¿Qué podía salir mal?

Ahora que se puso de moda hablar de privatizaciones, ahora que el único oficialista es Gerardo Morales, ahora que todos se identifican con ideologías que no entienden pero a la que creen pertenecer porque les gusta el título, ahora que nuestro principal juego es que todos se corran con quién es más facho, quién más zurdo, quién odia más a quién y demás cosas, vengo con una bonita historia solo para arruinarles la semana. O no.

Ciudad de Buenos Aires, 10 de julio de 1988. Mientras trabaja en el gobierno de Raúl Alfonsín desde 1985, un joven Alberto Fernández milita en la renovación peronista bajo la línea Cafiero-De La Sota. Pierde.

Pero que la derrota no empañe la vocación de servicio. Durante el primer mandato del vencedor Carlos Menem, Alberto ocupará la Superintendencia de Seguros de la Nación, con tan solo treinta años de edad y sin experiencia para el cargo.

Por esos mismos años, un adolescente tardío del partido de San Martín hijo de inmigrantes sicilianos comienza su militancia en las filas de la Unión del Centro Democrático, el partido liberal-conservador fundado por Álvaro Alsogaray, ingeniero, ex capitán del Ejército, ex funcionario de la dictadura de Lonardi, luego de Aramburu, más tarde de Frondizi, también con Guido y un antiperonista más recalcitrante que Isaac Rojas. Pero si los tiempos cambian a los hombres, ni les cuento lo que logran los resultados electorales y tres o cuatro puestos en el Gobierno.

Para cuando la UCeDé se había hecho más menemista que el bronceado de Cópolla, Sergio Tomás Massa ya había oficiado de asesor de Alejandro Keck, concejal sanmartinense por la Ucedé y hombre de Luis Barrionuevo, uno de los dos grandes artífices de Sergio.

Fue también a fines de los años ochenta que una mujer de 36 años asumió como legisladora provincial en Santa Cruz luego de ganar colgadísima de la lista de Carlos Menem. Tan solo dos años después, su marido dejaría la intendencia de Río Gallegos para hacerse con la gobernación provincial, también agarrado de la lista sábana king size del incipiente menemismo.

Aparentemente harto del califato riojano, recién en la segunda mitad de los años noventa Alberto se refugia en el Grupo BAPRO de la gobernación provincial de Eduardo Duhalde. Se desconoce qué opinaba de las privatizaciones de todo, pero tampoco viene al caso dado que aún hoy no tiene opinión sostenible en absolutamente ningún asunto. En aquel entonces se le ocurre sumarse a la campaña electoral que también proponía a Carlos Ruckauf para la gobernación de la mano dura y las zapatillas gratis. Alberto no estaba solo en ésta.

Fue aquel veloz segundo lustro de los noventa el que llevó a Sergio Massa a militar la provincia de Buenos Aires para el peronismo bajo el ala de Barrionuevo, quien de paso logró colocarlo como subsecretario en el ministerio del Interior de Carlos Corach, de donde saltó al ministerio de Desarrollo Social de Palito Ortega, donde conoció al licenciado Horacio Rodríguez Larreta. Juntos organizaron la campaña electoral de Palito como vice de Duhalde, donde también estaba Alberto Fernández. Pierden todos pero el único que queda en bolas es Alberto: Larreta interviene el PAMI junto a la radical Cecilia Felgueras, mientras que Massa tuvo la precaución de meterse como diputado provincial por el Partido Justicialista con tan solo 27 años.

Cristina Elisabet, por su parte, transcurrió ese lustro entre el Senado Nacional y la Cámara de Diputados, lugares donde dio acalorados discursos que muchos prefieren no recordar para no manchar la construcción de un relato impolutamente coherente.

7 de mayo de 2000. Si la campaña de Duhalde le enseñó algo a Alberto es que la gente no tenía nada en contra del Plan de Convertibilidad. Fernández se suma con sus convicciones intactas a la campaña Domingo Cavallo-Gustavo Béliz al frente de la Jefatura de Gobierno porteña. Para eso tiene que vencer a Aníbal Ibarra, Cecilia Felgueras y la Alianza. Pierde.

