Qué bien estábamos en medio del infierno

Diciembre inició caldeado. Desde el primer día hábil del mes nadie pudo sacar más de 250 pesos de ningún cajero automático. Luego lo llevaron a 300, como para que la gente se quede conforme. Por aquel entonces yo era un novato empleado judicial de la provincia de Buenos Aires, por lo que la restricción me importó poco y nada: percibía mi sueldo en patacones. Estaba más preocupado por la final de Popstars cuando unos minutos antes Cavallo anunció lo que terminó por conocerse como corralito.

Al vivir en Baires, ir a laburar a diario a Lomas de Zamora era toda una aventura. Todavía hoy lo es, pero el Camino Negro de 2001 era algo que realmente hacía honor a su nombre. Carente de luces, angosto, con algún que otro semáforo de decorado y caballos que cruzaban a buscar pasto de un lado al otro. Las villas que hoy lo rodean no existían.

Lunes 17 de diciembre de 2001. Al llegar al laburo encuentro los partes preventivos del juzgado de al lado –informes mal redactados y con errores de ortografía que envían desde las comisarías para informar un hecho– entre los cuales había uno que me llamó la atención: habían saqueado tres supermercados. Y cuando digo saqueo, me refiero a la mayor dimensión posible. No habían dejado ni los motores de los refrigeradores. Lo que podían llevarse, lo llevaron. Lo que no, lo rompieron.

El desprecio por el laburante era notorio y así comprobamos que lo ocurrido unos días antes en Rosario se generalizaba en todo el país. Finalizada una jornada sin mayores problemas, emprendí mi vuelta a casa. Camino Negro ya no estaba tan negro. Una sucesión de fogatas iluminaban el trayecto desde Larroque hasta el Puente de La Noria y la gente se congregaba alrededor de las mismas. Sin cortar la ruta. Presentes, nada más.

Martes 18. Al tomar el camino hacia la parte de Banfield, que nadie quiere conocer, vi que las fogatas se multiplicaron. Las personas también. Abundaban las caras de preocupación en el juzgado. El secretario comentaba la cifra del riesgo país que había escuchado en el programa de Daniel Hadad la medianoche anterior. El Oficial Mayor llamaba al levantador de quiniela para jugar las cuatro cifras del riesgo país. Perdió.

Miércoles 19 de diciembre de 2001, siete de la matina. Las fogatas de Camino Negro se convirtieron en piquetes que restringían el tránsito a un sólo carril por mano. La mirada amenazante de la muchachada intimidaba a cualquiera. Al llegar al juzgado el Secretario me sugiere sutilmente que soy un pelotudo y me pide que me retire de modo inmediato a mi hogar hasta nuevo aviso.

Tarde.

Había ingresado en un agujero de gusano para luego aterrizar en una realidad paralela en la que el mundo era dominado por extraños. Camino Negro ardía. La Policía que hacía como que tenía ganas de poner orden era corrida con fuego. De verdad. Opté por la opción más suicida, por lo que me metí con mi auto por Villa Albertina rumbo a Camino de Cintura. La radio transmitía constantemente las novedades del momento mientras yo me sumía en una hilera eterna de automóviles en un viaje de turismo aventura perfumado con la fragancia de los neumáticos ardientes. Fue en ese momento en que un hombre golpea la ventanilla de mi auto y me ofrece tres conejos por diez pesos. Los exhibía. Estaban recién carneados.

En Camino de Cintura el panorama no era muy distinto, pero al menos se podía circular a paso de hombre. Al llegar a La Tablada, escuché por radio a un locutor afirmar que los saqueos eran producto del hambre, mientras mis propios ojos veían como del Auchán ubicado a mi derecha retiraban televisores, equipos de música, microondas y otros electrodomésticos. Supuse que de tanto hambre la gente se había acostumbrado a comer placas de video, microchips y cables, y continué viaje a través de patrulleros, carritos de supermercado, cubiertas incendiadas y otros obstáculos.

