de Barceló y cuando el señor Intendente se enteró, lo contrató de asesor full time y todo terreno. Ruggerito tenía un prontuario del tamaño del Obelisco, pero a quién le podía importar si ahora era el capo del comité partidario del municipio. Bueno, comité: salvo en época de elecciones –cuando se convertía en arsenal– el resto del tiempo el local de la calle Pavón funcionaba de central de control y recaudación de apuestas clandestinas de caballos, riñas de gallos, juego y, obviamente, trata de personas. Cuando a Ruggerito se le iba la mano, el que ponía la cara para que ningún juez haga de las suyas era don Barceló.

Vivo y acomodaticio, luego del Golpe del 30 ocultó al gobernador radical Nereo Crovatto en su quinta de Monte Grande –hoy, no tan paradójicamente, Polo Judicial de Esteban Echeverría– mientras él seguía siendo intendente y sobrevivía a la Década Infame como si nada. Murió en 1946, justo cuando el Peronismo bonaerense venía a no inventar nada.

Rafael Castillo fue un hombre de acción en pos de la democracia tal como la conocemos, aunque quedó opacado por el paso de la historia. Cuando oficiaba de ministro del Interior del presidente Manuel Quintana redactó una reforma a la ley electoral que garantizaba el voto secreto y obligatorio ocho años antes de la Ley Sáenz Peña. Su partido la lavó tanto que sólo dejaron el título y mantuvieron el statu-quo. También hizo lo que tuvo a su alcance para que se creara la Facultad de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires –todo héroe tiene su lado oscuro– y creó las Universidades Nacionales de Rosario, Tucumán y Mendoza. En vida, donó parte de sus tierras en el partido de La Matanza para que se creara una estación ferroviaria que, con el tiempo, llevó su nombre.

Don Gregorio de Laferrère nació con guita. Y cuando decimos guita nos referimos a toda, toda la tarasca que podamos imaginar. Quizá sea por eso que estaba tan al pedo como para ponerse a escribir con un suceso nada despreciable: su obra Jettatore llegaría al teatro poco después de publicada y el no llegaría a verla en el cine por razones lógicas. Dos años antes de morir, junto a su amigo Pedro Luro, pidieron autorización al gobierno para poder realizar unas pruebas de toponimia y agua que permitieran el emplazamiento de un pueblo en los alrededores del kilómetro 24,7 del ferrocarril.

El multimillonario Anacarsis Lanús tenía la costumbre de comerciar con los ejércitos en guerra. Con la guita amasada, terminó por fundar un pueblo que en el futuro albergaría una treintena de barrios marginales.

El listado de nombres elegidos para llamar a partidos y localidades del conurbano bonaerense es tan largo como irónico y se extiende con casos que van desde una Avellaneda tan distante de la visión de Nicolás como lo está geográficamente de Alaska. La familia Fiorito es y ha sido de las más acaudaladas de la historia argentina y su apellido puede encontrarse tanto en uno de los chalets más icónicos de la Mar del Plata victoriana como en una de las zonas más pobres del conurbano bonaerense, ahí de donde salió un tal Diego Maradona. También fueron los dueños de los terrenos sobre los cuales se emplazó la cabecera de la Midland Railway y bautizaron a la estación en honor al primer presidente de la compañía, un fulano llamado Ingeniero Budge. Villa Madero y Puerto Madero comparten apellido y sangre: la primera lleva el nombre del vicepresidente de Julio Roca, Francisco Madero, casado con Marta Ramos Mexía, dueños de la zona; el segundo, va en homenaje a su sobrino, Eduardo Madero, constructor del ahora ex puerto.

José Camilo Paz fue un tipo de guita, pero comprometido con los necesitados. O sea: la tenía toda, pero organizó numerosas veces centros de asistencia a víctimas, lisiados de la Guerra de la Triple Alianza primero, enfermos de la Fiebre Amarilla después. También fue diputado, exponente de la Generación del `80 y fundador del diario La Prensa. Además de dejar una mansión frente a la Plaza San Martín –que no llegó a ver terminada y hoy oficia de sede del Círculo Militar– José C. Paz dejó un legado de solidaridad, educación y libertad de expresión. Su amigo, el vasco José Altube, decidió rebautizar en su honor la estación del pueblo que había fundado.

En 1994, al disolverse el Partido de General Sarmiento, José C. Paz se convierte en Partido. Un lugar que podría haber hecho honor a sus orígenes de tierra de trabajo pero que desde que tengo memoria deja mucho que desear en cuanto a los parámetros esperables de un partido de la provincia más rica de la Argentina. Y también es una muestra más de lo que es la política de nuestro país. Nadie en su sano juicio habría creado un partido en un lugar prácticamente sin asfaltar y en el que la recaudación impositiva resultaba inviable. Por otro lado, su eterno intentendente Mario Ishii (diecisiete años al frente del municipio) peca de algo muy común en el político argentino promedio: contar su pasado pobre para demostrar cercanía con los más necesitados. Y si el pasado de Ishii como recolector de flores es cierto –y no tenemos por qué ponerlo en duda– su posterior crecimiento patrimonial no lo acerca demasiado a ningún ser humilde y honesto.