A Fernández le dolió menos que a Mingo y Zapatos Blancos Béliz: al meter 20 legisladores porteños tenía el laburo asegurado junto a Diego Santilli, Pimpi Colombo, Víctor Santa María y el ex candidato a vicegobernador de Luis Patti, Eduardo Lorenzo Borocotó.

Quinta de Olivos, mediados de 2002. Luego de obtener el rechazo de Carlos Reutemann, el presidente Eduardo Duhalde se inclina por el gobernador que le sugieren desde el grupo que integra Alberto Fernandez: el santacruceño Nestor Kirchner. Contras: 8% de conocimiento a nivel nacional. Pros: 8% de conocimiento a nivel nacional y plata. El resultado de poner a prácticamente todo el aparato del peronismo al servicio de Kirchner –con excepciones de Moyano que militó para Rodríguez Saá y Barrionuevo que hizo lo propio por Menem– dio sus frutos y Néstor Kirchner se hace con la presidencia luego de que Menem decidiera no dar el balotaje.

El kirchnerismo nacería al ganar perdiendo.

Sin embargo, falta recordar algo que todos prefieren olvidar. Cuando Mauricio Macri decidió competir por primera vez para destronar a Aníbal Ibarra en 2003, un grupo de peronistas se acercó para negociar lugares en las listas. ¿Los operadores? Los mismos nombres que la elección de Mingo: Jorge Argüello, Eduardo Valdés, Víctor Santa María y Alberto Fernández. ¿Los nexos? Eduardo Duhalde y Horacio Rodríguez Larreta. ¿Objetivos? Primero, destronar a Aníbal Ibarra; segundo, pegar cargos, como siempre.

Luego de renunciar a su banca de legislador porteño y dejar en reemplazo a Elena Cruz, Alberto Fernandez se convierte en Jefe de Gabinete de la Nación. La elección porteña pasa resbalarle.

Estos primeros años del nuevo milenio serían muy provechosos para el exliberal devenido en peronista Sergio. De la mano de su segundo padrino, un tal Patricio Galmarini, conoció a su futura esposa, se mudó de partido, cambió de club de fútbol, se olvidó para siempre de la UCeDé –ya era mala palabra– y hasta pegó un carguito cuando el Pato le sugirió a Duhalde que ese muchacho de apenas 30 años y sin experiencia estaba en condiciones de asumir en la Ansés.

Baires, 23 de octubre de 2005. Luego de ganar una de las seis bancas del PRO para la Cámara de Diputados de la nación, Borocotó se pega al kirchnerismo. Alberto Fernández se hace el langa, culpa a los medios por “querer pegarle al gobierno” (¿?) y dice que “no tiene nada que ver con que mañana Borocotó tenga que votar en la destitución de Aníbal Ibarra”. La votación finalmente se postergó una y otra vez.

La misma Ciudad se sacudió políticamente el 7 de marzo de 2006. Alberto lleva un año de relación con Vilma Ibarra, no solo la hermana de su ex adversario Aníbal, sino ex legisladora porteña por su contra en las mismas elecciones. Alberto se convirtió en la pata política de la defensa en el juicio político contra el Jefe de Gobierno y hasta consiguió que Néstor Kirchner dijera “mi amigo Aníbal”. Se le dio vuelta un legislador propio. Pierde.

Misma ciudad, marzo de 2007. Sergio Massa consigue que se reforme la ley previsional para que los aportantes a las AFJP puedan elegir si quieren pasarse al sistema de reparto estatal. El gobierno lo festeja como un mundial. Solo el 17% de los laburantes acepta traspasarse, pero eso sería corregido por Amado Boudou unos meses después.

Ese mismo mes Jorge Telerman, Jefe de Gobierno porteño, anunció elecciones anticipadas en la Ciudad de Buenos Aires. En lugar de apoyarlo, Néstor Kirchner decide escuchar el consejo del ex adversario de Ibarra y propone a Daniel Filmus para enfrentar a Mauricio Macri. Pierde.

Macri gana acompañado por un equipo conformado por Horacio Rodríguez Larreta y todos los ex jóvenes peronistas porteños que no habían pasado a las filas del kirchnerismo en una ciudad que no vota peronistas a la cabeza.