Ocho horas después de salir de Lomas de Zamora conseguí llegar a Flores para encontrar un contestador automático –chicos, si no saben qué es, pregunten a papá– plagado de mensajes de mi viejo: rajen para Mar del Plata. Pequeños problemas: mi novia de aquel entonces acababa de llegar a mi casa y mi hermano más chico se encontraba en lo de la pareja de mi viejo. Una vivía en San Miguel, la otra en Tortuguitas. Bondis no había y el tren era lo más parecido a un suicidio. Tomé nuevamente el auto.

La puta radio contaba que el Congreso aún aprobaba leyes –iban más de quinientas en una semana– y los movileros daban cuenta de que la marea de saqueos alcanzaba a todo lo que considerábamos civilización. Llegué a Panamericana pero duré poco: habían dado vuelta un camión frigorífico y varios cargaban en sus hombros una media res, mientras dos pibes parados en la caja del camión volcado disparaban sus pistolas al cielo.

Avenida Márquez fue un gran error: otro grupo de zombies cometransistores saqueaban un camión de la cadena de electrodomésticos Rodó, mientras los patrulleros pasaban a la mayor velocidad posible con rumbos más urgentes. Eran escenas que no volví a ver hasta la llegada de The Walking Dead, cuando los sobrevivientes dejan tirados a los que ya cayeron para ir en ayuda de los que todavía no lo hicieron.

Los informes del tránsito que vomitaba la radio se podían resumir en “todos moriremos a la medianoche”. Ante la ausencia de tecnológica de GPS, se armaba el mapa mental de acuerdo a las noticias de los saqueos: piquete en Márquez y Roca, vuelta en “U” y derechito hasta Márquez y Libertador. Medio conurbano después, al tomar Libertador la radio informa que se incendia un ovni en el ramal Tigre de la Panamericana, por lo que se sigue por donde se puede hasta ruta 197. Despejado. Fantástico. Derecho hasta la Ruta 8. No, saquean un mayorista. Vuelta en U hacia Panamericana. Autos en contramano por la autopista. Me sumo, no más, que en la mano correcta interceptaron un camión de vacunos y guían a los animales hacia los mataderos hogareños.

Explicar el resto del viaje podría llevar tantas horas como lo que duró. Luego de dejar a la señorita en su hogar y tras subir al benjamín de la familia a mi auto, la radio escupe que De La Rúa decretó el estado de sitio 72 horas después del inicio de los incidentes. La cámara de diputados le respondió con la eliminación de los superpoderes, mientras una ignota senadora por Santa Cruz iba más lejos y le exigía democráticamente la renuncia. La volveríamos a ver un par de años después con cátedras televisivas sobre democracia y demás fantasías. Caía la noche.

En los parlantes del auto se escuchó “a partir de este momento transmite LRA1”, algo que luego se volvió muy normal, pero que en aquel entonces era una señal de gravedad. Habló De La Rúa y nos contó que pronto retomaríamos el camino del crecimiento. Subir a la panamericana de regreso fue lo más parecido a Mad Max que pude presenciar en mi vida. Autos en llamas, camiones volcados, vacas sueltas y un cielo igual de naranja por delante que por detrás, uno por la puesta del sol, otro por las fogatas. No había información que no fuera política y policial. Cero servicio. Solos, sin Estado, sueltos en una calle anárquica.

Avenida Lugones. Bajar en la 9 de Julio era el suicidio asegurado y Buenos Aires flotaba en furia. El puerto oscuro en la medianoche parecía un camino paradisíaco. Mientras en Plaza de Mayo se congregaba cada vez más gente, una oficina de Comodoro Py permanecía iluminada. Servini de Cubría estaba de turno. La radio nos avisó que el ministro Cavallo renunció justo cuando la autopista me alejaba del caos rumbo a Mar del Plata, que al lado de Buenos Aires era un oasis. Ya era la madrugada del 20 de diciembre.

Volver a Baires fue más divertido. De la Rúa había renunciado y Adolfo Rodríguez Saá oficiaba de Presidente. Anunció el default, fue aplaudido por todos, desfiló por programas de televisión, escribió petrólio en vez de petróleo, y a Matilde Menendez ni la llegó a nombrar. La gente se pone nerviosa, el PJ no se calma, el Adolfo convoca a una reunión urgente de gobernadores peronistas. Reutemann y Kirchner pegan el faltazo. Curiosidades de la vida: Kirchner fue uno de los que había sugerido la cumbre. El Adolfo renuncia. Año nuevo nos trajo como regalito a Eduardo Duhalde de Presidente y los reyes magos nos ofrendaron la devaluación asimétrica el 6 de enero.