A principios de 1981, el 3,7% de la población del conurbano vivía en villas. A fines de 2006 lo hacía el 10%. A partir del censo de 2010 se dejó de medir población y se prefirió el término “hogares”, con lo cual se perdió un dato que, seguramente, resultaría estigmatizante a pesar de ser anónimo. Lo cierto es que, si tenemos en cuenta la población del conurbano en 1981 y la existente en 2006, el crecimiento de personas habitando zonas marginales para 2006 ya era del 224,5% sólo en el segundo cordón. Imaginemos 15 años después.

Según el propio Registro Público Provincial de Villas y Asentamientos Precarios (RPPVAP), entre 2006 y 2015 aparecieron 550 villas nuevas sólo entre el primer y segundo cordón del Conurbano. Los números siempre pueden mejorar, por eso en términos porcentuales podemos darle el podio a la Esteban Echeverría de Gray que tuvo un crecimiento de villas del 1.570%, seguido del Merlo –por entonces a manos de Othacehe– que creció un 645%, y con Moreno completando el podio con un nada despreciable 368%.

Los diez partidos con mayor cantidad de villas son Lomas de Zamora –viejos terrenos que don Juan de Zamora donó a los jesuitas y que tras su expulsión fueron loteados, más tarde comprados por escoceses hasta que un tal Esteban Adrogué, modernizador de ciudades, funda la ciudad cabecera–, Quilmes, Esteban Echeverría –figura descollante de la generación del `37–, General San Martín –no hace falta agregar nada–, Lanús, San Miguel, José C. Paz, Florencio Varela –la pluma más filosa de la generación del ´37 y admirado por Alberdi y Alsina–, Moreno –en honor a Mariano–, y Almirante Brown, donde además de estar la ciudad de Adrogué, se encuentra la que se levantó sobre los terrenos de la familia Burzaco.

Los nombres se multiplican en calles y hospitales que nadie sabe por qué se llaman así. Y ahí van los Parish Robertson, los Gandulfo, los Pirovano, the Admiral William Brown, los Bernal, nadie sabe que de la descendencia de Patric Lynch of Lydicam surgió un tal Coronel Lynch que dio nombre a una localidad del conurbano, ni mucho menos saben el rol crucial que tuvo el ingeniero Pablo Nogués para el desarrollo ferroviario y económico del país. Tampoco saben del Capitán francés Adolfo Sourdoux, que luego de bloquear Buenos Aires se quedó para siempre y nos dotó de agua potable, además de fundar San Miguel y Bella Vista. Y mejor ni hablar del rol del doctor Antonio Del Viso cuando como gobernador de Córdoba fue crucial para frenar la revolución de Carlos Tejedor y lograr la llegada de Roca al Poder, o de Giuseppe Ingegnieros como pieza fundamental de la Reforma Universitaria. Nadie sabe quiénes fueron Pablo Podestá, Mariano Haedo o William Case Morris. Pocos recuerdan al tano Santos Tesei, al doctor Aldo Bonzi, a John Ravencroft y su obsesión por armar un club de Hurling al Oeste de Buenos Aires, al escritor William Henry Hudson, al diputado Mariano de Ezpeleta, a Felipe Llavallol i del Rui, Luis Guillón, a la familia Santamarina, a Carlo Luigi Spegazzini, al doctor Rafael Calzada, a don Arturo Peralta Ramos, al General Toribio de Luzuriaga, al industrial italiano Antonio Martino Gerli, al gringo Edward Banfield, al prusiano George Dominico, cuya viuda legó una ciudad y un parque para que lleve el nombre de su difunto esposo y, por cosas de la Argentina, hoy se llama Parque de los Trabajadores. Y mejor ni hablar de John Glew, George Temperley, Peter Claypole o Tristán Suárez, todas personas que donaron terrenos para que se construyeran estaciones de ferrocarriles que hoy son ciudades del conurbano. ¿No es irónico?

A principios de los años ochenta, con la democracia recién parida, los intendentes del conurbano se reunían de noche, con custodia y fierros en la cintura. Eran épocas de Federico Russo en La Matanza, Manolo Quindimil en Lanús, Eduardo Duhalde en Lomas de Zamora y demás personajes que heredaron de la década del veinte el título nobiliario de Barones del Conurbano.

Todo esto viene a cuento de algo muy sencillo: me resulta casi risueño, naif, de gente que se chupa el dedo, el hecho de que nos sorprendamos y escandalicemos por lo ocurrido con Mario Ishii y su confesión de parte. Y también me resulta irritante que le echemos la culpa a un partido y no a la historia de un país en el que todo se maneja teniendo el número de teléfono indicado en la agenda de contactos. Ishii es uno más de los que ya están, parte de una tradición intocable en un país en el que, cuando Barceló llegó a la intendencia de Avellaneda hace 102 años, ya llevábamos un par de siglos pidiéndole favores al gobernante de turno.

Y todos tuvieron Ruggeritos y los siguen teniendo, aunque sea en forma de barrabravas que hoy no tienen laburo y salen a reventar casas, y todos tuvieron manejos con sus comisarios y con sus jueces y fiscales.

Me niego a creer que sólo nos enteremos de lo que pasa en el conurbano cuando sopla el viento y nos trae el olor a nuestras pulcras e inocentes narices porteñas.