17 de julio de 2008. Alberto se pasa la madrugada de rosca en rosca para no perder en el senado la votación que pondría fin a la resolución 125/2008 con la que se pusieron de culo al campo. El voto decisivo queda en manos del vicepresidente Julio Cobos, un radical que se sumó a la Concertación Plural junto con medio universo. Alberto le quema el celular a Cobos antes de la votación. Pierde.

Agosto de 2008. Golpeado por el efecto agropecuario, Alberto Fernández presenta su renuncia. Lo reemplaza Sergio Massa. Un año y una candidatura testimonial después, Massa se retira y comienza su lento camino hacia la oposición de la mano de Alberto.

Para 2013, Alberto Fernández pone todos sus conocimientos al servicio de Sergio Massa para derrotar a la lista de Cristina. En 2015 Alberto repite su performance dentro del Frente Renovador para la Presidencia de Sergio Massa. Pierden.

En 2017 Alberto ya estaba alejado de Massa –luego de ver que Sergio ya no tenía chances reales de llegar al poder– y decidió emprender una nueva carrera con Florencio Randazzo. Floppy no tenía ni media chance de ganar, pero Alberto es señalado por Cristina por hacerla perder tres veces consecutivas.

El hombre que marchaba contra Cristina es el Presidente, el muchacho que prometió exterminar al kirchnerismo es el nexo entre el Presidente y la mujer a la que ambos traicionaron. Y los tres tienen agendas distintas. ¿Qué podía malir sal?

Yo puedo entender que es insufrible vivir con toda esta información en el marote a la hora de votar. De hecho, todo se puede resumir en un mantra: salvo que sea votante eterno del FIT, de Luis Zamora o no concurra a sufragar, alguna vez habrá votado a un peronista, experonista, filoperonista o peronista republicano sin siquiera saberlo.

Sin embargo, esa necesidad de autopreservación nos llevó a este punto terminal en el que la salida al fracaso peronista será saldada con la unión, alianza o estrategia de políticos en los que sí o sí habrá algún protagonista crucial de la historia política argentina de los últimos 35 años.

La ensalada que armaron es tan monumental que debería poder observarse desde el espacio exterior. Es aún peor que la ensalada del cristinismo en el Poder porque ahora sí queda de manifiesto que a nadie le importaba realmente ni los derechos humanos, ni las privatizaciones ni Washington, ni los indultos, ni Moscú, ni chicha ni limonada. Lo que permita conservar el Poder y nada más. El resto, se chamuya.

Porque dentro de la eterna diáspora peronista, al menos sabíamos que todos los peronistas que acompañaron a Macri no querían al kirchnerismo, por no tener espacio, o por convicciones o por inercia.

Llegó un punto en el que Julio Bárbaro y su “esto no es peronismo” tuvo razón, pero vaya a saber bien uno en cuál espacio. Dentro del kirchnerismo cristinista llegamos a tener a Martín Sabbatella, Diana Conti, Little Richard Alfonsín, Luis D’Elía o Amado Boudou. Ucedeístas, demócratas cristianos, socialistas, marxistas, radikales y piqueteros se dieron lugar en un gabinete en el que los únicos afiliados al PJ que quedaron para diciembre de 2015 eran Aníbal Fernández y Julio De Vido.

Por fuera estaban Massa, Larreta, Santilli, Alberto, Gorgal, Telerman, Corach, Vitobello, Giustozzi, Cariglino, De La Sota, Schiaretti, Duhalde, Barrionuevo, Moyano, Venegas, De La Torre, Ritondo, Salvai, Stanley, Monzó, Lospenatto, Amadeo, Lipovetsky, Frigerio y siguen las firmas.

La Argentina ha entrado en una etapa en la que no puede postergar ni un segundo más todas las reformas que no quiso, no supo, no pudo hacer cuando le sobraba espalda y eligió las 50 cuotas, el dólar barato y mañana veremos cómo se paga la joda. Como si todos fuéramos protagonistas de Edipo Rey, al querer escapar de nuestro inevitable destino solo logramos prolongar el padecimiento.

Y como si fuera poco, el único aliento que recibimos de las distintas corrientes económicas es si esta crisis se asemeja a la de 2001, a la de 1989, a la de 1982 o a la de 1975. El futuro próximo coloca al clonazepam como la inversión más redituable.