Y ahí sí que me hundieron antes de aprender a nadar.

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Decía Napoleón que, para conocer a un hombre, había que saber cómo era su mundo a sus veinte años. Y yo cumplí 20 años el 24 de enero de 2002. Esto de salir a la vida cívica con una crisis terminal no es algo que uno quiera celebrar. Cada uno rememora lo que le conviene y cómo le conviene. Pero en este país en el que hace tres años se cumplió un siglo de la masacre a los judíos en medio de la semana trágica y nadie dijo nada, donde cada uno tiene una versión de lo ocurrido en los años setenta, donde aún nos debatimos entre unitarios y federales y pretendemos “cerrar grietas” con psicópatas, creo que tenemos el derecho a replantearnos cuál fue el precio que pagamos aquel 2001.

No estoy de acuerdo con que haya sido la peor crisis económica de la historia argentina. Quizás los números son crueles pero tienen la manía de no saber mentir. El impacto de aquellos tiempos fue aún mayor porque la crisis económica se conjugó con la crisis social y la crisis política. El voto bronca fue la estrella del país tan sólo dos meses antes de la caída de De La Rúa. El “que se vayan todos, que no quede uno solo” se convirtió en el hit del verano y el cartoneo era la salida laboral más pujante.

Durante todos los años siguientes, muchos sostenían que estábamos mejor. Creo que nos habíamos acostumbrado. La crisis económica no terminó nunca, ni siquiera en los papeles y hasta el mismo congreso la prorrogó año a año hasta 2015, incluso cuando se crecía “a tasas chinas”. La crisis política jamás pasó de moda y no es tan solo patrimonio del peronismo. La ensalada entre los opositores de ayer, los siempreoficialistas y los veletas de turno sigue vigente como si de un deporte se tratase. Los partidos políticos aún se encuentran en desuso y solo aparecen los sellos más representativos en alianzas, frentes y contrafrentes con jardín.

La crisis social nunca se fue y ni se calentaron en combatirla. Comprar a los piqueteros no dio resultado, sólo permitió que haya una fuerza de choque paraestatal que permitiera recuperar la Plaza de Mayo. Nunca mermó el odio hacia el que tiene lo que otro desea. La violencia delictiva es fruto de este odio, más allá de la droga, la pobreza, la educación y el resto de las boludeces que digan los progresistas de cotillón para justificar al delincuente frente a la sociedad que lo margina.

El deseo sin medios para satisfacerlo se sumó a la permisividad del Estado, culposo de reprimir lo que no puede evitar. El saqueo de 2001 se institucionalizó y ya no es necesaria una horda para vaciar un supermercado. Cualquier hombre es una pyme saqueadora en potencia y cualquier boludo que circule por la calle –y que aparente llegar a mitad de mes–, es una fuente de producción. No entiendo cómo no les crearon una categoría en el monotributo.

Durante el kirchnerismo nos mostraron informes de pobreza de aquel fatídico 2001 para atemorizarnos. No hacía falta ir a buscarla a ningún archivo cuando alcanzaba con filmar el Paseo Colón de noche: seguían ahí. A lo largo de la larga década ganada, los salariazos de las paritarias apenas alcanzaron para correr atrás de la inflación reconocida. Pocos sindicalistas se quejaron.

Quienes putean a Menem y a De La Rúa dicen centrarse en la pobreza y en la desocupación. Y hay algo que no cierra, porque Menem dejó la presidencia con el mismo índice de desempleo hoy existente (y mejor no hablemos de a qué consideramos persona ocupada) y De La Rúa se fue con una pobreza 12 puntos por debajo de la actual. Para conservar lo poco que queda de salud mental, conviene no salir de los porcentajes: 14 millones de pobres en diciembre de 2001. 21 millones veinte años después. Siete millones de pobres más. Si quieren comparamos el poder adquisitivo del salario real y nos terminamos de matar.

A 240 meses del caos inicial aún hace falta la implementación de planes sociales para paliar de forma infructuosa la miseria de los sectores más vulnerables. 1.040 semanas transcurridas y la pobreza nos sopapea en cada esquina, debajo de cada puente, en el pasillo de cualquier subte. Siete mil trescientos cinco días y todavía utilizan los números macroeconómicos para decidir si estamos bien o estamos mal, mientras la desnutrición, la delincuencia y la falta de oportunidades continúan en su costumbre de hacer estragos.

Los cartoneros eran una novedad horrorosa, ahora se entregan carritos para el cartoneo con logos municipales. La desnutrición nos dolía, hoy ni preguntamos. La inflación anual de todo 2001 fue del 4%, menos de la que registramos en octubre de este año. Es más, la inflación total de este 2021 equivale a vivir once veces todo el año 2001. Ni hablar de nuestros parámetros de corrupción para no tener que recordar lo puristas que eran todos con las coimas en el Senado frente a la normalización del choreo sistemático que vino después.

Los trueques aún existen. El abuso policial se institucionalizó. Durante los últimos veinte años vimos aparecer 1.100 nuevas villas de emergencia en el conurbano bonaerense. ¿Hubo mejoras al principio? Para muchos tener un poco de paz, cambiar el auto y poder irse de vacaciones fue motivo más que suficiente como para sentir que lo peor ya había pasado. Me encantaría hacer un mea culpa pero yo la miré de afuera permanentemente: la bonanza kirchnerista no me tocó ni con una mira láser.

La mayoría de los que en 2001 estábamos por cumplir veinte años, aún hoy alquilamos. Ya estamos en nuestros cuarenta años, lo que quiere decir que, si este fuera un país con acceso al crédito, ya no calificamos para un hipotecario a treinta años: moriremos en el alquiler y con la única esperanza depositada en que el año que viene consigamos mantener el mismo poder adquisitivo que éste. La misma esperanza de cada año desde enero de 2002.

A grandes rasgos, nada cambió para mejor. Sólo nos acostumbramos a estar cada vez un poquito peor o a aspirar, apenas, a estar menos peor que en 2001… Y nunca lo conseguimos. Basicamente porque en 2001 estábamos mejor. Treinta y nueve muertos y cientos de heridos al pedo. Todos los muertos que vinieron después, al pedo. Veinte años al pedo. Pero mansos, mansitos, bien mansitos.

Dicen que para comprender a una persona hay que entender cómo era su mundo a sus veinte años. Cumplo 40 en un mes. Pasaron tantos años de aquel diciembre como los que tenía de edad cuando ocurrió ese espanto, cuando no entendía nada y el mundo se caía encima mío. Tan solo unos meses después no lograba comprender cómo toda esa brutalidad generalizada, ese descontrol caótico, había mermado si la pobreza ya alcanzaba a la mitad de los argentinos. Después aprendí las dinámicas de la política y su enorme falta de moral y de respeto hacia el ciudadano común, ese que tan solo es un testigo de cómo los dirigentes se carnean entre ellos para llegar al Poder porque sí y para conservarlo porque no conocen otra forma de ser felices.

Veinte años de mis veinte años. Esperé el fin de la crisis toda mi vida adulta. ¿Se entiende? Toda mi vida adulta. Todavía espero. Y lo espero porque conocí otro mundo y sé que las crisis terminales pueden durar dos décadas. ¿Qué tienen para esperar los que vienen detrás nuestro si solo conocieron esto?

Cuando todos se iban no tenía cómo. Hoy, además, no tengo ganas. Puede que por cabezadura, aunque también puede ser porque por una puta vez en la vida quiero ganar en algo y poder decir que no pudieron comprar todas las voces, que no pudieron cooptar todas las voluntades, que no pudieron doblegar a todos los ciudadanos y que, tarde o temprano, tanto sufrimiento provocado solo para satisfacer traumas egocéntricos no resueltos, se paga.

Aquí estamos, igual o peor que al inicio. Todo lo demás es una buena mentira maquillada, un chamuyo en continuado, un relato del presente.

 

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