¿Quién llevó a cabo cada una de las reformas necesarias para sacar al país del coma profundo? Alguien que no tenía nada que perder. Las reformas terminales se hicieron desesperadamente, a lo bruto, en pocos días, con mucho dolor y por personas que no debían someterse a la voluntad popular en el corto plazo, o nunca por el caso de los militares, con la única excepción de Carlos Menem, que no tenía cómo perder: enfrente tenía a un radicalismo imposibilitado de ganar ninguna elección y de su lado a todo el PJ.

Y ahí estamos, mientras vemos a Sergio Massa que juega al policía bueno y al malo al mismo tiempo. Sale del despacho de Cristina y le dice a Alberto “llamala”, a sabiendas de que la vice lo dejará colgado como si se tratara de una promo de Movistar. Durante un año fue el único que se cuidó de no salir en las multitudinarias conferencias del Alberto Fernández pandémico y se convirtió en el único puente de comunicación entre el Presidente y Larreta. Y nosotros, los vivos, nos reímos de sus panquequeadas.

Hoy Alberto tiene su imagen en el mismo subsuelo que Cristina y Máximo. Massa, quien en diciembre de 2019 era un muerto político por sus decisiones, se caga de risa. Y eso que hoy tiene que agradecer la existencia de Máximo Kirchner para no ser el político con peor imagen del país. De peor a mejor: Máximo 68% de negativa, Massa 67%, Alberto 65%, Cristina 64%. Esto según la encuestadora más benevolente.

Habituado a jugar a primera, segunda y tercera docena, rojas y negras, pares e impares, el hombre cuidó su relación con Cristina, con Máximo y con Alberto. Los durmió a todos mientras sus asesores mantienen conversaciones más que profundas con todas las fuerzas políticas relevantes. Y por “todas”, me refiero a “todas”. Hoy, por fuera del microclima de las redes, los únicos políticos que tienen una imagen positiva superior a la negativa son dos. Uno es Horacio Rodríguez Larreta. El otro es Javier Milei. Te guste, no te guste, te resulte uno tibio y el otro un talibán. Fotografía de la sociedad. Y cuando alguien quiera acercarse a ellos, Massa ya estará sentado, café en mano.

Después de todo, él fue el que se repartió el poder con Macri en 2013 cruzando legisladores entre sus listas, él fue el que remató a Scioli en 2015 al declarar la prescindencia de su partido en el balotaje, él fue el que militó por la privatización de las AFJP, él fue quien comenzó el camino de su estatización, él fue quien militaba en la Ucedé mientras construía su carrera al pararse sobre todos los que ya fueron sepultados políticamente: Alsogaray, Menem, Duhalde, Kirchner… Siente que sepultó a Macri. Le quedaban Cristina y Alberto.

Por eso me causa gracia cuando escucho esas primeras voces que desde el canal de dueños peronistas dicen que “hay que reconocer el coraje de Massa”. Si las elecciones fueran mañana, no tiene cómo ganar. Pero eso poco importa, porque el acuerdo necesario “para sacar al país adelante” obligará a que, en algún punto, todos los que tienen el monotributo virgen –literal, dado que fue creado en 1998 cuando todos los protagonistas de esta nota ya laburaban en el Estado– se necesiten mutuamente “por el bien del país”.

Y ahí sonreirán luego de “sacar a la Argentina del borde del abismo” con las reformas que nunca quisieron hacer, pero que hicieron para un lado y para el otro, vaya a saber uno cuándo estando de acuerdo y cuándo no. Depende, ¿cuál es la opción que gana entre lajente?

Para cerrar, y ya que la guerra en Ucrania convalidó el periodismo de periodistas: no envidio a los que cobran fortunas por rosquear y pifiar sus pronósticos; más envidio a los que no les interesa la política porque son mucho, muchísimo más felices. Hacete de abajo, Bertold Bretch.

Me voy tarareando. Ta´luego.

«A simple vista puedes ver como borrachos en la esquina de algún tango a los jóvenes de ayer. Míralos, míralos, están tramando algo. Pícaros, pícaros, quizá pretendan el Poder».
A los jóvenes de ayer, Serú Girán, 1980

 

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